Hace un año, para su cumpleaños número veinte, Phainon se compró un Chevelle 396 SS de 1970.
Lo consiguiĂł relativamente barato gracias a un amigo, gastĂł el doble del valor del automĂłvil para que atravesara el paĂs, y un poco más para despojarlo de sus partes y reconstruirlo. Ocho meses, cientos de videos interminables de bricolaje y un poco de pintura azul más tarde, finalmente quedĂł como nuevo. Mejor que nuevo, si es honesto. Entonces, cuando dice que su auto es como su hijo, lo dice en serio.
El punto es que está quinientos por ciento seguro de que no pasĂł por todo ese tiempo y esfuerzo solo para que su automĂłvil termine sirviendo de taxi para sus dos mejores amigas presumiblemente en estado de ebriedad en busca de comida rápida. Es por eso que está aquĂ ahora, mirando el menĂş iluminado del autoservicio de McDonald’s, que es lo suficientemente brillante como para quemar sus cĂłrneas, preguntándose cuál es la diferencia entre el cuarto de libra doble con queso y la hamburguesa doble con queso, porque ambas imágenes se ven igual de jodidas.
—Bienvenido a McDonald’s —una voz profunda y monĂłtona que grita todo menos una alegre bienvenida suena a travĂ©s de los altavoces del autoservicio—. ÂżPuedo tomar su pedido?
—Eh… —murmura Stelle, estirándose peligrosamente sobre la ventana del lado de Phainon para acercar su cara al altavoz lo más fĂsicamente posible—. Quiero la hamburguesa más grande que tengan, como se llame.
—Una hamburguesa gigante, anotado —dice la voz, sin ningún tipo de diversión o felicidad, o cualquier indicio de que su dueño disfrute de la vida—. ¿Algo más?
—Quiero un nugget —dice Cyrene, señalando vagamente el menú desde el asiento del pasajero.
—¿El paquete de McNuggets?
—No, solo un nugget —dice Cyrene lentamente, riendo un poco—. Estoy a dieta.
Hay una larga pausa.
—Entonces estás en el McDonald’s equivocado —dice la voz. Phainon está bastante seguro de que puede escuchar desaparecer toda la fe en la humanidad de la voz del dueño con cada palabra. Sin embargo, hay un sentimiento con el que puede relacionarse. Como si pudieran ser espĂritus afines, tal vez—. ÂżHay alguien en este auto que estĂ© sobrio o tendrĂ© que llamar a la policĂa?
—SĂ, soy el conductor —dice Phainon. Cubre la boca de Cyrene cuando se inclina para decir algo y la empuja suavemente hacia el asiento—. Lo siento. Mis amigas están… sĂ.
—Sà —la voz repite, claramente impresionado por la disculpa. Phainon hace una mueca, pero el tono de voz se suaviza a medida que continúa—: ¿Quieres algo también, conductor designado?
Phainon se rĂe un poco, esperando que haya sido un intento de humor especialmente sarcástico de la voz en lugar de evidente odio por la vida.
—Solo… dales una hamburguesa con queso y la ensalada más saludable que tengas.
—Bien —hay una pausa, y Phainon observa cómo aparecen las órdenes en la pantalla, anota el total. La voz es casi amable cuando pregunta—: ¿Estás seguro de que no quieres nada? Parece que necesitas darte un capricho esta noche.
—No, está bien. Estoy… a dieta tambiĂ©n.
—Por supuesto —él no presiona. Ya sea porque no le importa si Phainon se está alimentando o no, o ha decidido dejar de juzgar las elecciones de vida de Phainon.
Probablemente la primera opciĂłn.
Lo cual está bien, por supuesto, porque no es como si alguna vez volviera a pasar por esto. Sin embargo, en algún momento durante los últimos cinco minutos, Phainon ha comenzado a simpatizar con la voz sin rostro. Quizás ha comenzado a encontrar consuelo en esta voz que parece estar sufriendo tanto como él esta noche. Y tal vez hay una parte de Phainon que comienza a preguntarse qué tipo de persona está detrás de esos altavoces, porque tal vez, solo tal vez, hay algo agradable que comienza a asomarse por las grietas ásperas y molestas de este extraño.
Para su decepciĂłn, la voz vuelve a ser cortante y profesional cuando habla.
—Su total está en la pantalla. Por favor pague en la ventanilla.
—Claro, gracias —dice Phainon, preparándose para volver a conducir, sintiéndose más incómodo que nunca ahora que el momento ha terminado—. Um, lo siento de nuevo.
Los altavoces suenan con estática, como si alguien suspirara.
—Es mi trabajo.
Correcto. No es como si el tipo le estuviera dando a Phainon un trato especial. Este es probablemente un turno nocturno normal para él.
—Bueno, gracias por no llamar a la policĂa.
—No es nada —es todo lo que recibe en respuesta.
Phainon se detiene en la ventanilla y paga, luego le da dinero extra a la mujer de aspecto demacrado detrás del cristal.
—Propina para el sujeto del altavoz —explica, como una ocurrencia tardĂa, lo que solo hace que la mujer se vea aĂşn más disgustada. Phainon realmente espera que se lo dĂ© al tipo en lugar de darse la vuelta y guardarlo en su bolsillo, y pasa el resto del camino luchando contra la necesidad de girar el automĂłvil y volver para revisar.
Cyrene y Stelle terminan su comida antes de llegar a casa. El viaje transcurre sin problemas, lo que es más para beneficio de Cyrene y Stelle que para Phainon, porque sean mejores amigos o no, no las perdonarĂa si terminaran vomitando en su automĂłvil. Una pequeña hoja de lechuga queda atrapada en algĂşn lugar entre el asiento de Cyrene y la puerta, pero en general, Phainon considera que el viaje fue un Ă©xito.
Una vez que está en casa, se dirige a la cocina para tirar la basura restante, cuando percibe un pequeño peso extra en la bolsa. Algo pequeño y sólido en el fondo, que luego de una investigación más profunda se revela como un nugget.
Un solo nugget. De parte del tipo del autoservicio.
Hay trazos de marcador en las servilletas que están ligeramente manchadas, y se da cuenta un momento después de que hay algo escrito. Cuando le da la vuelta en su mano, lee: “date un capricho la próxima vez.”
Es surrealista, Phainon se rĂe y jura que nunca más volverá a ese McDonald’s.
Tres dĂas despuĂ©s, Phainon se encuentra inexplicablemente mirando el menĂş del autoservicio una vez más.
—Oh, eres tĂş otra vez —dice esa voz, todavĂa filtrada pero tan profunda y monĂłtona como antes. Ahora que Phainon no tiene a Cyrene y Stelle para distraerlo, de repente le sorprende lo suave y retumbante que es.
—¿CĂłmo sabĂas que era yo?
—Tu auto. Realmente destaca entre la multitud habitual de McDonald’s —responde la voz, sin ninguna variaciĂłn en su tono—. Aunque pensĂ© que estabas a dieta.
La cabeza de Phainon gira tan rápido que está bastante seguro de que oye crujir su cuello.
—¿Qué? ¿Me puedes ver?
—Hay una cámara —dice la voz secamente. Ahora tambiĂ©n hay una pizca de humor en su voz, pero podrĂa ser la horrible calidad del audio—. Detrás de ti. Di hola.
Phainon asoma la cabeza por la ventana y se esfuerza por ver de quĂ© está hablando el hombre. Todo lo que ve son miradas confusas y posiblemente molestas de los conductores que esperan en la fila detrás de Ă©l. Phainon vuelve a su auto tĂmidamente.
—Ahora que eso ha quedado claro, ¿puedo tomar su pedido?
Bien, para eso vino Phainon. Para hacer un pedido. No para volverse amigo del chico detrás de los altavoces.
—Me gustarĂa, eh, una ensalada de pollo Crispy, supongo —dice, leyendo rápidamente la pizarra frente a Ă©l—. El helado de fresa en realidad tambiĂ©n suena bien.
—¿Te das cuenta de que la ensalada no combina con el helado de fresa?
—¿No se supone que debes tomar mi orden? —Phainon dice de vuelta.
—El pay de manzana combina mucho mejor con la ensalada. No puedes simplemente pedir cualquier cosa a menos que quieras envenenarte. Es como ir a Burger King y pedir una malteada sin papas fritas.
—¿La gente sumerge papas fritas en sus malteadas?
La estática estalla a través de los altavoces, y Phainon se da cuenta de que el tipo se está riendo. Incluso su risa suena bien.
—¿Nunca lo has probado? Sabe mejor de lo que parece. DeberĂas intentarlo. Hay un Burger King justo al otro lado de la calle; vuelve a agradecerme cuando lo hayas hecho.
—¿No va esto en contra de la polĂtica de la compañĂa o algo asĂ? PodrĂa informarle a tus superiores.
—¿Yo? —dice la voz con falsa inocencia—. Nunca sugerirĂa que vayas a Burger King, donde al menos tienen carne fresca y no de dudosa procedencia, a diferencia de McDonald’s. ÂżPor quĂ© habrĂa de hacer eso?
Phainon abre la boca para decir algo, pero no logra decir nada cuando detrás de él alguien toca la bocina con impaciencia.
—Está bien, Dios, compraré un pay de manzana si insistes.
—Correcto, una ensalada y un pay de manzana, salen enseguida. Pase a la siguiente ventanilla.
—¡Sin nuggets esta vez! —Phainon grita en el último momento. Escuchando la voz riéndose detrás de él mientras conduce.
No recibe un nugget, pero recibe dos rebanadas grandes de pay justo después de recibir la ensalada. Rápidamente saca el recibo para verificar un par de veces, mostrando que le han facturado ambas rebanadas por el precio de una.
Supone que esto es lo que quiere decir el chico del altavoz con darse un capricho.
Stelle le da una mirada un tanto extraña cuando Phainon menciona que va a McDonald’s y le pregunta si quiere algo.
—¿Es ese un código para “ir a ver a mi traficante de drogas” o algo as� —Stelle dice dudosamente—. Nunca comes comida chatarra.
No está equivocada, pero Phainon no está dispuesto a decirle a Stelle por quĂ© va realmente, porque Stelle le dirĂa a Cyrene y luego ambas saltarĂan sobre Ă©l con todo tipo de preguntas cuando no es la gran cosa. En absoluto.
Él se cruza de brazos.
—Puedo consentirme de vez en cuando. ¿Quieres algo o no? —Stelle entrecierra los ojos hacia Phainon y lo mira. Después de un momento, finalmente responde.
—Quiero veinte nuggets de pollo. No, espera, cuarenta. Y ni se te ocurra robar nada, lo sabré.
—No serĂa robar si lo comprara con mi propio dinero.
—Bien —resopla Stelle, tomando su cartera y sacando dos billetes entre sus dedos—. Toma. Cómprate algo también. Ahora no puedes decir que nunca hice nada por ti.
Phainon suspira y toma los billetes, muy consciente de la aguda mirada de Stelle que lo sigue mientras se va. Si se da cuenta de que Phainon está más ansioso de lo habitual por salir, al menos no lo comenta.
Escuchar de nuevo aquella voz es un cambio refrescante de ritmo en comparaciĂłn.
—¿Cuarenta? ¿Es asà como planeas morir? ¿Ahogado con cuarenta nuggets de pollo?
O tal vez no.
—Es para mi amiga —explica Phainon—. Además, ¿es parte del manual de empleados juzgar las elecciones de vida de tus clientes?
—Juzgo a todos —dice la voz sin perder el ritmo—. Especialmente al chico raro que me acosa y me deja propina en el autoservicio. ¿Quién hace esa mierda?
—Al menos podrĂas decir gracias.
—SĂ, gracias. OlvidĂ© mencionarlo la Ăşltima vez, pero no tenĂas que hacerlo. Me pagan por encima del salario mĂnimo.
—No sabĂa si lo aceptarĂas o no —admite Phainon—. Tampoco tenĂas que darme mas pay gratis, asĂ que supongo que estamos a mano.
—¿Gratis? —la voz dice con fingida confusiĂłn—. Si no recuerdo mal, te cobrĂ© por ambos. PodrĂa haber cometido un error porque soy muy malo en matemáticas, pero yo no doy comida gratis.
—Gracias por ser malo en matemáticas, supongo —Phainon se rĂe.
Cuando la conversaciĂłn se detiene, mira a su alrededor.
No hay nadie en la fila detrás de Ă©l esta noche para gritarle por detener la fila del autoservicio, por lo que apoya el brazo fuera del auto y se inclina un poco más cerca de los altavoces. Hay algo triste y desesperado en Phainon buscando estas conversaciones fugaces con el extraño sarcástico detrás del altavoz del autoservicio, y es aun más patĂ©tico por el hecho de que Phainon inexplicablemente siente que su dĂa se ilumina cuando escucha el sonido de la voz. Pero de alguna manera parece no poder detenerse.
—Por cierto, probĂ© la malteada con papas fritas, como sugeriste. SabĂa mucho mejor de lo que esperaba.
Hay una pausa, luego una risa sorprendida.
—No pensĂ© que lo harĂas. ÂżEntonces volviste solo para decirme que te uniste al enemigo?
—Oye, tú eres quien me dijo lo mejor que es Burger King. ¿Es eso lo que te enseñan a decirles a los clientes durante el entrenamiento?
—No dije nada de eso, y no puedes probarlo.
Phainon sonrĂe. Está a punto de responder cuando los altavoces registran otra voz, pero esta demasiado apagada como para comprender lo que dice. Un momento despuĂ©s, la voz vuelve a hablar:
—Lo siento, mis compañeros comienzan a preguntarse por qué carajo un chico en el elegante auto de sus abuelos se ha estacionado en el autoservicio y me está hablando, asà que es mejor que pagues antes de que sigas atrasando la fila.
—¿Eso es mi culpa? ÂżY por quĂ© tengo que moverme? Ni siquiera hay una fila. Soy la Ăşnica persona aquĂ.
—Yo no hago las reglas, solo trabajo aquĂ. Pase a la prĂłxima ventanilla, por favor, antes de que me despidan —dice la voz justo antes de que se corten los altavoces.
—¡Espera! ¡Ni siquiera he terminado de ordenar aun! —Phainon le grita. Ninguna respuesta—. Oye, ¿me estás ignorando? ¿Quién es el gerente aqu� ¡Si no vuelves y terminas mi pedido exigiré hablar con tu gerente!
AĂşn no hay respuesta. Phainon capta un ligero movimiento por la esquina del ojo y ve que la pantalla comienza a escribir su orden. Cuarenta piezas de nuggets de pollo, una ensalada de pollo a la parrilla, un pay de manzana y papas fritas extra grandes.
—IncreĂble —murmura.
Se vuelve extrañamente rutinario despuĂ©s de eso. Al igual que alguna compulsiĂłn que no puede ignorar, pronto se encuentra en el autoservicio casi cada dos dĂas, sin saber si realmente le gusta la comida rápida o la compañĂa sorprendentemente buena, aunque excesivamente sarcástica y desconocida.
Ambas son opciones igualmente sombrĂas.
Quiere pensar que sus visitas nocturnas rompen la monotonĂa de lo que tiene que ser un turno de trabajo aburrido. Que la calidez que sintiĂł al escuchar la voz durante esa primera noche provocĂł algĂşn tipo de simpatĂa en lo más profundo de esa persona, el instinto humano básico de ayudar. Como hacer una buena acciĂłn para la comunidad, volviendo la rutina un poco más brillante a su manera. Incluso si “la comunidad” es en realidad un solo hombre detrás de los altavoces.
Honestamente, si alguien le preguntara por quĂ© lo hace, no sabrĂa quĂ© responder. Pero eso no le impide ir. AsĂ es como su vida diaria comienza a ser salpicada de conversaciones sumamente enriquecedoras como esta:
(—Sigues viniendo…
—Tú también.
—Trabajo aquĂ, genio. ÂżVas a ordenar o no?)
O esta:
(—Estoy pensando en ampliar mis horizontes. Solo compro ensaladas —dice Phainon, mirando el menĂş. Sigue siendo un poco abrumador ver la cantidad de opciones que hay en el menĂş. No cree que alguna vez se acostumbre—. ÂżQuĂ© recomendarĂas?
—¿Personalmente? Me gustan los nuggets de pollo de Burger King. TambiĂ©n hay una panaderĂa en esta calle; la dueña es amable y ofrece descuentos si eres guapo.
Phainon se rĂe.
—¿Eres realmente tan guapo?
—¿No lo crees? —la voz resopla, lo que resulta en una explosiĂłn de estática a travĂ©s de los altavoces. En realidad, casi suena molesto por el interrogatorio de Phainon, que es… algo lindo, en cierto modo.
—SĂ, debes ser muy guapo, atrapado detrás de un altavoz trabajando durante el horario nocturno en McDonald’s.
—¿QuĂ© significa eso? —dice la voz rotundamente, y Phainon intenta contener su risa—. Oye. Dejame ver tu cara, verĂ© por mĂ mismo si tienes derecho a hablarme asĂ.
Sonriendo, espera a que el techo convertible de su auto se despliegue para dar a la cámara una visión clara de su rostro, ignorando las miradas exasperadas que recibe de los conductores detrás de él. Recibe silencio absoluto de los altavoces en respuesta.
—¿Ya sin palabras? Soy asà de guapo, ¿verdad? —Phainon pregunta, girando en su asiento para poder posar mejor para la cámara.
—… No puedo saberlo —dice la voz bruscamente, pero Phainon podrĂa jurar que suena casi tĂmido. Phainon sonrĂe.)
Y también:
(—¿No estabas a dieta? —pregunta la voz la enésima vez que Phainon se encuentra mirando el menú del autoservicio.
—Aun sigue en pie. He estado ejercitándome más para compensar todas esas calorĂas.
—SĂ, claro —dice la voz como si fuera lo peor que Phainon podrĂa haber dicho—. FuncionarĂa si al menos usaran manzanas reales en esos pays que no dejas de comprar.
—Estoy comenzando a pensar que realmente estás tratando de sabotear a McDonald’s —dice Phainon, sonriendo a los altavoces—. ÂżVas a desertar a Burger King? ÂżHay algo más que quieras decir?
—Bienvenido a McDonald’s. ÂżPuedo tomar su pedido? —la voz dice en su lugar.)
Phainon está familiarizado con su rutina ahora: entabla bromas breves pero amistosas con la voz, ordena, paga, toma la comida y se va.
—¿Tienes algo en mente hoy? Estás siendo terriblemente… normal.
—Se llama trabajar —dice la voz intencionalmente—. Tal vez es un concepto extraño para ti, ya que todo lo que pareces hacer con tu tiempo es molestarme.
—¿Tú? ¿Trabajando?
Hay un gruñido molesto en el otro extremo.
—Mis compañeros me han dicho que no he estado haciendo mi trabajo de manera eficiente, gracias a alguien. Entonces sĂ, estoy trabajando.
—PodrĂa jurar que suenas molesto. ÂżEstás seguro de que eso es todo?
—¿Además del hecho de que me estás engañando con la dueña de esa panaderĂa de la que te hablĂ©? —dice la voz, logrando sonar petulante incluso a travĂ©s de los habituales y monĂłtonos altavoces de mierda—. No deja de hablar del chico con el lindo auto y me ha estado arruinando el apetito cada vez que voy. PensĂ© que tĂş y yo tenĂamos algo especial, y resulta que estás siendo amigable con todos los trabajadores de comida por aquĂ..
—Lo siento —Phainon dice en el mismo tono de broma, porque una parte de su cerebro sigue tratando de ponerse al dĂa con lo que acaba de escuchar, porque es la frase más larga que le ha dicho la voz misteriosa a Phainon alguna vez—. Espera. ÂżEs esta tu forma de llamarme puta?
—Tus palabras, no mĂas…
—No es lo que parece —dice Phainon—. Solo fui porque lo sugeriste, eso es todo. Fue solo una vez, lo juro.
—¿Oh, en serio? ¿Qué te hace pensar que debo confiar en que cumplas tu palabra?
—Eres especial, cariño. No me atreverĂa a engañarte con la mujer de la panaderĂa.
Bien, puede que haya ido un poco más lejos de lo que pretendĂa llevar esa broma, piensa tardĂamente mientras se estremece ante lo extrañas que suenan las palabras que escaparon de su boca. Cariño. Joder, definitivamente se está volviendo loco. ÂżQuĂ© clase de demonio lo poseyĂł para decir eso?
—Ew… —la voz está de acuerdo, y muy amablemente le sigue un ruido de náuseas—. Por favor, no vuelvas a hacer eso. Es raro.
—SĂ, definitivamente.
Unas semanas más tarde, cuando la voz le pregunta con ironĂa—: ÂżLo de siempre? —y momentos despuĂ©s Phainon se encuentra estacionado a un par de calles de distancia tomando otro bocado de su ensalada, se da cuenta de que podria tener un problema.
Le gusta demasiado ese tipo.
Se siente atraĂdo por una persona de la que no sabe nada más que el sonido de su voz. Ni siquiera su nombre.
Mierda.
—Ni siquiera sé tu nombre —dice Phainon la próxima vez que inevitablemente se detiene en el autoservicio—. No tengo idea de cómo eres, o qué edad tienes. Ni siquiera me gusta la comida rápida, pero sigo volviendo aquà solo para hablar contigo. ¿Qué me pasa?
—Me ofende eso —dice la voz sin nombre, pero Phainon podrĂa jurar que hay algo presumido en su voz—. Lo dices como si fueras una especie de acosador u obsesivo enfermo. Es perfectamente normal querer hablar conmigo, Phainon.
Phainon abre la boca para replicar, pero en su lugar sale un—: ¿Sabes mi nombre?
—Obviamente.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Está en tu tarjeta de crédito, Phainon.
—Está bien, ahora solo estás molestándome a propósito. ¿Me vas a decir tu nombre? Ni siquiera preguntaré cómo conseguiste mi tarjeta ni presentaré una orden de restricción si me lo dices.
—No lo creo.
Phainon decide ignorar la forma en que el tono burlón y condescendiente de esa voz hace a su corazón latir más rapido contra su pecho. Al menos un poco.
—Eso no te hace parecer menos raro que yo, ¿sabes? ¿Cómo sé que no me vas a secuestrar, matar y correr por la ciudad con mi piel en tu cara?
—No lo sabes, Phainon. Quizás ese sea el plan. Tal vez todo este tiempo solo tenĂa el objetivo de observarte y descubrir dĂłnde vives para poder matarte y conducir en tu lujoso auto.
—Está bien, bien, puedo aceptar eso. Solo dame algo, por favor. Esto es tan injusto —dice Phainon, dolorosamente consciente de que está a nada de suplicar. Pero a la mierda, está totalmente desesperado en este momento—. El nombre de tu primera mascota, la calle en la que creciste, el apellido de soltera de tu madre…
—Esas son preguntas de seguridad genĂ©ricas —dice la voz—. ÂżPor quĂ© deberĂa responderte si quizá planeas robar mi identidad?
Phainon resopla.
—Bien. ¿Qué tal, de qué color es tu cabello? ¿Tienes algún pasatiempo? ¿Un libro favorito?
—Mi cabello —explica la voz, sonando reacia incluso a hacerlo—. Es rubio.
AsĂ sigue por un tiempo. Probablemente más de lo que deberĂa durar algo asĂ, pero está bien. Totalmente bien, porque definitivamente Phainon no tiene ningĂşn problema, es normal. Hasta que un dĂa despierta atado a una silla, literalmente.
Se despierta no en la cama en la que se fue a dormir, sino sentado a una silla. Y para agregar a su confusiĂłn, cuando intenta levantarse descubre que no puede moverse porque hay algĂşn tipo de cuerda que lo ata.
Su primer pensamiento es “he sido secuestrado”, excepto que se encuentra justo en el medio de su propio apartamento, asĂ que a menos que quien lo haya puesto en esta posiciĂłn estĂ© planeando robar el lugar con Ă©l observando o quizá torturarlo, piensa que no. Su segundo pensamiento es “¿cuanto bebĂ anoche?”. Pero ese pensamiento no lo lleva a ninguna parte porque se deshizo de todo el alcohol despuĂ©s de que Stelle comenzara a cantar a gritos en medio de la noche y sus vecinos llamaran a la policĂa.
Su confusión dura tanto como le toma a Cyrene y Stelle aparecer frente a él.
—¿Eh?
—Phainon —dice Cyrene suavemente—. Esto es una intervención.
—¿Qué? —es todo lo que dice Phainon.
Observa a Cyrene que lo mira seriamente, hasta que nota a Stelle levantar uno de los cestos de basura de Phainon y lo inclina para mostrar lo que hay dentro, está tan lleno de recipientes vacĂos con el logotipo de McDonald’s que Phainon tuvo que atar la tapa con cables para evitar que la basura siguiera derramándose.
—No hay más que restos de basura de McDonald’s y nada de alguna otra tienda u otro tipo de alimento. Y a juzgar por la cantidad, has estado viviendo de comida rápida durante mas de un mes.
—Solo ensaladas y pays de manzana.
Cyrene y Stelle intercambian una mirada antes de que ambas hablen al unĂsono—: ÂżQuĂ©?
Phainon se sonroja imposiblemente bajo su escrutinio.
—No importa, es solo una estupidez. Desátenme ya.
Stelle frunce el ceño.
—Hemos revisado tu estado de cuenta y las ultimas tres paginas son unicamente de compras en McDonald’s. Si hacemos los cálculos, eso significa que eres noventa y cinco por ciento adicto a la comida rápida.
—AsĂ no es como funcionan las matemáticas, no es nada de eso. Espera, Âżcomo obtuvieron mis datos bancarios? ÂżEso es legal? ¡No tenĂan que secuestrarme para esto!
Cyrene da un paso adelante.
—Lo que queremos decir es que nunca compras comida rápida y nos preocupa el estado de tus arterias, sin mencionar tu estado mental.
—Sà —agrega Stelle—. Quién sabe qué tipo de cosas le agregan a esa comida para que sea tan barata y adictiva, cuando menos te des cuenta estarás vendiendo tu colchon solo para comprar más. Y eventualmente llegarás al punto en que te desalojen, y ni siquiera podrás pagar por un nuevo lugar donde dormir porque habrás gastado todo tu dinero en esa adicción.
—Eso ni siquiera tiene sentido. No es asĂ, Âżde acuerdo? —Phainon suspira—. No soy adicto.
—Eso es lo que todos dicen —dice Stelle, luego se vuelve hacia Cyrene para susurrar en voz alta—: No le creas cuando dice que puede controlarse. Asà es como empiezan.
Phainon gime, deseando poder enterrar su rostro en sus manos para no tener que enfrentar… lo que sea que sea esto.
—Solo compro ahà porque me gusta la voz el tipo que habla en el autoservicio —dice de mala gana.
Cyrene parpadea una vez, y una vez más al escuchar la nueva información. Rápidamente mira a Stelle y le hace un gesto para que se acerque antes de que ambas se acurruquen a susurrar sobre algo que Phainon apenas puede distinguir, quien rueda los ojos ante el gesto dramático.
—Déjame aclarar esto —dice Cyrene una vez que las dos se separan—. Has estado ordenando una cantidad poco saludable de comida rápida porque estás enamorado del chico del autoservicio.
—No estoy enamorado de Ă©l —protesta Phainon—. ¡Ni siquiera sĂ© su nombre! ÂżCĂłmo podrĂa estar enamorado de Ă©l si no sĂ© su nombre?
—¿No sabes su nombre? —la voz de Cyrene hace eco, escĂ©ptica. Phainon prácticamente puede verla uniendo las piezas en su cabeza, y no le gusta—. Espera, Âżni siquiera has visto al tipo cara a cara? ¡PodrĂa ser un hombre de cincuenta años! Quizá se aprovecha de cada chico universitario lindo que pasa por ahĂ, y tĂş eres muy lindo, Phainon.
—Si — Stelle asiente sabiamente—. Esto está muy mal, cuando te secuestre y tu cuerpo sea encontrado en una zanja en algún lugar, ni siquiera podremos decirte “te lo dijimos” porque estarás muerto.
Phainon quiere negar eso. Lo hace. No hay nada que le gustarĂa más que demostrar que están equivocadas. Pero se da cuenta de que, honestamente, no tiene forma alguna de comprobarlo. El tipo que habla siempre ha dudado en proporcionar más detalles personales cada vez que Phainon lo presiona. Conoce el nombre de Phainon pero se niega a revelar el suyo, cuyo punto ya le ha mencionado. Cualquiera lo encontrarĂa sospechoso.
No es que la conclusiĂłn sea una locura, para nada. Phainon probablemente tendrĂa la misma idea que Cyrene y Stelle, dada la cantidad de informaciĂłn que tienen. Pero de alguna forma, Ă©l sabe, con cada fibra de su ser, que están equivocadas. Es molesto que no pueda probarlo.
—Aun asĂ, esto no es saludable —continĂşa Cyrene—. Incluso si este tipo no te mata, toda esta comida chatarra lo hará.
Phainon suspira.
—Esta bien. Si acepto ir menos, ¿van a desatarme de esta estúpida silla?
El hace un esfuerzo.
Un esfuerzo genuino, solo por Cyrene y Stelle. Sin embargo, no está completamente seguro de por qué lo está intentando, dado que son la razón por la que todo esto ocurrió en primer lugar. Está en su derecho de no querer escucharlas en absoluto, especialmente después de que lo ataran a una silla solo para interrogarlo como a una especie de criminal. Pero una parte de él sabe que tienen razón, y a pesar de lo locas que actuan a veces, les importa.
Entonces, Phainon hace un esfuerzo para seguir adelante.
Logra sobrevivir una semana completa antes de volver al autoservicio. Para ser justos, esta es probablemente la brecha de tiempo más larga entre sus visitas desde… bueno, desde que comenzĂł a comprar ahĂ. AsĂ que debe ser señal de una mejorĂa. Además, no es que tengan que saberlo. Su mayor error fue dejar evidencia, Phainon será más precavido esta vez.
Una voz, que definitivamente no es esa voz, le da la bienvenida a Phainon a través de los altavoces.
—Hola, ¿puedo tomar tu-
—¿Dónde está el tipo de siempre?
—O_rden-… ¿qué?_
—Él… —Phainon hace una pausa, dándose cuenta tardĂamente de que eso debe sonar muy extraño, casi como algĂşn tipo de acosador, pero es demasiado tarde porque el tipo del altavoz no podĂa haber sido reemplazado asĂ como asĂ, sin ninguna advertencia—. El tipo que generalmente trabaja en este turno. ¿Él no está aquĂ?
Hay un silencio incĂłmodo despuĂ©s de sus palabras, la nueva persona detrás de los altavoces debe estar tratando de averiguar de quiĂ©n está hablando o debatiendo si deberĂa llamar a la policĂa, Phainon no está seguro.
—¿Estás hablando de Mydeimos?
—En realidad, no sé su nombre. O cualquier otra cosa sobre él, sinceramente. Solo que él trabaja aquà —Phainon murmura torpemente, comenzando a recordar su conversación con Cyrene y Stelle. Con cada segundo que pasa, una profunda vergüenza comienza a invadirlo.
—¿El que suena casi grosero? ÂżParece que odia a todos y probablemente comenzarĂa una pelea contigo?
—SÅ suena bastante preciso. ¿Un tipo gruñón y sarcástico, extrañamente obsesionado con Burger King?
La chica nueva suelta una carcajada.
—Sin duda debes estar hablando de él. ¿Por qué? ¿Quieres que él tome tu orden?
—No, está bien —dice Phainon, tomándose un momento para procesar el hecho de que ahora tiene un nombre, probando el sonido en su mente. Mydeimos. Es apropiado, al igual que su voz—. S-Solo me preguntaba si aun trabaja aquĂ o si ya habĂa desertado a Burger King.
—Oh, debes ser Phainon —dice la chica, pero antes de que Phainon pueda pensar en lo que su tono burlĂłn podrĂa significar, continĂşa—: Se está tomando un descanso. Creo que se lastimĂł un brazo o algo asĂ. ParecĂa molesto estos Ăşltimos dĂas, asĂ que lo obligamos a ir a casa.
—¿Él está bien?
—Conociéndolo, debe estar perfectamente y solo está buscando una razón para no venir. Sin embargo, ahora que lo pienso, ha estado apareciendo a trabajar más de lo habitual durante los últimos dos meses.
—Oh, menos mal… —dice Phainon, inseguro de lo que la chica espera que responda a eso.
—DeberĂa volver pronto, no te preocupes —continĂşa la chica—. Sin embargo, es lindo que te preocupes por Ă©l. Mydei realmente lo apreciará.
—Eh… —es todo lo que Phainon puede articular, porque su mente está corriendo a mil por hora intentando averiguar en qué punto, entre las disputas amistosas y las respuestas sarcásticos, comenzó a preocuparse por la voz.
—¡Soy Cipher, por cierto! —la chica canta alegremente—. No soy Mydei, pero tendrás que soportarme por ahora.
—Está bien —Phainon se aclara la garganta—. Pediré lo habitual.
Cipher se rĂe a carcajadas antes de que Phainon se disculpe torpemente por su error.
—No te preocupes —dice fácilmente. Suena demasiado amigable, de una manera que hace sonreĂr e inquieta a Phainon a partes iguales, casi como si tuviera algo entre manos—. Por cierto —dice Cipher despuĂ©s de que Phainon termina de ordenar y comienza a poner su auto nuevamente en marcha—. Si lo invitas a salir, Ă©l no dirĂa que no.
Phainon quiere acelerar y estrellarse contra la pared mas cercana.
—¿Volviste a tu dieta?
La voz que lo recibe hoy es la de Mydei. Phainon está una parte aliviada, dos partes en conflicto. No está muy seguro de qué es, o si es solo porque no ha hablado con Mydei en poco más de tres semanas, pero algo parece diferente y aún no está seguro de cómo se siente al respecto.
—No, mis amigas organizaron una intervenciĂłn. No más viajes nocturnos a McDonald’s para mĂ.
—Oh —no está seguro, pero Mydei suena casi… decepcionado—. Probablemente sea lo mejor; estabas en camino a adquirir diabetes tipo 2 con toda esa cantidad de comida chatarra.
—No actúes como si no esperas a que muera para poder robar mi auto.
Mydei se rĂe, y Phainon se da cuenta de que esta es la primera vez que habla con Ă©l como Mydei, y no como esa voz. Parece que todo ha cambiado, a pesar de que nada lo ha hecho realmente, y por alguna extraña razĂłn está un poco nervioso.
—¿Cómo has estado? Escuché que te lastimaste —dice casualmente, de repente inseguro de a dónde espera ir con esta conversación.
—SĂ, un accidente. SucediĂł, pero ahora estoy bien —dice Mydei, como si estuviera tratando de pasar de ese tema lo más rápido posible. Y luego, Phainon hace todo lo posible para no entrar en pánico—: ÂżCĂłmo lo supiste?
—La otra chica me dijo… Cipher, creo que se llama.
Hay un gemido de resignaciĂłn.
—¿Qué dijo ella?
“Que deberĂa invitarte a salir”, la mente de Phainon responde de inmediato, seguido por una calidez que comienza a invadir sus mejillas al recordar por enĂ©sima vez lo que habĂa estado tratando de olvidar, un esfuerzo en vano. Por su tono, Mydei parece sospechar, pero Phainon aĂşn no se siente listo para enfrentar las implicaciones.
—Solo… que te lastimaste y te tomarĂas un descanso. Sinceramente, pensĂ© que finalmente te habĂas hartado de este lugar.
—Ojalá —dice Mydei hoscamente—. AsĂ al menos podrĂa dejar de esperar aquĂ todos los dĂas a que aparezcas —un largo, muy largo, silencio permenece en el aire seguido de sus palabras—. N-No quise decir eso. Solo finge que no solo escuchaste eso, mierda.
—Por supuesto. Olvidaré que acabas de admitir que vienes a trabajar con la esperanza de verme, o bueno, oirme —lo cual no solo no quiere, no puede. Porque tal vez, todo este tiempo esperaba que Mydei extrañara hablar con Phainon tanto como Phainon extrañaba hablar con Mydei.
Pero la forma en que Mydei lo expresó tan abiertamente… joder.
Alguien detrás de Ă©l no deja de tocar la bocina con impaciencia, pero Phainon es distraĂdo por un pensamiento repentino que lo golpea de manera demasiado insistente como para ignorarlo.
—¿Es por eso que sonaba confundida por que venĂas a trabajar con más frecuencia de lo habitual?
Hay otro silencio. Se extiende lo suficiente como para que Phainon se pregunte si Mydei finalmente decidiĂł haber tenido suficiente de Phainon por completo.
—Lo sabĂa —Mydei gime nuevamente—. Cipher te dijo algo extraño.
—¿Entonces es verdad? —Phainon continúa—. Me estabas esperando.
—Trabajo aquĂ. EstarĂa en este mismo lugar incluso si no aparecieras. TĂş eras el que venĂa aquĂ cada dos dĂas como una especie de depredador asqueroso —espeta Mydei—. Lo dijiste tĂş mismo: ni siquiera te gusta la comida rápida.
“Me gustas”, casi dice Phainon, pero algo lo detiene. Tal vez se deba a la constataciĂłn de que nunca lo habĂa admitido plenamente, ni siquiera se imaginĂł a sĂ mismo diciendo esas palabras. El hecho de que todo este tiempo, ni siquiera Ă©l mismo se haya dado cuenta de lo que se ha tratado todo esto exactamente, a pesar de que la respuesta siempre hubiera estado ahĂ.
—Tomaré tu silencio como que no estás en desacuerdo con que eres un tipo extraño.
—No creas que he olvidado que tú eres el que probablemente sea un hombre de sesenta años escondido detrás de los altavoces. Ni siquiera me dijiste tu nombre —protesta Phainon.
Hay un suspiro largo y prolongado.
—Tengo veinticuatro, no sesenta. ¿Feliz ahora?
—Tal vez —dice Phainon—. Entonces, ÂżcĂłmo deberĂa llamarte, Mydeimos?
—Claro que Cipher iba a decirte mi nombre —Mydei suspira.
—SĂ. Ahora estamos a mano, Mydeimos.
—Haikas… —Phainon lo oye decir débilmente, aunque no sabe que significa—: Solo Mydei está bien. Llámame de otra forma y te golpearé.
—Eso será difĂcil a travĂ©s de estos altavoces.
—¿En serio? Pruébame. Saldré ahora mismo a darte una paliza si tengo que hacerlo.
Phainon sonrĂe, repentinamente tentado por la promesa.
—Solo quieres una excusa para volver a ver mi hermoso rostro.
Mydei dice algo, pero Phainon no puede entender las palabras, el familiar sonido de estática vuelve a sonar en el altavoz aun más fuerte. Cree poder distinguir también algunos gritos y maldiciones.
—¿Estás bien?
—Creo que haré algo de lo que me voy a arrepentir.
—CĂłmo dije, no necesitas una excusa. ÂżA quĂ© hora sales? —sonrĂe Phainon.
Mydei solo se rĂe.
Mydei no se parece en nada a lo que imaginĂł.
Es como si Phainon estuviera en una estĂşpida comedia romántica, ocurre asĂ: toma su orden y se sienta en una de las tantas mesas libres dentro del establecimiento. No puede evitar rascarse la piel torpemente, mirando cada veinte segundos en direcciĂłn a la cocina, atento a cada movimiento a su alrededor preguntándose si, tal vez, una de las tantas personas uniformadas que se pasean ahĂ es Mydei, mira su telĂ©fono para comprobar la hora. Y repite.
Pasa una hora, la hora más larga de su vida. El restaurante está casi completamente vacĂo, es bastante tarde, asĂ que la mayorĂa ya se ha ido, y el personal a su alrededor está empezando a mirarlo de manera extraña, casi como si quisieran reirse en su cara. Y luego, un par de minutos despuĂ©s, escucha que alguien grita su nombre. Cuando levanta la vista y mira con sus ojos la fuente de la voz, sabe, con cada fibra de su ser, sabe que es Ă©l.
Mydei lo saluda vacilante, y parece que todo sucede en cámara lenta desde allĂ.
Mydei se quita el sombrero y algunos mechones rubios con puntas rojizas caen desordenadamente sobre su frente. Se pasa una mano por el cabello de aspecto increiblemente suave, que Phainon nota tardĂamente está recogido en una coleta baja, mientras le sonrĂe casi con timidez, pero Phainon jura que es la sonrisa más radiante que jamás ha visto en su vida.
Cuando Mydei alcanza a Phainon, saca la silla frente a él, se sienta y dice torpemente—: Hola.
“Encantado de conocerte”, probablemente deberĂa decir. Un “hola”, tambiĂ©n es aceptable. Pero en lugar de eso, dice—: Tu piel se ve demasiado perfecta para alguien que trabaja en McDonald’s —espeta Phainon, incapaz de evitar mirarlo fijamente. Mydei prácticamente brilla bajo las luces fluorescentes, y su piel parece tan suave que quiere acariciarla.
Bueno. Tal vez Phainon sĂ es el raro aquĂ.
—¿Eh?
—Q-Quiero decir, mis amigas me decĂan cuán extraño era todo esto, Âżsabes? Estaba esperando a un tipo mucho mayor, quizá con anteojos y con acnĂ© y, mierda —continĂşa Phainon. Es demasiado tarde para avergonzarse ahora—. Eres lindo.
Los labios de Mydei se contraen, no esta muy seguro de si se deba a una sonrisa o a una mueca de disgusto. Tal vez un poco de ambas.
—¿Gracias, supongo?
Si Phainon tuviera que hacer un diagrama de Venn recopilando todos los rasgos que habĂa imaginado que Mydei tuviera y quĂ© rasgos Mydei tenĂa en realidad, no se tratarĂa más que de un par de cĂrculos haciendo su mayor esfuerzo por permanecer lo más lejos el uno del otro como fuese fĂsicamente posible. Odia los estereotipos, pero por su voz, Phainon habĂa imaginado a alguien grande, alto y definitivamente intimidante.
Lo cual, en realidad, sà es. Mydei es casi tan alto como él y sin duda también esta muy en forma, no es necesario siquiera cuestionarlo, pues su uniforme se cierne peligrosa y obscenamente sobre su cuerpo tonificado; sin mencionar la tinta roja que recorre su piel en intrincados patrones alrededor de sus brazos y perdiendose bajo el cuello y las mangas de su camisa.
Sin duda, lo es.
Pero Phainon tambiĂ©n nota su timidez, el ligero rubor en sus mejillas, como parece no saber quĂ© hacer consigo mismo; cĂłmo actuar, como moverse. Entonces, si Phainon debiera usar una sola palabra para describir a Mydei, tendrĂa que ser: hermoso, adorable, quizá etĂ©reo.
El absoluto paraĂso en dos piernas.
Porque obviamente, una palabra no es suficiente.
—No me lo tomes a mal —sigue diciendo Phainon—. Pero sinceramente no esperaba mucho. Quiero decir, ¿qué clase de persona trabaja en el turno nocturno de un restaurante de comida rápida y permanece esclavizado detrás de un altavoz si tiene una cara que vale la pena mostrar?
—Eres bastante atractivo, para alguien que come tan mal como tĂş —ofrece Mydei, su boca se curva tĂmidamente, el rubor en su rostro se extiende hasta sus orejas y la parte superior de su cuello.
Phainon cree que podrĂa estar alucinando.
—Entonces… —comienza Mydei, aun negandose a mirarlo, con los ojos fijos en sus dedos golpeando la superficie de la mesa ritmicamente—. ¿Ahora qué?
ÂżAhora que? La pregunta hace eco en la mente de Phainon. ÂżQuĂ© quiere? TodavĂa no está seguro de si espera que esto vaya a algĂşn lado. Hasta hace unas semanas, ni siquiera sabĂa el nombre de Mydei. Hace diez minutos que sabe cĂłmo es Mydei fĂsicamente. No sabe si funcionaran. No lo sabe.
Pero por ahora, lo único que puede ver y pensar es en el futuro próximo, y supone que está bien.
Phainon observa el rostro de Mydei: el delicado aleteo de sus pestañas, la suave curva de sus labios. Lo absorbe todo para sà mismo, apreciando su belleza, y solo espera lo mejor.
—SĂ© que básicamente te acabo de conocer y esto es muy repentino, pero… quiero tomarte de la mano. Y salir contigo. Ah, y presumirte ante mis amigas por atreverse a dudar de mĂ.
—Podemos hacer eso —Mydei mira la mano de Phainon y con cautela la alcanza por debajo de la mesa. Sus dedos encajan perfectamente entre los de Phainon—. ¿A dónde quieres llevarme?
—No lo habĂa pensado hasta ahora —admite Phainon—. ÂżQuieres ir a Burger King o algo asĂ?
Mydei hace una mueca, mira hacia abajo y sacude la cabeza.
—TodavĂa estoy con mi uniforme de trabajo. No puedo ser visto en territorio enemigo asĂ.
—Como si te importara —se burla Phainon—. SĂ© que los traicionarĂas sin problema. Estoy seguro de que no te importarĂa que te vieran relacionarte con el enemigo.
Mydei se rĂe, y si antes Phainon pensaba que su risa sonaba increible, Âżpor quĂ© tenĂa que verse tan hermoso tambiĂ©n mientras lo hacĂa?
—Está bien, ningĂşn restaurante de comida rápida en la primera cita. Anotado —dice Phainon, tratando de encubrir cĂłmo le tiemblan las manos, el cĂłmo la presencia de Mydei sin duda está afectando sus nervios—. ÂżTe parece algo dulce? Conozco una cafeterĂa cerca de aquĂ.
Mydei sonrĂe y asiente.
—Es imposible —Stelle jadea. Su mandĂbula casi llega al suelo—. ÂżRealmente eres Ă©l? ÂżPhainon no te contratĂł para que actuaras como ese tipo espeluzante?
—Mi nombre es Mydei. Y sĂ, realmente soy yo.
—No hay forma de que sea cierto. Se supone que debĂas ser un hombre gordo asqueroso para que pudiera reĂrme de Phainon por haberse enamorado de un viejo grasiento —dice Stelle—. No… esto. No se supone que seas atractivo.
—Ahora veo por qué son amigos —le dice Mydei secamente a Phainon, quien solo puede encogerse de hombros y esperar que sus dos mejores amigas puedan superar la novedad que es el chico que enamoró a Phainon sin siquiera verlo.
Tener un poco de esperanza nunca le hace daño a nadie.
—Lo que está tratando de decir es que estamos muy felices de poder conocerte finalmente —dice Cyrene, dándole un codazo a Stelle, quien se enfurruña mientras murmura por lo bajo: “¿por quĂ© Phainon pudo encontrar a alguien asĂ en McDonald’s?”.
—Es… un placer conocerlas tambiĂ©n —dice Mydei. Bajo su rostro cuidadosamente neutral, parece un ciervo atrapado observando los faros de un auto en la carretera. A Phainon le parece adorable.
—No hemos escuchado… mucho sobre ti. Pero al menos hemos oĂdo hablar de ti.
—Si —Stelle asiente vigorosamente—. Estamos muy contentas de que no seas un asesino en serie —hace una pausa, considerando ese hecho por un segundo—. Pensándolo bien, aĂşn podrĂas ser un asesino en serie esperando su oportunidad, tratando de ganarse nuestra confianza antes de que nos arrebates cruelmente la vida de Phainon.
Los labios de Mydei se curvan en una sonrisa de exasperación, y Phainon toma eso como una señal para irse.
—SĂ, bueno, ¡nos vamos! —exclama, tirando del brazo de Mydei y señalando hacia la puerta—. Saldremos ahora. En una cita. Donde no serĂ© asesinado. ÂżVerdad, Mydei?
Pero ya está arrastrando a Mydei consigo hacia la puerta.
—Sà —concluye.
—¡No te olvides de usar condón! —Stelle les grita.
Phainon espera que no esté tan sonrojado como se siente cuando finalmente cierran la puerta detrás de ellos.
—Ah, sĂ. Mis amigas —agita su mano vagamente, tratando de restarle importancia—. Espero que no te hayan asustado, quizá deberĂa haberte advertido antes. Lo siento.
Mydei asiente en respuesa.
—Está bien. ¿Son las mismas que pidieron la hamburguesa enorme y un solo nugget?
Phainon se rĂe.
—SĂ. Las mismas. TambiĂ©n me ataron a una silla porque pensaban que era adicto a la comida rápida.
—¿Qué?
Phainon sonrĂe y alcanza la mano de Mydei, apretándola un poco antes de entrelazar sus dedos, deleitándose con el calor entre ellos.
—Esa será una historia para la próxima cita. Bueno, si hay una próxima.
—¿Quieres que la haya? —Mydei le sonrĂe.
—Creo que he dejado bastante claro que sÅ
No logra terminar ese pensamiento antes de que Mydei pase sus dedos por el cabello de Phainon y rodee su cuello con su brazo libre para presionar un suave beso contra sus labios, casto y fugaz. No es suficiente, pero al mismo tiempo parece ser demasiado, demasiado para que Phainon perciba algo más que la sensación de los labios de Mydei contra los suyos.
—Está bien —dice Mydei cuando se aleja. Baja la cabeza, ocultándose detrás de su cabello, pero Phainon aun logra captar el intenso sonrojo en sus mejillas. También está bastante seguro de que su propia cara está mucho, mucho más roja, por lo que su cerebro apenas logra comprender que Mydei ha dicho algo.
—¿Eh?
—Habrá una próxima vez —promete Mydei antes de atraer a Phainon hacia él nuevamente.