Miguel O’Hara, ha sido vecino de los Morales desde hace hace casi un año y tres meses. Al ser un hÃbrido de lobo y no estar emparejado, su llegada conmocionó a todo el vecindario; durante dÃas, lo único que se escuchaban eran murmullos sobre Miguel.
A pesar de su apariencia intimidante y el constante ceño fruncido en su rostro, parece preocuparse de verdad por la gente que lo rodea. Es un tipo grande, pero claramente es muy consciente de ello, y siempre es muy cuidadoso cuando interactúa con los demás. Especialmente con el único hijo de los Morales, Miles. Tiene el hábito de actuar como si Miles estuviera hecho de cristal, como si al presionar tan siquiera un poco, Miles simplemente se hiciera añicos bajo su toque.
Pero Miles sabe que hay más.
Es como si tratara de mantener su lado animal bajo llave, asustado de lo que fuera capaz de hacer.
A pesar de su diferencia de edad, no les habÃa tomado mucho esfuerzo llevarse relativamente bien. Se habÃan encontrado en el pasillo pocos dÃas después de que Miguel se mudara, Miles tiene que ir a la escuela y se encontraron casualmente mientras Miguel salÃa por la puerta y se dirigÃa a su trabajo. Al ser un joven hÃbrido de cervatillo, Miles no pudo evitar actuar con cautela, ya que es bien sabido que a pesar de todas las normas sociales ya establecidas, seguÃan tratandose de dos especies completamente distintas.
Depredador y presa.
A pesar de ello, y al notar la manera en que Miguel lo trataba con cuidado, rápidamente bajó sus defensas y comenzó una relación cordial entre ellos, saludandose en el pasillo cuando se encontraban; hasta que finalmente hubo la suficiente confianza para que Miles pasara el rato en el apartamento de Miguel. SabÃa que era raro, y que sus padres estaban evidentemente preocupados, pero meses después de que ambos pasaran tanto tiempo juntos y nada malo ocurrÃa, comenzaron a confiar en el aterrador hÃbrido de lobo que vivÃa a dos puertas de distancia de los Morales.
Sus encuentros solÃan consistir en Miles irrumpiendo en su apartamento como si le perteneciera y robar la deliciosa comida que Miguel solÃa prepararles (lo que el lobo permitÃa sin problema). Lo más reciente, sin embargo, eran las pequeñas peleas entre ambos. Es bien conocido que, a pesar de todos los avances tecnologicos existentes hasta ese momento, nunca se podrán borrar miles de años de intintos evolutivos, por lo que no es raro que los hÃbridos se enfrascaran en disputas fÃsicas leves para reafirmar dominio.
A pesar de ser un hÃbido de ciervo, Miles fue educado por su familia de forma que estuviera siempre consciente de que a pesar de que su especie deba tener cuidado con los depredadores, no significaba que fuera alguien débil. Su tÃo Aaron le enseñó algunos trucos y formas de defenderse, siempre decÃa que no importaba lo grande y fuerte que fuera su adversario, utilizar su inteligencia siempre le darÃa la ventaja.
A pesar de todo lo que habÃa aprendido mientras crecÃa, Miles no pudo evitar sentirse un poco inseguro la primera vez que sucedió. Miguel es mucho más grande que él, más fuerte también. Y no ayuda que después de cada una de estas disputas, Miles siempre se encuentre siendo inmovilizado en el suelo, con el cuerpo de Miguel presionado encima suyo.
—Gané —dijo Miguel un dÃa, meneando su peluda cola con fuerza mientras sus ojos destellaban con algo que Miles no pudo identificar—. Supongo que no eres tan fuerte como crees, ¿verdad, niño?
Lejos de molestarle el que le llamara niño, fue esa pequeña frase la que despertó el interés de Miles. Casi se sentÃa… eufórico, al darse cuenta de que Miguel podÃa someterlo con tanta facilidad, y fue entonces cuando la mente del joven cervatillo fue bombardeada con preguntas que lo carcomÃan por dentro al no tener la respuesta, pero la más constante en su cabeza siempre era: ¿Hasta dónde podrÃa llegar? Miles querÃa descubrir sus lÃmites.
La oportunidad se presentó durante el periodo de celo de Miguel. Miles no está muy familiarizado con el celo de los depredadores, o lobos, para el caso; asà que la única información que tenÃa era la que habÃa podido sacarle a Miguel, que no era mucha. El hÃbido de lobo se habÃa mostrado reacio a compartir mucho al respecto, preocupado por asustar a Miles. Es peligroso, habÃa dicho, y Miles podrÃa salir muy lastimado.
Pero eso, en lugar de ahuyentar a Miles, solo habÃa aumentado su curiosidad. Nunca habÃa pensado en Miguel como alguien peligroso; claro, podÃa ser grande y fuerte, pero Miguel siempre habÃa sido amable con Miles, asà que ¿qué tan malo podÃa ser? Miles estaba decidido, necesitaba saberlo.
Le habÃa costado convencer a Miguel de comenzar una relación (pocas semanas después de que Miles confesara torpemente su interés romántico en él), pero finalmente, Miguel accedió con la condición de que lo mantuvieran en secreto (ya que además de la gran diferencia de edad, no era bien visto que un depredador y presa estuvieran juntos), que Miles aceptó sin dudar.
Y sÃ, Miguel habÃa actuado errático, peligroso y quizá demasiado brusco con Miles. Cuando todo terminó, Miguel se disculpó por su actuar, casi avergonzado de sà mismo, pero a Miles le habÃa encantado. Fue emocionante: sentirse indefenso, pequeño y débil, completamente incapaz de defenderse. Y, con un poco de paciencia, Miguel lo aceptó también, admitiendo que era el celo más satisfactorio que habÃa tenido en mucho tiempo. Entonces acordaron, tentativamente, que lo intentarÃan de nuevo.
Eso habÃa sido hace casi tres meses. Desde entonces, su relación se habÃa intensificado cada vez más, hasta convertirse en… esto.
Sus encuentros siempre empiezan con normalidad. De todas formas, ahora Miles pasa la mayor parte de su tiempo libre con Miguel. Apenas lleva ropa cuando se levanta a abrir la puerta, más que sus bragas y una camiseta varias tallas mas grande que le robó a Miguel hace tiempo, que apenas alcanza a cubrir la mitad de sus muslos. No hay razón para ponerse algo más; está solo en el apartamento de su novio, esperando su llegada mientras juguetea con su teléfono.
Bueno… en un dÃa normal, claro está. Porque desde el momento en que Miles abre la puerta, queda claro que algo está mal. Miguel se ve… diferente; mechones de cabello castaño sobresalen hacia todas partes, sus pupilas están tan dilatadas que parecen engullir por completo sus iris oscuros. Y su aroma, tan penetrante, dulce y bañado en excitación, se intensifica en cuanto ve a Miles.
—Hola, amorcito —dice. Su voz es suave, pero algo dentro de Miles retumba con ansiedad—. ¿Me dejarás entrar?
—Eh… claro —responde Miles con inquietud, observando la figura de Miguel, que se siente mucho más grande estando de pie frente a él—. S-Sólo déjame volver por mis cosas.
—¿Por qué, no estabas esperándome? —Miguel parpadea, ladeando la cabeza.
—SÃ, pero recordé que debo entregar algunas tareas que…. no he terminado….
Todo su ser está tenso, listo para huir. Es imposible que pueda vencer a Miguel en fuerza, lo sabe de antemano, asà que tendrá que confiar en su velocidad y esperar que eso sea suficiente. Es uno de los aspectos que no le gusta de su relación; Miles siempre debe ser cuidadoso. Cualquier paso en falso podrÃa terminar muy mal para él.
—Miles —insiste Miguel, y se inclina hacia adelante, atravesando el marco de su puerta y entrando en el espacio personal de Miles—. Vamos, no quieres-…
—No —dice Miles, con más firmeza esta vez—. Me voy a casa. Te llamo luego.
Ni siquiera se molesta en volver por sus cosas, rápidamente intenta rodear la enorme figura de Miguel y salir corriendo por el pasillo. Pero es en vano; Miguel lo sujeta del brazo con una mano y lo atrae hacia el interior con tanta fuerza que arroja a Miles al suelo, mientras Miguel da el primer paso hacia él, cerrando la puerta detrás de él.
_—_No estoy preguntando —susurra Miguel, y esta vez la calidez ha desaparecido de su voz—. Sé cuanto te gusta, solo déjame-…
—No —Miles intenta mantenerse firme, pero no puede evitarlo. Se aleja de Miguel, tratando de ignorar la aterradora sensación en su estómago y agachando sus lindas orejas de ciervo—. ¡No quiero, Miguel! No voy a hacerlo cuando estás asÃ.
—Lo harás —responde Miguel secamente, y extiende la mano para tirar de la camisa de Miles. Por suerte, Miles es más rápido y retrocede con la suficiente rapidez. Entonces, el instinto lo domina y Miles sale corriendo de la habitación; y con eso, comienza la cacerÃa.
Es un poco estúpido, supone Miles, el huir de un lobo. Miguel lucha contra su instinto animal incluso durante cualquier dÃa normal, pero ahora, con la mente completamente nublada; no duda en perseguirlo. Sus pasos resuenan mientras persigue al joven cervatillo. El apartamento de Miguel es bastante espacioso, no tiene muchos muebles, ya que prefiere un estilo más minimalista, y Miguel se mueve con una gracia sorprendente para su tamaño, pisándole los talones. Miles puede oÃr sus suaves jadeos, oler la excitación en su aroma.
Los pies de Miles resbalan. Tropieza y ve que el suelo se acerca rapÃdamente a su rostro, por un momento casi agradece que la mano de Miguel tire de la tela de su camisa y le impida caer de cara. Hasta que se da cuenta de lo que eso significa y se da la vuelta con un grito.
—¡No, espera-!
—No te resistas —dice Miguel con voz entrecortada—. Sabes que quieres…
—¡Suéltame!
Y, cegado por el miedo, arremete, golpeándolo en la cara. No es tan fuerte como para herirlo, pero es lo suficientemente repentino como para sorprender a Miguel, quien solo abre los ojos de par en par por la sorpresa, y Miles aprovecha la oportunidad para escapar de su agarre. Solo puede correr. Tiene que llegar a un lugar seguro. Miguel no lo persigue de inmediato, asà que Miles aprovecha para subir las escaleras. Sube los escalones de dos en dos, a pesar del ardor en sus muslos por el esfuerzo. Solo tiene que escapar.
Escucha los pasos de Miguel de nuevo y abre la primera puerta a su alcance, la cual resulta ser la habitación principal. Miles maldice internamente, al menos tiene unos segundos para respirar, pero aún necesita un lugar donde esconderse, no puede quedarse allÃ. Mira a su alrededor, desesperado. Sus únicas opciones son debajo de la cama (una opción bastante obvia), o el armario (que es igual de obvia).
No es como si tuviera muchas opciones.
Escuchó los pasos de Miguel fuera de la habitación apenas terminó de cerrar las puertas del armario. Sus pasos eran lentos, se movÃan con cuidado, claramente tratando de no alertarlo. Envuelto en la oscuridad, Miles solo podÃa confiar en sus demás sentidos para saber qué pasaba, mientras cubrÃa su boca con sus manos, como si intentara hacer el menor ruido posible. PodÃa oler a Miguel, escuchar sus pasos, el rechinar de la puerta mientras Miguel entraba a la habitación.
—Miles. Por favor, sal, cariño.
Miles ahoga el ruido patético que amenaza con escapar de su garganta. Pero los suaves pasos de Miguel se acercan al armario sin dudarlo. Mierda… Miles contiene la respiración y, a pesar de la oscuridad del armario, cierra los ojos con fuerza. No hagas ruido, se dice a sà mismo. Solo quédate callado.
—Sabes que no puedes esconderte de mà —dice Miguel arrastrando las palabras—. Puedo olerte, lo deseas, no te hagas el difÃcil.
Habla con tanta condescendencia. Como si solo quisiera facilitar las cosas. Y, sin embargo, el instinto de Miles grita que debe escapar. El miedo corre por sus venas. ¿Qué se supone que debe hacer? Está acorralado. Lentamente, los dedos de Miguel recorren las puertas, apenas rozando la madera.
—Amorcito, sé que tienes miedo… pero no voy a lastimarte…
Miles no se mueve ni un centÃmetro, con todos sus músculos adoloridos por la tensión. No se dejará engañar. No se dejará dominar como Miguel suele hacer con él. Los dedos de Miguel tamborilean suavemente sobre la madera, y el sonido es como un disparo para el sensible oÃdo de Miles. Claramente intenta hacer que salga por su cuenta, pero Miles no se mueve.
—Miles —murmura Miguel—. ¿De verdad vas a complicarme esto?
Mierda. Miles necesita pensar. ¿Cómo escapar de Miguel? No puede rendirse asà como asÃ, es cierto que es mucho más grande que él, mucho más fuerte, y que Miles está completamente indefenso. Pero quizás-…
Y sin contemplaciones, Miguel abre las puertas.
—Te encontré —susurra Miguel—. Pequeño ciervo.
La persecución lo ha vuelto aún más salvaje. Está sonrojado y respira con dificultad; la luz a sus espaldas lo hace ver enorme, bloqueando la ruta de escape de Miles. A pesar de estar a contraluz, Miles aún puede captar el destello de sus afilados caninos. Parece uno de los depredadores a los que Miles tanto teme, y por un instante, Miles no puede hacer nada más que quedarse paralizado de miedo.
Miguel es brusco cuando sujeta a Miles por la cintura, su agarre es firme a pesar de los esfuerzos de Miles por retorcerse para que lo suelte.
—¡Aléjate de mÃ! —grita Miles, retorciéndose bajo las manos de Miguel.
Pero no importa. Miles no puede hacer nada para evitar que Miguel lo arrastre y lo coloque en la posición que quiere; intenta empujar a Miguel, pero lo único que consigue es que el hombre le de la vuelta sobre su estómago y lo presione contra el suelo, provocando que la dura superficie queme sus rodillas y las palmas de sus manos por la fuerza. Miguel coloca una mano en su cabeza, presionando su cara contra el suelo. Miles intenta golpear a Miguel, pero lo único que consigue es que Miguel sujete sus manos también.
—Gané —jadea Miguel, y Miles está al menos un poco satisfecho al oÃr que Miguel está sin aliento luego de la persecución—. Supongo que realmente soy mucho más fuerte que tú, ¿verdad?
—Détente. Por favor, para…
—No puedo —responde Miguel—. Necesito esto… nadie me satisface como tú… y sé que tú también me deseas.
—No es asÃ-…
—¿En serio? —Miguel se presiona contra el trasero de Miles, hasta que siente la tensión en la parte delantera de sus pantalones—. Sé lo mucho que te gusta cuando te maltrato. Y joder, Miles, necesito fecundarte…
—No hagas esto —suplica Miles, retorciéndose bajo las manos de Miguel, con el miedo creciendo en su pecho—. Miguel, por favor…
—Eres tan hermoso —por encima de él, Miguel suspira temblorosamente—. No puedo esperar más, cariño, te necesito ahora…
La mano libre de Miguel acaricia la espalda de Miles, desde sus omóplatos hasta la suave curva de su pequeña cola esponjosa. Su palma arde intensamente cuando alcanza la cintura elástica de sus bragas, y debajo de él, Miles gime, intentando apartarse.
—Détente —consigue decir Miles—. No quiero…
Miguel ignora por completo sus súplicas. En cambio, coloca sus dedos bajo la tela y desliza el algodón lentamente por los muslos de Miles. Su respiración se entrecorta mientras saborea cada centÃmetro de piel suave y expuesta frente a él.
Miles no sabe qué hacer. Apenas puede pensar.
En cierto modo, Miguel tiene razón; hay algo en él, algo primitivo y muy en el fondo de su mente, que anhela esto, impulsado por la sensación del cuerpo de Miguel contra el suyo. Pero intenta resistir. Miles es mucho más que solo instinto, por muy desesperado que comience a sentirse.
—Hueles tan bien —susurra Miguel mientras presiona su pecho contra la espalda de Miles. Sus labios rozan la sensible curva de su cuello, dejando besos y mordiscos que recorren su hombro, su espalda, bajando cada vez más…
Miles chilla al sentir el roce de unos colmillos afilados en la parte interna de sus muslos. Intenta apartarse, pero una nueva oleada de miedo lo invade. Al estar inmovilizado contra el suelo asÃ, recuerda de nuevo el hecho de cómo Miguel podrÃa destrozar su carne tan fácilmente; recuerda ​​lo peligroso que es estar solo con un depredador.
Pero, para bien o para mal, Miguel está concentrado en otras necesidades. En cambio, sus besos ascienden con seguridad por el muslo de Miles, hasta su coño goteante. El primer contacto de la boca de Miguel hace que Miles jadee, sintiendo una descarga de electricidad recorrer su columna. Miguel solo trata de acercarse más, aunque ya fuera prácticamente imposible, suspirando felizmente contra el coño de Miles.
—Estás tan mojado… —dice Miguel, suave y necesitado—. Listo para mÃ.
—No… —protesta Miles débilmente, a pesar de ser plenamente consciente de cómo reacciona su cuerpo al sentir la humedad entre sus muslos—. No… no es cierto…
—No me mientas —responde Miguel. Trazando una lÃnea con la lengua desde el muslo de Miles hasta su coño; a pesar de su agresividad durante la persecución anterior, sus movimientos son sorprendentemente delicados. Sus dedos abren a Miles, con tanta suavidad, que Miles se estremece involuntariamente al sentir el aire frÃo acariciar su entrada caliente y húmeda—. Conozco tu cuerpo… sé cuánto quieres esto.
—N-No… —Miles es interrumpido cuando Miguel traza una lÃnea con su lengua a lo largo de su coño, erizando su piel por completo. Mierda. Quiere resistirse, pero su cuerpo ya no responde a su mente consciente. Solo puede quedarse allà temblando bajo los toques expertos de Miguel.
—Joder —gruñe Miguel, desesperado por una única lamida—. Sabes increÃble, Miles. Mierda, no puedo esperar más…
No pierde el tiempo. En cambio, se hunde de nuevo entre las piernas de Miles, acariciando su clÃtoris con la lengua para luego deslizarse hacia su anhelante agujero. Es despiadado, lame el coño de Miles con desenfreno; sus dedos lo sujetan con tanta fuerza que deja moretones en sus caderas, obligando a Miles a quedarse quieto y recibir lo que le dan.
Se siente demasiado bien. Miles quiere resistir, pero ya siente esa calidez familiar burbujeando en la parte baja de su abdomen y extendiéndose por todo su cuerpo. Quiere más, a pesar de cómo sus instintos protestan.
—M-Miguel… —su voz se entrecorta y tiene que esforzarse para pronunciar las palabras—. Por favor… basta, por favor…
Miguel ignora sus súplicas. En cambio, presiona su lengua contra la entrada de Miles. La repentina intrusión arranca un gemido patético de los labios de Miles, y Miguel gime contra su piel húmeda al escucharlo; atrayendo al pequeño ciervo más cerca.
—Miguel —suplica Miles, temblando al sentir la lengua de Miguel abriéndolo—. Espera, détente…
Miguel solo se aparta lo suficiente para lamer con avidez su clÃtoris nuevamente, rodeando con la lengua el capullo hasta endurecerlo. La mente de Miles empieza a nublarse; el placer lucha contra su miedo, dejándolo terriblemente confundido. Le ha estado rogando a Miguel que pare, y sin embargo, tras solo unos minutos después de sentir la lengua de Miguel, casi se resiste a negarse. El cuerpo de Miles tiembla, perturbado, cuando los dedos de Miguel comienzan a explorar su coño.
—Miguel… por favor, no… —susurra, pero sus palabras carecen de convicción.
Miguel desliza dos dedos dentro, forzando un gemido a salir del pecho de Miles. Los dedos de Miguel son largos, y aún más gruesos que los de Miles; y dos a la vez, es casi demasiado para soportarlo.
—Joder —susurra Miguel, con la voz ronca, llena de lujuria—. Eres tan pequeño… tan apretado…
Miles se estremece. Los dedos de Miguel presionan más profundamente, hasta el último nudillo, y sus apretados músculos ceden ante la intrusión. Odia esto: que su cuerpo se rinda tan fácilmente, traicionándolo ante los avances de Miguel, a pesar de sus intentos de lo contrario. Maldice su estúpida biologÃa. Miles jadea cuando Miguel introduce un tercer dedo sin previo aviso, sintiendo el ligero ardor de ser estirado alrededor de los dÃgitos; apenas puede soportarlo.
—Miguel —dice con voz ahogada, pero no se le ocurre nada que no haya dicho ya. Claramente, rogar que pare es inútil.
—Está bien —lo tranquiliza Miguel, y Miles tiene ganas de llorar—. Relájate, Miles. Te encantará…
Sus dedos empiezan a moverse, bombeando hacia adentro y hacia afuera, extendiéndose suavemente para estirar aún más a Miles. Se siente bien; la fricción en sus entrañas hace que Miles jadee contra el suelo. No sabe qué hacer. Las yemas de los dedos de Miguel acarician sus paredes con precisión, y por mucho que intenta luchar contra ello, está empapado. No puede disfrutar esto, no quiere, pero a pesar de toda su lucha interna, no puede evitar el intenso placer.
—Mierda —susurra Miguel, justo cuando Miles empieza a adaptarse. Retira los dedos, y Miles emite un gemido patético e involuntario ante el vacÃo repentino, pero no dura mucho. Detrás de él, Miles escucha el roce de la tela; entonces Miguel se inclina de nuevo sobre él, y respira hondo al sentir la punta de la polla de Miguel frotándose contra su coño goteante. Es como una inyección de adrenalina que disipa momentáneamente la neblina que los dedos de Miguel habÃan creado en su mente y le hace consciente de nuevo de dónde está.
—Espera —dice con voz ahogada, con un renovado esfuerzo por apartarse, pero Miguel lo presiona con fuerza contra el suelo para que no se mueva—. Miguel…
—Quédate quieto —dice Miguel con brusquedad, y sus caderas vuelven a presionar, deslizando su polla entre los pliegues de Miles—. Será mucho más fácil si dejas de moverte…
Con una mano presionando un lado de su cabeza, Miguel bombea su polla antes de presionarse contra Miles nuevamente, y esta vez puede sentir la punta comenzando a abrirlo.
No puede hacer nada mientras Miguel lo monta sin piedad. Solo puede emitir un gemido ahogado al sentir el estiramiento. Miguel es tan grande y grueso, lo llena hasta que siente la punta rozar la entrada de su útero, y no puede respirar. Trata de moverse, pero ya no sabe si intenta apartar a Miguel o atraerlo más profundamente. No deberÃa desearlo, pero Miguel tiene razón: su cuerpo lo necesita.
—M-MÃguel… —murmura, fingiendo que su cuerpo no está ansioso por tomar a Miguel dentro de él—. Dét-Détente, espera-…
Miguel lo ignora por completo; ni siquiera está seguro de que pueda oÃrlo. En cambio, Miguel sujeta la cadera de Miles con su mano libre, con tanta fuerza que Miles sabe dejará marcas en su piel durante dÃas; Miguel se estremece al tratar de tomarse su tiempo. Su respiración es entrecortada, y Miles percibe la desesperación en su aroma, la necesidad absoluta. Miguel continúa presionando, moviendo sus caderas, hasta que finalmente se hunde hasta la base.
Es demasiado. De repente, los pensamientos de Miles se quedan en blanco, y su cuerpo reacciona por puro instinto: una calidez burbujea en su abdomen, extendiéndose por todo su cuerpo. Claro que una parte de él sigue aterrorizada (todavÃa tiene a un depredador gigante a sus espaldas), pero su parte primitiva toma el control. Quiere más. Necesita que Miguel lo folle, que su compañero llene su útero de semen, como si solo hubiera sido hecho para eso. No puede pensar: Miguel es tan grande, continúa llenándolo. Es perfecto, lo necesita…
Un grito ahogado e incoherente escapa de su garganta mientras el calor lo invade. La humedad se acumula alrededor de la polla de Miguel y la siente deslizarse por sus muslos; no puede pensar, solo necesita que esa polla lo fecunde. No le importa nada más; solo necesita su semen dentro.
—Justo asÃ… —suspira Miguel, mientras Miles se aprieta a su alrededor. Se inclina, apoyando las manos en el suelo a ambos lados de la cabeza de Miles; el movimiento lo hace hundirse aún más profundamente, tanto que Miles suelta un sollozo al sentirlo—. Te dije que querÃas esto.
Una parte de Miles aún quiere protestar, decir que no es cierto, pero Miles conoce su cuerpo, en lo más profundo de su vientre siente cuánto anhela esto; la necesidad en sus entrañas, lo desesperado que está por que lo llenen. Está hecho para esto. Su instinto lo impulsa a moverse, levantando las caderas para darle a Miguel mejor acceso, estremeciéndose alrededor de la polla dentro de él.
—Buen chico —suspira Miguel con satisfacción—. Fuiste hecho para mÃ, Miles… fuiste hecho para tomarme asÃ…
—N-No…
—¿Por qué intentas seguir luchando? —suspira Miguel, soltando ligeramente el agarre en su cadera, es un gesto engañosamente suave. Como si ninguno de los dos supiera lo que está a punto de hacer—. Solo tuve que meterlo e hice que entraras en celo por mÃ.
Y antes de que Miles pueda procesar ese hecho, Miguel embiste con fuerza. Joder. Se siente demasiado bien: Miguel encaja a la perfección dentro de Miles, estirándolo más allá de sus lÃmites. Miguel ni siquiera tiene que decir nada más; Miles solo debe aguantar y tomarlo. Es despiadado. No pierde tiempo en marcar un ritmo rápido, embistiendo a Miles con fuerza y desesperación; sus embestidas son aleatorias, descoordinadas, concentrado solo en alcanzar su orgasmo. Miguel emite gruñidos casi animales, sonidos que le ponen los nervios de punta. Es agresivo e implacable, y…
A Miles le encanta. No deberÃa, deberÃa tener más dignidad, pero se siente increÃble, saborear el éxtasis corriendo por sus venas con cada golpe de las caderas de Miguel contra su trasero. Sus sentidos están llenos de Miguel: el aroma intenso y penetrante de su celo, el calor del cuerpo sobre el suyo, el roce áspero y húmedo de sus pieles frotándose mientras Miguel lo destroza por dentro al punto de que Miles jura sentir sus entrañas reorganizandose alrededor de esa polla. Es demasiado, y aun asÃ, su cuerpo pide más.
—Miguel… Miguel… —su voz suena tensa, tratando de aferrarse desesperadamente a los últimos restos de su orgullo—. Es… demasiado… más despacio… por favor…
La polla de Miguel finalmente acaricia el punto de Miles con precisión, arrastrándose contra sus paredes con cada entrada y salida. Lo parte en dos, estirándolo sin piedad, hasta que siente que no puede respirar. Miles realmente no estaba hecho para esto, no estaba hecho para recibir la polla de otra especie, de un depredador, pero es tan satisfactorio sentir su cuerpo ceder, aceptar a Miguel con tanta disposición. Puede sentir a Miguel al introducirse hasta el fonto, el pequeño bulto que se forma en su bajo viente. Es perfecto, está tan lleno. Nadie más podrÃa llenarlo, satisfacerlo asÃ.
Miguel simplemente lo penetra con más fuerza, sus dedos dejan marcas de moretones en la oscura piel de la cadera del joven ciervo. Su polla palpita cada vez que se empuja de nuevo, y Miles ya puede sentir el nudo comenzando a hincharse. Joder. Miguel solo piensa en alcanzar su clÃmax, sin importarle cómo Miles tiembla y gime sin parar debajo de él, concentrado solo en un objetivo: llenarlo de semen_._
La mano de Miguel se desliza desde la cadera de Miles hasta sus suaves orejas, acariciándolas casi amorosamente a pesar de sus acciones_._ Un gemido ahogado escapa de la garganta de Miles. ¿Cómo se supone que siga protestando, resistiéndose, cuando ya puede sentir la presión de su orgasmo en su bajo vientre? Miles se siente avergonzado. No deberÃa permitir que Miguel lo use de esta manera. Y sin embargo, aquà está, incapaz de contener sus gritos de placer.
—¡Por favor, Miguel…! —su voz se entrecorta con un sollozo, sus pestañas se agitan mientras Miguel empuja con más fuerza. Su voz suena aguda y necesitada, suplicante, desesperada—. N-no pares, por favor…
—Eso es. Déjame complacerte. Dime qué necesitas, amorcito.
Miles no quiere decirlo. ¿No es lo bastante humillante el haber dejado que Miguel lo folle asà después de tanto resistirse? Pero aparentemente, Miguel no está contento con su falta de respuesta, inclinándose para mordisquear una de las suaves orejas de Miles mientras solloza.
_—_Contéstame —sisea Miguel con fuerza, logrando alcanzar un lugar tan profundo dentro de él que casi le da náuseas a Miles—. Dilo. Ruégame.
Lágrimas empiezan a arder en las comisuras de los ojos de Miles. Las embestidas de Miguel se vuelven insoportables, tan bruscas, casi dolorosas. Su cuerpo tiembla por el esfuerzo, y siente como si algo dentro de él finalmente se rompiera.
—Tócame —hipa, suena patético incluso para sà mismo—. Por favor…
—¿Dónde? —Miguel gruñe de satisfacción.
—M-mi-mi clÃtoris… —Miles siente una oleada de vergüenza al decir esas palabras, pero lo necesita, necesita que Miguel lo haga venir—. Por favor, toca mi clÃtoris, por favor…
Y Miguel obedece. Deslizando su otra mano sobre los tensos músculos del delgado vientre de Miles, hasta su clÃtoris, dolorosamente sensible. Apenas lo roza con las yemas de sus dedos, un delicado toque en contraste con la intensidad con la que lo está penetrando.
—Sà —solloza Miles, alucinando de placer—. SÃ, por favor…
Miguel se mueve, presionando su pecho agitado contra la espalda de Miles. Este ángulo es perfecto para el apareamiento, lo vuelve loco; asÃ, la polla de Miguel se desliza implacablemente contra su punto G con cada embestida, hasta que Miles cae en un delirio de éxtasis. Su mente se nubla con cada segundo que pasa, totalmente consumido por el calor. Es tan sensible; sus instintos gritan, suplicando a Miguel que lo fecunde. Está hecho para esto. Hecho solo para Miguel.
—Necesitaba esto —gruñe Miguel contra una de las suaves orejas de Miles, con la voz cargada de deseo—. Te sientes increÃble… joder… te verás tan lindo lleno de mis cachorros…
—Espera, por favor-…
—Te necesito. No puedo esperar más, necesito anudarte, necesito llenarte, que seas mÃo…
—No-no puedo… —balbucea Miles—. No estoy listo, vas a romperme. Miguel, détente…
Sus protestas solo aumentan el entusiasmo de Miguel, sus embestidas se intensifican, se aceleran, sacudiendo todo el cuerpo de Miles con cada movimiento; sus ásperos dedos frotan su clÃtoris hasta que Miles grita, aferrándose a su brazo en un intento por apartarse de la dolorosa estimulación.
—Miguel —dice con voz ahogada. La humedad que se le acumulaba en las comisuras de sus ojos finalmente se desborda, gruesas lágrimas de éxtasis resbalan por su rostro—. Se siente tan… Miguel, por favor, voy a-…
Los músculos de Miles se tensan y cierra los ojos con fuerza, mientras un sollozo de impotencia brota de sus labios. Siente el orgasmo creciendo en su estómago, una presión que lo recorre desde la punta de sus sensibles orejas hasta los dedos de sus pies. Su respiración se acelera, su pecho se agita; la cabeza le da vueltas; y por un instante, cree que va a morir, destrozado por la gruesa polla de Miguel. Es completamente humillante y, sin embargo, la idea de ser anudado por el lobo lo lleva al lÃmite.
Su orgasmo lo golpea con fuerza, inundando su cuerpo de placer. Su coño derrama un lÃquido transparente alrededor de la polla de Miguel, empapándolos a ambos; su coño se contrae, sus paredes se aprietan contra la polla de Miguel.
—Eso es —Miguel gruñe contra la piel de su cuello, pero no se detiene. Continúa follando a Miles, alargando su orgasmo—. Justo asÃ, córrete en mi polla. Mierda, voy a venir, te voy a llenar con mi nudo, Miles, serás una madre increÃble…
—No, no —balbucea Miles sin pensar mientras su cabeza cae hacia atrás contra el ancho hombro de Miguel, temblando tras el orgasmo—. Por favor, Miguel…
—No puedo —susurra Miguel desesperado—. No puedo parar, lo necesito, voy a correrme dentro de ti… voy a llenarte con mi semen…
Sus embestidas se entrecortan y penetra una última vez, presionando su nudo contra el agujero abusado de Miles, estirándolo imposiblemente mientras Miguel lo llena de su semilla caliente, sintiendo su polla palpitando dentro de él. Eso parece aliviar momentáneamente el calor abrasador en las venas de Miles, y haciéndole soltar un pequeño sollozo de alivio.
Durante un largo instante, permanecen inmóviles, hasta que Miguel comienza a moverse ligeramente, rodeando la cintura de Miles con sus brazos, acurrucándose contra el hueco de su cuello e inhalando sus aromas mezclados. Miles siente los latidos del corazón de Miguel, un rápido bombeo contra su espalda, mientras el sudor comenzaba a enfriarse en su piel. Notó que Miguel temblaba un poco, su respiración era irregular.
Miguel no dice nada. Sus manos suben por debajo de la fina tela de la camisa de Miles, rozando casi sin pensar su delgado vientre. El movimiento es reconfortante, y Miles casi se derrite en los brazos de Miguel. Esto es perfecto, piensa Miles. Nunca se siente más seguro que cuando está acurrucado contra el pecho de Miguel, completamente satisfecho y lleno de él.
Tarda un poco, pero poco a poco, el nudo de Miguel baja lo suficiente como para que su pene ahora blando salga. Miles gime ante el repentino vacÃo, con todo su cuerpo estremeciéndose al sentir el semen goteando entre sus piernas. Está exhausto; todos sus músculos duelen, y cuando Miguel lo suelta por un instante, se desploma sin fuerzas en el suelo. Siente la frÃa superficie contra su piel caliente, y no puede evitar soltar un pequeño gemido, cerrando los ojos.
—¿Miles? —murmura Miguel, rodando hacia un lado y sentándose pesadamente en el suelo junto a Miles. Su voz es ronca, tranquila, su celo no se ha calmado del todo, pero sà lo suficiente como para poder pensar con claridad—. ¿Estás… bien?
Si Miles no estuviera tan cansado, estarÃa listo para otra ronda; pero tal como están las cosas, lo máximo que puede hacer es un vago gesto de aprobación con el pulgar.
—Apenas recuerdo mi nombre —murmura con los ojos aún cerrados—. Asà que… estoy muy bien…
Miguel suelta una risa débil. Frotando amorosamente la espalda de Miles con una mano, rozando ligeramente su suave y esponjosa cola, hasta que Miles se estremece y gime, apartándose del contacto.
—Quiero decir, no te lastimé ¿verdad? Admito haber perdido un poco el control…
—Ha sido peor —responde Miles, practicamente derritiéndose contra el suelo—. Esta vez ni siquiera me has hecho sangrar. Estoy bien.
—Bien —murmura Miguel.
—Estoy bien, en serio. Aunque, ¿podrÃas… ayudarme…?
—Déjame ir por algo para limpiarte —dice Miguel enseguida. Se levanta del suelo y sale tambaleándose de la habitación, y mientras él no está, Miles dormita en el suelo.
Está completamente agotado; no esperaba provocar su propio celo durante su encuentro, pero realmente está más que satisfecho, piensa, al recordar la sensación de Miguel corriéndose dentro de él. Esta medio dormido cuando Miguel vuelve a la habitación, asà que no puede evitar sobresaltarse un poco cuando siente una enorme mano acariciando su espalda con ternura.
—Lo siento —murmura Miguel, tratando de ocultar su sonrisa—. No quise asustarte.
Miles tararea dócilmente, permitiendo que Miguel lo mueva para limpiarlo. Observa a Miguel con curiosidad; todavÃa está un poco sonrojado, su cola se mueve alegremente mientras se concentra en terminar de limpiar a Miles. Es lindo. Al menos, Miguel parece muy satisfecho consigo mismo, lo que significa que Miles también lo está.
—¿Todo bien? —pregunta Miguel mientras limpia los últimos restos de humedad de la parte interna de los muslos de Miles, quien solo asiente ligeramente.
—SÃ, solo estoy cansado —responde adormilado.
—¿Quieres que te lleve a la cama? —pregunta Miguel, y Miles asiente. Se agacha, permitiendo que Miles lo rodee con ambos brazos alrededor de su cuello, y luego lo levanta del suelo como si no pesara nada.
La cama no está muy lejos, apenas da cinco pasos cuando finalmente coloca a Miles con delicadeza sobre el colchón mientras Miguel se recuesta a su lado. Miles se acurruca junto a su cuerpo y suelta un gran suspiro de satisfacción. El fuerte aroma de su unión aun permanece flotando entre ellos. A pesar de lo brusco que habÃa sido antes, Miguel lo besa con dulzura; sus labios rozando los de Miles con cautela. Su mano se desliza debajo de la gran camisa de Miles, quien solo deja escapar un suspiro de placer.
La niebla del celo no se ha disipado por completo, pero sà lo suficiente como para permitirles respirar un instante.
Cuando se apartan, Miguel está moviendo la cola de nuevo, escuchándola golpear la superficie blanda de la cama rÃtmicamente. Una sonrisa se dibuja en los labios de Miles ante la tierna escena. Y cuando sus bocas se encuentran nuevamente, todo se siente natural, el reÃr entre besos mientras ambos permanecen enredados entre las sábanas.
Miles sabe que nunca se cansará de esto.