Recordatorio de a quién perteneces

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Rating:
Explicit
Archive Warning:
Underage Sex
Category:
M/M
Fandom:
Spider-Man: Spider-Verse (Sony Animated Movies)
Relationship:
Miguel O'Hara/Miles Morales
Additional Tags:
Post-Movie: Spider-Man: Across the Spider-Verse (2023), Established Relationship, Possessive Behavior, Exhibitionism, Accidental Voyeurism, Top Miguel O'Hara, Bottom Miles Morales, Miguel O'Hara Has Issues, Trans Miles Morales, Boypussy, Cock Piercing, Rough Sex, Power Dynamics, Dom/sub Play, Daddy Kink, Vaginal Sex, Overstimulation, Multiple Orgasms, Squirting, Facials, Manhandling, Choking, Dirty Talk, Consensual Underage Sex, mimi is 17 in this :3
Published:
2025-05-05
Words:
7921

Sumario:

Solo tiene la vista fija en el chico sin nombre que le lanza una mirada asesina. Sinceramente, Miguel está un poco impresionado de que siquiera se atreva a mirarlo así. Quizás sea el hecho de que ese pequeño imbécil sea tan descarado, más que obvio en su inmediata antipatía al conocer al novio de Miles, lo que hace que una parte de Miguel quiera ponerlo en su lugar. Podría besar a Miles frente a él, devorar la linda boca de su novio hasta que le tiemblen las piernas, pero no parece ser suficiente.

Miguel quiere que ese chico se arrepienta de siquiera haber mirado a Miles.

Amar a un chico tan dulce como Miles es fácil, Miguel lo sabe de primera mano. Y también sabe que es perfectamente normal que su novio reciba confesiones de amor de vez en cuando, eso nunca le ha molestado… hasta hoy. Aunque sea difícil de creer, Miguel no es alguien celoso, sabe que Miles lo ama, pero bien puede ser un poco posesivo cuando alguien se atreve a dudar de las palabras de Miles, que asegura ya está en una relación. Parece que es hora de cambiar eso.





A+ | A-

—¡Miguel, no es gracioso! ¡Deja de reírte!

El hombre solo se ríe con más fuerza mientras observa a Miles rodar boca abajo, levantando las manos para apoyar su barbilla sobre ellas. Incluso con la pésima calidad de la proyección, Miles se ve hermoso con ese suéter crema enorme que lo envuelve por completo. Si se alejara un poco, Miguel podría ver los shorts rojos de Miles, sus largas piernas dobladas mientras su novio mira a la cámara.

—Hablo en serio —se queja Miles—. ¡Estoy harto de esto!

—¿De qué? ¿Gente que le gustas? —bromea Miguel.

—¡Ese no es el punto! —gruñe Miles, dándose la vuelta y dejándose caer boca arriba. Ahora, Miguel puede ver que está tan cerca del borde de la cama que su cabeza casi cuelga. Miles tiene las piernas dobladas, y observa cómo se le suben esos shorts rojos, dejando sus muslos al descubierto—. Es una mierda, porque…

La voz de su novio se corta a mitad de la frase, y es entonces cuando la preocupación empieza a acumularse en las entrañas de Miguel. Esto había sido gracioso durante los últimos dos años, sí, y las reacciones de Miles lo hacían aún más divertido. Era bastante frecuente que Miguel disfrutara burlarse de su novio, ya que normalmente Miles solo fingía estar molesto.

Aun así, el hecho de que Miles parezca realmente enojado esta vez significa que algo ha cambiado. Que no se trata solo de las estúpidas confesiones que está recibiendo (lo cual, sinceramente, Miguel entiende perfectamente, porque su novio es la persona más linda y posiblemente más amable que ha conocido) y que ahora hay algo más detrás de ello. El sonido de angustia que emite Miles solo preocupa más a Miguel, porque nunca se ha mostrado… angustiado.

—Oye —dice Miguel en voz baja, acercando su rostro inconscientemente al reloj en su muñeca—. ¿Qué sucede?

Miles gime de nuevo.

—Amorcito, mírame.

Por un momento, su novio no reacciona. Simplemente se queda allí tumbado, con los brazos abiertos y las piernas dobladas. Su cabello brilla bajo los rayos de luz que Miguel sabe que entran por las ventanas abiertas. Es una cálida tarde de sábado, y Miles está en la cama, desanimado por el mismo problema del que no para de quejarse con Miguel. Y, bueno, Miguel no es celoso. Es él quien sale con Miles, así que no le preocupa que Miles reciba tantas confesiones. De hecho, Miguel lo entiende perfectamente.

¿Quién no se enamoraría de Miles? Un estudiante estrella y la cosa más dolorosamente hermosa que alguien haya visto jamás.

—¿Por favor? —intentó Miguel nuevamente con suavidad.

Miles finalmente suspira y se da la vuelta, cruzando las piernas en cuanto se incorpora. A Miguel le duele el pecho al ver el pequeño puchero en esos bonitos labios, su novio luciendo tan pequeño y molesto. Es tan hermoso. Es una cosita adorable, con las mangas del suéter cubriendo sus manos y esas sutiles pecas que cubren sus suaves mejillas, Miguel observa cómo Miles parece lucir aún más hermoso que el día anterior. Miguel extraña tanto tenerlo en sus brazos que es irreal.

—Alguien me invitó a salir hoy —murmura Miles, sin mirar a Miguel, con la vista fija en sus dedos que juguetean con el dobladillo de su suéter—. Dije que no estaba soltero y no me creyó.

—¿Qué? —pregunta Miguel frunciendo el ceño.

—Dijo que era imposible que tuviera novio —dice Miles, con el labio inferior tembloroso. Entonces, esos ojos se giran hacia la cámara, y Miguel siente al instante que le hierve la sangre al ver esos ojos brillantes, cubiertos de lágrimas que caerían si Miles se permitiera llorar—. Y luego dijo que solo mentía para rechazarle… ¡pero no es así! Solo quiero que me crean cuando digo que estamos juntos, ¿sabes?

Miguel definitivamente no está celoso.

Aunque no lo parezca, nunca ha sido alguien celoso, y Miles lo sabe. Que los pretendientes de Miles se sientan mal por el rechazo es normal, pero decir que Miles es un mentiroso… sí, a Miguel no le gusta. Siempre ha preferido que sean más reservados sobre su relación porque, primero, la obvia diferencia de edad, y segundo, su relación no era asunto de nadie más.

Eso no significa que le gustara que la gente fuera así con su novio… su novio. No está celoso, porque no tiene motivos para estarlo. Miles lo ama, y ​​eso es más que suficiente. Pero eso tampoco significaba que no fuera un poco posesivo.

Muchas veces, Miles ha tenido que cubrirse con cuellos de tortuga para ocultar los moretones y marcas de mordidas que decoraban su cuello, que viajaban por todo su pecho incluso hasta llegar a sus muslos.

A Miguel le gusta marcar lo que es suyo, y a Miles también. Y al igual que su novio, Miguel tuvo sus momentos en los que olvidó cubrirse y fue objeto de múltiples burlas por parte de Jess y Peter, marcas de dientes en el hombro y largos arañazos por toda su espalda cada vez que follaba a Miles con demasiada fuerza. Quizás se deba a que han estado en una relación a distancia la mayor parte del tiempo, ya que empezaron a salir pocos meses después del incidente de Spot.

Y ahora es el último año de Miles en la Academia Brooklyn Visions. Vivían separados para evitar sospechas, pero eso no significaba que no se llevaran bien. Con la incesante necesidad de Miles de hablar y Miguel siendo buen oyente, se las arreglaban para comunicarse. Cuando se extrañaban, estaban a un breve viaje dimensional de distancia. No fue tan difícil, por suerte, porque lograron crear un sistema perfecto para ellos.

Aun así, Miguel es posesivo. Le gusta que la gente sepa que Miles está con él; le gusta dejar su huella por todas partes, para que todos lo vean.

Y quizá sea porque Miguel es un imbécil, pero le encanta ver llorar a Miles. El pequeño temblor en sus labios y esos ojos de ciervo llenos de lágrimas hacían que Miles se viera tan jodidamente adorable. Una cosa tan bonita al lado de la apariencia grande e intimidante de Miguel; eran completamente opuestos en todo sentido.

Claro, a Miguel le gusta que Miles llore por su culpa. Pero nadie, absolutamente nadie más, podía hacer llorar a su novio, y Miguel iba a arreglarlo. Iba a hacerlo incluso si eso significaba tener que romper su pequeña burbuja, todo por culpa de unos pequeños imbéciles que disfrutaban hacer que su ángel se entristeciera.

—Parece que tengo que arreglar eso… —Miguel tararea, mirando a Miles, quien todavía tiene una expresión molesta en su rostro.

Miles simplemente asiente, haciendo un puchero más grande. Parece que visitará a Miles antes de lo esperado.


Eran casi las dos de la tarde del lunes cuando Miguel llegó a la academia de Miles, aparcando su elegante auto negro al otro lado de la acera justo frente a la entrada. Obviamente no había aparecido con su traje de araña, en su lugar llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos y con los dos primeros botones sueltos, vaqueros oscuros y unas gafas de sol.

Está de pie al otro lado de la calle apoyando la espalda contra su auto. Miles debería salir en los próximos minutos, así que Miguel se toma su tiempo e intenta disfrutar el calor del sol de verano, con la mirada fija en la puerta principal, donde los estudiantes abarrotan la zona. Ignora a todos los que lo observan con curiosidad, claramente ansiosos por saber quién era.

Miguel sabe que no parece alguien accesible, con ese surco imponente entre las cejas y su figura enorme. Pero a su lindo novio no parece importarle, y eso es más suficiente. De hecho, suele ser bastante dulce con Miles (aunque podría ser un caso completamente diferente cuando se trata de asuntos del dormitorio).

Y entonces, allí está.

No puede evitar sonreír al ver a Miles caminando hacia la entrada. Joder, es tan lindo. Miguel no puede apartar la mirada de él.

El pequeño cuerpo de Miles está oculto bajo un suéter azul claro enorme, con sus largas piernas envueltas en la tela de unos pantalones color negro ajustados. El solo verlo es suficiente para que la excitación comience a acumularse en sus entrañas. Demándenlo, no ha tocado a su novio en semanas y es la cosa más jodidamente bonita que Miguel ha visto en su vida. Nadie puede culparlo, piensa, al ver cómo se ve Miles, pequeño y diminuto y tan, tan perfecto.

Está a punto de cruzar la calle y caminar hacia su novio cuando alguien grita el nombre de Miles, haciendo que el chico se detenga en seco.

Miguel detiene sus pasos y frunce el ceño cuando Miles se gira para encarar al joven que lo llamó. Y a juzgar por su aspecto, parece que esta interacción no va bien, porque nota cómo la pequeña sonrisa en el rostro de Miles desaparece, reemplazada al instante por una mirada de sorpresa dando paso a la molestia. Miguel no necesita escuchar para saber que Miles recibirá otra confesión.

No le sorprende que verlo le moleste.

Miguel camina hasta que puede escucharlos a ambos hablando, la voz usualmente brillante de Miles rebosa de vacilación, actuando más que amable y comprensivo cuando realmente no tenía por qué serlo.

—Lo siento —dice Miles, mordiéndose el labio inferior—. Como dije, tengo novio y…

—Por favor —resopla el chico.

Miguel aprieta la mandíbula al instante ante la respuesta. Siempre ha sido franco con sus emociones. Sabe que la gente que lo rodea ve su mirada de furia, y por eso se están alejando poco a poco.

—No tienes por qué mentir, ¿sabes?

Sí, eso es todo.

—No estoy-…

—Miles —interrumpe Miguel con voz dura y acerada.

La voz de Miles se detiene de golpe, y de repente se da la vuelta para mirar a quien le habló. El puchero desaparece al instante, reemplazado por una amplia sonrisa. Sus ojos se abren aún más, y Miguel tiene que hacer todo lo posible por contener su expresión de suficiencia cuando su mirada se dirige al chico que está detrás de Miles y nota su expresión de sorpresa.

—¡Miguel! —exclama Miles, con la voz llena de incredulidad al mirar al hombre—. ¿Qué haces aquí?

La mirada de Miguel se posa al instante en su novio. Dios, qué hermoso se ve. Parece tan pequeño y Miguel está tan feliz de haber sorprendido a su ángel y está seguro de que seguiría haciéndolo eternamente si pudiera recrear la expresión de cariño transformándose en alegría una y otra vez.

Y sobre todo, le gusta hacerles ver a todos que Miles es suyo.

Quizás por eso, las comisuras de sus labios se curvan en una lenta sonrisa mientras da un paso adelante, colocando ambas manos en la estrecha cintura de Miles. Ante la sonrisa en respuesta, Miguel lo acerca, murmurando lo suficientemente alto como para que el chico detrás de Miles lo oiga perfectamente.

—Quería sorprenderte, cariño.

Miles se muerde el labio inferior mientras un profundo sonrojo invade su rostro. Verlo hace que algo se ablande en el pecho de Miguel, como flores salvajes naciendo de las grietas del sucio hormigón. Hacía tanto que no se veían. Unas pequeñas manos se posan suavemente sobre su pecho.

—No tenías que hacerlo —susurra Miles, luciendo terriblemente cariñoso.

—Lo sé —murmura Miguel, levantando una mano. Observa cómo los ojos de Miles se cierran al sentir el pulgar de Miguel acariciando su pómulo, cómo se funde con la gran palma que acuna su mejilla, acercándose ligeramente. Desde este ángulo, esas bonitas pestañas y la perfecta curva de su nariz se ven aún más bonitas, y Miguel no puede evitar mirarlo un momento más—. No podía esperar más.

Las palabras hacen que Miles abra los ojos, entrecerrándolos hacia Miguel con complicidad antes de responder burlonamente—: ¿Tanto me extrañaste?

—Sí —exhala Miguel, y se le encoge el corazón al ver la expresión tímida de su novio.

La mejilla de Miles arde contra su palma. Esto es lo que más le gusta a Miguel. Algunos días, está satisfecho con ver la proyección de Miles intentando terminar otro capítulo de su libro de texto, con las pestañas revoloteando hasta que se queda dormido sobre su escritorio. Pero otros días, necesita tocar a Miles.

Miguel anhela estar siempre a su lado. Abrazarlo, besarle la frente, los párpados, la nariz. Observar cómo sus ojos se iluminan cuando los dedos de Miguel se deslizan por su cintura al atraerlo hacia sí. Juntar sus labios y sentir cómo su inquietud se desvanece en segundos. Casi todos los días, Miguel necesita a Miles, así que no es de extrañar que, después de escuchar lo que Miles le dijo el otro día, mandara todo su trabajo en la Sociedad Arácnida a la mierda para venir a verlo.

—Que cursi —acusa Miles, pero su voz es suave y gentil y todavía tiene esa sonrisa tímida en su rostro.

Miguel simplemente se encoge de hombros, incapaz de evitar que su propia sonrisa se ensanche al ver cómo su falta de respuesta solo hace reír suavemente a Miles. Está más que feliz de volver a ver a Miles, tomar sus pequeñas manos y besarlo un poco más que la última vez que lo visitó, pero con el silencio que los envuelve y sus sentidos agudizados, Miguel puede escuchar las voces de fondo. Y también puede recordar…

—Amorcito —comienza Miguel suavemente, mirando al chico detrás de Miles—. ¿Quién es?

El chico tiene una expresión sombría, un pequeño y patético surco entre las cejas que le provoca a Miguel ganas de reír. Tiene la mandíbula tan apretada que por un segundo casi teme que el chico se la rompa. Hombros tensos, una mueca en los labios.

—¿Eh? —pregunta Miles atónito, y entonces se da cuenta de dónde están. Al instante, se da la vuelta, rodea su cintura con el brazo de Miguel y se acurruca a su lado mientras le sonríe al chico y luego a Miguel—. ¡Oh, solo es un amigo de Ganke!

La mandíbula del chico se afloja con incredulidad. Miguel mentiría si no admitiera que verlo le llenaba de orgullo, de satisfacción, por demostrar que solo es él quien puede hacer esto, quien puede abrazar a Miles en público y demostrarle a cualquiera que los esté mirando, que esto es lo que él significa para Miles.

Así que cede, atrae a Miles hacia sí y aprieta el agarre en su cintura, un gesto posesivo que el chico no pasa por alto, a juzgar por la descarada desaprobación grabada en las comisuras de sus labios. La media sonrisa de Miguel se ensancha cada vez más, y sabe lo que el chico debe estar pensando.

Escucha débilmente a Miles hablando, pero Miguel solo tiene la vista fija en el chico sin nombre que le lanza una mirada asesina. Sinceramente, Miguel está un poco impresionado de que siquiera se atreva a mirarlo así. Pero ese no es el punto. El punto es que ese chico desea a Miles y Miguel no va a permitir que eso pase.

No está celoso, sabe que es imposible que Miles quiera estar con nadie más.

Miguel observa al chico con atención. Quizás sea el hecho de que el chico sea tan descarado, más que obvio en su inmediata antipatía al conocer al novio de Miles, lo que hace que una parte de Miguel quiera ponerlo en su lugar. Podría besar a Miles frente a él, devorar la linda boca de su novio hasta que le tiemblen las piernas, pero no parece ser suficiente.

Miguel quiere que el chico se arrepienta de siquiera haber mirado a Miles.

De repente, la idea se forma en su mente en cuestión de segundos, y sus ojos se posan en la pequeña figura de Miles, acurrucada a su lado, antes de volver a mirar al chico que sigue observándolo con enojo.

—Cariño —murmura Miguel, mirando a Miles, quien al instante gira la cabeza para sonreírle—. ¿Puedes decirme dónde está el baño?


Veinte minutos después, Miguel se encuentra observando el rostro de Miles a través del espejo, inclinado sobre su cuerpo más pequeño presionado contra el lavabo.

Los dedos de Miles se deslizan sobre el cristal mientras intenta encontrar algo que le apoye. Miguel siente una enfermiza satisfacción cuando desliza un tercer dedo dentro del coño de Miles, separando y curvando sus dígitos hasta que su grosor presiona justo donde Miles quiere. Ni siquiera está intentando hacerlo venir. No se molesta en tomarse su tiempo, solo quiere abrir ese coñito apretado y hundir su polla dentro, hasta dejar a su lindo novio hecho un desastre.

—Por favor —gime Miles, arqueando la espalda y moviendo su trasero hacia atrás, aceptando todo lo que Miguel quiera darle—. Por favor, lo quiero dentro, papi.

Miguel no puede evitar la excitación que se acumula en sus entrañas al escuchar la respiración entrecortada de Miles, inhalando entrecortadamente mientras lucha por mantenerse en pie con sus temblorosas piernas. Miguel gruñe al sentir a Miles apretarse alrededor de sus dedos, goteando líquido por todas partes, y joder, se muere por probarlo.

Pero no ahora.

No cuando tienen tan poco tiempo y Miguel se muere por follar a Miles contra la pared.

Observa cómo la boca de Miles se abre mientras retuerce sus gruesos dedos dentro de las paredes sedosas de su coño, presionando su punto G antes de sacarlos para frotar su clítoris. La sola imagen del bonito rostro de Miles parece sacada de una película porno, hace que Miguel sienta fuego líquido por sus venas. Miles luce absolutamente pecaminoso, con los ojos entrecerrados y la lengua colgando.

—Miguel, papi… —exhala Miles, tropezando con las palabras que le siguen—. P-Por favor. Por favor, lo necesito…

Mierda.

La polla de Miguel se contrae en sus pantalones ante esa voz necesitada, el coño de Miles se aprieta alrededor de sus dedos cuanto más frota. Miles suena tan jodidamente bonito cuando suplica, y no es de extrañar que Miguel se vea obligado a cerrar los ojos y simplemente respirar, tratando de luchar contra el impulso de simplemente presionar a Miles contra la pared de azulejos y penetrarlo hasta que se desmaye.

Pero sabe que tiene que ir despacio. No han follado desde hace semanas, y Miguel puede alardear de que su polla es lo suficientemente grande como para saber que debe tener cuidado esta vez. Aunque sabe que Miles siempre disfruta de un poco de dolor.

—Sí, está bien, date la vuelta.

Miles se mueve al instante, sus dedos resbalan por el cristal del espejo antes de aterrizar en el lavabo sobre el que está inclinado. Es un milagro que sus rodillas no se doblen bajo su peso, apenas logrando mantenerse erguido mientras las manos de Miguel se ponen a trabajar rápidamente, observando cómo Miles se gira lentamente a su frente mientras los dedos de Miguel sueltan botón de sus pantalones, bajándolos a toda velocidad.

—Siéntate ahí —susurra Miguel—. Quiero verte.

La única respuesta que Miles es capaz de dar es un pequeño gemido, un sí tácito con el que Miguel está muy familiarizado. El chico se aferra al borde del lavabo antes de sentarse, abriendo las piernas para que Miguel se interponga entre ellas, con sus bragas colgando de un delicado tobillo. Lo peor de todo es la forma en que Miles lo mira mientras Miguel saca su polla, acariciándose lentamente.

Sabe exactamente qué está mirando Miles: no es su enorme polla, no. Es el metal que lo adorna, el Príncipe Alberto que brilla debajo. Miguel es más que consciente de lo loco que se pone Miles cada vez que se deja los piercings puestos, de cómo se estremece cuando presionan justo donde quiere. Sabe que es esto, más que cualquier otra cosa, lo que hace babear a Miles, pensando claramente en la última vez que sintió el metal dentro de él, arrastrándose contra las paredes de su coño.

Miguel se había perforado hace años, cuando la rebeldía de la adolescencia aun persistía en él. Miles lo vio una vez por accidente y prácticamente desde ese momento se moría de ganas por sentir esa polla perforada acariciando sus entrañas.

Los ojos de Miguel se deslizan desde la mirada necesitada de Miles hacia su coño, cubierto de humedad, goteando hasta la parte interna de sus muslos. Tiene que morderse la lengua para contener el gemido obsceno que casi se le escapa al verlo, ver a su adorable novio hecho un desastre con tan solo unos dedos y palabras susurradas al oído casi lo lleva al límite.

Si no es darle placer a Miles, lo que más le gusta a Miguel es saber que no tiene que esforzarse para que su novio pierda la cabeza y ruegue por su polla. Quizás por eso no puede resistirse y baja una mano, ignorando la fuerte inhalación de Miles mientras presiona su pulgar contra su clítoris, incapaz de detener el gruñido bajo atrapado en su garganta mientras observa cómo Miles gotea de excitación por todas partes.

—Mira eso —dice Miguel con voz áspera, con una sonrisa sucia en los labios—. Estás chorreando, cariño.

Las palabras hacen que el rubor en el rostro de Miles se oscurezca aún más. Miles ni siquiera puede emitir un sonido adecuado, jadeando en silencio, el sonido resonando en las paredes del baño en el que se encuentran. Y entonces, con un placer enfermizo, egoísta hasta la médula, Miguel observa cómo el rostro de Miles se contrae de placer cuando baja la mano, rozando apenas con sus dedos la entrada resbaladiza, rogando que la llenen.

Miguel ni siquiera puede evitar inclinarse hacia adelante, dejando caer la cabeza en el hueco del cuello de Miles. Con un rápido giro de cabeza, hunde sus colmillos en la amplia extensión de piel, la cabeza de Miles se hace hacia atrás para darle un mejor acceso, y Miguel no se sorprende de que todo lo que siente al ver a su novio así fuera el impulso, la necesidad, de marcarlo, dejarle moretones y mordiscos para que todos supieran a quién pertenecía.

Finalmente, Miguel desliza dos de sus dedos dentro nuevamente, curvándolos justo en ese lugar, sonriendo contra el cuello de Miles cuando siente al chico apretándose alrededor de sus dígitos.

—Te va a encantar —promete Miguel en voz baja, las palabras son murmuradas contra la piel de Miles tan bajo que lo hacen estremecer, sus caderas se sacuden como si dijera por favor, como si estuviera rogando como una puta barata que Miguel contrató para la noche. Pero lo que más le gusta a Miguel, es el hecho de que Miles es completamente suyo. Es el hermoso novio de Miguel, su pequeña zorra y, sobre todo, solo suyo. Miguel quiere que todos lo sepan—. Te sentarías ahí mismo en clase, al lado de ese chico, y no tendrá ni idea de que tu coño ya está lleno de mi semen.

_—M-Miguel —_jadea Miles con voz ahogada mientras Miguel curva sus dedos a la perfección, las puntas de ellos acariciando su punto G con un ardor tan intenso que Miles tiembla, extendiendo sus manos para aferrarse a la fina tela de la camisa de Miguel—. Lo quiero, lo necesito, papi, dámelo por favor…

Contra su pecho, las manos de Miles parecen mucho más pequeñas de lo que son en realidad, y Miguel se deleita con el agudo gemido que escapa de su novio. Miles suena tan destrozado, jadeos temblorosos escapan de su garganta mientras ruega por Miguel. Quiere destruirlo, hacerlo añicos y luego volver a armarlo lentamente con besos de oro fundido, sus manos y su polla. Y esa es la única razón por la que se aparta, ignorando el gemido de queja que Miles deja escapar por la pérdida de esos gruesos dedos dentro de él, y en su lugar rodea su polla con una mano, acariciándose ligeramente. Miguel presiona la cabeza de su polla contra el coño de Miles, usando la humedad de Miles para lubricarse.

Pone una mano sobre el muslo de Miles, abriéndole las piernas lo suficiente como para colocarse cómodamente entre ellas, moviendo sus caderas para frotarse contra los pliegues de Miles a la perfección. Con cada movimiento, el metal de la perforación se presiona contra su clítoris y hace que las caderas de Miles se sacudan, un gemido ahogado resuena contra las paredes y a Miguel le encanta. Le gusta poder sentir cómo el coño de Miles se aprieta alrededor de la nada cada vez que la punta roza contra su entrada provocativamente antes de deslizarse hacia arriba para presionarse contra su clítoris. Le gusta el hecho de que Miles quiera esto, que lo necesite tanto como necesita el oxígeno y no pueda vivir sin él.

Y el hecho es que Miguel lo necesita de igual manera.

Esa es la razón principal por la que presiona la cabeza contra el coño de Miles antes de finalmente empujar hacia dentro, un fuerte gemido retumba en lo profundo de su pecho cuando siente el calor húmedo de Miles, lo apretado que está, al punto que Miguel apenas puede moverse. Se siente tan caliente, y Miguel no puede evitar empujar hasta el fondo cuando Miles deja escapar un gemido agudo al sentir los piercings de Miguel arrastrándose contra sus paredes.

—Joder —dice Miguel con voz áspera, apretando los muslos de Miles en sus manos—. Te sientes increíble.

No cree que pueda aburrirse jamás de esta vista. Nada en el mundo podría cambiar el placer inmenso que siente al ver cómo Miles se tensa de inmediato mientras un gimoteo ahogado escapa de sus labios, admirar su cuerpo temblando de hipersensibilidad, ansioso por que Miguel lo comience a follar de verdad. Y, bueno, Miguel nunca ha podido negarle algo a su novio.

Miguel no puede contener el gemido que se le escapa, soltando uno de los muslos de Miles para poder extender una mano y deslizar los dedos en su cabello, apretándolo en un puño y manteniéndolo inmóvil. La acción hace que Miles jadee entre sollozos, volviendo esos ojos hacia él. Esos malditos ojos van a ser su muerte, piensa Miguel distraídamente mientras sus caderas se ponen en marcha, sintiendo sus pesados testículos chocando con el trasero de Miles. Esos hermosos ojos color miel, inocentes en todos los sentidos, aunque nada en Miles fuera inocente.

Ni sus palabras, ni sus acciones, y definitivamente no sus necesidades.

—Más fuerte —jadea Miles con la boca húmeda, mirando a Miguel con esos bonitos ojos húmedos—. Fóllame más fuerte…

Una risa entrecortada abandona a Miguel sin poder evitarlo. Inclinándose, jala a Miles hacia adelante con la mano aun en su cabello y captura sus labios, tragándose el gemido que sale de esa boca obscena, presionándose contra el cuerpo más pequeño de Miles mientras lo penetra. Miles simplemente parece delirar por el hecho de que Miguel esté aquí, con él, besándolo y follándolo sin parar en un maldito baño de la escuela.

—Te lo daré —murmura Miguel, rozando sus bocas—. Te follaré hasta que todos sepan a quién pertenece este coñito necesitado.

—Por favor —solloza Miles, mientras sus finos dedos sueltan la camiseta de Miguel para sujetar la parte posterior de sus muslos y doblar las piernas hacia su pecho, dejándolo completamente expuesto—. Tuyo, solo tuyo… quiero que todos sepan que soy tuyo…

Una satisfacción sin igual se apodera de Miguel casi al instante. El hecho de no tener que decirle a Miles que se abriera de par en par para que Miguel pudiera follarlo lo llenaba de placer.

—Mierda —gruñe Miguel, sacudiendo sus caderas contra las de Miles—. Qué bien me tomas, cariño.

Miguel está bastante seguro de que cualquiera que pase por el baño, o que esté a menos de tres metros de la puerta, oirá el grito que suelta Miles cuando se desliza hasta el fondo, asegurándose de que el metal de sus perforaciones presionen justo donde quiere. Miles se aprieta con tanta fuerza a su alrededor hasta que las embestidas de Miguel se entrecortan.

Y entonces Miles presiona sus bocas. Miguel disfruta del gemido que Miles deja escapar en el beso, descuidado y lleno de lengua, puede sentir el sollozo de Miles vibrando bajo sus labios yendo directo a su polla. Al separarse, Miguel observa cómo el sonrojo de Miles se profundiza por el hecho de que hay un hilo de saliva conectando sus labios.

—Quiero venir —suplica Miles con voz aguda y temblorosa. Tiembla tanto que Miguel vuelve a sonreír—. ¿Puedo… puedo correrme en tu polla? ¿Por favor?

—Aún no.

Un sollozo escapa de Miles, arrastrando sílabas de “no, por favor, no, no, papi, por favor”, y joder, Miguel quiere destruirlo, desinhibido hasta los huesos. Sus extremidades se tensan y la sangre de Miguel canta de alegría al escuchar lo bonito que suena Miles cuando está completamente ido, abierto y dócil, listo para ser tomado.

Es obvio por la forma en que Miles se aferra cada vez más a Miguel que está muy cerca de correrse. Miguel lee a Miles como un libro abierto. Lo sabe al ver cómo la boca de Miles se abre y ya no puede emitir más que palabras inteligibles y gemidos ahogados. En cómo ya ni siquiera puede mirar a Miguel, con la cabeza colgando flácida entre sus hombros como una muñeca, y a Miguel le encanta eso.

Miguel adora el hecho de ser capaz de romper la fachada tras la que se esconde Miles; ama el hecho de que solo necesita unos pocos minutos para arruinar la impecable reputación de Miles y mostrarle al mundo quién es realmente: una zorra.

Quizás por eso Miguel lo folla aún más fuerte que antes. El ritmo brutal hace que Miles se deslice sobre el lavabo mientras Miguel suelta el agarre en su cabello, deslizando una enorme mano por su pómulo hasta las suaves facciones de su mandíbula, antes de rodear su garganta. La sensación hace que Miles se apriete de nuevo alrededor de su polla.

—Por favor —gime Miles—. Déjame correrme, por favor… Miguel, no puedo… no puedo… no puedo…

—Puedes venir ahora, mi amor —murmura Miguel.

Entonces la puerta se abre y…

Miles se corre.

Se corre a borbotones, tan fuerte que incluso un chorro de líquido cae sobre la camisa de Miguel. Miles se tensa imposiblemente a su alrededor, la presión de su orgasmo casi obliga a Miguel a salir de su coño, quien no puede evitar el gemido ahogado que estalla en él cuando siente ese calor a su alrededor, pero lo que es aún peor es el hecho de que Miles sigue corriéndose, la maldita puerta sigue abierta y Miguel ni siquiera se aparta.

Miguel se esfuerza al máximo para apartar la mirada de la deliciosa expresión de desorientación de Miles, levantando la cabeza lentamente al oír el sonido de la puerta cerrarse silenciosamente tras él. Y ahí está, en el espejo: el chico de antes. El que se confesó con Miles y fue rechazado a la vez. El chico los mira con los ojos muy abiertos, horrorizado, como si no pudiera creer lo que veía. Como si no esperara ver a Miles Morales, precisamente, con las piernas abiertas como una puta.

Miguel no puede culparlo. No todos los días uno se encuentra con alguien follando en el baño de la escuela y Miguel… no puede creer que se haya olvidado de cerrar la maldita puerta. Cualquier otro día, Miguel probablemente se avergonzaría de esto. Apenas puede apartar la vista de Miles, temblando, destrozado por la polla de Miguel. Pero eso sucedería cualquier otro día.

Hoy es diferente.

La incredulidad en el rostro de ese chico, que se transforma en furia desenfrenada, llena a Miguel de una alegría enfermiza que casi desearía no sentir. No, esto… esto es definitivamente lo que Miguel quiere. Ni siquiera puede evitar que las comisuras de sus labios se dibujen en una sonrisa burlona, ​​con una expresión de suficiencia que prácticamente desborda de su rostro mientras mira al chico que los observa, absortos el uno en el otro.

—Miles, mi vida —susurra Miguel, con la sonrisa perversa aún en sus labios—. Tenemos visita.

Apenas logra abrir los ojos, su novio no tiene que decir nada para que Miguel lo sepa, porque su pequeño cuerpo habla por él. Miles se tensa de inmediato, intentando cerrar los muslos, pero sin éxito, porque la mano de Miguel aún mantiene sus piernas abiertas. Miles lo aprieta tan fuerte que a Miguel se le nubla la vista al sentir la punzada de placer abrasador alrededor de su polla, y no puede evitar gruñir, aún sin apartar la vista del chico. Ni por un instante.

—Mig-… ¿Qué…? —exhala Miles, con el rostro lleno de pavor.

Su novio no sabe qué decir. Y al parecer_, el intruso_ tampoco, porque el chico apenas logra abrir la boca sin que nada salga de ella, completamente horrorizado o fascinado. Quizás ambas cosas, comprende Miguel vagamente, ampliando su sonrisa al ver que la boca del chico se cierra de golpe al ver a Miguel sacar su polla ligeramente, tragando saliva al verlo. Sus ojos se posan en los piercings de Miguel, quien no puede evitar sentirse un poco eufórico al ver cómo se ensombrece el rostro del chico.

A juzgar por la forma en que el coño de Miles se aprieta contra la punta de su polla, aguantando la respiración de forma audible, es evidente que Miles ha notado dónde se ha posado la mirada del chico. Justo en su apretado coño, justo donde la gruesa polla de Miguel está presionada. Y bueno, a Miguel nunca le ha importado una mierda lo que piensen los demás de él, ni que Miles fuera tan popular.

Pero saber que este chico, este completo imbécil, está viendo cómo su crush es partido en pedazos por una polla que no es la suya, lo llena de tanta alegría que se da cuenta de que sí, es un imbécil. Y uno muy posesivo, pero nadie puede culparlo cuando Miles se ve así. Como una cosita linda esperando a ser reclamada en público, y es la tardía comprensión de que Miguel está haciendo precisamente eso, lo que lo impulsa a presionar su polla hacia dentro nuevamente.

El chico los está mirando y Miguel tiene que ahogar su risa cuando se da cuenta de que Miles solo se moja más.

—Al menos pon el seguro si vas a quedarte a mirar —dice Miguel, sin evitar sonreír con sorna al ver al chico sonrojarse de humillación. Pero lo que es aún mejor, es que el chico extiende la mano hacia atrás y Miguel escucha el clic del cerrojo al cerrarse.

Demasiado fácil.

Él sabe exactamente cuándo el horror de Miles se convierte en alarma porque un gemido avergonzado se le escapa cuando Miguel presiona hasta el fondo, lento pero firme. No puede evitar la risa entrecortada que sigue al ver cómo una mano de Miles se mueve hacia su rostro rápidamente, mordiendo la manga de su suéter para tratar (en vano) de acallar los humillantes gemidos que siguen saliendo de su boca al sentir a Miguel sacar del todo su polla para frotarla contra sus pliegues antes de volver a deslizarse adentro.

La espalda de Miles se arquea hermosamente, su cabeza golpea contra las baldosas y Miguel no puede evitar apretar la mano alrededor de su cuello, asegurándose de no apartar la mirada de la otra presencia en la habitación ni un segundo, incapaz de contener la alegría al ver cómo el rostro del chico se contrae al ver los dedos de Miguel apretándose alrededor del cuello de Miles.

A Miguel nunca le ha gustado la sensación de ser observado, pero debe admitir que le encanta saber que otra persona con un ego tan grande como el suyo, vea cómo luce el lindo coño de Miles tragándose su polla. A pesar de ello, siempre le ha gustado presumir de Miles sabiendo que cualquier otra persona jamás podría tenerlo, le gusta demostrar lo inalcanzable que es Miles, que Miguel es la única persona en el mundo capaz de hacerle esto. El placer se acumula en sus entrañas, un hormigueo recorre su columna vertebral y termina en las yemas de sus dedos mientras observa al chico darse cuenta poco a poco de que Miguel es el dueño de Miles. Nadie más.

—Sabía que te gustaba que te observaran, Miles —murmura Miguel sonriendo—. Pero esto es simplemente repugnante.

Los dientes de Miles se hunden en la suave tela de su suéter, pero no tiene sentido intentar silenciarlo porque ese gemido fuerte y prolongado resuena en el baño. Miguel cree que podría correrse así, con solo ese pequeño imbécil viendo cómo Miguel folla a Miles en un maldito baño público. Pero primero, necesita hacer que Miles se corra una vez más para poder apreciar bien la furia en el rostro ajeno cuando Miles llegue al orgasmo.

La mano de Miguel aprieta ligeramente el agarre en la garganta de Miles mientras dice suavemente—: Dale un espectáculo, cariño.

Las palabras hacen que Miles se estremezca, su cuerpo se sacude violentamente y su garganta se convulsiona bajo el agarre de Miguel cuando este penetra con demasiada fuerza, golpeando sus testículos contra su trasero con fuerza. Realmente no hay nada mejor que esto. Sentir el coño de Miles apretándose constantemente, revoloteando alrededor de su polla. Miguel sabe que Miles está cerca otra vez, acercándose lentamente a su segundo orgasmo del día.

—Miguel, p-papi —jadea Miles, y Miguel sonríe al ver al chico palidecer al oír el apodo—. Papi, por favor…

El chico puede parecer enfadado, sorprendido o incluso fingir que no se inmuta, que no le afecta en lo más mínimo que su crush este siendo follado como una zorra barata, pero un vistazo rápido hacia el bulto en sus pantalones cuenta otra historia, una que llena a Miguel de placer. El chico no hace ningún movimiento para tocarse, pero eso es más que suficiente. La gota de sudor que baja lentamente por su frente, rodando por su sien, y la forma en que traga saliva con fuerza son indicio suficiente para que Miguel sepa cómo se siente realmente.

La columna de Miles se arquea como la cuerda de un arco, retorciéndose por la necesidad de llegar al límite una vez más. Esta vez, con alguien observando, porque necesita que el chico vea lo que Miguel le está haciendo. Ha aguantado demasiado, ha sido demasiado paciente, Miguel puede sentir la áspera punzada de placer latiendo bajo su piel, sabe que está tan cerca como la cosita linda que llora por su polla ahora mismo.

—¿Tanto te gusta esto, eh? —gruñe Miguel, flexionando los dedos alrededor del cuello de Miles al sentir cómo se estremece de nuevo, apretando su polla con fuerza—. Quizás la próxima vez te folle en el patio para que todos puedan ver. Incluso podrían tomar turnos contigo.

Las palabras hacen que Miles se paralice debajo suyo, perdido entre la voz ronca de Miguel y la forma en que su enorme polla y esos piercings se arrastran dentro de él. Miguel no está mejor, para ser honesto. La única razón por la que aún no se ha corrido es porque necesita que Miles lo haga primero, pero está muy cerca. Puede sentir cada músculo de su cuerpo tensándose con el esfuerzo de reprimir el placer casi cegador. Los gemidos ahogados de Miles tampoco ayudan, y Miguel no puede evitar acelerar el ritmo, apretando su agarre alrededor del cuello de Miles con más fuerza que antes, casi cortándole la respiración.

—¿Te gustaría, cariño? —sonríe Miguel—. ¿Quieres que papi deje que todos se diviertan en tu apretado coño?

—No puedo… por favor… a-ah… necesito correrme, dámelo, por favor…

Suena tan necesitado que Miguel no puede evitar darle permiso finalmente, sus dedos se hunden justo debajo de la mandíbula de Miles, haciendo que Miles se apriete como un torno alrededor de su polla, haciéndolo gemir las palabras—: Córrete.

El orgasmo de Miles lo embiste como un camión de carga a exceso de velocidad. No se parece en nada a su orgasmo anterior, como cuando Miguel lo llevaba lentamente al límite. Nada de cómo Miguel suele iniciar sus encuentros, como cuando le da tanto placer a Miles que este le recorre el cuerpo por completo. Es casi violenta la forma en que su cuerpo más se agita bajo el agarre de Miguel, lanzando un chorro de líquido de su coño, manchando la polla de Miguel, sus ropas a medio retirar e incluso el suelo del baño.

La combinación de la garganta de Miles convulsionándose bajo su palma y la forma en que aprieta su polla con demasiada fuerza hace que un gruñido animal salga del fondo de la garganta de Miguel, mientras sus caderas golpean erráticamente contra Miles, persiguiendo su propio orgasmo. Está tan jodidamente apretado, tan húmedo y caliente, que Miguel no puede evitar follar a Miles un poco más fuerte, quizá con demasiada brusquedad, apenas escuchando el casi grito adolorido que Miles deja escapar.

—Ya casi, cariño —dice Miguel entre dientes—. ¿Dónde lo quieres?

Y entonces Miles habla, arrastrando palabras sueltas y confusas, a juego con su mirada aturdida—: En mi cara… por favor, córrete en mi cara…

—Mierda —Miguel se encuentra incapaz de apartar la mirada de la bonita boca de Miles. En cuestión de segundos, Miguel retira su polla y observa cómo Miles cae al suelo de rodillas al instante. Ni siquiera necesita que Miguel le diga qué hacer, tiene la mirada perdida, sus pestañas revolotean mientras sus manos bajan a acariciar su clítoris y coño abusados, esperando pacientemente con la boca abierta y la lengua fuera.

Esa hermosa vista es todo lo que Miguel necesita, solo hacen falta unos pocos movimientos de su mano antes de que Miguel se corra por todo el rostro de Miles.

Su cuerpo tiembla mientras lucha por aguantar, pero es casi imposible cuando Miles se ve así después de correrse. Mientras Miguel se acaricia con todas sus fuerzas, observa cómo el semen gotea desde una de las cejas de Miles, con un ojo cerrado porque incluso alcanzó sus pestañas. Por suerte para él, logró que la mayor parte cayera alrededor de la boca de Miles, en su lengua, goteando por su nariz e incluso un poco en su barbilla.

Miguel no puede evitar acercarse y pasar un dedo por el labio de Miles, frotándolo mientras unta un poco de su semen sobre esa boquita. Miles relaja un poco la mandíbula, dejando que el pulgar de Miguel se meta en su boca y descanse sobre su lengua. Por un momento, Miguel disfruta sentir solo la cálida boca de Miles, pero su novio ahueca sus mejillas y chupa obscenamente, limpiando el desastre.

—Chico sucio.

Su pulgar sale audiblemente y Miles se ríe, acercándose más a la mano de Miguel que inmediatamente vuelve a trazar la línea de su mandíbula.

—A papi le gusta —bromea Miles, besando el pulgar de Miguel. Le gusta cuando Miles se pone así, provocativo y travieso. Miguel podría darle el mundo—. No te quejes.

—No me estaba quejando —murmura Miguel, curvando sus labios en una sonrisa cómplice.

La sonrisa de Miles se hace más amplia y luego se oye el sonido de una tos detrás de ellos.

Oh, cierto, ese chico sigue aquí.

El sonrojo de Miles se intensifica mientras balbucea palabras ininteligibles, pero a Miguel le da igual. Hizo lo que quería, y la mirada de derrota en el rostro del chico le parece una recompensa. Pero Miguel no quiere que alguien más siga admirando lo lindo que se ve Miles con semen por todo su rostro.

—¿Por qué sigues aquí? —pregunta Miguel mientras su sonrisa desaparece de su rostro al instante. Observa cómo el chico abre la boca intentando responder, pero Miguel lo interrumpe antes de que pueda decir palabra, porque no quiere oírlo—. ¡Lárgate!

La boca del chico se cierra de golpe y no pierde ni un segundo, antes de girar sobre sus talones rápidamente, abrir la puerta y correr por el pasillo. Miguel se acerca rápidamente a cerrar la puerta antes de que nadie más pueda entrar. Puede que le haya gustado todo el espectáculo anterior, follarse a Miles delante de uno de sus muchos admiradores, pero no tiene ganas de hacerlo dos veces el mismo día.

Cuando se da la vuelta, Miles, con las piernas visiblemente temblorosas, intenta mantenerse de pie mientras se aferra al borde del lavabo. Miguel lo rodea con sus brazos, disfrutando el silencio y de cómo el pecho de Miles aún palpita mientras sujeta a su novio por la cintura y lo levanta, sentándolo de nuevo sobre la fría superficie y colocándose entre sus piernas.

—Dios… —dice Miles de repente, con los ojos muy abiertos, completamente alarmado—. No puedo creer que haya hecho eso. No puedo creer que hayamos hecho eso.

Lo entiende. A pesar de los inconvenientes de ser Spiderman, Miles trata de ser un chico ejemplar en el ámbito escolar, y esto probablemente fue un error de juicio de su parte. Pero a juzgar por cómo Miles parece deslumbrar a pesar de todo lo que han hecho, no ve un solo atisbo de arrepentimiento en él.

Miguel se aleja brevemente para buscar algo con qué limpiar a Miles. Sinceramente, Miguel nunca creyó ser capaz de hacer algo así. Pero por alguna razón, con Miles, simplemente no puede evitar alardear del poder que tiene. Miguel acerca un pañuelo al rostro de Miles para limpiarlo con cuidado.

—Realmente era solo cuestión de tiempo, amorcito.

—Espera —dice Miles débilmente, con una expresión de horror en el rostro—. ¿Y si se lo dice a alguien?

Es una buena pregunta. Miguel no dice nada, reflexionando mientras limpia el desastre de su semen en el rostro de Miles. Es una muy buena pregunta, y Miguel se sorprende de haber estado pensado con la polla antes que con el cerebro, porque eso podría ser un gran problema.

Aunque… tal vez no lo sea realmente.

El hecho es que el chico lo vio y se quedó. Si se atreviera a decir algo como: “v_i a Miles Morales follando en el baño con un hombre adulto”,_ Miguel estaría encantado de responder: ”y él se quedó a observar”. No hay mucho que perder a estas alturas, Miguel ni siquiera pertenece a ese universo.

Además, para alguien que aparentemente odiaba a Miguel a los pocos segundos de conocerlo, ese chico disfrutó demasiado el ver a Miles, su crush inalcanzable, siendo follado en el baño mientras llamaba papi a su amante del doble de su edad.

—Teniendo en cuenta que tuvo una erección… —Miguel limpia lo que queda del lío en Miles, arrojando el pañuelo a un cesto cercano—. No creo que lo haga.

Miles le lanza una mirada de queja, frunciendo los labios.

—Eres horrible.

Lo soy.

Pero solo es él quien puede estar entre las piernas de Miles y es dueño absoluto de su corazón. Es posesivo, y no cree que pueda cambiar, no con un novio tan lindo como Miles. Así que si eso significa que tendrá que marcar su territorio constantemente… bueno, a Miguel no le importa.

—Me amas —dice Miguel, sonriendo mientras ayuda a Miles a acomodar el resto de su ropa. Cuando termina y Miles finalmente se ve más presentable, lo ayuda a bajar del lavabo, rodeando su diminuta cintura con sus manos.

A juzgar por la dulce mirada de Miles, esa pequeña sonrisa trazando sus bonitos labios, Miles se siente igual. Quizás todo esto haya ocurrido por el calor del momento, pero Miguel no se arrepiente en absoluto.

Y al parecer, Miles tampoco.

—Sí —suspira Miles, tomando la mano de Miguel mientras este abre la puerta y salen al pasillo, afortunadamente vacío—. Lo hago.