Desde pequeño, Miles Morales amaba a los animales. No sabĂa cuántas veces rescatĂł perros callejeros o llevĂł a casa gatos y aves heridas, cuidándolos en secreto hasta que recuperaron la salud, porque sus padres no se lo permitĂan.
Especialmente su madre.
A ella realmente no le gustaba cuando Miles recogĂa animales de la calle. Pero no era sĂłlo porque pudieran tener enfermedades o lo lastimaran. No. Ella siempre decĂa: “Nunca se sabe si eso es realmente un animal.”
No tenĂa sentido para Miles. ÂżEstaba diciendo que los perros callejeros que llevaba a casa eran en realidad fantasmas? ÂżO que los pájaros heridos que cuidaba eran duendes? No lo entendiĂł y su joven mente se volviĂł loca con posibilidades.
A medida que creciĂł, comenzĂł a notar que su madre tenĂa algunos… hábitos extraños. No era necesariamente religiosa, pero definitivamente era algo espiritual, a menudo hablaba del universo y sobre mantener el equilibrio. Pero era su madre y Miles la amaba. Se acostumbrĂł a su forma de ser y a sus peculiares dichos.
Lo que nunca pudo aceptar fue su insistencia de que dejara en paz a los animales callejeros. Simplemente no podĂa hacerlo.
Entonces, cuando finalmente se mudĂł de la casa de su familia, sintiĂł que un poco de aire fresco entraba en sus pulmones. Era libre de hacer lo que quisiera y eso incluĂa dejar comida para los gatos del vecindario y acariciar a las ardillas.
Miles no tenĂa idea de por quĂ© su madre estaba tan preocupada. Todo estaba bien. Él estaba bien.
Y entonces, una noche de camino a casa, Miles se topĂł con un perro callejero.
Estaba mojado por la lluvia y parecĂa herido. PodĂa escuchar la voz de su madre en el fondo de su cabeza diciĂ©ndole que dejara al perro en paz, pero se sintiĂł inclinado a ayudar. ParecĂa tan triste.
Entonces, Miles se llevĂł al perro a casa.
Se sorprendiĂł al darse cuenta de que era mucho más grande de lo que pensaba inicialmente. Pero era un perro dĂłcil, que despuĂ©s de un agradable y cálido baño con jabĂłn y un buen cepillado, se acercĂł cada dĂa más a Miles.
Aunque Miles tenĂa planes de llevarlo a un refugio al dĂa siguiente, se encontrĂł posponiendo esa tarea cada vez más hasta que se resignĂł al hecho de que nunca sucederĂa. Amaba demasiado a ese perro.
Y parecĂa que el perro tambiĂ©n lo amaba.
—Te llamaré Miggy, ¿está bien? —preguntó. El perro olfateó su costado, lo acarició y dejó escapar un pequeño resoplido. Sin ladridos ni mordiscos. Sólo siendo afectuoso—. Está bien, entonces Miggy será.
Y Miggy era un buen chico. Tan obediente y dulce. Era un perro enorme, sin duda. Definitivamente un gran perro guardián, pero también era un bicho cariñoso que nunca se alejaba del lado de Miles.
Ese pequeño hecho fue lindo hasta que… Miles necesitó algo de tiempo a solas.
DespuĂ©s de un dĂa de trabajo bastante duro, Miles decidiĂł darse un capricho. Se preparĂł un baño de burbujas e incluso se puso su conjunto de lencerĂa favorita. Todo para sentirse mejor. Para animarse.
—Está bien, Miggy, es hora de salir ahora —habĂa dicho Miles mientras mantenĂa la puerta abierta de par en par.
Pero su perro simplemente se sentó y lo miró fijamente como diciendo: “No, no me moveré.”
Su coño ya estaba mojado porque habĂa jugado un poco consigo mismo en el baño, por lo que Miles estaba muy impaciente. Pero Miggy era muy terco y se negĂł a moverse. Y como era un perro tan grande no habĂa manera de que Miles pudiera levantarlo y sacarlo de la habitaciĂłn por sĂ mismo.
De mala gana, Miles suspirĂł y cerrĂł la puerta. Se subiĂł a la cama y agarrĂł su vibrador de la mesita de noche. Dudaba en masturbarse con Miggy en la habitaciĂłn, pero en realidad no habĂa otras opciones.
No pasĂł mucho tiempo hasta que Miles se perdiĂł en sus propias fantasĂas y se follo con su vibrador como si realmente estuviera solo.
Estaba tan concentrado en alcanzar su propio orgasmo que no tenĂa idea de que Miggy, su adorable perro, lo estaba mirando. ObservĂł a Miles con un interĂ©s humano que habrĂa sido inquietante si Miles lo hubiera notado.
Pero no lo habĂa hecho.
Miggy habĂa estado más ansioso al separarse de Ă©l y Miles no sabe por quĂ©.
Era un perro cariñoso y cercano desde el principio, pero ahora lo es aún más. Es un poco divertido. Miles lo encuentra lindo en su mayor parte. Las únicas veces que lo encuentra un poco molesto es cuando trata de llegar al orgasmo. Pero se está adaptando bien y se ha vuelto bastante bueno bloqueando la presencia de su perro mientras se masturba.
Esta noche, sin embargo, su cachorro lo ha estado oliendo constantemente. Es algo que no ha hecho antes, pero no importa lo que haga Miles, parece que no puede encontrar una solución. Miggy no está enfermo, al menos eso lo sabe, pero algo está pasando con él y está preocupado.
—Lo siento, Miggy —dice Miles mientras acaricia al enorme perro—. No puedo descubrir qué te pasa.
Miggy le lame la cara en respuesta. Al principio son sĂłlo pequeños lamidos cortos, pero luego lame aĂşn más a lo largo de su cara e incluso comienza a lamer su cuello y hacia su pecho. Es suficiente para hacer sonrojar a Miles y comienza a reĂr, aunque es sĂłlo una reacciĂłn instintiva a la incomodidad que está sintiendo.
Porque por alguna extraña razón, la lengua de su perro se siente bien contra su cuerpo. Lo cual es a la vez vergonzoso y preocupante. Especialmente cuando Miles se da cuenta de lo mojado que ya está.
Se mueve hacia atrás incómodo y logra empujar a Miggy, escapando de su lengua.
—Está bien chico, cálmate —dice, todavĂa riendo torpemente.
Miggy parece sentir su energĂa y por eso finalmente deja de lamer a Miles. Es algo interesante de presenciar: es como observar a una persona tratar de contenerse.
Miles no puede evitar encontrarlo un poco extraño. Fascinante, pero extraño. Y luego recuerda las advertencias que su madre siempre le hacĂa cuando era niño. Advertencias sobre no recoger animales de la calle. Pero rápidamente sacude la cabeza ante esos pensamientos. No hay razĂłn para estar pensando en las extrañas reflexiones de su madre.
Miggy es sĂłlo un perro. Un perro particularmente grande, sin duda, pero un perro normal al fin y al cabo.
—Está bien, Miggy, hora de dormir —dice Miles después de un largo rato de mirar a su perrito.
Miggy salta del sofá con él y trota hacia el dormitorio, caminando junto a Miles. Cuando se sube a la cama, va a su lugar habitual y observa cómo Miles se pone el pijama.
—¿Por qué me miras fijamente? —le pregunta a su mascota mientras se introduce en la cama—. Se siente un poco espeluznante.
Hace un puchero, pero en realidad no está molesto y Miggy debe saberlo claramente porque lame a Miles en la mejilla y luego se acurruca más cerca de él. Su cuerpo grande y peludo envuelve casi la mitad del cuerpo de Miles.
Su presencia hace bien en relajar a Miles y pronto se queda dormido.
Sin embargo, tan pronto como se queda dormido, Miggy se levanta y comienza a lamerlo nuevamente. Su sabor es adictivo y su olor es aĂşn mejor. Miles es delicioso en todos los sentidos de la palabra y, sin embargo, no tiene ni idea.
Pero Miggy… bueno, Miguel sĂ.
Miguel sabe muy bien lo delicioso que sabe y huele Miles. Nunca habĂa conocido a un humano que fuera tan embriagador y magnetizante. Es la razĂłn por la que realmente no le importa que lo traten como a una mascota durante horas y horas.
No hay manera de que permita que los demás miembros de su manada lo vean asĂ, pero se arriesgará siempre que eso signifique poder estar al lado de Miles. Y Miguel quiso decir eso en un sentido no sexual ni romántico al principio.
Pero ahora… bueno, lo dice en todos los sentidos.
Su polla palpita, tan dura que duele. Siente el ardiente deseo de crĂar a alguien, y desde hace mucho tiempo ha querido inclinar a Miles y follárselo por completo. Verlo masturbarse ciertamente no ayudĂł, pero estar tan cerca de Ă©l y escuchar sus gemidos entrecortados y quejumbrosos era algo que no podĂa dejar pasar.
Y ahora simplemente no puede evitarlo.
Permanece en su forma de perro, olisqueando a Miles y lamiendo su cuerpo. Es fácil acceder a su coño porque Miles solo duerme con una camisa grande y nada más debajo. Asà que abre sus muslos y lame su coño, sintiendo un gruñido burbujeando dentro de él cuando finalmente lo prueba.
Y al igual que el resto de él, el coño de Miles sabe tan bien.
Miguel quiere más. Quiere devorarlo hasta que su precioso humano llore y le ruegue que se detenga, pero ahora no es el momento. Con la forma en que su polla palpita y duele, simplemente no tiene la paciencia para ello.
Empuja las piernas de Miles para abrirlas más y luego se detiene, observando con gran expectaciĂłn cĂłmo Miles gruñe y se contrae. Pero afortunadamente no se despierta. TodavĂa está dormido y sueña felizmente.
Lo cual es bueno… porque Miguel sabe que si Miles despertara, lo alejarĂa. Le gusta cuando Miguel lo lame, eso lo sabe con seguridad, pero Miles es retenido por su Ă©tica asĂ que no deja que Miguel vaya más lejos. Pero ahora mismo está dormido.
Entonces Miguel alinea su gruesa y palpitante polla de perro con el coño mojado de Miles y empuja lentamente. Deja escapar un gemido cuando se da cuenta de lo apretado que está. Y joder, está increĂblemente mojado.
Miguel lo intenta, intenta con todas sus fuerzas ir despacio y saborear el momento, pero el coño de Miles ya es muy adictivo. Es perfecto. AsĂ que no puede evitar meter su polla completamente dentro de Ă©l, follándolo egoĂstamente a pesar de lo apretado que está.
Lo cual hace que Miles no sĂłlo se mueva, sino que se despierte.
Y se despierta sobresaltado, la sensaciĂłn de una polla larga y gruesa dentro de su coño lo sorprende. SĂłlo en sus sueños más locos Miles esperarĂa tener la polla de su perro profundamente dentro de Ă©l. Está increĂblemente sorprendido pero, sinceramente, tambiĂ©n está increĂblemente excitado. No era frecuente que Miles dejara que sus pensamientos vagaran a la polla de su perro, pero cuando lo hacĂa nunca imaginĂł que se sentirĂa tan bien.
Pero aún asÅ esto no está bien. Lucha contra el cuerpo que está encima de él, pero es inútil. Está demasiado débil para quitarse a su mascota de encima.
Y además, no hay manera de que Miguel permita que esto termine. No cuando ya está dentro de él. Se aleja completamente de Miles y se divierte al ver la mezcla de alivio y arrepentimiento en su precioso humano. Pero está bien, no hay necesidad de arrepentirse porque luego regresa a su calor apretado y húmedo. Miles gime fuertemente.
—Miggy, yo…
Su coño se aprieta alrededor de la polla de Miguel y sus manos, que habĂan estado flácidas a su lado, se enredan en el pelaje grueso y suave de Miguel. Un temblor visible recorre su cuerpo y eso vuelve loco a Miguel. Miles ya está muy afectado y ni siquiera lo ha follado todavĂa, solo lo ha llenado con su polla.
Miguel empuja dentro de él. No, es más como si se estrellara dentro de él.
Miles se ahoga con otro gemido, y luego un gemido absurdamente fuerte sale de sus labios. No es tan sorprendente que sea tan ruidoso dado que Miguel lo ha visto masturbarse, pero Miles es incluso más ruidoso de lo habitual.
Y eso excita aún más a Miguel.
Su coño tiembla alrededor de su polla y Miguel deja escapar un gruñido, sin poder contenerse. El coño mojado y babeante de Miles es demasiado perfecto.
Entonces, sin mucha advertencia, embiste el coño de Miles una vez más. Por un breve momento, todo lo que Miguel puede hacer es perderse en su calor apretado y hĂşmedo. Se mece contra Miles, follándolo lentamente. Su precioso humano está haciendo todo lo posible para no disfrutar de esto, pero está tan claro como el dĂa que le encanta la forma en que su mascota lo folla. Miles ni siquiera puede ocultar sus gemidos.
Lo cual es vergonzoso para Miles.
Nunca antes lo habĂan follado tan bien, y por nada menos que su propio perro. Pero la polla de Miggy es deliciosamente gruesa y larga, y cada vez que lo empuja hay un ligero bulto que sobresale del estĂłmago de Miles.
Es enteramente por accidente. Miles no tiene la intenciĂłn de hacerlo, pero no puede evitar la forma en que inclina sus caderas, respondiendo a las embestidas de la polla de su mascota. Lo atrae profundamente, lo que le hace dejar escapar un gemido. Â
—SĂ, asĂ. Muy bien, Miggy —dice Miles, sin poder permanecer en silencio por más tiempo—. Buen chico-…
Luego se mueve y levanta la pierna, llevándola hacia su pecho. Quiere que Miggy alcance más profundamente dentro de él, pero este nuevo ángulo permite que su polla golpee su punto G una y otra vez. Miles grita, con los ojos en blanco. Saliva fluye de su boca abierta y su lengua cuelga, sus palabras se disuelven en balbuceos inútiles.
Para Miguel está claro que Miles está a punto de correrse. Su coño sufre espasmos alrededor de su polla y sus dedos tiran de su pelaje. Sus gemidos también se hacen cada vez más fuertes.
—M-Miggy —logra decir entre fuertes gemidos—. Me voy a correr.
Es demasiado para Miles. El ángulo. Su polla. El hecho de que está cumpliendo una fantasĂa tan oscura y profunda. Es demasiado y Miles está muy cerca de desmoronarse.
Las lágrimas nublan los ojos desenfocados de Miles. Continúa intentando hablar pero nuevamente no sale nada que valga la pena escuchar. Luego deja escapar un gemido estrangulado. Las palabras “por favor” y “Miggy” son las únicas cosas distinguibles. Miguel inclina su pene y embiste a Miles, sacándole el aire mientras lo hace.
Miles es tan patĂ©tico, tan lamentable. Todo su cuerpo tiembla y se estremece mientras llora y gime. Su perro lo está follando tan bien. QuĂ© vergonzoso. Sabe que deberĂa estar disgustado consigo mismo, pero está muy contento de que Miggy se lo estĂ© cogiendo. Nunca lo habĂan follado tan bien.
Salen más gruñidos sin sentido, pero Miguel no les presta atención y se deja perder, una vez más, en el embriagador coño de Miles. A medida que acerca a su precioso humano al orgasmo, su coño lo aprieta cada vez más fuerte. Miguel disfruta la forma en que su coño se aferra a su polla mientras tiembla por el orgasmo.
Y luego la espalda de Miles se arquea fuera de la cama, con sus manos tirando del suave y grueso pelaje de Miguel. Los sollozos sacuden su cuerpo mientras su coño estalla y gotea con fuerza mientras sus músculos se sacuden.
Miguel lo sigue poco después, con semen saliendo de su pene y pintando el interior de Miles de color blanco. Pero aún no ha terminado.
Entonces, sale del coño de Miles y lo obliga a moverse. Le toma un tiempo a la cabeza de Miles aclararse lo suficiente como para entenderlo, pero finalmente lo hace y se da vuelta colocándose sobre sus manos y rodillas.
Su coño está en perfecta exhibición para Miguel y por un segundo simplemente se detiene para maravillarse. Su propio semen escapa del coño de Miles y lo ve apretarse alrededor de la nada, deseando con avidez ser llenado una vez más.
Entonces Miguel le da lo que quiere. Empuja de nuevo dentro de Miles y comienza a follarlo una vez más.
No planea parar hasta que Miles esté completamente lleno de semen y su deseo de criarlo se haya cumplido.
Y eso debe quedar claro para Miles porque sacude sus caderas, provocando a Miguel para que lo llene de más semen. Miguel está más que feliz de complacerlo, forzando su polla profundamente dentro de su precioso humano, lo que le hace gemir fuertemente.
A Miles le gusta eso. Le gusta la idea de ser criado, especialmente si es por Miggy, y parece que le gusta mucho más de lo que pensaba. Tiene la cara enterrada en las almohadas, presumiblemente para mantenerse en silencio, pero parece que Miggy no quiere eso.
Muerde su cuello y presiona su polla más profundamente en Miles, embistiendo directamente contra su punto G. Miles se queja y finalmente levanta la cabeza de las almohadas para que se puedan escuchar sus fuertes gemidos.
—Amo tu polla, Miggy. Qué buen chico, me haces sentir tan bien. Me encanta la forma en que me follas. Quiero darte tantos cachorros.
Un gruñido retumba desde lo más profundo del pecho de Miguel mientras empuja profundamente en el coño de Miles, presionando su punto G. La imagen de Miles regordete, cargando a su camada lo excita aĂşn más. Realmente no puede evitar perder el control. HabĂa estado bastante lĂşcido a pesar de lo embriagador y adictivo que es el coño de Miles, pero con esa imagen en su cabeza no puede evitar perderse.
Miguel folla despiadada y ferozmente a Miles. Tiene muy poca consideración por Miles en este momento, pero resulta que Miles ama cada segundo. Le gusta que lo follen con rudeza. Ser tratado como nada más que un fleshlight lo excita demasiado.
—Miggy, por favor. Necesito tu polla. Por favor, fóllame, fóllame, por favor. Seré bueno, lo prometo…
Cuando la polla de Miguel roza su punto G, sus suplicas rápidamente se convierten en un gemido. El cuerpo de Miles se estremece contra el de su mascota. Se está volviendo loco. No puede pensar en nada más que en la perfecta polla de Miggy y en lo bien que se siente en su coño mojado.
—Soy todo tuyo, Miggy —dice en voz alta, sabiendo que más tarde estará más que avergonzado de sà mismo—. Quiero engendrar a tus cachorros. Amo tu polla, yo…
Miguel folla a su precioso humano como si estuviera en celo. Debajo de él, Miles agarra el colchón. Se mece nuevamente contra la polla de Miguel, haciendo que sus embestidas sean más profundas. Sus propios gemidos lastimeros y cachondos se unen a los continuos gruñidos de Miguel.
Miles está cerca, muy cerca de otro orgasmo. Miguel puede sentirlo. Asà que mete su polla con fuerza y se lo folla a un ritmo brutal.
—Voy a correrme —anuncia Miles mientras tira de las sábanas—. Voy a correrme, yo-…
Los músculos de su estómago se contraen con fuerza y parece que no puede evitarlo cuando todo su cuerpo tiembla. Sus ojos se ponen vidriosos y su boca se abre con la lengua fuera. Babea sobre sà mismo pero no puede sentir vergüenza. No cuando lo están follando tan bien que su mente está completamente en blanco.
Miles balbucea sin sentido en este punto, sin poder formar un pensamiento coherente.
Es lindo. Adorable. Y Miguel quiere arruinarlo.
No le toma mucho tiempo correrse una vez más, vaciando otra gran carga en el útero fértil de Miles. Pero, de nuevo, no está ni cerca de terminar con él. Entonces, en lugar de separarse de Miles, comienza a follarlo de nuevo.
Debajo de él, Miles deja escapar un gemido pero no lucha.
Definitivamente será una noche larga para él, pero la acoge felizmente.
No es hasta bien entrada la tarde que Miles se despierta.
Su cuerpo está increĂblemente adolorido y mientras se sienta se da cuenta de que la cama debajo de Ă©l todavĂa está mojada, hĂşmeda por el semen. Le cuesta levantarse de la cama cuando se da cuenta de lo que ha hecho. Lo que dijo.
RogĂł por la polla de su perro, suplicĂł que lo follara y lo criara.
Qué vergonzoso. ¿Cómo mirará Miles a Miggy ahora que ha permitido que esto suceda?
Pero justo cuando reza para que la tierra se lo trague entero, un hombre alto y desnudo entra en su habitaciĂłn con un vaso de agua en la mano. Parece increĂblemente sorprendido de ver a Miles despierto, pero Miles está más sorprendido de verlo a Ă©l.
—¿Quién eres? —pregunta, tratando desesperadamente de ocultar su cuerpo desnudo con las mantas.
El hombre sonrĂe y deja el vaso de agua, luego se sube a la cama y se pone bastante cĂłmodo entre las piernas de Miles.
—Cariño, no me digas que ya me has olvidado. SĂ© que me veo un poco diferente, pero estuviste rogando por mi polla toda la noche —dice con una sonrisa divertida en su rostro. Luego, sus manos frotan las piernas de Miles, abriĂ©ndolas más mientras lo hace—. Para alguien que suplicĂł llevar a mis hijos, pareces algo tĂmido.
Los ojos de Miles se abren y se congela. Aprieta las mantas con más fuerza, pero luego, vagamente, recuerda la advertencia que su madre siempre le decĂa cuando era niño.
—Yo… ÂżMiggy?
—En realidad, es Miguel. Pero, sinceramente, Miggy estuvo sorprendentemente cerca de ser mi nombre, asà que no me importa mucho.
Miles está sorprendido. Absolutamente anonadado. No sabe quĂ© decir, pero está bien porque Miguel no necesita que diga nada. En lugar de eso, se ocupa de quitarle las mantas a Miles y besar sus muslos. Su coño todavĂa gotea con su semen.
—Oh, mira, mojaste toda la cama. Supongo que ahora tengo que follarte un poco más.
Miles no lo rechaza. ÂżPor quĂ© lo harĂa? Miguel es increĂblemente atractivo y lo follĂł tan bien anoche. Lo hizo sentir bien. Mejor de lo que Miles alguna vez se sintiĂł.
Entonces toma el rostro de Miguel y se inclina para besarlo. Su lengua se desliza fácilmente dentro de la boca de Miguel y sus manos se enredan en su cabello. Y cuando se aleja, le sonrĂe a Miguel.
—Ahora que sé que tienes forma humana, no dejarás de follarme en tu forma de perro, ¿verdad?
Miguel muerde sus muslos y lo mira con una sonrisa en su rostro.
—Por supuesto que no, cariño, no cuando te has vuelto tan adicto a la polla de este perro.