Tan pronto como llega a casa después de la escuela, Miles sube corriendo las escaleras, se acurruca en su cama y llama a Gwen.
No le envĂa ningĂşn mensaje de antemano, simplemente se cubre la cabeza con las mantas bloqueando la tenue luz del atardecer que se filtra por la ventana. Hasta ahora, su semana ha sido horrible y Miles se siente con derecho de al menos un poco de descanso.
Por lo general, en una situaciĂłn como esta, en la que Miles se siente derrotado y pisoteado por la vida apenas a sus diecisiete años, como si el mundo hubiera dado un paso gigantesco sobre su rostro ese dĂa, su primer instinto serĂa llamar a Miguel. Miles suspira y esconde su rostro en las almohadas mientras hace la llamada. Pero no puede llamar a Miguel, porque…
La conversación que él y Miguel tuvieron anoche sigue dando vueltas en su cabeza. Miles reprime el deseo de meterse en un agujero y no salir nunca más.
Con un ruido estático que saca a Miles de sus pensamientos, Gwen contesta—: ¿Qué pasa, Miles?
—Eh —dice Miles. Oye un crujido al otro lado de la lĂnea. Hace dos minutos Miles tenĂa todo lo que podrĂa haber querido decir rebotando en su cabeza. Suspira, frustrado—. Bueno…
Miles hace una pausa y se muerde el labio. Una ola de dudas cae sobre Ă©l, casi asfixiándolo: Âżrealmente quiere decirle a Gwen que esto se trata de Miguel, el hombre que conociĂł en un juego en lĂnea? Lo cual es bastante vergonzoso para empezar. Y Miles no sabe cĂłmo Gwen podrĂa tomar la confesiĂłn de Miles sobre el hecho de que está profundamente enamorado de Ă©l.
—Hay… una chica que me gusta. Y… durante los Ăşltimos meses hemos estado hablando. Â
Es un eufemismo. Él y Miguel se habĂan conocido luego de que formaran un buen equipo en un juego en lĂnea, jugaron algunas partidas juntos y comenzaron una charla amistosa. Tiempo despuĂ©s intercambiaron contactos, y Miles comenzĂł a mencionar pequeñas anĂ©cdotas sobre su dĂa mientras jugaban (a veces simplemente las robaba de publicaciones que veĂa en Internet, de hecho, pero no se lo decĂa a Miguel) y Miguel le enviaba fotos de hermosas tomas de puestas de sol, edificios y comida.
—Y, bueno, cuando empecĂ© a hablar con ella, eh… —Miles traga saliva. Siente que el pánico se le sube al pecho—. Le dije que tenĂa veinte años.
Un largo momento de silencio le sigue al otro lado de la lĂnea. Miles no sabe si Gwen está sorprendida, confundida o simplemente esperando a que continĂşe. Traga saliva con un nudo en la garganta.
A Miles se le ocurre que el hecho de que uno de sus principales temas de conversaciĂłn hubiera sido la Ăşnica clase de nivel universitario que habĂa estado tomando ese verano, no ayudĂł a resolver todo el malentendido. Y ahora su relaciĂłn con Miguel probablemente estĂ© irreparablemente dañada.
—PensĂ© que tendrĂa más o menos la misma edad, pero cuando ella me dijo cuántos años tenĂa… —lo cual es una diferencia de edad bastante grande. Por supuesto. Porque nada en la vida de Miles es fácil.
Miles inhala profundamente y recuerda que incluso antes de empezar a hablar con Miguel, escuchaba su voz en el chat del juego, malhumorada y grave. Y ni siquiera importaba que Miles no pudiera entender todo lo que decĂa, porque que Miguel solĂa maldecir demasiado en español; ​​tambiĂ©n estaba la forma en que el mundo siempre parecĂa avanzar a su propio ritmo cuando los dos hablaban, y cĂłmo el corazĂłn de Miles late más rápido cada vez que ve el rostro de Miguel, que Miles ve con cierta frecuencia en alguna selfie ocasional. Porque Miguel es jodidamente atractivo.
—Él me gusta mucho —dice. Se sorprende al oĂr que su propia voz se quiebra—. ¡Ella! Â
ÂżCuántas veces se ha equivocado con los pronombres a estas alturas? Miles no quiere pensar en ello, no quiere oĂr lo que Gwen vaya a decir sobre su estĂşpido enamoramiento por alguien que ni siquiera conoce en persona. Miles se limita a presionar la cara contra la almohada e intenta no sentirse como si estuviera muriendo.
—Es casi diez años mayor que yo y no sĂ© si_…_ —Miles escucha que su propia voz comienza a romperse mientras lágrimas difuminan su visiĂłn, y se detiene. Está siendo patĂ©tico.
Se hace un silencio pesado y opresivo, cuando Gwen le dice en voz baja—: Estoy segura de que a él también le gustas, Miles.
Miles estalla en llanto.
—Miles —Gwen dice suavemente—. Miles, en realidad no es algo tan malo —hace una pausa—. Cumplirás dieciocho años en unos meses, ¿no?
—Sà —gruñe Miles. Unas cuantas lágrimas se le escapan y le resbalan por el puente de su nariz y el costado de su rostro—. ¡Pero ese no es el punto!
Se escucha un murmullo grave de fondo, pero no alcanza a distinguir a quién pertenece—: Cuéntale cómo reaccionó Miguel, fue bastante divertido.
—Ah —dice Gwen—. SĂ, Miguel casi se desmaya al enterarse que sigues en la escuela. AsĂ que probablemente le gustas.
Miles sorbe y se limpia la nariz.
—Mira —dice Gwen. Su voz es más fuerte esta vez, tiene un poco más de eco. Probablemente haya entrado en otra habitación—. ¿Miguel actúa… extraño? ¿Contigo?
—No… no lo creo.
—¿Se echó atrás cuando le dijiste cuántos años tienes en verdad?
Miles se seca las lágrimas de las mejillas, repentinamente cohibido. Como si Gwen pudiera verlo de todos modos.
—SĂ.
—Entonces haz lo que consideres mejor para ti, Miles —Gwen suspira—. La verdadera pregunta es si estás listo para algo asĂ.
Miles se sienta en la cama.
—Estoy listo —dice.
—¿Lo estás? —pregunta Gwen. Su tono es desafiante, irrespetuoso. Miles frunce el ceño mientras mira su teléfono. Pero antes de que Miles pueda pensar en decir algo al respecto, Gwen continúa, riendo—: Buena suerte, Miles.
Una pausa se cierne sobre la lĂnea, los pensamientos de Miles rebotan en su cabeza. Â
ÂżBuena suerte?
Miles se pregunta si realmente podrá obtener lo que quiere.
En la noche de su cumpleaños nĂşmero dieciocho, Miles le envĂa un mensaje a Miguel.
[tengo dieciocho años, sal conmigo]
Principalmente porque, a juzgar por el silencio de Miguel durante las últimas semanas, Miles cree que si él no pregunta, Miguel nunca lo hará. Lo cual es reconfortante, por un lado, y absolutamente frustrante, por otro.
Miles espera una respuesta. Está sentado con dos pulgares sobre el teléfono mientras siente como una gota de sudor le resbala por la nuca.
[No estoy seguro de esto]
Miles considera responder algo como “¿de quĂ© no estás seguro? soy increĂble”, pero eso le parece… muy inapropiado. En cambio, traga saliva y envĂa otro mensaje.
[lo siento, está bien si no quieres, pero me gustas]
Siente como si se estuviera sacando el corazón y presentándoselo a Miguel en bandeja. Miles registra, un poco aturdido, que no es una sensación agradable.
[No dije que no querĂa]
El nudo que habĂa estado apretándose en el estĂłmago de Miles, se afloja.
[Âżen serio?]
Miguel le envĂa otro mensaje.
[Eres lindo, pero me haces sentir como un pedĂłfilo]
Y le sigue una pausa muy, muy larga.
[Déjame pensarlo]
Miles respira entrecortadamente.
[está bien]
Después de una semana sin recibir literalmente ninguna respuesta de Miguel, Miles está molesto.
Él entiende la vacilación de Miguel. Realmente lo entiende. Y es cierto que solo después de haber hecho un comentario pasivo-agresivo al respecto en un chat grupal con sus amigos, Hobie y Pavitr le explicaron con calma que, aunque Miles técnicamente puede actuar como un adulto, sigue siendo un bebé.
Por un lado, Miles lo entiende. Por otro lado, piensa que todo esto es una tonterĂa y decide que lo que Miguel realmente necesita es un simple empujĂłn.
Miles le envĂa un mensaje una semana despuĂ©s.
[entonces, ¿vas a salir conmigo o qué, viejo?]
[No lo haré si sigues llamándome “viejo”]
[Âży si no te llamo viejo?]
Miles hunde los dientes en su labio inferior, mirando nerviosamente la pantalla. Â
[Tal vez]
Con un suspiro audible, Miles apoya la cabeza en su propia mano. Pero a pesar de su irritaciĂłn, su estĂłmago no parece calmarse. IncĂłmodo, Miles siente que se revuelve.
Se produce una larga pausa. Miles cede al impulso de abrazar las almohadas de su cama y mirar obsesivamente su teléfono durante unos segundos muy largos, antes de que Miguel responda.
[ÂżPuedo llamarte?]
Miles suelta un suspiro que no se habĂa dado cuenta que habĂa estado conteniendo.
[sĂ, está bien]
El rostro de Miguel aparece en la pantalla de su teléfono, más o menos. Tiene la cara casi cubierta con una mano. Sus grandes dedos y sus gruesos nudillos llaman la atención de Miles. Murmura algo que Miles solo entiende a medias. Definitivamente no es un saludo.
—¿QuĂ©? —pregunta Miles. Miguel siempre ha sido difĂcil de leer—. Dilo otra vez.
—¿Por qué carajo quieres salir conmigo? —gruñe Miguel. Parece que está intentando ocultar su sonrojo. Miles parpadea.
—Porque me gustas.
Miguel gruñe y murmura una larga serie de palabras en español que Miles apenas entiende. A juzgar por la forma en que Miguel mira hacia la pared y hacia el techo, Miles piensa que, de todos modos, no es necesario entenderlas.
—Eres demasiado simple.
Miles se encoge de hombros.
—¿La gente que quiere salir con alguien realmente necesita algo más? —es una jugada arriesgada. Miles nunca habĂa salido con nadie antes.
Pero no le dice eso a Miguel.
—Mocoso descarado —dice, seguido de un suspiro—. ¿Qué diablos vamos a hacer en las citas? ¿Qué les vas a decir a tus amigos? ¿Qué diablos le vas a decir a tus padres? —escupe las palabras con un ligero dejo de disgusto, o posiblemente de incredulidad.
Pero Miles se encoge de hombros y continĂşa, alegremente.
—Podemos comer juntos —dice—. Mis amigos no tienen por qué saberlo y no se lo diré a mis padres porque, de todos modos, no es asunto suyo. ¡Me gustas! —Miles juega con el borde de su almohada y se da cuenta, con una pequeña punzada de temor, de que ha estado aferrándose a su almohada como un niño de cinco años durante toda la conversación.
Se siente un poco como si fuera a morir.
Miguel suspira, bajo y tenso.
—Aún vives con tus padres.
Miles se encoge de hombros.
—¿Y?
—Sigues en la escuela.
—¿Y? —repite Miles, un poco más irritado esta vez. Cuando Miguel sigue mirándolo fijamente, inexpresivo, Miles se inclina hacia atrás y considera tomar otro ángulo.
Miguel levanta las cejas y las comisuras de su boca se curvan hacia abajo en una mueca de desdĂ©n. Como si esperara que Miles dijera algo totalmente absurdo. Frustrado, Miles aprieta la mandĂbula, lanzándole a Miguel una mirada de enojo (y definitivamente está enojado, confirma Miles en la parte oscura de la pantalla que refleja su rostro).
—Si voy a salir con alguien diez años mayor que yo, es mucho mejor si ese eres tú.
Miguel entrecierra los ojos.
—¿Qué?
—Porque, si no sales conmigo, probablemente me encontrarĂ© con un pervertido de cuarenta años en algĂşn momento —Miles se da golpecitos con un dedo en la barbilla—. AsĂ que, en realidad, me estás… salvando —ofrece Miles—. De, eh… Estadounidenses peligrosos.
—Estadounidenses peligrosos —Miguel repite rotundamente las palabras de Miles. En los siguientes momentos de silencio, Miles se ve obligado a afrontar el hecho de que la suposiciĂłn de Miguel sobre que Ă©l dirĂa algo estĂşpido puede que no haya sido incorrecta.
—Sà —dice Miles.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé.
Miguel suspira, largo y bajo. Miles lo observa mirar con resignación un punto fuera de cámara, con una mano apoyada en la frente (y una parte de él quiere llorar, tirar el teléfono e insistir en que es un maldito adulto), pero aguanta el impulso. Hacer un berrinche no le va a ayudar en nada. Especialmente cuando está tratando de demostrar que es lo suficientemente maduro para esto.
Miles mira fijamente a la cámara con una mirada segura e insistente. Cada vez que Miguel lo mira brevemente, inhala y se mantiene firme. Después de un momento de silencio verdaderamente épico, Miguel habla.
—Está bien.
Miles se anima.
—¿En serio?
Miguel se aclara la garganta.
—SĂ, está bien.
La primera conversación que Miles tiene con Miguel sobre sexo, es probablemente una de las conversaciones más extrañas que ha tenido.
—Entonces —comienza Miguel, con la voz entrecortada por la videollamada—. Hemos estado saliendo durante un tiempo.
Miles asiente, jugueteando con la manga de su suĂ©ter distraĂdamente.
—Seis meses —dice Miguel.
—Sà —asiente Miles nuevamente. No entiende muy bien a dónde va esto.
—Entonces, ¿quisieras hablar sobre…? —Miguel se pasa la mano por la nuca. Sigue una larga pausa, durante la cual abre la boca y procede a cerrarla de golpe—. No importa.
Miles se inclina hacia delante, como si acercarse más a su portátil pudiera hacer alguna diferencia, y mira a Miguel.
—No, ¿qué? —​​pregunta—. ¿Qué ibas a decir?
—Nada —espeta Miguel—. Dije que no importa.
—¡Quiero saberlo! —insiste Miles. Miguel aparta la mirada de la cámara—. ¿Ibas a… hablarme sobre sexo?
Por lo general, en este punto de la conversaciĂłn (cuando Miguel llegaba a un punto crĂtico de vergĂĽenza, o en ocasiones gracias a una sobrecarga de trabajo), arrojaba su telĂ©fono boca abajo sobre una superficie plana y maldecĂa un poco en espanglish antes de volver a levantarlo. Pero esta vez, su computadora portátil está sobre su escritorio y no tiene ningĂşn lugar donde esconderse mientras una ola de vergĂĽenza invade su expresiĂłn.
—Qué carajo, ¿en serio me ibas a hablar sobre sexo?
Por un largo momento, los dos simplemente se miran fijamente, ambos increĂblemente incĂłmodos. Finalmente, Miles rompe el silencio.
—¿Quieres… que tengamos sexo? —sus palabras pasan de ser una afirmación a una pregunta mientras duda en medio de la frase.
—Quiero decir… —dice Miguel. Su pausa queda suspendida en el aire, el ruido blanco de la llamada se vuelve casi opresivo—. Podemos hacer otras cosas.
Miles parpadea, considerándolo. Honestamente no habĂa pensado en eso. Cuando Miguel se aclara la garganta, Miles se da cuenta de que habĂa estado mirando fijamente la pantalla.
—Continúa —dice. Miguel resopla.
—Está bien —dice con cuidado—. Pero si quieres detener esta conversaciĂłn, dĂmelo, no tenemos por quĂ© hablar de esto… —señala con el dedo acusador a la cámara. Miles lo llamarĂa un sermĂłn si no fuera por el hecho de que Miguel parece prácticamente temblar mientras lo dice—. Simplemente. Mierda. No dejes que yo te acose sexualmente.
Miles se rĂe.
—Está bien.
—Lo digo en serio —Miguel se mueve ligeramente en su silla y se aclara la garganta. Con torpeza, golpea el escritorio con los dedos. Miles rueda los ojos, impaciente.
—¿Y bien? —dice. Miguel frunce el ceño—. Dime qué podemos hacer.
—Bueno, podrĂamos… —tose—. Enviarnos mensajes…
Miles juega con la manga de su suéter.
—A algunas personas les gusta, eh, hacer llamadas —Miguel aparta la mirada de la cámara.
—¿Llamar y hacer qué?
Tal vez el cuarenta por ciento de la intención de Miles sea burlarse de Miguel. El otro sesenta por ciento de él en realidad siente curiosidad por lo que Miguel dirá.
—¡Masturbarse!
Miles parpadea.
—¿En serio? —pregunta. Lentamente, toma un animal de peluche que estaba sentado a su lado (un oso del tamaño de su pecho) y lo abraza. Mira a Miguel por encima de la tela.
—SĂ, en serio —Miguel se pasa la lengua por los labios—. Y deja de mirarme asĂ, me haces sentir como un viejo espeluznante.
—¿Cómo? —​​pregunta Miles. Se mira a sà mismo en la pequeña imagen que aparece a la derecha—. No te estoy mirando de forma extraña —Miguel parece dudar en encontrar una respuesta, pero antes de que pueda continuar, Miles lo interrumpe—. Pero hacer eso por teléfono me parece aburrido. ¿Qué sentido tiene?
—Puedes… decir cosas —explica Miguel. La iluminaciĂłn de su habitaciĂłn es tenue, pero Miles aĂşn percibe el rubor oscuro de su piel—. O simplemente… escuchar la voz del otro.
Miles tararea de acuerdo. La voz de Miguel es agradable. Abraza el animal de peluche un poco más abajo, presionándolo contra su estómago.
—¿S�
—Sà —jadea Miguel.
—¿Lo has hecho antes? —pregunta Miles.
—No.
—Entonces, ¿cómo sabes que…?
—No necesito un maldito tĂtulo para saber que escuchar a alguien que me gusta correrse serĂa excitante, Miles.
El pecho de Miguel se agita. Lentamente, Miles se encorva aún más y aprieta los muslos alrededor del oso de peluche. Miguel tose.
—Lo siento —Miguel dice. Miles asiente y lo mira fijamente.
—No, está bien —dice.
—¿Seguro? —pregunta Miguel.
—No estoy hecho de cristal —pasan unos momentos más en silencio. Miles abraza con fuerza al animal de peluche—. Dime más, por favor.
Miguel se burla, pero suena entrecortado y algo incómodo. Miles se pregunta si está excitado.
—¿Decirte más sobre qué? —Miles se muerde el labio inferior, a la vista de su cámara web, y observa cómo la mirada de Miguel se mueve rápidamente hacia su boca, antes de volver a sus ojos.
—¿QuĂ© más podrĂamos… hacer?
—Videollamadas —dice Miguel en voz baja—. Hay todo tipo de cosas que se pueden hacer.
La mente de Miles llena los espacios vacĂos.
—¿SĂ? —pregunta. Piensa en lo sexy que se verĂa Miguel tocándose, gruñendo con las mejillas rojas y la respiraciĂłn entrecortada. Y Miles no puede evitar bajar un poco más el peluche, presionándolo contra el ligero bulto en sus pantalones—. ÂżCĂłmo quĂ©?
—Lo mismo que harĂamos por telĂ©fono —Miguel lo mira fijamente, con los ojos entrecerrados. Miles no puede evitar preguntarse quĂ© tipo de ruidos saldrĂan de su boca.
Miles se frota sutilmente contra el animal de peluche. Y se siente realmente bien, asĂ que lo hace de nuevo. Y otra vez. Está a punto de preguntarle a Miguel quĂ© otras cosas podrĂan hacer cuando Miguel lo interrumpe.
—Miles —dice—. ¿Estás follándote a ese maldito oso de peluche?
Miles se queda paralizado.
—No —dice demasiado rápido.
Sabe que lo han descubierto. Una parte de él quiere abandonar esta farsa y terminar la llamada. A la otra parte, realmente no le importa.
Después de un largo y tenso momento de silencio, Miguel vuelve a hablar.
—¿Quieres… eh…?
—DeberĂas tocarte —dice Miles.
Miguel no parece tener ganas de mostrarse exasperado. La mayorĂa de las veces Miles lo encontraba algo divertido, pero el hecho de que en este caso Miguel ni siquiera parezca parpadear antes de dejar caer una mano debajo de la superficie de su escritorio, hace sonreĂr a Miles. En su relaciĂłn, Miles ha logrado sorprender a Miguel muchas veces, ya que este comprensiblemente vacilaba en lo que respecta a su relaciĂłn en general. Miles es más joven que Ă©l. Mucho más joven que Ă©l. Y Miguel decĂa que a veces siente que se está aprovechando de la situaciĂłn.
—Mierda —dice Miguel, hundiendo la cara en una mano y con la otra fuera del campo visual de Miles, debajo de la superficie de su escritorio—. Dios, Miles…
Miles se muerde el labio inferior y vuelve a empujar contra el peluche.
—Dios, Âżde verdad tienes que follarte a ese maldito oso? Me hace sentir…
—¿Viejo? —pregunta Miles.
—Cállate —espeta Miguel. Miles lo ignora.
—Se siente bien.
Miguel gruñe y suena exactamente como el tipo de sonido que Ă©l harĂa. Miles sigue embistiendo contra el animal de peluche, marcando un ritmo que le gusta. Es suave y cálido y se siente muy bien apretado contra su polla.
—Miguel, mĂrame.
—Te estoy mirando.
Miles observa la forma en que se mueve, sus bĂceps tensos, su musculoso pecho subiendo y bajando en cortas respiraciones, escasos mechones de cabello cayendo sobre su frente. Miguel gruñe, largo y bajo. Aparta la mano de su rostro y golpea con fuerza el escritorio.
—No tienes vergüenza.
Miles sonrĂe, enterrando la nariz en el suave material de su peluche para ocultarlo.
—Pero me estás mirando.
Miles desliza su mano hacia abajo, levantando el borde de su camisa. Puede ver en la pantalla que el movimiento revela una delgada franja de su estómago detrás del animal de peluche. Miguel inhala con fuerza.
—¿Crees que soy lindo, Miggy?
Miguel hace una mueca como si se estuviera ahogando. Miles desliza una mano por debajo de la cintura de sus shorts y pasa su pulgar sobre la cabeza de su polla.
—¿Qué carajo acabo de decir? —jadea. Si Miles entrecierra los ojos, puede ver el rubor que se extiende hasta el cuello de Miguel.
—No eres divertido —Miles jadea.
—Y tú eres una pequeña mierda.
Miles se acaricia torpemente en los confines de su ropa, luchando con la cintura elástica de su ropa interior. La cabeza de su polla se acurruca contra el pelaje del oso, suave y cálido.
—Miguel —suspira Miles—. Voy a correrme.
Aprieta con fuerza su polla en su mano y siente una gota de sudor deslizarse por la parte posterior de su cuello.
—Sà —dice Miguel—. SĂ, yo tambiĂ©n.
Miles resiste la tentaciĂłn de meter la cara en el animal de peluche y, en cambio, mira fijamente la pantalla. No quiere perderse la expresiĂłn de Miguel cuando venga.
Miguel se corre antes que Ă©l, frunciendo el ceño, cerrando los ojos de golpe y dejando escapar un gruñido profundo y entrecortado. Suena destrozado y Miles no puede controlar sus pensamientos, no quiere hacerlo, se pregunta cĂłmo se verĂa Miguel en persona, cĂłmo se sentirĂa al tocarlo. El orgasmo de Miles lo toma por sorpresa.
Probablemente podrĂa haberlo sentido si se hubiera molestado en prestar un poco más de atenciĂłn. Pero no lo hace, y Miles se corre sobre el maldito oso de peluche.
—Mierda —dice Miguel, con la palma de la mano apoyada sobre la frente. Â
Miles jadea, hundiendo su cara en la tela del oso para tratar de ocultar su sonrojo.
—Miles… —comienza Miguel—. ¿Te corriste sobre ese oso de peluche?
Miles abraza al animal de peluche con más fuerza—: Tal vez.
Miguel levanta una ceja. TodavĂa parece destrozado, pero la expresiĂłn de juicio que tiene dibujada en el rostro es más que suficiente para compensar su agitada respiraciĂłn. Finalmente, Miguel deja escapar un sonido que podrĂa ser un sollozo o una risa. Posiblemente ambas cosas. Miles frunce el ceño, pensando en cĂłmo explicar una mancha extraña en su animal de peluche si su madre lo encuentra.
Miles vuelve a meter su polla en sus pantalones y con cuidado aparta el oso de su piel. Miles mira con tristeza la mancha de su propio semen en el pelaje. Miguel, una vez más, hace un ruido como si se estuviera ahogando. Miles suspira y, después de un momento, decide colocar el animal de peluche con cuidado sobre la cama. Se ocupará de ello en un rato.
—Gracias —dice. Miguel resopla.
—¿Por qué?
Miles se encoge de hombros.
—Se sintió bien. Gracias.
Pasan un momento en silencio, pero no es incómodo. Miles deja que su respiración se calme, deja que los ojos de Miguel lo invadan a través de la pantalla de su computadora.
—Me gustas… mucho.
Miguel aprieta los labios antes de permitirse una pequeña sonrisa.
—También me gustas, Miles.
Más silencio. Los dos se miran fijamente, abiertos y cómodos. Miles no puede recordar la última vez que se sintió tan en paz, y en absoluto silencio, nada menos. Finalmente, Miles suspira.
—Tengo que limpiar eso —señala el animal de peluche—. ÂżPuedo… puedo llamarte de nuevo en un rato?
—Sà —dice Miguel, aunque su respiraciĂłn aĂşn no ha vuelto a la normalidad—. SĂ, cuando quieras.
—Está bien —dice Miles. Miguel se mueve como si estuviera a punto de colgar la llamada, pero Miles lo detiene con un susurro—: ¿Miguel?
Con un gruñido, Miguel se detiene. Miles traga saliva.
—Te amo —su voz suena pequeña y tranquila, más vulnerable de lo que pretende.
Si Miguel está sorprendido, no lo demuestra. En cambio, sonrĂe.
—También te amo, Miles.
Miles siente que sus labios se estiran en una sonrisa.
—¿Qué quieres decir con qué no?
—Quiero decir no_, no puedes hacer eso._
Miguel lo fulmina con la mirada. Miles lo mira fijamente, esperando encontrar algún tipo de grieta en su fachada, algún tipo de reconocimiento de que Miles tiene razón y de que Miguel entiende lo que quiere decir. Miles frunce el ceño al no encontrar nada.
—¿Por qué no?
Miguel lo mira como si fuera estĂşpido, con la boca abierta y las cejas fruncidas formando una lĂnea. Miles se cruza de brazos y hunde las yemas de los dedos en la suave piel de sus costillas a travĂ©s de la tela de su camiseta.
—No puedes tomar una decisiĂłn tan importante asĂ como asĂ, Miles.
Miles aprieta la mandĂbula. Ya ha pensado en todo esto, probablemente más a fondo que el propio Miguel.
—Ya envié la solicitud a Princeton —dice Miles. Observa cómo la mirada de Miguel se oscurece y se da cuenta de que quizá no haya sido la mejor manera de empezar. Miguel suspira, enterrando su cabeza entre sus manos. Miles frunce el ceño y se le forma un nudo en el estómago. No es la reacción que Miles esperaba.
—No creo que realmente lo entiendas, Miles.
Miles se muerde los labios. Con un gruñido, Miguel pasa rápidamente por encima de ese tentador obstáculo en particular.
—Ni siquiera hemos estado saliendo durante tanto tiempo.
Las palabras golpean a Miles como un puñetazo en el estómago.
—Mis notas son muy buenas, y no es como si fuera a abandonar el arte o algo asĂ, me gusta dibujar pero creo que serĂa mejor si-…
—Y ciertamente no estás haciendo esto solo para recibir una pasantĂa y estar cerca de mĂ y de donde trabajo.
Miles se dará cuenta, en retrospectiva, de que las palabras que elige a continuación no fueron las más sabias.
—No puedes detenerme —espeta.
Miguel se queda quieto. La cámara, que sostiene en su mano, tiembla.
—¿QuĂ© clase de mierda es esa? “No puedo detenerte”… ÂżTe das cuenta de lo que estás diciendo? —empieza a hablar tan rápido y arrastrando las palabras que Miles no puede entender lo que está diciendo, y Miles siente un nudo en la garganta y sus ojos arden y sus labios tiemblan y…
—¡No! —grita, enterrando la cabeza entre sus manos—. ¡Cállate!
Siente que las lágrimas arden detrás de sus ojos, calientes y muy, muy indeseadas. Miguel se queda en silencio.
—¿Miles?
Miles intenta con todas sus fuerzas evitar llorar, inhalando con fuerza por la nariz y enderezando los hombros.
—Lo siento —a Miguel se le quiebra la voz al hablar—. ¿Estás bien?
Miles fija su mirada en uno de los posters en su pared en lugar de mirar a Miguel a los ojos. El ruido que sale de la garganta de Miles es algo entre un sollozo y una queja. Miguel toma una bocanada de aire.
—Oye, oye… —empieza. La dulzura en su voz solo hace que Miles pierda su determinaciĂłn, sus hombros se desploman mientras se encoge sobre sĂ mismo. Una nota de pánico entra en la voz de Miguel—. Oye, Miles, Miles, ¡está bien! Oye, está… mĂrame, Miles.
Con lágrimas en los ojos, Miles se endereza y mira a Miguel a través de sus pestañas.
—No pensé… —Miguel abre los labios para interrumpirlo y arquea las cejas formando una lĂnea incĂłmoda. Miles no lo deja, siente que el corazĂłn le da un vuelco en el pecho—. Nunca pensĂ© que no quisieras tenerme cerca…
—No —espeta Miguel—. Miles, te amo. No te atrevas a decir lo contrario.
Una lágrima cae por la mejilla de Miles. Se lleva una mano a la cara e intenta desesperadamente secarla antes de que Miguel se dé cuenta.
—Pero no puedes… —Miguel se detiene y deja escapar un suspiro frustrado y entrecortado. Es un ruido muy particular, con el que Miles está muy familiarizado. Miguel lo hace todo el tiempo cuando no sabe quĂ© decir—. No hemos estado juntos durante tanto tiempo, Miles, no puedes…
—SĂ, puedo.
Miles mira fijamente a Miguel, quien simplemente le devuelve la mirada. Al final, Miles se arrepiente y hace pucheros. Está actuando como un niño por todo esto. No quiere que Miguel piense que es un niño.
—No deberĂas —aclara Miguel—. Es una decisiĂłn importante.
Miles mira fijamente sus propias manos, con los labios arqueados en una mueca que no puede borrar de su rostro. Miguel se aclara la garganta.
—Eres joven.
—Eso no significa que no sepa lo que quiero.
Observa cómo la nuez de Adán de Miguel se mueve en su garganta.
—Lo que tĂş quieres podrĂa cambiar.
—Quiero estar contigo.
Miguel cierra los ojos y se pone una mano sobre la cara.
—Yo tambiĂ©n —algo dentro de Miles se derrite; el hecho de que Miguel todavĂa no pueda mirarlo a los ojos cuando dice cosas cursis es tan tierno—. Solo…
Lentamente, Miguel respira profundamente varias veces y retira la mano de su rostro. Miles se sorprende por la forma en que los ojos de Miguel brillan con fuerza en la penumbra de su habitaciĂłn.
—Solo… espera hasta que seas un poco mayor. Al menos hasta que ya no vivas con tus padres —la voz de Miguel suena desesperada, y todo eso hace que el corazĂłn de Miles se rompa un poco. Miguel suspira—. No estoy listo para eso, Miles. Siento que estoy jodiendo tu vida.
Miles hace pucheros y se deja caer sobre la cabecera de su cama. Quiere protestar, discutir y decir cosas como “¿de verdad tiene algĂşn sentido esperar?”. Miles nunca ha estado más seguro de nada en su vida, quiere estar con Miguel. Pero Ă©l habĂa dicho que no estaba listo.
—Está bien —dice Miles. Se le quiebra la voz y esconde el rostro entre sus manos.
—Lo siento, Miles.
—Está bien —dice Miles—. Está bien.
Escucha el sonido de la respiraciĂłn de Miguel contra el micrĂłfono, áspera y con algo de estática. Miles no puede evitar preguntarse cĂłmo sonarĂa en persona, cĂłmo se sentirĂa.
Miguel se aclara la garganta y murmura—: El hecho de que no podamos vernos no significa que te quiera menos —cuando Miles lo mira, Miguel está mirando fijamente hacia otro lado y su rostro está rojo.
—Lo sĂ©. Yo tambiĂ©n te amo —sonrĂe en voz baja y desliza sus manos sobre el teclado para tomar una captura de pantalla del momento.
Miguel nota su acciĂłn, pero no dice nada. Miles sonrĂe.
Incluso si no va a estar dentro de los mismos metros cuadrados del espacio personal de Miguel en un futuro cercano, Ă©l seguirá aquĂ.
Miles estará bien.
La primera vez que Miles ve a su novio de Internet en la vida real, tiene diecinueve años, está tan ansioso que prácticamente vibra de emoción mientras baja del taxi.
Lo primero que hace Miles es rodear con sus brazos el cuerpo de Miguel y abrazarlo tan fuerte como puede. Lo segundo que hace es dar un paso atrás, fruncir el ceño y murmurar—: Eres demasiado alto.
El suspiro frustrado de Miguel es cálido contra el cabello de Miles. Y todo el cerebro de Miles se detiene de forma abrupta, cuando se da cuenta de que Miguel O’Hara es una persona viva, que respira, con piel y ojos y un amplio pecho que se expande levemente cuando inhala mientras sostiene a Miles en sus brazos.
Los ojos de Miguel son tan rojos. Miles siempre pensó que era solo por la mala calidad de la cámara. Miles no parece poder apartar la mirada.
—Deja de mirarme como un zombi, me estás asustando.
Miles hace una pausa y sigue mirando abiertamente el rostro de Miguel. Y su cabello. Y sus hombros, las franjas de sus clavĂculas que Miles puede ver debajo del cuello de su camisa.
—Eres más atractivo en persona —dice. Miguel lo mira fijamente mientras Miles pasa las yemas de los dedos por la curva del pómulo de Miguel—. Tengo tanta suerte…
—Eres ridĂculo —Miguel aparta su mano con un golpe.
Miles toma una mano de Miguel entre las suyas, apretándola fuertemente por una fracción de segundo antes de envolver a Miguel en otro abrazo. Que es el momento en el que Miles nota a Gwen y Hobie de pie detrás de Miguel. Mira fijamente a Gwen, quien levanta las cejas y lo saluda con una mano. Hobie le hace un signo de paz a Miles.
—Miguel —murmura Miles, sin soltar a Miguel mientras les devuelve el saludo torpemente—. Gwen y Hobie están aquĂ.
—Lo sĂ© —dice Miguel. Su aliento roza la nuca de Miles. Un escalofrĂo le recorre la espalda.
Miles pregunta en voz baja, su voz es apenas un susurro—: ¿Por qué?
Miguel resopla y lo suelta.
—Al parecer querĂan asegurarse de que no se tratara de un viejo pervertido.
Miles se rĂe. Miguel pasa su brazo por los hombros de Miles y los hace girar para que queden frente a Gwen y Hobie en lugar de apartar a Miles por completo.
—Hola —dice Miles, sonriendo.
—¡Miles! —lo saluda Gwen, abrazando a Miles y acercando a Miguel en el proceso. Después de un momento, Hobie se une al grupo mientras murmura “abrazo grupal”. Miguel gruñe, pero lo ignoran, excepto por la palmadita que Gwen le da en la espalda.
—No sabĂa que tambiĂ©n iban a venir —dice Miles. Tanto Gwen como Hobie dan un paso atrás. Miguel no suelta a Miles, manteniendo su brazo firmemente alrededor de sus hombros.
Miguel habĂa dicho que prácticamente cualquier nivel de contacto fĂsico estaba bien en pĂşblico, siempre y cuando Miles no lo besara. Y tenĂa la intenciĂłn de aprovechar al máximo ese hecho.
—Pensamos que serĂa una agradable sorpresa —dice Gwen.
—Sà —Hobie asiente—. Y pensamos que Miguel podrĂa mantener sus pantalones puestos el tiempo suficiente para ir a tomar un cafĂ© con nosotros.
Miguel se pone rĂgido. Miles puede sentir cĂłmo se tensan los hombros de Miguel, en lugar de verlos solo en la pantalla de su computadora. Pero en respuesta a Hobie, Miles simplemente asiente, encontrando la mirada de Hobie sin pestañear.
—SĂ, creo que puede.
Miguel suspira mientras maldice en español.
La primera vez que Miles besa a Miguel, lo hace justo en el umbral del apartamento de Miguel, con Hobie y Gwen parados en la puerta. A Miles no le importa. Toma el rostro de Miguel con ambas manos, se pone de puntas, y junta sus labios con toda la fuerza y ​​la delicadeza de la ola de un tsunami.
—Vaya —dice Hobie—. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Tres segundos?
—Menos —dice Gwen.
Finalmente, separa sus labios de los de Miguel con un pequeño sonido húmedo.
—Lo siento —dice Miles—. Yo…
—No, no, está bien —lo interrumpe Gwen—. Nos iremos. ¡Que se diviertan!
Miguel ya está formulando una respuesta antes de que Miles lo bese nuevamente para callarlo.
Las bisagras crujen cuando cierra la puerta de un golpe. Miles se aleja de Miguel una vez más y se toma su tiempo para mirar el rostro de Miguel. A esta distancia puede ver cuán dilatadas están sus pupilas. Miles sonrĂe para sĂ mismo.
Miguel abre la boca, la cierra y vuelve a abrirla.
Sonriendo, Miles empuja a Miguel hacia el sofá y procede a rodear con sus brazos los anchos hombros, sentándose a horcadas sobre las caderas de Miguel. Es mucho más grande que Miles (no puede superar lo pequeño que es a comparación de Miguel), por lo que la posición hace que las piernas de Miles se estiren alrededor de Miguel con esfuerzo.
Pero cuando Miles se inclina y junta sus labios con los de Miguel, realmente no le importa.
Miles toma el rostro de Miguel entre sus manos, acercándolo lo más que puede. Ha esperado años por esto, literalmente años, y todo lo que Miguel hace es devolverle el beso; caliente, húmedo y abierto, sus lenguas se deslizan juntas y los dientes de Miguel tiran de sus labios. Una parte de Miles no puede creer que esto esté sucediendo realmente. Otra parte considera muy seriamente la posibilidad de que haya muerto y esté en el cielo.
Las manos de Miguel permanecen firmemente en su cintura, y Miles, con apenas un leve indicio de movimiento, frota sus caderas contra las de Miguel.
—Mierda —murmura Miguel. Su aliento caliente pasa por los labios de Miles y se presiona contra su piel—. Miles —suspira, dejando una serie de besos a lo largo del cuello de Miles.
Miles pasa sus manos por el cabello de Miguel, inhalando el aroma del champĂş de Miguel, de su departamento y del detergente que usa en su ropa, y una parte de Miles que habĂa estado enredada en nudos por tanto, tanto tiempo, finalmente se deshace.
Y es justo en ese momento cuando una ola de agotamiento lo golpea con fuerza, como un ladrillo en la cara.
Miles suspira. Luego de toda su ansiedad por el encuentro, y pasar casi tres horas enteras hablando con Gwen, Hobie y Miguel. Es la primera vez que está solo con su novio en persona y el cansancio ya tira de sus extremidades. Miles gime.
—Miles, ¿estás bien?
—Estoy cansado —la voz de Miles suena como un quejido patético.
SerĂa vergonzoso si no estuviera tan molesto por ese hecho, mientras hunde la nariz en la curva del cuello de Miguel. En ese momento en particular, no puede imaginar nada que se sienta tan bien como la piel de Miguel presionada contra la suya. Miles hace pucheros y su labio inferior roza la piel de Miguel.
—Quiero tener sexo contigo —se queja.
Miguel deja escapar un pequeño ruido que Miles considerarĂa mitad quejido, mitad burla. Miles se acurruca un poco más contra el cuerpo cálido bajo sus palmas, apretando su agarre en el cabello de Miguel.
—Vamos —dice Miguel, dándole un golpecito en el hombro—. Estás cansado. Y siempre está el mañana.
Miles gimotea, largo y bajo, y suena extremadamente petulante.
—¿Cuántos años tienes? ¿Cinco?
—Tengo diecinueve años —responde Miles. Siente que Miguel se estremece en respuesta y sonrĂe en el hueco de su cuello—. ÂżTe gusta pensar en lo joven que soy, Miggy?
Miguel se pone rĂgido.
—Tienes que dormir.
—Son como… —Miles mira alrededor de la habitaciĂłn varias veces, buscando un reloj, antes de finalmente darse por vencido y sacar su telĂ©fono—. Las seis de la tarde.
Miguel se cruza de brazos.
—Tú fuiste quien dijo que necesitaba dormir.
—No dije que necesitaba dormir —dice Miles, poniĂ©ndose de pie—. Dije que estaba cansado —siente que la declaraciĂłn habrĂa tenido un impacto mucho más sĂłlido si Miles hubiera podido evitar bostezar.
Miguel lo agarra por la muñeca y lo saca de la sala de estar mientras Miles se frota los ojos, llevándolo a la habitaciĂłn. Es amplia y hay un sofá de dos plazas frente a la cama, que segĂşn Miguel serĂa su cama temporal hasta que Miles decidiera si iba a vivir en el campus o junto a Miguel (Miles ya habĂa tomado su decisiĂłn semanas atrás).
Miguel lo empuja hacia el colchón y Miles gimotea, aferrándose a la camisa de Miguel desde donde está acostado.
—Miguel…
Es probablemente el tono más desesperado y quejoso que Miles podrĂa haber usado. Pero considerando el hecho de que Miguel lo mira con ojos cálidos, decide que no le importa. Miles engancha sus dedos en el cuello de Miguel y tira de Ă©l hacia adelante.
—Quédate conmigo, por favor.
Miguel es como masilla en sus manos. Miles no puede evitar sonreĂr.
—Está bien —dice Miguel. Se sube a la cama junto a Miles y los cubre a ambos con las sábanas.
Miles se mueve hasta que queda prácticamente pegado a Miguel, entrelazando sus piernas. Y Miles se rĂe. Se siente ligero, como si flotara, y no está seguro de si es porque se está quedando dormido o porque está tan cerca de Miguel. Miguel tararea. El sonido burbujea justo al lado de la oreja de Miles, nĂtido y claro. Miles no puede evitar suspirar y envuelve con sus brazos la enorme figura de Miguel.
—Ya duérmete, carajo.
Miles cierra los ojos mientras Miguel pasa los dedos por su cabello. Honestamente está muy cansado; se da cuenta, con la sensaciĂłn que precede al sueño, de que apenas hubiera logrado quitarle los pantalones a Miguel, habĂa una gran probabilidad de que se hubiera quedado dormido. Pero está bien. Miles enrosca sus brazos alrededor del torso de Miguel y lo abraza con fuerza.
Siempre hay un mañana.
Hasta entonces, deja que el olor de Miguel lo inunde, junto con su calor y la forma en que hace que el estĂłmago de Miles aletee con mariposas al saber que Miguel está realmente allĂ, con Ă©l, en los brazos de Miles. Exhala lentamente, presionando su rostro en el cuello de Miguel.
—Quiero que me folles cuando despierte —dice Miles.
Miguel tararea en señal de reconocimiento. Pero no se molesta en ocultar el tono divertido que percibe en su voz.
—Estoy tan feliz de estar aquà —murmura Miles. Aprieta a Miguel con más fuerza para acercarlo, a pesar de que ya es fĂsicamente imposible—. Te amo.
Miguel no responde con palabras al principio, solo se inclina y le da un suave beso en la frente a Miles. Sus labios aún están un poco húmedos por todos los besos anteriores.
—Yo también te amo.
Mientras la mente de Miles se hunde en un sueño tranquilo, no cree que pueda borrar la estúpida sonrisa de su rostro aún si quisiera.