Más dulce que el azúcar

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Rating:
Explicit
Archive Warning:
No Archive Warnings Apply
Category:
M/M
Fandom:
Spider-Man: Spider-Verse (Sony Animated Movies)
Relationship:
Miguel O'Hara/Miles Morales
Additional Tags:
Alternate Universe - Sugar Daddy, Age Difference, Older Man/Younger Man, Top Miguel O'Hara, Bottom Miles Morales, Dom/sub Play, Consensual Non-Consent, Daddy Kink, Brat Taming, Spanking, Choking, Lingerie, Anal Fingering, Oral Sex, Anal Sex, Size Difference, Incest Kink, Miles Morales Has A Penis, since there is so many trans mimi, Falling In Love, Kinda
Published:
2026-09-21
Words:
6054

Sumario:

Su sonrisa se desvaneció cuando miró a Miguel, con la mandíbula apretada y ambas manos agarrando firmemente el volante. Miles conocía muy bien lo que le gustaba a Miguel en la cama. Le gustaba que lo obedeciera, que suplicara, ver a Miles usando bonitas bragas de encaje y también practicar bondage de vez en cuando. ¿Pero esto? Esto era nuevo.

Ó donde la provocación de Miles choca con el frágil autocontrol de Miguel.





Notas:

Pequeño smut para la gente del servidor Migmi Nation. :3




A+ | A-

La mayoría de la gente consideraba que la relación entre Miles y Miguel no era moralmente correcta, sin mencionar su gran diferencia de edad.

Las personas de la edad de Miles ni siquiera considerarían estar con alguien que les doblara la edad. Pero Miles no era como los demás. Solía verlo en el porno, un hombre mayor follándose a un chico más pequeño y joven. Algo en eso siempre hacía que Miles se corriera, y muy fuerte. Le gustaba imaginar que era él, siendo follado por los enormes hombres en los videos.

No estaba seguro de si era la dinámica de poder o solo el atractivo físico de un hombre mayor y con más experiencia, pero fuera lo que fuera, a Miles le gustaba_._ Así que, para satisfacer su incesante impulso y curiosidad, decidió buscar a un hombre mayor en línea. Ya era bastante difícil encontrar hombres mayores en aplicaciones de citas que: A) fueran atractivos, y B) no fueran tan pervertidos, así que después de unas semanas de prueba y error, decidió probar con la segunda mejor opción.

Un sugar daddy. Miles sabía que quería acostarse con un hombre mayor, el dinero era simplemente un extra.

Y fue así como conoció a Miguel O’Hara.

Se conocieron en una página web. Antes de su primera cita, Miles era un desastre. Tenía las manos húmedas, no dejaba de acomodar su cabello y se había puesto brillo de labios una docena de veces, respirando hondo sin parar al entrar en el elegante lugar. Era un restaurante de lujo muy conocido en la zona, y saber que era algo que nunca podría permitirse solo lo ponía aún más nervioso.

Una vez sentado frente al hombre en la sala privada del restaurante, no podía dejar de pensar que Miguel era increíblemente atractivo. A pesar de ello, una parte de Miles esperaba que la cita fuera bastante incómoda. Con la diferencia de edad, ¿de qué podrían hablar?

Para su sorpresa, resulta que bastante.

Se turnaron para compartir historias y conocerse. Miles mencionó que recientemente había dejado la universidad para buscar un segundo trabajo y así poder cenar algo y pagar la renta a tiempo, de ahí surgió todo eso de “buscar un sugar daddy”. Miguel, compadeciéndose del chico, compartió una historia igualmente vulnerable: llevaba divorciado un par de años y era la primera vez que decidía volver a salir con alguien desde entonces.

Después, hablaron sobre cómo sería su relación. Miguel tomó el control de la conversación, para gran satisfacción del ansioso chico. Dijo que esperaba conversaciones diarias por mensaje de texto y citas semanales a cambio de una paga. Además de su paga, cualquier tiempo extra que pasara con Miguel, como una cita extra o una llamada telefónica, se compensaría con una bonificación.

Miles aceptó rápidamente el acuerdo, sin poder contener su amplia sonrisa.

Después de que terminaron de comer y Miguel pagó la cuenta, Miles no podía dejar de vibrar de anticipación mientras el hombre mencionaba que le gustaría que tuvieran una segunda cita.

Miguel había llevado a Miles de vuelta a su apartamento, y no se negó cuando Miles le preguntó si quería subir a tomar algo. No le dio tiempo a Miguel de explorar el estrecho espacio donde vivía, Miles lo distrajo al frotarse descaradamente contra su muslo mientras Miguel se quitaba la camisa.


Unos meses después de estar con Miguel, Miles se había adaptado bastante bien a su relación con el hombre. En algún momento entre entonces y el ahora, su sugar daddy se convirtió en su novio. Miguel era un novio maravilloso, cuidaba de Miles y tenían una química increíble. Sin mencionar que estar con Miguel tenía muchas ventajas y, una de las más notables, sin duda, era el sexo.

Dios, el sexo.

Miles se dio cuenta rápidamente de que el estúpido cliché de “los chicos de mi edad no saben follarme” era tan, tan jodidamente cierto.

Miles nunca se dio cuenta de lo insatisfactoria que era su vida sexual antes de conocer a Miguel; cuando el hombre lo folló hasta hacerlo llorar la primera vez. Miguel era todo lo que Miles anhelaba en la cama: dominante, autoritario y fuerte; si quisiera, podría manipular y someter a Miles sin esfuerzo solo para su placer.

El sexo fue definitivamente un punto a favor, pero también lo era el resto de Miguel.

La primera noche que aceptó dormir en el departamento de Miguel, estaba nervioso, pero despertar acurrucado contra su pecho firme después de que lo follaran hasta quedarse dormido le cambió la vida. No esperaba que despertar en una cama que no fuera suya, en una casa que no le perteneciera, se sintiera tan bien, pero así fue.

Una noche, después de una cita, Miguel notó que algo andaba mal. Miles insistió en que estaba bien, pero tras insistir un poco, se derrumbó por completo, llorando en el pecho de Miguel, explicando cómo el casero había aumentado la renta otra vez, ignorando las luces parpadeantes del lugar y el grifo que goteaba contantemente.

Esa noche, Miguel le provocó tres orgasmos consecutivos, para que se olvidara del asunto. Durante la sesión de cuidados posteriores, mientras ambos se daban un baño caliente, Miguel le dijo a Miles que no volviera a su apartamento.

Y así fue, no lo hizo.

Para la mayoría de las personas, que un chico de casi diecinueve años se mudara con su sugar daddy de mas de treinta años, después de haber estado juntos sólo unos meses, sería una decisión extraña. Pero no para ellos.

Era poco convencional, claro, pero sus estilos de vida increíblemente diferentes se complementaban a la perfección. Miles ya no tenía que preocuparse por la renta ni por la cena; disfrutando de la atención que Miguel no dejaba de brindarle, desde las cenas elegantes hasta los costosos obsequios con los que el hombre lo consentia. Mientras Miguel volvía a casa todos los días después del trabajo, encontrando el lugar totalmente limpio y ordenado, junto una comida recién hecha, preparada por su lindo y joven novio, quien lo recibía con un abrazo y un beso.

Amaba despertarse por las mañanas y ver a Miguel recién salido de la ducha, arreglando su corbata y preparándose para ir a trabajar. Por supuesto, el momento favorito de las mañanas de Miguel era ver a Miles, envuelto en una de sus mantas con una sonrisa somnolienta en su rostro, soltando un pequeño bostezo antes de levantarse de la cama para acompañar a Miguel a tomar un café.

Miguel siempre le decía a Miles que podía quedarse en la cama y volver a dormir, pero Miles insistía en al menos acompañarlo unos minutos. Miles se sentaba en la encimera, todavía envuelto en su manta, mientras Miguel se preparaba el café y le contaba a Miles lo que haría ese día en el trabajo. Trabajaba en una empresa corporativa aburrida, pero como era el dueño, ganaba demasiado bien.

Obviamente.


Miles salió de la ducha, con una suave bata de seda envolviéndolo. Era su día favorito de la semana. Todos los viernes, después de que Miguel volvía del trabajo, cenaban, volvían a casa, follaban como conejos y a la mañana siguiente se despertaban abrazados.

Miles se peinó y maquilló, se puso su perfume favorito y se vistió, mirándose en el espejo del baño con una sonrisa. Antes de cualquiera de sus citas, siempre se sentía eufórico, nunca se cansaría de la rutina con su novio; sin mencionar la ilusión de saber que, en cuanto llegaran a casa, Miles pasaría el resto de la noche siendo follado en el colchón.

La cena estuvo genial, como siempre. Después de terminar de comer, ambos seguían en la mesa esperando la cuenta. La conversación fluyó con naturalidad. Miguel escuchaba atentamente a Miles despotricar sobre una serie que había visto ese mismo día, cuando el camarero se acercó con la cuenta.

—Es tan dulce ver a una familia pasar tiempo juntos. Mi padre y yo solíamos salir a cenar juntos siempre. Espero que hayan disfrutado de su cena. Que tengan una buena noche —dijo el camarero con una sonrisa, dejando la cuenta en la mesa y marchándose.

La pareja inmediatamente se miró.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Miles cuando Miguel no dijo nada, simplemente dejó el dinero en efectivo dentro de la chequera. Miles aguantó dos minutos completos en silencio durante el viaje en auto de regreso a casa, antes de finalmente romperse.

—Entonces… —comenzó—. ¿Cenaste bien, papi? —preguntó Miles, sonriendo con suficiencia e intentando no reírse.

Su sonrisa se desvaneció cuando miró a Miguel, con la mandíbula apretada y ambas manos agarrando firmemente el volante.

¿Estaba molesto? Miles estuvo a punto de preguntar si todo estaba bien, pero su pregunta fue respondida por el evidente bulto en los pantalones de vestir de Miguel.

Oh.

Miles conocía muy bien lo que le gustaba a Miguel en la cama. Le gustaba que lo obedeciera, que suplicara, ver a Miles usando bonitas bragas de encaje y también practicar bondage de vez en cuando.

¿Pero esto? Esto era nuevo.

—¿Eso te pone duro, papi? Realmente no veo el parecido, aunque tal vez pensó que me adoptaste —Miles mentiría si dijera que no le dio escalofríos la idea—. Después de todo, tienes la edad suficiente para serlo —dijo Miles, dejando que su mano cayera sobre el muslo de Miguel, apretando el músculo cariñosamente.

Con la mandíbula tensa, el hombre mayor apretó el agarre de sus dedos en el volante, con los nudillos blancos.

—¿Te gusta? ¿Que tengas la edad suficiente para ser mi padre? —preguntó Miles en voz baja, acariciando la erección de Miguel por encima de la ropa—. Porque a mí también me gusta, papi. Me gusta mucho.

El auto se detuvo bruscamente en el aparcamiento del complejo de apartamentos. Miguel centró toda su atención en Miles, con una mirada pesada en sus ojos. Las burlas de Miles se apagaron en su garganta cuando Miguel simplemente se inclinó lentamente sobre el cuerpo de Miles, abrió la puerta del copiloto y le desabrochó el cinturón de seguridad.

—Entra —dijo Miguel claramente, con un tono serio y nada divertido.

—Miguel-…

—Ahora, Miles.

Miles no dijo nada más. Salió corriendo del auto y subió al ascensor. Mientras subía, Miles solo podía pensar en lo que se había metido; y en lo dura que estaba su propia polla en sus pantalones. Provocar a Miguel siempre lo excitaba, sabía que por la mañana estaría adolorido por todas partes.

Una vez dentro, decidió esperar a Miguel en la cocina, demasiado ansioso como para dar un paso más. Se quedó allí de pie por quién sabe cuánto tiempo, cuando por fin esuchó el timbre del ascensor y a Miguel entrar por la puerta principal.

Miles decidió darse la vuelta para acercarse un poco a Miguel. Pero un instante Miles se encontró boca abajo en el suelo, cayendo con un golpe sordo que resonó en la habitación. Antes de que Miles pudiera procesarlo, una mano se aferró a su cabello y tiró con fuerza.

—_¡Ah-! —_gritó Miles, con los ojos cerrados, gimiendo débilmente por el dolor.

Mientras el hombre se adentraba en su espacio personal, Miles escuchó a Miguel juntar saliva y escupirla en su boca abierta. Soltó su agarre en el cabello de Miles y lo dejó caer al suelo.  

Sin importarle su comodidad, le bajó los pantalones a Miles justo lo suficiente para revelar sus bonitas bragas rosas de algodón, las favoritas de Miguel. Miles se arrepintió rápidamente de haber provocado a su novio, mientras el hombre le levantaba el trasero y colocaba en la posición que él quería, esperando con paciencia el siguiente movimiento de Miguel.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? Te estás portando como una putita sucia esta noche —la voz de Miguel sonó áspera; Miles sabía lo que le esperaba.

De repente, Miguel se alejó, ya no estaba detrás de él. Miles se enderezó ligeramente, escuchando sus pasos. Miles se estremecio cuando lo escuchó acercarse a él nuevamente, esperando su castigo. Miguel rapidamente lo rodeo, quedando de pie frente al chico, cuando Miles sintió el cuero de uno de los zapatos de Miguel rozando su pene aun cubierto por sus bragas de algodón.

Mierda.

No era ajeno a que Miguel fuera rudo en la cama, pero este era su castigo menos favorito, siempre reservado para cuando se portaba muy, muy mal.

—¿Por qué estás tan callado? Tenías tanto que decirle a tu papi hace un rato, ¿no es así, Miles? —Miguel continúo frotando su calzado de cuero contra la erección de Miles un momento más antes de hacer el pie hacia atrás y patear a Miles directamente en la entrepierna.

Un grito de dolor escapó de los labios del chico. Miguel, aún con la mirada fija en él, se acercó para empujar a Miles hacia atrás, haciéndolo quedar rápidamente boca arriba, mirando atónito al hombre que estaba encima de él.

—¿No tienes nada que decir? —preguntó Miguel, apartando a la fuerza las manos de Miles, que acariciaban su polla dura a través de las bragas. Sujetando las pequeñas muñecas del chico, su zapato volvió a las bonitas bragas de Miles, arrastrando la suela lentamente hacia arriba y hacia abajo por su polla más pequeña. Miles gritó e intentó zafarse, pero no llegó muy lejos.

Miles observó cómo Miguel levantaba el pie, mirándolo a los ojos antes de dejarlo caer con fuerza sobre su polla. Miles se sacudió, con lágrimas brotando de sus ojos. Miguel repitió la acción, pisoteando y maltratando la entrepierna de Miles, observando con suficiencia cómo una mancha húmeda de líquido preseminal se formaba en la delicada tela.

—Finges odiarlo, ¿por qué, cariño? Papi sabe que te encanta que haga esto —dijo Miguel, soltando las muñecas de Miles y levantando al chico del suelo. Miles, encorvado por el dolor mientras lloriqueaba, fue fácilmente manipulado por Miguel, quien empujó a Miles contra la pared más cercana, separando las piernas del chico y levantando su rodilla hasta rozar la polla abusada del chico.

Miles se aferró dócilmente a los hombros de Miguel, desplomándose contra su sólido pecho. El hombre sujetó a Miles por las caderas, levantándolo rápidamente antes de dejarlo caer, conectando la polla de Miles directamente a su rodilla levantada, haciéndole gritar.

—¿Qué dices ahora, Miles? Sabes que no debes hablarme así —dijo Miguel, presionando su rodilla entre las piernas de Miles, aplastando su pequeña excusa de hombría en el proceso.

—¡Lo siento! ¡No quise-…! ¡Lo siento! —sollozó Miles con su polla manchando la tela de algodón con preseminal y sus testículos tensos. Sus débiles intentos de apartarse fueron inútiles dada la diferencia de tamaño y fuerza. El dolor y el placer incesantes nublaron su mente, impidiéndole concentrarse en nada más que la agonía y el nudo en su bajo vientre.

—¿Lo sientes? ¿Con quién te estás disculpando? —preguntó Miguel, sin querer ceder hasta oír esa palabra volver a salir de los labios de Miles.

—¡Lo siento, papi! Lo siento mucho. ¡Por favor, papi, por favor! ¡Detente! —gritó Miles, con lágrimas corriendo por su rostro y cuello.

Finalmente, Miguel se detuvo y dejó caer a Miles al suelo sin contemplaciones, quien Inmediatamente se encogió de dolor, llorando sobre la costosa alfombra de Miguel. Una mano enorme recorrió la espalda de Miles de arriba abajo, dándole tiempo para llorar.

Miles fue rápidamente levantado del suelo y colocado con delicadeza en el regazo de Miguel, sentado en el sofá. Miguel secó sus lágrimas y lo miró con una cálida sonrisa, un marcado contraste con las acciones de hacía unos momentos.

—Está bien, Miles. Respira, ya pasó ¿No me darás mi beso? —preguntó Miguel, sin dejar de acariciarle la espalda. Miles se abalanzó sobre Miguel, besándolo en los labios a pesar de sus lágrimas, ahora mucho más contenidas.

—Te amo —susurró Miles, envolviendo sus brazos fuertemente alrededor del cuello de Miguel, sintiendo un brazo fuerte envolver su cintura, abrazándolo con cariño.


Habían pasado algunas semanas desde que Miles lo descubrió, y era seguro decir que su ya increíble vida sexual ahora prosperaba. Un dulce: papi, era más que suficientes para provocar a su novio.

Desde ver los nuevos Jordan en el escaparate de la tienda favorita de Miles: “por favor, papi”; hasta Miguel ocupado con reuniones y llamadas de negocios: “te extraño, papi, ¿no quieres pasar tiempo conmigo?”

Miles sabía desde hace tiempo que tenía a Miguel completamente en sus manos, pero ¿esto? Fue algo totalmente nuevo y emocionante, y a Miles le encantaba tanto como a Miguel, quizás incluso más. Era adictivo.

Amaba que Miguel fuera mucho mayor que él y tomara el control en cada aspecto de su vida compartida, pero esta nueva perversión solo hizo que su dinámica fuera aún más emocionante.


Acurrucado en el regazo de su novio, vestido solo con una sudadera enorme y unos shorts, Miles descansaba la vista mientras Miguel trabajaba en su computadora.

Los dos estaban en silencio en la oficina de Miguel, sentados sobre la silla de cuero, Miles sobre el regazo de Miguel, simplemente disfrutando la compañía, hasta que Miles empezó a rozar lentamente sus caderas contra el muslo de Miguel, cubierto por la tela de sus pantalones.

—Pensé que estabas dormido —dijo Miguel en voz baja, rompiendo el silencio. Miles simplemente gimió en respuesta, con el rostro oculto en el cuello del hombre mayor, con su pequeña polla ya erguida bajo su ropa.

—Te necesito —murmuró Miles, saboreando el roce de su polla vestida contra la pierna de Miguel.

—Follamos todos los días, cariño —le recordó Miguel, todavía escribiendo en su computadora, aparentemente indiferente al chico en su regazo montándolo como un perro.

—Por favor, papi. Estoy muy duro —murmuró Miles, todavía frotándose contra el hombre.

El sonido del teclado se detuvo de repente, dos brazos fuertes rodearon la cintura de Miles. Miguel le besó la frente y luego, dulcemente, bajó hasta rozar la boca sobre su sensible cuello, haciendo que Miles se retorciera en sus brazos ante la sensación.

—¿Quieres ser bueno con tu papi? ¿Puedes mantener mi pene caliente mientras termino mi trabajo? —preguntó Miguel, acariciando el rostro de Miles, quien asintió rápidamente, apartando el cinturón de Miguel con dedos ágiles—. _Buen chico —_Miguel le susurró al oído antes de volver a escribir.

Miles palmeó la polla del hombre sobre sus bóxers, sintiéndo su propio vientre dar brincos al sentir que se ponía dura bajo sus manos. Se deslizó del regazo de Miguel y se sentó cómodamente entre sus piernas, en el espacio vacío debajo de su escritorio. Bajó los pantalones y los bóxers de Miguel lo suficiente para que su gran polla quedara libre, descansando dura y pesada contra su muslo.

Miles tragó saliva, tomando la polla de su novio, saboreando la forma en que sus manos no apenas lograban envolverla por completo. Inmediatamente tomó la punta en su boca, bombeando su mano suave y lentamente, lamiendo el preseminal que goteaba de la abertura. Sus ojos se pusieron en blanco antes de que sus párpados se cerraran, dejando que su mandíbula se aflojara para poder tomar más de la polla en su boca.

Amaba el peso de la polla de Miguel en su boca, renunciar a sus propios pensamientos a cambio de centrarse únicamente en complacer a Miguel, su papi. La propia polla de Miles goteaba debajo de sus shorts, su mano aun bombeando arriba y abajo del grueso eje. Apoyó su cabeza contra el muslo de Miguel, manteniendo la cabeza firmemente entre sus labios y chupándola como si estuviera hecha de caramelo. Usando la pierna del hombre como una almohada improvisada, Miles saboreó el preseminal en su lengua, succionando perezosamente la punta goteante dentro y fuera de su boca, sin dejar que se escapara de sus labios afelpados.

Soltó su agarre en el miembro de Miguel, usando una de sus manos para acariciarla con delicados toques hacia arriba y hacia abajo de la polla. Sus dedos recorrieron cada vena, hasta la mancha de vello púbico de Miguel. Con los ojos aún cerrados, Miles se relajó por completo debajo del escritorio, recostándose cómodamente contra el muslo de su novio y chupando dulcemente la resbaladiza cabeza del pene de Miguel.


Miles solía ser muy paciente. Con el trabajo tan importante y ajetreado de Miguel, necesitaba mucha paciencia. Esperar a que Miguel volviera del trabajo, esperar a que terminara una larga llamada de negocios, esperar a que Miguel lo llamara en su hora de almuerzo. Miles pasaba mucho tiempo esperando.

Es por eso que ahora, cuando debería ser una de sus noches de cita, esperar a que Miguel terminara su conversación con los hombres en el bar del elegante restaurante en el que estaban era una tarea casi imposible.

Miles no estaba de humor para esperar.

Los hombres iban bien vestidos, más o menos de la edad de Miguel, quizá mayores, hablando con él de quién sabe qué. Estaba terriblemente aburrido, meciéndose de un lado a otro, con la cabeza apoyada en el hombro de Miguel. Después de lo que pareció una eternidad, Miles finalmente se derrumbó, harto de la conversación aparentemente interminable, tirando de la manga de Miguel para llamar su atención.

—Papi, estoy aburrido, ¿podemos irnos, por favor? —preguntó, dirigiéndole al hombre su mejor mirada de cachorrito.

Miguel, momentáneamente desconcertado, se recuperó rápidamente y centró su atención en Miles.

—Un momento, cariño, ya casi termino —dijo, antes de volver a concentrarse en la conversación. Con un suspiro dramático, Miles apretó el brazo de Miguel y se acercó más a él.

Finalmente, cuando los hombres terminaron, Miguel tomó a Miles de la mano y lo condujo al auto, con esa mirada tan familiar y disgustada en su rostro.

Miles contuvo la respiración mientras subían por el ascensor hacia el piso de Miguel. El hombre le soltó la mano al abrirse las puertas metálicas. Miguel entró en su casa, seguido por Miles como un cachorro perdido. Lo llevaron a la habitación, donde vio a Miguel sentado a los pies de la cama, quitándose el cinturón y doblándolo por la mitad, colocándolo en la cama junto a él, luego miró a Miles y dio una palmadita sobre su regazo.

Los hombros de Miles cayeron, pero sus pies caminaron en piloto automático hacia Miguel.

—Papi-… —comenzó pero no pudo terminar, estaba demasiado ocupado siendo arrastrado sobre el regazo del hombre.

—¿Crees que es lindo que actues como una zorra delante de toda esa gente? —preguntó Miguel, acariciando con su enorme mano el trasero aun vestido de Miles.

—¡No estaba siendo una zorra, papi, solo estaba aburrido! —suplicó Miles, retorciéndose en el regazo de Miguel.

—¿Ahora me respondes? ¿Qué te pasa, Miles? ¿Qué le pasó a mi buen chico? —preguntó, quitándole los ajustados pantalones junto con sus bragas y tirándolos al suelo.

Miles resopló derrotado, sabiendo que ya le esperaban una buena cantidad de azotes; no pretendía aumentar la cifra. Continuó retorciéndose en el regazo de Miguel, encogiéndose al oír el tintineo de la hebilla del cinturón al ser levantado. Miles hundió la cara en la cama; el primer golpe del cinturón lo hizo saltar. El cinturón bajó una segunda y una tercera vez, y Miles chillaba con cada golpe. Giró la cabeza y se tapó la boca con una mano para disimular sus gritos.

Miles tenía una relación de amor-odio con las nalgadas.

Le encantaba lo rápido que lo hacían caer, lo borrosa que se le ponía la cabeza, sus pensamientos siendo consumidos por el dolor continuo. Pero odiaba el dolor, los implacables azotes de Miguel y cómo siempre llevaba a Miles más allá de sus límites, justo cuando Miles estaba seguro de que ya no podía soportarlo más.

Miles intentó alejarse después de cada golpe, pero el agarre de Miguel sobre él era demasiado fuerte.

El sonido de un golpe tras otro resonó por toda la habitación. Miles sollozaba contra su mano mientras su trasero se ponía morado. A pesar del dolor, la polla de Miles estaba dura como una piedra, atrapada entre su vientre y la pierna de Miguel, rozando ocasionalmente la tela de sus pantalones.

—¡Papi…! — gritó, desesperado por terminar con su castigo.

—¿Lo sientes? ¿Ahora quieres disculparte? —golpe—. ¿Te cuido tan bien, y así es como me lo agradeces? —golpe—. ¿Actuando como una puta desesperada en público? —golpe—. ¿Ni siquiera puedes evitarlo, verdad? —golpe—. Siempre tan necesitado de mi polla.

Miguel reprendió a su pobre bebé que no dejaba de llorar, pero sabía que Miles ansiaba esto. Necesitaba disciplina, por su propio bien. Continuó bajando el cinturón, usando su mano libre para sujetar la cintura de Miles, animándolo a frotarse contra la áspera tela de sus pantalones.

Hasta que Miles se derramó patéticamente sobre la tela, sus testículos se tensaron mientras se corría, su pequeña polla todavía atrapada contra su vientre.  El trasero de Miles, ahora amoratado, ardía dolorosamente cuando los golpes del cinturón finalmente cesaron, haciéndole sollozar a gritos en la cama de puro alivio. Su pequeño cuerpo se estremeció al respirar hondo y con dificultad, quejándose mientras lo subían al regazo de Miguel.

Miguel lo mantuvo erguido mientras Miles dejó recostar su cabeza sobre el hombro de Miguel, una mano tranquilizadora lo sujetaba con fuerza y frotaba su espalda. Disfrutando de la repentina tranquilidad, aferrándose a los hombros de Miguel como a un salvavidas. Una mano fuerte le levantó el rostro, sus ojos clavándose en los del hombre.

Un suave “papi” escapó de sus labios y se inclinó hacia el contacto, dejando que Miguel uniera sus bocas. Miles suspiró en el beso, dejando que Miguel lo saboreara, como si fuera lo más delicioso del mundo.


Miles estaba nervioso.

Cuando mencionó por primera vez la escena que tenía en mente, estaba seguro de que Miguel diría que no. Pero como siempre, Miguel estaba más que dispuesto a consentir a su bebé.

Así que allí estaba, tumbado en la cama, mirando el móvil mientras esperaba a Miguel. Vestía una camiseta sencilla y unos shorts, junto con unos calcetines largos hasta el muslo. Debajo, sus características bragas blancas de algodón y una pequeña jaula para el pene, cerrada con llave sobre su miembro. Si no fuera por la jaula, Miles estaría duro como una piedra dentro de las bragas.

Finalmente, la puerta se abrió y Miles no levantó la vista, sino que continuó mirando su teléfono.

—¿Podrías explicarme por qué el fregadero está lleno de platos? —preguntó Miguel con una voz grave que resonó por toda la habitación.

—Porque no los lavé —respondió Miles secamente, sin molestarse en levantar la vista de su teléfono.

—Te pido que solo hagas una maldita cosa en la casa, ¿y ni siquiera te molestas? —dijo Miguel, arrebatándole el teléfono de las manos a Miles y tirándolo a su lado.

—¡Papi! —gritó Miles, intentando empujar a Miguel y recuperar su teléfono.

—Te di un techo, ¿y así me lo pagas? ¿Después de lo bien que te trato? Eres un maldito niño mimado, y ya no lo voy a tolerar —exclamó Miguel.

Miles resopló molesto, aún luchando por alcanzar su teléfono, cuando dos manos fuertes lo agarraron y lo empujaron hacia atrás sobre la cama, dejándolo sin aliento. Sin previo aviso, una mano fuerte lo sujetó del cuello, cortándole el flujo de aire. Otra mano trabajó sus shorts, tirando de ellos junto con sus bragas hasta sus rodillas, antes de sujetar la tela en un puño y usarlas para doblar al chico por la mitad y revelar su apretado agujero.

—Papi-… —balbuceó Miles sin aliento, sus pequeñas manos aferrándose con desesperación al brazo que le sujetaba el cuello. Su grito fue ignorado cuando la mano que aun sujetaba la parte inferior de su ropa fue llevada hasta su trasero, frotando los dedos sacamente sobre su agujero.

Esos mismos dedos fueron rápidamente introducidos en su boca, que ya estaba abierta de par en par por la presión sobre su cuello, atragantándose cuando Miguel usó la saliva de Miles para humedecer sus propios dedos. Apartándose, volvió a colocar los dedos en el trasero del chico, forzó dos digitos a introducirse en su estrecho agujero.

Miles gimió al se estirado, mientras Miguel mantenia sus dedos lo más profundamente que podía alcanzar, estimulando su próstata. Metió y sacó los dedos rápidamente, antes de reemplazarlos con su polla. Miguel no perdió el tiempo y se adentró profundamente en el jadeante chico que estaba debajo de él. El rostro de Miles estaba increiblemente rojo debido a la falta de aire, gruesas lágrimas rodaban por su rostro mientras sollozos silenciosos y sin aliento escapaban de su boca.

Miguel sujetó a Miles por el cuello, ignorando sus gritos ahogados, continuando follándolo suave y profundamente.

Miles sollozaba, solo podía concentrarse en la sensación de la mano alrededor de su garganta y la polla hundiéndose en sus entrañas. Tenía la cabeza deliciosamente nublada por la falta de oxígeno y sangre, y la visión nublada.

—Por favor, p-por favor… —sollozó con voz quebrada, mientras gruesas lágrimas rodaban por su rostro.

—Por favor, ¿qué?

Miles no respondió con palabras, solo ahogó un sollozo y una risa mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro.

—Estúpida zorra, ni siquiera sabes lo que quieres. No sirves para nada más que para calentar mi polla, ¿entiendes? —reprendió Miguel, y Miles intentó asentir.

Observó entre lágrimas cómo Miguel retiraba la mano libre antes de abofetearlo con fuerza. El fuerte golpe resonó por toda la habitación. Debido a que Miguel sujetaba el cuello de Miles, toda la fuerza de la bofetada se dirigió a su mejilla.

Sus dos pequeñas manos aún sujetaban la muñeca de Miguel, y su cuerpo se sacudía con cada embestida. Tenía la vista perdida y la cabeza completamente nublada.

—¡Papi_, lo siento_! Te juro que no quise-… —sus súplicas fueron interrumpidas por otra bofetada en la cara.

Miguel se precipitó dentro de él rápido e implacable, como un perro en celo. Gimió en el oído de Miles mientras se corría en lo profundo de su vientre, sin parar de meter y sacar su polla del agujero húmedo del chico, comenzando a expulsar su propio semen del interior.

Finalmente, se retiró, soltando el agarre en el cuello ahora magullado de Miles, usando ambas manos para abrir su trasero y ver su semen salir del agujero hinchado, rojo y abierto.

—Papi… —Miles intentó hablar pero Miguel lo interrumpió.

—No quiero oír ni una palabra más de tu boca, ¿entendido? Estoy muy decepcionado de ti —una fuerte bofetada golpeó sus testículos hinchados, expuestos en el fondo de la jaula.

Miguel colocó al chico sobre su regazo, con Miles de espaldas mirándolo con ojos rojos y llorosos. Miguel continuó su asalto a la entrepierna de Miles, con una mano forzándolo a abrir los muslos y con la otra bajando repetidamente sobre su entrepierna, azotando los testículos del pobre chico en una sucesión rápida. Miguel era implacable, el doloroso e interminable flujo de palmadas sobre sus testículos fue todo lo que necesitó para correrse. Tuvo un espasmo en el regazo de Miguel mientras pequeños chorros de semen salian disparados a través de los delgados barrotes de la jaula.

Jadeaba con dificultad, con la mente aún nublada, mientras le quitaban la camiseta y los calcetines y abrían la jaula. Lo levantaron lentamente de la cama, lo sacaron de la habitación y lo metieron en un baño de burbujas preparado previamente.

Se derritió en el agua caliente, indicandole silenciosamente a Miguel con las manos que entrara con él en la bañera. El hombre obedeció, como siempre, deslizándose detrás de él y sentando a Miles en su regazo. Los dos se acurrucaron, y Miguel besó cada centímetro de piel que pudo alcanzar.

—¿Todo bien? —preguntó Miguel, queriendo saber cómo se encontraba su amorcito.

—Estoy muy bien —murmuró Miles, sonriendo, recostándose felizmente contra el pecho de Miguel.


Miles ahora podía admitir fácilmente que estaba enamorado de Miguel O’Hara. Se enamoró no solo de Miguel, sino también de su nuevo estilo de vida. El enorme ático en el que vivía, la enorme cama king size donde lo follaban todas las noches, poder consentirlo, cocinarle la cena, chuparle la polla, todo.

No había palabras para describir lo increíble que se sentía despertar cada mañana sabiendo que solo tenía que preocuparse por verse guapo y esperar relajadamente a que su novio pudiera volver a casa y follar con él para recibir una buena dosis de cuidado posterior.

Esta mañana Miles actuó igual que siempre: envuelto en su manta, sentado en la encimera, observando a Miguel tomar su café, luciendo increíble con su cabello peinado hacia atrás y un traje a medida, listo para su día de trabajo. Miles estaba allí, mirándolo fijamente con una sonrisa de enamorado. Miguel dejó su taza sucia en el fregadero, inclinándose para besar a Miles y recordarle que se portara bien, antes de despedirse y dirigirse al trabajo. Miles estaba tan feliz, y quería que Miguel supiera cuánto lo amaba.

No, quería mostrarle a Miguel cuánto lo amaba.

Se pasó el día entero mimándose; tomó una ducha, se limpió y estiró lo suficiente para poder deslizar su plug anal favorito.

Pasó el resto del día quitando el polvo y fregando, manteniéndose ocupado hasta que Miguel llegara a casa. Una vez que la cena estuvo lista y la mesa puesta, Miles aprovechó para subir corriendo a cambiarse.

Se puso unas bonitas bragas blancas de encaje y un body corto también de encaje blanco que caía justo por encima de su trasero, sin dejar nada a la imaginación. Se puso una sudadera con capucha para que Miguel pudiera volver a casa y abrir su regalo. Una deliciosa y excitante sensación le ardía en el estómago mientras emplataba la cena. Justo a tiempo, oyó el pitido del ascensor y vio a Miguel acercarse a él, rodeándole la cintura con un brazo y besándolo dulcemente en el cuello.

—¿Qué tal el trabajo? —preguntó Miles, apartando la silla de Miguel. Una vez sentado, se subió al regazo del hombre, aflojando su corbata y desabrochando los primeros botones de su camisa.

—Fue un gran día en el trabajo —respondió Miguel antes de capturar los labios de Miles con los suyos, besándolo profundamente. Miles pasó toda la cena en el regazo de Miguel, alimentando al hombre él mismo y pasando sus dedos por el cabello de Miguel.

Una vez que terminó, Miles no perdió tiempo, tomó a Miguel de la mano y lo llevó a la habitación. Lo sentó en la cama y se subió a su regazo nuevamente, justo donde debía estar.

—¿Me has estado esperando, cariño? ¿Alguien extrañó a su papi? —preguntó Miguel, amasando los muslos de Miles.

—Te extrañé muchísimo, papi. Me porté muy bien contigo hoy —dijo Miles mientras llevaba las manos de Miguel a su sudadera, en una súplica silenciosa para que se la quitara.

¿Quién era Miguel para negarle algo a su hermoso chico?

La sudadera fue arrojada al suelo, los ojos de Miguel se posaban en Miles, la delicada tela blanca colgando de su cuerpo de forma tan hermosa.

—Mi hermoso niño, siempre tan perfecto para mí, ¿no es así?

Miles fue tumbado boca abajo, luego Miguel apartó sus bragas y retiró el plug, reemplazándolo por su gruesa polla. Miles se pavoneaba, temblando mientras la enorme polla entraba y salía de él, sintiendo sus entrañas reacomodándose a la enorme penetración. Los fuertes brazos de Miguel lo rodearon, usando su cuerpo como palanca para penetrar más profundamente en su calor.

—Eres tan perfecto, Miles, tan estrecho. Es como si estuvieras hecho para mi polla, cariño, hecho solo para mí —le susurró al oído a Miles, meciéndose contra él.

Después del orgasmo, se besaron dulcemente. Como siempre, Miguel no se olvidó del cuidado posterior, limpiando a Miles con un paño húmedo y dándole una muda de ropa limpia.

Miles se acercó a Miguel, lo jaló a la cama y se acostó encima, acurrucándose contra su pecho. Miguel sujetó a Miles por la cintura, sus cálidas manos se deslizaron bajo su camisa, acariciando su suave piel. Miles besó el cuello y la barbilla de Miguel, saboreando la sensación de su barba incipiente y la calidez del hombre debajo de él.

Miles nunca esperó que el perseguir su fantasía de dormir con un hombre mayor lo llevaría a donde está ahora, pero decide no darle más vueltas y solo se acurruca contra el hombre que tanto ama, sostenido por fuertes brazos, sin nunca más tener que preocuparse por el alquiler o las facturas. Miguel era lo mejor que podía pedir.

Incluso si el hombre era lo suficientemente mayor para ser su padre.