El frío de la mañana trajo una débil esencia con él, al tiempo que el viento sopló a través de la ventana, causando que Miguel se removiera en su sueño.
Tembló ligeramente, tirando de la manta más arriba, estirando la mano, esperando encontrar una caliente y suave piel cerca de su pecho. Cuando sus dedos encontraron kilómetros de sábanas y almohadas frías, abrió un ojo. Dándose la vuelta sobre su espalda, intentó enfocarse en los sonidos, —los pájaros gorjeando y una podadora en la distancia— no escuchar el agua en la ducha o en el fregadero le dijo que estaba solo.
Miguel se desperezó, gruñendo con satisfacción cuando el crujir de sus huesos liberó la tensión que sentía por pasar tanto tiempo en la misma posición. Había dormido bien; era sábado después de todo. Habría sido mejor si no hubiese despertado solo, pero el dulce olor del cabello de su esposo que perduraba sobre su almohada eran factores más que suficientes para soportarlo. Caminando con pereza hacia la sala de estar, sólo con una fina manta enredada alrededor de su torso, Miguel se detuvo en su búsqueda, congelado en el lugar cuando lo notó, el aire abandonó sus pulmones como si hubiera sido golpeado en el pecho, sus dedos picando para tocar.
Miles estaba sentado en el sofá de la ventana, los tobillos cruzados mientras sus largas y hermosas piernas se extendían frente a él, su mano izquierda posada sobre su vientre de seis meses, la derecha alzando cuidadosamente una taza de lo que olía como té de manzanilla. Sus ojos estaban concentrados en algo afuera, un ladrido suave le dio a entender que probablemente era el perro del vecino jugando en el jardín. Lucía relajado, feliz y distraído. Era una visión, una obra de arte.
Miguel no pudo evitar la sonrisa que se dibujó en su rostro incluso si lo hubiese querido. Dio unos cuantos pasos hacia su esposo, tratando de no disturbar su paz, encontrándose enamorado una y otra vez de él sólo por la forma en que las luces y sombras caían sobre su rostro. Y como un imán, Miles sintió su presencia, una sonrisa relajada apareció en su rostro mientras cerraba los ojos, esperando por los dedos que acariciarían su nuca, y suspirando cuando sucedió.
—Buenos días, amorcito —dijo Miguel, posando una mano en la barbilla de Miles e inclinándose por un beso—. Te extrañaba en la cama.
—Buenos días… ah, lo siento —suspiró él, una mano acariciando la parte baja de su estómago—. Desperté porque este pequeño estaba pateando mi riñón y no pude dormirme de nuevo.
Sus ojos se cerraron cuando los dedos de Miguel comenzaron a jugar con los cabellos en la base de su cuello. Miles presionó su cara contra el estómago de su esposo y respiró su esencia, tarareando con satisfacción cuando otro golpecito se sintió en su propio vientre, una sonrisa apareciendo en sus labios como una luz tímida en la mañana de un día de invierno.
—Está bien. ¿Se sienten mejor ahora?
Miles lo miró y asintió feliz. Amaba cuando Miguel se refería a Miles como “nosotros”, asegurándose de incluir al bebé en todo lo que hacían desde que esas dos líneas aparecieron en la prueba de embarazo.
—Sí, estamos bien, sólo un poco cansados —la mano de Miguel bajó hacia su vientre, moviéndose en círculos suaves—. ¿Cierto, pequeño?
Su esposo resopló cuando una pequeña patada respondió a su pregunta.
—Me alegra que tú y mi pequeña estén bien.
Miles se rió y presionó su rostro de nuevo contra el cuerpo de Miguel. No sabían el sexo del bebé, lo que había sido su primera petición a la doctora: no podía decirles nada a menos que el bebé pareciera estar en peligro. Por fortuna, tanto Miles como el bebé estaban perfectamente saludables, así que aparte de eso, no sabía qué estaban esperando. Miguel creía que era una niña, Miles sabía que era un niño. Ninguno de los dos se preocupaba por el género, sabiendo únicamente que sólo importaba que estuviera saludable, pero ambos amaban bromear y reírse sobre quién estaba en lo correcto.
Miles puso la taza en el alfeizar y presionó su mano en la parte baja de la espalda de su esposo, acercándolo.
—¿Algún plan para hoy? —Miguel fingió un suspiro cansado.
—Bueno, lo único que tenía planeado era despertar a mi atractivo esposo con sexo caliente, pero una pequeñita estaba jugando fútbol.
Recibió lo que parecía ser una mano presionada debajo de su palma —una chocada de manos del bebé— ambos hombres se rieron.
—Bueno… —una sonrisa de suficiencia estaba presionada contra su abdominal derecho antes de que los besos de Miles comenzaran a estamparse sobre su piel—. Estoy seguro que este pequeñito va a tomar una siesta ahora.
Miguel se rió de nuevo, dejando que sus largos dedos acariciaran el cabello del contrario mientras que la otra mano presionaba su hombro derecho, el pulgar frotando contra su clavícula.
—¿De verdad? —un lado de su labio se inclinó hacia arriba mientras miraba hacia abajo para encontrarse con los ojos color miel llenos de perversidad. Miles se rió y asintió.
—Mmm… de hecho, creo que ya está dormido.
Miguel murmuró un ella antes de dejarse empujar sobre el sofá, encontrando su regazo lleno de Miles en un parpadeo. Manos pronto apretaron la parte de atrás de su cabeza mientras la boca de Miles se moldeaba y movía contra la suya. Un pequeño lloriqueo, hermoso y bajo, salió de Miles cuando sus manos encontraron sus caderas con ternura, acercándole, moviendo y frotándose sobre la creciente erección debajo de su trasero.
Estar embarazado era una bendición, y aunque podía ser un inconveniente de tanto en tanto, tenía sus ventajas también. Pero principalmente, el libido de Miles se había elevado a 24/7 —no era diferente de cuando no estaba embarazado, pero ahora podía culpar a las hormonas—.
—Miguel… —él sonaba tan bien, siempre lo hacía, pero esos pequeños sonidos que sólo Miguel sabía sacarle eran enloquecedores—. Te necesito.
Los labios ajenos encontraron su clavícula, dientes raspando la piel causando que Miles tirara el cabello de su esposo más fuerte y gimiera bajo, suplicando.
—¿Qué es lo que quieres, amorcito?
—Necesito —lo corrigió Miles, sacándole una risa a Miguel.
—Perdón. ¿Qué es lo que necesitas?
—Tu polla.
Bueno, Miles nunca ha sido de esos que se contienen y no dicen lo que quieren. Y Miguel… no es como si él pudiese negarle algo al hombre encima de él.
—Está bien, ¿cama?
—Muy lejos —gimió Miles y se inclinó para chupar su mandíbula, labios calientes y húmedos; volviendo loco a Miguel justo como lo hizo la primera vez.
Miguel tomó aire profundamente, gruñendo bajo cuando su esposo comenzó a moverse adelante y atrás. Miles olía tan bien, como recién salido de la ducha.
—Vamos a ponerte en una cama, amorcito, quiero devorarte.
Nadie hubiese imaginado que un hombre embarazado pudiera levantarse y caminar tan rápido.
Miles estaba feliz y saciado, después de dos deliciosos orgasmos le fue permitido dejar la cama de nuevo para tener un desayuno apropiado. El sábado siguió con abrazos y sesiones de besos. Unos cuantos orgasmos más por aquí y por allá, una ducha compartida, películas de fondo combinadas con fruta y sándwiches, hicieron el día perfecto.
Miguel descansó su cabeza en el pecho de Miles, mirando su estómago, una mano frotando la piel suave. Él hacía esto seguido, había empezado tan pronto como el estómago de Miles comenzó a crecer. Miguel se tomaría al menos media hora para subir su camisa, exponer su vientre, presionar besos y susurrarle al bebé como si estuvieran los dos solo en el mundo. Luego se sentaría de nuevo y haría un camino de besos desde el estómago hasta los labios de Miles, y ese simple gesto siempre traía lágrimas a sus ojos, porque se sentía amado y la forma en la que Miguel lo hacía sentir era todo lo que siempre había deseado.
El domingo en la noche, Miguel estaba en medio de una llamada con Peter, cuando Miles salió del baño, con una toalla enrollada en su cabello y una bata azul cielo alrededor de su cuerpo; le sonrió dulcemente a su esposo antes de caminar hacia el espejo, buscando su loción para el cuerpo y tarareando suavemente, como si casi no le hubiese provocado un pequeño ataque cardíaco a Miguel. A veces se olvidaba de cuán hermoso era Miles… bueno, nunca lo olvidaba, pero mirarlo a veces era como respirar aire fresco después de estar bajo el agua mucho tiempo.
Miles puso una pierna sobre la silla con cuidado, inclinándose lo más que pudo para frotar loción sobre su piel, yendo lenta y continuamente por toda la parte interna de su muslo. Cambió de pierna y se inclinó de nuevo, el movimiento causó que la bata de seda se abriera un poco y se deslizara por su hombro. El reflejo mostró un vistazo de piel, provocando que Miguel se endureciera en la cama, el teléfono en su mano hace tiempo olvidado.
Miles dejó salir un sonido de satisfacción cuando sus ojos capturaron la mano de Miguel viajando por su pecho, donde su camisa estaba desabotonada; la sonrisita que tenía era suficiente para cubrir el sonrojo que mostraba por ser observado, pero adoraba cuando Miguel lo hacía, se sentía tan poderoso y amado, era la más perfecta mezcla de emociones y nunca quería dejar de sentirlo.
Miguel le sonrió devuelta, la mano presionándose contra su propia erección y frotándola, jugando consigo mismo. Miles mordió su labio inferior, sabiendo que era la estrella de ese show. Deshizo el nudo de la bata y dejó caer la parte derecha, exponiendo la clavícula, hombro, brazo y su vientre ―la última parte arrancó un gruñido débil de su esposo―. Miguel tenía una cosa por Miles embarazado, deseaba poder preñarlo hasta que no pudieran tener más sexo. Amaba como la piel de Miles brillaba y olía, su cabello estaba más suave y más resplandeciente, incluso sus ojos eran más brillantes, su sonrisa siempre sincera. Miles era hermoso, sí, pero embarazado era una obra de arte. Y Miguel amaba cada parte de su piel, amaba besarlo y tocarlo por horas y horas, a veces ni siquiera era sexual, la mayor parte del tiempo dejaría a Miles rogando y gimiendo hasta que su esposo lo follara.
Miles frotó la loción por sus brazos, codos y hombros calmadamente, sus ojos nunca abandoron los de su esposo, especialmente cuando comenzó a frotar su pecho, lo que causó que Miguel gruñera con suavidad. Ambos hombres habían notado unos días atrás que los pectorales de Miles estaban hinchados, quien se sonrojó cuando se dio cuenta que era su cuerpo preparándose para producir leche. Básicamente, estaba desarrollando senos, unos pequeños, apenas ahí, pero él los notó y, si la cantidad de atención que Miguel le daba a sus pezones era una indicación, él también. Secretamente, Miguel no podía esperar a que Miles produjera leche; él sabía que sería dulce y deliciosa.
El pensamiento lo hizo gruñir de nuevo, sus ojos pegados en los dedos de Miles mientras estos masajeaban alrededor de los pectorales hinchados. Miles mordió sus labios y dejó que sus ojos se cerraran. La presión se sentía bien, sus pechos le habían estado doliendo todo el día. Después de un rato, alcanzó el aceite de almendra que usaba para masajear su estómago, y antes de que pudiera comenzar, la voz de Miguel rompió el silencio, fuerte, pero lo más suave posible.
—Déjame hacerlo —él sonrió y se sentó en la orilla de la cama, ignorando las erecciones de ambos cuando Miles, ahora medio desnudo aparte de sus bóxeres negros, se detuvo entre sus piernas. Miguel puso una mano a cada lado de su estómago, dejando una serie de besos en la línea que iba hacia su ombligo. Miles suspiró feliz, sus dedos enredándose en el cabello de Miguel, un suave golpecito se sintió en el lado derecho, justo debajo de la palma de Miguel, causando que él sonriera contra su piel y susurrando cuánto amaba al bebé, recibiendo otro golpecito como respuesta.
Dejó un último beso allí, antes de agarrar la botella de aceite de Miles; frotó sus palmas juntas, calentándolo antes de esparcirlo suave y uniformemente sobre la piel estirada. Sabía que eso relajaba a Miles tanto como lo excitaba, y el sentimiento era mutuo, aún estaba duro dentro de sus pantalones, pero el sentimiento cálido de amor y adoración ardiendo en su pecho le permitió mantenerlo inocente por ahora.
Miles cerró los ojos, sus miembros relajándose mientras otro suspiro de felicidad lo abandonaba.
—Encantador —oyó decir a Miguel, y él le sonrió ligeramente—. El hombre más hermoso que he visto en mi vida.
Miles rodó los ojos con cariño.
—Cállate ―Miguel rió.
—¡Es verdad! Te ves muy bien, amorcito. Sé que te lo digo todos los días‒
—Literalmente —le interrumpió juguetonamente.
—Sí… porque es verdad. Nuestra bebé es tan afortunada, todos los chicos estarán celosos de su hermoso papi.
Miles frunció el ceño y Miguel se rió de nuevo, ya esperando por ser corregido acerca del género cuando las palabras de Miles lo sorprendieron.
—Aunque, tú eres su papi.
—Ah, ¿sí? —él sonrió, sus ojos iluminándose.
—Me gusta, en realidad…
Miguel sonrió una vez más, el trabajo de frotar el aceite ya terminado, envolvió sus brazos alrededor del trasero de Miles, acercándolo y poniendo su barbilla en la parte de arriba de su estómago con suavidad, mirando hacia arriba.
—Nuestra pequeña va a tener la más increíble y hermosa mami en el mundo.
El aliento de Miles se atoró mientras miraba a su esposo, sus ojos rogando por una confirmación. Miles asintió y Miguel besó su vientre hinchado una vez más.
—Eres la mami más impresionante del mundo, cariño. Tan hermosa, tan malditamente atractiva, desearía tenerte embarazada todo el tiempo.
Las manos de Miles apretaron sus hombros mientras temblaba.
—¿Te excita, amorcito? —le preguntó, notando que Miles estaba duro del todo otra vez. Éste negó con la cabeza.
—Tú me excitas, es sólo que sentirme amado me pone mucho —murmuró él, sonrojándose un poco.
—Mejor que lo sientas porque nadie puede amarte más que yo —él se giró hacia su estómago—. ¿Oíste eso, pequeña? Papi ama a mami más que a nada en el mundo.
—Miguel, basta —el hombre gimoteó antes de empujar a su esposo en la cama y subirse en su regazo.
Miguel se rió en el beso antes de dejar que su mano vagara por el cuerpo que amaba tanto. Miles besó su pecho y abrió el botón de sus pantalones. Miguel jadeó cuando la boca de Miles jugó con la cabeza de su polla.
—¡Todo va perfecto! —la doctora le sonrió a la pareja mientras limpiaba el gel del estómago de Miles—. ¿Seguros que no quieren saber?
Miguel y Miles sacudieron sus cabezas.
—Si todo va bien, no queremos saber nada.
—Está bien. ¿Y cómo te has sentido?
—Muy bien. Mi espalda duele un poco y a veces se me hinchan los tobillos pero no pasa nada más —él sonrió y apuntó a Miguel—. Este hombre es muy bueno dando masajes.
La mujer sonrió.
—Tienes suerte. ¿Qué tal tus pechos? ¿Algún cambio? —él se sonrojo por el término.
—Sí… me han estado doliendo un poco.
—Eso es perfectamente normal. Tu cuerpo está produciendo la hormona que te permitirá amamantar, se ha comprobado que los hombres desarrollan un poco de aumento en los pechos para almacenar la leche por un tiempo, pero desde que no haya estimulación estarás bien. Recomiendo usar la bomba unas cuantas veces al día cuando estés cerca del parto o no tendrás leche para darle al bebé cuando ya esté aquí. Sólo un poco de estimulación y todo irá bien.
Miles no necesitaba mirar a su esposo para saber que estaba tratando de contener una sonrisa petulante. La estimulación era algo que los pezones de Miles conocían bien. Una prueba de eso era la noche anterior, un par de horas antes de irse a dormir. No le tomó mucho tiempo a Miguel encontrarse encima de él, el cuerpo posicionado con cuidado para no poner peso sobre su estómago mientras sus labios lamían, chupaban, jugaban y devoraban los pezones de Miles. Se había corrido solo por eso y un par de dedos masajeando su próstata.
La mujer se rió de la expresión soñadora que ambos hombres tenían.
—Muy bien, el tamaño del bebé es bueno, el peso parece correcto, la posición es perfecta, los latidos están bien, estamos saludables y listos.
Dejaron el lugar con sonrisas gigantes, con un pequeño sonograma del pequeñín que crecía dentro de Miles. Se habían rehusado a mirar la pantalla después del tercer mes, aceptando sólo una copia del examen y embobándose con ella durante un buen tiempo. A veces sentían tanto amor por su bebe que apenas podían contenerse.
—¿No deberías decirles? —una enfermera le preguntó a la doctora tan pronto la pareja abandonó el lugar. La mujer suspiró.
—Desearía poder hacerlo, pero fueron muy específicos con su deseo de no saber absolutamente nada.
—Sí, pero… quiero decir, ¿gemelos? ¿No te matarán una vez que salgan dos bebés en vez de uno? —la doctora se carcajeó.
—Ciertamente espero que no, van a ser los bebés más tiernos del mundo y quiero estar ahí para su primer control médico.
La enfermera soltó una risita y asintió antes de salir a llamar otra pareja de padres. La doctora miró al par de gemelos congelados en su pantalla y sonrió.
—Sus padres no tienen ni la menor idea de lo que les espera.
El olor a mermelada casera y té, llenó la nariz de Miles, relajándolo.
Habían pasado unos pocos días desde la visita al hospital; Miguel pensaba que se había salido con la suya al jugar con los pezones de Miles después de lo que la doctora había dicho sobre la estimulación provocándole la producción de leche.
Suaves risas pertenecientes a sus amigos venían desde el balcón que se encontraba afuera de la sala de estar. Miles sonrió con cariño, había pasado tiempo desde que los había visto. Miguel estaba en el trabajo y llegaría a casa en un rato.
Por desgracia, Hobie fue el primero en notarlo, cuando Miles salió al balcón.
—Oye, Miles. Tienes un poco de… —él apuntó y giró un dedo alrededor del área del pecho y él se avergonzó ante el pensamiento de una mancha de mermelada en su camisa blanca. Mirando hacia sus más que pronunciados pechos, vio un parche húmedo en la parte de arriba de su pezón derecho.
—¿Pero qué…?
—¡Miles! —exclamó Gwen, saltando un poco de la sorpresa.
Pavitr chilló y juntó sus manos, Peter tenía una expresión similar en el rostro. Jess lucía indiferente, pero se vislumbraba clara diversión en sus ojos.
—¡Miles, estás lactando!
—Estoy goteando —él jaló el material, separándolo de su piel y sintiéndose incómodo de repente—. Discúlpenme, enseguida regreso.
Todos se rieron ante la expresión de desesperación en su rostro.
Corrió al cuarto del bebé, que estaba listo desde hacía tres meses, y abrió la puerta del closet, en una esquina guardaban docenas de pañales del baby shower. Había una maleta en el rincón y Miles se ruborizó cuando la abrió. Había sido un regalo de Jess, una bolsa pequeña llena de parches para los pezones y pequeños folletos sobre la lactancia materna y cómo limpiar sus pezones —solo agua, no jabón o loción en ellos—. Honestamente, él había esperado no tener que usarlos a menos que ya estuviese alimentando al bebé, pero sabía que toda la culpa la tenía Miguel por toda la atención que le daba a sus pezones.
Miles gruñó internamente. Miguel se correría con tan sólo saber que ya estaba lactando. Literalmente.
Sacó la bolsa y se dirigió al baño por una ducha rápida. Arrugando la nariz ante la sensación de un parche de algodón sobre sus pezones, se puso devuelta los pantalones y una camisa nueva y regresó a la sala. La lactancia materna fue el tópico hasta que Miguel llegó a casa, encontrando un esposo ruborizado y una mesa repleta de gente con sonrisas inmensas y expresiones burlonas en sus rostros.
Más tarde esa noche, la pareja estaba abrazada en la cama, la cabeza de Miles contra el cuello de Miguel, su vientre presionado contra el estómago de su esposo, dedos suaves enredándose en los cabellos mientras éste suspiraba con cansancio, acurrucándose más cerca.
—¿Te divertiste hoy? —la voz de Miguel era relajada y perezosa.
—Mhmm… es bueno ver otras caras conocidas.
Miguel se rió y presionó un beso en el cabello de Miles. Sabía que su esposo se aburría mucho. Había dejado la universidad dos semanas atrás en permiso materno, sorprendentemente cortesía de Jeff y Rio Morales, el plan era esperar hasta el séptimo mes pero, por alguna extraña razón, tan pronto como alcanzó el sexto mes, había comenzado a sentirse súper embarazado. Su cuerpo se sentía más pesado, su apetito, incluido el sexual, estaba por los cielos, pero también estaba más cansado y no era como si no hubiesen esperado estas cosas, era sólo… demasiado.
Después de unos momentos Miles habló de nuevo, con voz baja, insegura, lo justo para hacer que su esposo se alejara un poco en busca de sus ojos en la oscuridad.
—Algo pasó hoy.
—¿Algo malo?
Miles respiró hondo, la boca se le torció graciosamente y la voz se le oía quejumbrosa y un poco avergonzada.
—Me salió leche hoy.
El reloj hizo tictac casi veinte veces. Miguel parpadeó.
—¿Qué?
—Me… —se aclaró la garganta—. Me salió leche. Hoy.
—¿En serio? —su voz sonaba ronca y algo jadeante. Un temblor recorrió la espalda de Miles.
—Sí…
—¿Puedo ver?
Torciendo la nariz tiernamente, Miles asintió después de un segundo o dos, encontrándose a sí mismo siendo girado sobre su espalda con cuidado, el movimiento causó un pequeño alboroto dentro de su vientre mientras el bebé trataba de acomodarse de nuevo. Sintió a Miguel sonriendo contra su mejilla y sabía que él podía sentir la pequeña patadita que el bebé había dado.
Otro estremecimiento corrió por su cuerpo ante la sensación de las manos de su esposo sobre él, una acariciando su torso y vientre y la otra enterrada en la nuca de Miles, atrayendo su rostro para darle un beso. Miguel lo ayudó a quitarse la camisa y de repente tenía una sonrisa estúpida en la cara.
—¿Estás usando un parche? —arrulló y Miles rodó los ojos a pesar de su sonrojo.
—No podía estar chorreando por todo el maldito lugar, ¿o sí? —dijo enfurruñado y siseó cuando Miguel retiró cada parche lo más suave que pudo, besando cada pezón y ganándose un suspiro de Miles.
Miguel se recostó contra las caderas de Miles antes de inclinarse, con la cabeza sobre una de sus manos, el rostro lo más cerca posible de los pechos de Miles. Sus jadeos podían escucharse de lo cerca que estaban, el aliento caliente de Miguel bañaba su piel haciéndolo estremecer a pesar de lo avergonzado que se encontraba.
—¿Todo bien? —Miguel lo miró con adoración, sus ojos brillando como un niño en la mañana de navidad.
—Sí… un poco avergonzado, para ser honesto —estaba ruborizado y se mordía los labios. Miguel lo besó suavemente.
—No tienes por qué mostrarme.
—No… no es eso, puedes… puedes ver, es un poco raro pero está bien, lo prometo.
—Está bien —asintiendo excitadamente, Miguel permitió que su mano libre acunara el pecho de Miles, el pulgar jugando con la punta, poniéndolo duro. Un jadeo suave fue arrancado de Miles mientras cerraba sus ojos. Sus dedos eran suaves, amables y cálidos. Miguel comenzó a apretar la carne tiernamente, siempre buscando alguna señal de inconformidad por parte de Miles. Después de un pequeño asentimiento, él siguió apretando un poco más fuerte, tirando con suavidad, abriendo y cerrando sus dedos.
Después de unos segundos, tres pequeños puntos blancos empezaron a salir del pezón de Miles. Las gotas haciéndose cada vez más grandes hasta que formaron una sola, la gravedad trabajando en ella y causando que rodara por el pulgar de Miguel. El gruñido que dejó salir ante la vista hizo que Miles gimiera. Él siguió, completamente concentrado en la forma en que el líquido caliente corría desde su dedo hasta la caja torácica de Miles. Deslizó el pulgar sobre la punta sólo para ver cómo las diminutas gotas se formaban de nuevo. Miguel se sintió endurecerse dentro de sus pantalones.
—¿Bien? —su voz era ronca, la lujuria claramente presente en ella. Miles asintió, los ojos aun cerrados, la lengua mojaba sus labios.
—Estoy algo sensible.
Miguel hizo círculos con su pulgar de nuevo, esta vez sobre todo el pezón, presionando ligeramente. Miles estaba retorciéndose y jadeando en menos de un minuto.
No podían explicar con exactitud qué era lo que lo hacía tan atractivo, tan íntimo. Miles sólo sabía que amaba la atención y cuán excitado sonaba su esposo por sólo sacar leche de sus pechos. El pensamiento lo tuvo gimiendo, sus caderas moviéndose involuntariamente como si estuvieran buscando cualquier clase de fricción en el confinamiento de sus shorts de seda, su trasero firme lucía delicioso, lo suficientemente delicioso como para comérselo.
Un siseo llenó el aire cuando Miguel apretó demasiado fuerte, gimiendo. Inmediatamente se disculpó, pero Miles estaba quieto y mortificado cuando lo miró. Había un pequeño río de leche bajando por su mejilla.
—Oh, Dios. Lo siento.
Miles no podía estar más avergonzado. Había chorreado leche sobre su esposo. Era culpa de Miguel si se detenía a analizarlo, pero Miles estaba sonrojado y alejándolo, limpiando su rostro antes de que Miguel pudiera tener la oportunidad de tocarlo.
—Perdón, lo lamento tanto.
—Deja de alejarme —dijo él con suavidad, antes de moverse por un beso, Miles estaba inquieto, tratando de escapar de él—. Miles, deja de alejarme. Esto ha sido lo más excitante que he visto en mi vida.
Miles no le creyó, ni encontró sus ojos. Medidas extremas debían ser tomadas, por lo que Miguel se movió y se sentó a horcajadas sobre una de las piernas de su esposo.
—¿Lo sientes? —preguntó él, su aliento caliente contra los labios de Miles.
Y sí, sí que podía, realmente podía sentir cuán duro estaba Miguel, estaba mojado de presemen, la tela húmeda de sus pantalones presionada contra el muslo de Miles. Él asintió.
—Entonces, mírame, por favor.
Lo hizo, el sonrojo más que visible en la luz tenue.
—Mierda, nunca habías lucido tan caliente, puedo sentir lo duro que estás también —lo besó de nuevo, esta vez le devolvió el beso con la misma pasión, mojado y desesperado—. Luces tan malditamente atractivo ahora, con leche empapándote por todos lados —él gruñó, una mano cubriendo su pecho de nuevo, tirando con suavidad, era un nuevo nivel de excitación.
—Gracias por dejarme ver, amorcito.
Miles se aclaró la garganta.
—Cuando… cuando quieras.
—¿En serio? —preguntó Miguel, esperanzado.
Miles asintió.
—Me encantaría —gruñó la última palabra mientras un chorro de leche líquida bajaba por su piel—. ¿Puedo follar tus preciosos muslos?
Miles gimió alto ante eso. Asintiendo excitado mientras su esposo se reía contra sus labios, moviéndose con rapidez por un beso frenético. Miguel tomó el lubricante y ayudó a Miles a salir de sus shorts antes de desnudarse a sí mismo, amando la mirada hambrienta que Miles le dedicaba desde su lugar en la cama. Los acomodó a ambos de lado, presionando su pecho contra la espalda caliente de Miles, el sudor formaba una capa delgada en su piel. Su esposo estaba muy embarazado y era muy hormonal, por lo que paciencia no era algo que tuviese en ese momento y lo comprobó cuando comenzó a frotar su trasero contra la polla de Miguel, la punta húmeda dejando huellas en su piel y haciéndolo gemir.
—Levanta tu pierna un poco —tan pronto como obedeció, Miguel untó lubricante en el interior de sus muslos, no resistiendo el impulso de jugar con los testículos de Miles, el lubricante y la presión arrancaron un gemido gutural de su garganta. Siguió atacando el cuello de Miles mientras se cubría con lubricante.
Presionó la punta de su polla en el lugar donde los muslos de Miles se separaban y empujó entre ellos, la fricción y estrechez causaban que sus dedos se curvaran y que su mano se moviera de nuevo hasta sus pechos que estaban llenos de leche fresca y seca, haciendo un desastre excitante. Miles estaba perdido, sus lloriqueos y gemidos eran los únicos sonidos que podía hacer. El roce de la dura polla de Miguel contra sus testículos era enloquecedor, esos dedos talentosos extrayendo su leche eran una adición inexplicablemente placentera. Miguel siguió gruñendo contra su oído, sus caderas siguiendo un ritmo constante hasta que desaceleró un poco, alejándose ligeramente. Miles estaba a punto de gritarle que continuara pero fue interrumpido por un dedo frotando una cantidad excesiva de lubricante en su agujero.
Miles gimió alto, puro y hermoso.
Miguel agarró el vibrador más pequeño que tenían quién sabe desde hace cuánto. Era una bala vibradora de color cromado, no más larga o gruesa que un dedo, lo que le permitiría a Miguel introducirla en él de una vez, sin necesidad de prepararlo, el mínimo estirón causó que Miles se perdiera.
—¡Ah-… enciéndelo, por favor!
¿Y quién era Miguel O’Hara para negar semejante pedido? Presionó el botón en la base del juguete, la leve vibración quedó opacada por el grito de puro éxtasis que Miles dejó salir mientras la bala se encendía, apretada contra su próstata. La polla de Miguel estaba de nuevo entre sus muslos, caliente y dura, Miles la sentía pulsando un poco. La estimulación contra sus testículos, la sensación de la polla de Miguel frotándose entre sus muslos y el juguete vibrador contra su punto dulce fueron suficiente para ponerlo en el borde vergonzosamente rápido.
Pero eso no fue suficiente para Miguel, a él le gustaba empujar, jugar, volver a Miles tan loco que aún estaría estremeciéndose por su orgasmo horas después. Por eso fue que envolvió su mano llena de lubricante y leche en la polla de Miles. Unos cuantos bombeos después y se estaba corriendo, con la voz rota mientras gemía, la cabeza hacia atrás, todo su cuerpo sacudiéndose. Miguel dejó ir su polla y aumentó la velocidad de sus caderas. La fricción y el calor más los gimoteos bajos que Miles soltaba por la sobreestimulación, porque el juguete aún estaba vibrando dentro de él, fueron suficientes para lanzarlo al borde, su gruñido cercano a un sonido inhumano.
Rápidamente, sacó el juguete dentro de su esposo, sus manos acariciando al momento todo su cuerpo, calientes y desordenadas pero ofreciendo la cantidad exacta de cuidados que él necesitaba en ese momento. Ambos trataban de respirar mientras permanecían en la misma posición. Usualmente, Miguel le hubiera dado la vuelta a Miles para abrazarlo mientras le besaba todo el rostro y le decía cuán bueno era, cuán hermoso había sonado y cuán duro se había corrido sólo por él. Pero el hombre agarró su mano y la puso sobre su vientre, molestas patadas se sentían debajo de la palma de Miguel haciendo que ambos se rieran sin aliento, el bebé claramente no estaba feliz por tanta conmoción. Las palabras reconfortantes de Miguel contra su oído y su palma haciendo círculos en su estómago fueron suficientes para calmar al bebé.
Miles tarareando felizmente y girando su cuerpo para besar a Miguel fueron las últimas cosas que registraron antes de quedarse dormidos, sucios y pegajosos pero llenos de amor.
El séptimo mes llegó y Miles y Miguel sentían que sus vidas estaban en las nubes. Fue, literalmente, como vivir en una burbuja de amor y sexo. Miles se sentía extra embarazado, como si el peso del estómago se hubiera duplicado de repente, pero eso solo hacía que Miguel se enamorara más de él.
Miró a la persona más adorable del mundo, con sus grandes suéteres cómodos y sin pantalones, llevándole té caliente o sus labios frunciéndose adorablemente mientras su esposo le daba masajes o le acariciaba la espalda.
Volvieron a otra cita con la doctora quien les dijo que todo el cansancio extra y el dolor de espalda eran normales, el bebé estaba perfecto, como siempre, todo era normal y saludable y Miles debía llamarla si algo fuera de lo normal ocurría en cualquier momento del día.
Todo era perfecto, simplemente perfecto… hasta que Miles obtuvo ese estado de ánimo extraño. Miguel le dio espacio, estaba allí para él cada vez que necesitaba un abrazo, pero lo respetó. Duró unos pocos días; haría pucheros y resoplaría, encogiendo los hombros si se le preguntaba qué pasaba.
Un viernes por la tarde, Miguel llegó a casa del trabajo y encontró a su esposo en la hamaca en la puerta de la terraza. Miles se había acostumbrado bastante a la hamaca. La superficie maleable le permitía dormir de lado, un poco sobre su vientre sin afectar al bebé y dándole a su espalda algo de descanso.
Miguel se dirigió directamente a él, la hamaca balanceándose mientras se sentaba en ella, poniendo un pie en el suelo para que no se moviera demasiado antes de envolver su cuerpo alrededor de su esposo. Besó el hombro de Miles.
—Hola.
—Hola —parecía cansado, molesto. Miguel suspiró.
—Amorcito, sabes cuánto te respeto a ti y a tu espacio, pero estás empezando a preocuparme.
—Sólo déjalo, Miguel.
Miguel tomó su rostro y presionó sus frentes juntas.
—Miles, por favor.
—Es estúpido.
—No me importa —cuando Miles no dijo nada durante largos segundos Miguel suspiró de nuevo—. Está bien, no voy a presionar, lo siento, olvida que pregunté —él trató de levantarse, maldiciendo cuando la gravedad comenzó a tirar de él. Cuando su esposo finalmente dijo algo su voz era tan baja que casi no lo escucha.
—Estoy muy lleno.
—Disculpa, ¿qué?
—¡Estoy tan lleno, Miguel! Mis pechos duelen como una mierda, y no desaparece, no importa lo que haga, sigo masajeándolos pero están tan llenos que ni siquiera gotean más.
Miguel respiró, aliviado y luego se sintió un poco culpable. Había estado tan ocupado con su trabajo que no tuvo mucho tiempo para cuidar de su hermoso esposo embarazado, aparte de los mimos y ayudarle con un baño.
—Amorcito, ¿por qué no me lo dijiste? —Miles se encogió de hombros—. Puedo ayudarte.
—¡No, no! Eso es tan desagradable —Miguel tuvo que reírse.
—Miles, te has tragado mi semen. Literalmente, te has alimentado de él y estoy seguro de que no sabe tan bien como tu leche.
—Pero eso-…
—Mira, no voy a insistir, nunca voy a hacer algo para hacerte sentir incómodo y lo sabes, ¿verdad? —obtuvo un asentimiento como respuesta—. Pero te prometo que cuando digo que quiero probarte, lo digo en serio. Quiero beber de la leche que va a alimentar a nuestro bebé, tu leche hará eso… tu harás eso, así que no te atrevas a llamarlo desagradable, ¿de acuerdo?
Silencio.
—Miles…
—¡Bueno, bueno! —estaba sonrojado pero sonriente. Miguel sonrió.
—Te amo —le guiñó un ojo con picardía y se rio cuando Miles pellizcó sus costillas llamándolo “idiota”. Miguel ayudó a Miles a salir de su camisa, la sombra rosa y naranja de la puesta del sol proveniente del balcón no hizo nada para ocultar el sonrojo de sus mejillas.
Miguel siguió sonriendo, estaba muy emocionado y eso solo ponía a Miles más nervioso, mordiéndose los labios para evitar arrepentirse.
No era que Miles no quisiera, porque él lo hacía, de verdad, la imagen mental lo acosaba desde que se enteraron que iba a producir leche. Se trataba simplemente de que tenía miedo, de qué exactamente, no estaba seguro, tal vez de que Miguel iba a odiarlo, o pensara que era desagradable o que no se iba a excitar.
Claro que se había dado cuenta tan pronto como su vientre comenzó a crecer que su esposo amaba su cuerpo, la cantidad de tiempo que pasaba tocándolo y besándolo sólo era una prueba de ello. Por eso es que Miles nunca tuvo oportunidad de sentirse súper consciente del aumento de peso, amaba que su trasero se hubiera agrandado y si la cantidad de horas que su esposo se pasaba devorándolo era una indicación, Miguel también lo amaba.
Y Miles se sentía atractivo, era la verdad. No era presumido, sólo tenía suerte de amarse a sí mismo sin importar nada. Tener a Miguel mirándolo como si fuera un hombre hambriento y Miles un buffet, definitivamente ayudaba mucho. Miguel tampoco olvidó decirle un millón de veces cuán hermoso se veía, cuán caliente lo ponía y cuánto quería a Miles embrazado siempre.
No le había tomado mucho tiempo a Miguel averiguar que a Miles le gustaban las bragas de encaje cuando empezaron a salir, aunque sólo las usaba para ocasiones especiales. Le gustaba la ropa interior de algodón con lindos gatitos y conos de helado en ella; también adoraba los shorts, especialmente los de seda, ya que lo hacían sentir bastante lindo. Aunque, sus favoritas eran las batas de seda, la forma en que se sentían en su piel, la forma en que se sentían cuando Miguel lo tocaba. A él le gustaba sentirse bonito, atractivo. El embarazo sólo había acentuado eso.
Pero aun así, estaba nervioso acerca de esto.
Miguel se acercó más, el brazo de Miles yendo alrededor de su cuello para sostenerlo, su frente pegada al lado de Miles. Un escalofrío corriendo desde su columna vertebral hasta la punta de los dedos cuando sintió que su esposo estaba medio duro contra su cadera.
Un suave mordisco en su pezón endurecido sacó un suspiro de él, extrañaba estar así con Miguel, tan cerca, tan íntimo. Besando lentamente su pezón, Miguel deslizó su mano para envolver su pecho. Miles tenía razón, estaba lleno, tan lleno que su carne se sentía mucho más firme allí, la delgada piel estirada y sus pezones duros, parecía doloroso, por lo que Miguel mantuvo su toque ligero y suave.
El primer contacto de su lengua comenzó a dar vueltas alrededor de su pezón, un suspiro contento provino de Miles, una mano aferrándose al cabello de Miguel, acercándolo, arrancándole un suspiro a él también. Realmente amaba a los pezones de Miles.
Siguió besando su piel suavemente, sin chuparlo, sólo abriendo y cerrando los labios, la lengua alternando entre burlar la punta y todo el lugar, sacando “ah” y “sí” de su esposo. Sus dedos tiraron y masajearon la carne con mucha suavidad, amando cómo se sentía debajo de su palma, caliente y llena.
Finalmente cerró los labios completamente alrededor del pobre pezón maltratado y chupó mojadamente, un sonido de succión causó que Miles se retorciera y se quejara con voz ronca. Miguel estaba siendo suave pero todavía era posible sentir la urgencia de sus labios, chupando, tirando, jugando con su lengua un poco más sólo porque podía.
Miles lo sintió, sintió algo que había atrapado dentro de su pecho siendo sacado, como el estallido de una burbuja. Se quedó sin aliento cuando sintió que la leche se derramaba en la boca de Miguel, podía sentirla alrededor de su pezón, caliente y pegajosa, mezclándose con la saliva en sus labios.
Miguel se sintió en el cielo cuando las primeras gotas, seguidas de un flujo continuo de sabor explotó en su boca. Se mantuvo succionando mientras su mano apretaba el pecho, gimiendo de forma natural ante el sabor. Se echó hacia atrás, respirando con dificultad y miró a su hermoso esposo, que tenía los labios separados y un sonrojo precioso todo el camino hasta el cuello.
Miguel movió su mano para ahuecar su mandíbula y tirar de su rostro con dulzura, incapaz de resistirse a besar sus labios. Miles gimió cuando su boca se sintió invadida por una lengua, devolviendo el beso tan pronto como pudo, probándose a sí mismo en ese beso desordenado.
—Miles —Miguel estaba ido, muy ido—. Joder, tu leche es lo mejor que he probado en mi vida, eres perfecto, amorcito, tan jodidamente perfecto.
Agarrándolo por el cabello, Miles lo besó otra vez, sus músculos doliendo de lo tenso que estaba, las caderas follando el aire, estaba más duro de lo que nunca pensó que podía estar. La boca de Miguel estaba ardiendo contra la suya, jadeando en los labios del otro.
Pero Miguel quería más después de eso, así que puso su boca de nuevo en su lugar favorito y chupó. Esta vez, la leche corría libre y fluida a través de sus labios, muy pronto tuvo una boca medio llena, tragando el delicioso líquido caliente con un tarareo apreciativo.
Miles estaba enamorado de los suaves y felices sonidos que Miguel estaba haciendo, pasó los dedos por el cabello castaño y sostuvo la cabeza de su esposo con las manos. Había un nuevo nivel de intimidad que los sorprendió a ambos.
—¿Todo bien?
Miles asintió rápidamente a pesar de lo difusa que se sentía su cabeza. Nunca hubiera imaginado que unos pocos minutos de ser drenado por los labios de Miguel podrían ser tan intensos.
—¿Puedes cambiar de lado, por favor?
—¿Te estoy haciendo daño? —le preguntó consternado, pero el otro hombre sacudió la cabeza y tiró de él a un beso, sintiéndose algo tímido al hablar de nuevo.
—Se siente demasiado sensible —la sonrisa de Miguel era más brillante que el sol cuando le robó otro beso.
—Está bien, pero vamos a llevarte a la cama.
Miles suspiró con amor porque era como si pudieran leer la mente del otro. Su espalda estaba empezando a quejarse por la posición. Miguel se levantó de la hamaca, le brillaban los ojos y había un poco de malicia en ellos mientras miraba a Miles, teniendo éxito en hacerlo sonrojar de nuevo. Su entrepierna estaba al nivel del rostro de Miles y este no pudo evitar enganchar su dedo a través de la hebilla del cinturón y tirar de él más cerca, presionando su nariz contra el bulto.
Su esposo se quejó y puso su mano derecha en la parte posterior de su cuello a través de su cabello, mientras que la izquierda arrancó un gemido de Miles al llegar a su pobre pezón, y esparcía las manchas de humedad de unas pocas gotas que se habían formado de toda la succión alrededor la dura protuberancia, sintiendo su polla latiendo en sus pantalones cuando la boca de Miles comenzó a ponerse impaciente, necesitando degustar el presemen que podía sentir a través de la tela.
De mala gana, Miguel se apartó, agachándose y suspirando ante el pequeño puchero en los labios de su esposo, borrándolo de su rostro con besos eficazmente.
La cordura de Miles estaba intacta cuando llegaron a la habitación lo más rápidamente posible. Estaba muy duro y ni siquiera estaba seguro de por qué. Por supuesto, Miguel alimentándose de él era un espectáculo, un pecado, pero también era adorable y una especie de conexión nueva que no supieron que eran capaces de lograr, no después de conocer el cuerpo del otro como mapas memorizados durante tanto tiempo. Fue emocionante, hizo que sus entrañas cosquillearan.
Miguel le ayudó a ponerse sobre su espalda y más rápido que un parpadeo estaba sobre él, los labios hambrientos por otro beso, las manos vagando por su cuerpo hasta encontrar sus pechos de nuevo, inclinándose para lamer una amplia línea a través de un pezón. Miles sollozó un poco, arqueándose debajo de él, una de sus manos se deslizó por la parte delantera de sus shorts de seda y se apretó a sí mismo directamente, gimiendo en voz alta cuando Miguel envolvió sus labios alrededor, tirando del pezón en su boca, siendo recompensado con un chorrito de leche.
De repente, él se retiró, lo suficiente como para tirar de los pantalones de Miles fuera del camino, la punta de su polla húmeda y enrojecida, metida entre sus bragas de algodón azul que tenían un pequeño lazo en ellas. Miguel se lamió la mano y la puso dentro de las bragas de Miles, bombeando su polla con firmeza y lentitud, en perfecta sincronía con la succión de sus labios. Se retiró con una sonrisa que le dijo a Miles que estaba en una mala posición.
—Vamos a ver si puedo sacar leche de dos lugares a la vez.
Miles gimió, una risa ahogada mezclada en ella.
—Eres el peor —Miguel sonrió con descaro, se inclinó para succionar un pezón, quitándose de nuevo con un pop. Un gemido involuntario llenó la habitación.
—Creo que soy adicto —se rio oscuramente cuando los ojos de su esposo se pusieron en blanco, el cuello arqueándose, labios separados y jadeantes.
—¿Sí? —preguntó con voz entrecortada mientras su pecho comenzaba a ser aspirado de nuevo. Estaba cerca. Miguel asintió con la punta entre los labios. Se veía sucio, mirando hacia arriba a través de sus pestañas así.
—Sí… voy a querer probarte todo el tiempo, que no te resulte extraño si te despiertas y ya estoy bebiendo de ti.
Miles se corrió con un fuerte gemido, latidos de su corazón palpitando en sus oídos, mezclados con el gruñido que salía de su esposo. Miguel cambió de pezón de nuevo, disminuyendo la velocidad, bebiendo más de él que burlándose y jugando, como lo había estado haciendo durante la última media hora.
—Sácala —la voz de Miles estaba destrozada y entrecortada mientras trataba de arañar los pantalones de Miguel, al no ser del todo capaz de alcanzarlos. El hombre asintió y se movió hacia arriba para un beso, otro ardiente, húmedo y dulce. Se sacó la polla, y unas manos inmediatamente se envolvieron alrededor de ella, con los dedos entrelazados para crear un círculo perfecto que él pudiera follar. Él gruñó y maldijo, separándose del beso para respirar un poco, presionando pequeños besos por todo el rostro de Miles.
—Hmm… —sonrió, amando la atención, la falta de claridad después del orgasmo, los sonidos desesperados y adictivos de su esposo—. ¿Te vas a correr? —Miguel asintió, inclinándose de nuevo para una última probada de leche haciendo que Miles jadee y apriete sus manos un poco más.
—Ah, mierda… sí, amorcito, me voy a correr —Miles casi rió, los pezones le hormigueaban, su polla latía interesada nuevamente.
—Quiero que lo hagas. Amo estar hecho un lío.
Miguel rio sin aliento.
—Como si no lo supiera.
—Entonces hazlo, papi, córrete sobre el vientre de mami.
Lo último que vio Miguel antes de que todo se volviera blanco fue la hermosa sonrisa arrogante de Miles y luego él se estaba corriendo por todos lados.
Miguel lavó la leche y el semen de la piel de Miles. Estaba tan feliz y agradecido por que le permitiera probar su precioso líquido, alimentarse de él, que ni siquiera se lo pensó dos veces antes de caer hacia abajo en el suelo de la ducha y devorar el culo de su esposo hasta que éste era un desastre de gemidos y sollozos.
Y Miles no encontró raro despertar y ver a Miguel chupando sus pezones; de hecho, él sonrió con pereza y acunó su rostro, quedándose dormido de nuevo.
Se convirtió en algo más. El nivel de intimidad y amor compartido en los pequeños momentos que Miguel pasaba con sus labios alrededor de los pezones de su esposo era incomprensible. A veces ni siquiera era sucio, era más reconfortante que nada, una nueva manera de matar el tiempo y disfrutar del otro, y una nueva forma de culto al cuerpo que Miguel amaba tanto.
A veces sí era sucio, como cuando Miles sintió que su parche estaba saturado en el medio de un restaurante, y sus amigos fingían no darse cuenta cuando él apretó la mano de Miguel sobre la mesa, en silencio pidiéndole algo.
Terminaron en el cuarto de baño, los labios de Miguel succionando la leche, era descuidado, gotas rodando por su barbilla hasta el estómago de Miles mientras sus dedos se frotaban contra la entrada de Miles, con los pantalones bajados hasta la mitad de sus muslos, la cabeza echada hacia atrás en éxtasis y una mano cubriendo su boca abierta deteniéndose de gritar cuando se corrió sin tocarse.
Sus amigos tenían esas sonrisas conocedoras de por qué lucían tan sonrojados. Las patadas y el movimiento dentro de su vientre lo pusieron todo borroso y sintiéndose feliz.
Miguel no estaba respondiendo a su teléfono y Miles estaba lívido.
Se habían metido en la pelea más ridícula de su relación porque Miguel estaba demasiado estresado y Miles estaba demasiado cansado para estar allí para él y escuchar sus quejas.
Los dos estaban cansados y actuaron como estúpidos, pero Miguel simplemente había salido de su casa cerrando la puerta detrás de él dejando atrás a un conmocionado Miles embarazado de ocho meses. Nunca se habían alejado del otro así. Una o dos veces salieron de la habitación, pero nunca de la casa. Estaba enfadado, pero aliviado al ver que Miguel no tomó las llaves del coche o estaba seguro de que estaría teniendo un ataque cardíaco para entonces.
Pasó más de una hora y Miles estaba ansioso, los gritos de antes viniendo en oleadas de flashback mientras su pulso se aceleraba.
De repente, algo estaba mal.
Lo sintió por primera vez a su izquierda, una patada fuerte en contra de su riñón. Él respiró profundamente tratando de calmarse y fue entonces cuando sintió una patada a la derecha, no como los golpecitos a los que estaba acostumbrado, sino una verdadera patada.
Él sintió sus ojos llenos de lágrimas mientras alcanzaba su teléfono otra vez. Su doctora atendió en el tercer pitido. Él le explicó lo que había sucedido y lo que estaba sintiendo.
—Está bien, querido, respira, todo está bien.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Estás nervioso, por eso. Es necesario que respires. Y será mejor que te sientes porque tengo algo que decirte.
Cuando Miguel entró en la habitación más tarde ese día, Miles tenía las dos manos protectoramente sobre su vientre, los ojos viendo la televisión pero su enfoque claramente no estaba allí.
—Miles —Miguel dijo detrás de él—. Miles, por favor, mírame.
Miles respiró profundamente, sintiendo sus ojos mojados de nuevo, por una razón completamente diferente.
—Lo lamento tanto, no tenía derecho a descargar mi frustración sobre ti de esa manera, estaba siendo un idiota, ¿puedes, por favor, perdonarme? Te lo voy a recompensar de alguna manera, lo prometo —su voz salió apresurada y desesperada.
—Hemos discutido antes, Miguel —sonaba demasiado duro para sus propios oídos—. Hemos tenido peleas por las cosas más tontas, pero nunca me has abandonado así. No vuelvas a hacerlo, no me grites de esa forma y después me dejes, tienes que hablar conmigo como un adulto porque no puedo tenerte alejándote de mí cuando más te necesito.
Miles no se había dado cuenta que sus lágrimas se deslizaban por sus mejillas hasta que Miguel las quitó con su dedo.
—Lo sé, fue la cosa más estúpida que he hecho en mi vida, no lo volveré a hacer, tienes mi palabra, no estuvo bien y fui un idiota.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—Yo… —él suspiró y se dejó caer al lado de su esposo—. Me dio vergüenza, sabía que estaba siendo ridículo y cuando me di cuenta de cómo sonaba tuve que alejarme porque odiaba la forma en que te estaba hablando. Lo lamento.
—Estaba tan asustado, Miguel, no me puedes dejar solo, estaba muy preocupado, te fuiste de repente y no contestabas el teléfono. ¿A dónde fuiste? Sé que no estabas con Peter porque lo llamé..
—No, no, amor, nunca me fui, estuve en el patio trasero todo este tiempo, sólo necesitaba un momento para refrescarme un poco, dejé mi teléfono en silencio, me quedé dormido en tu colchoneta de yoga, estaba justo afuera, lo juro.
—Eres un perdedor. Ni siquiera puedes hacer una salida dramática correctamente.
—Tú me haces un perdedor, no puedo estar lejos de ti. ¿Puedes perdonarme? Te prometo que nunca voy a dejar que mis problemas te afecten.
—Son mis problemas también, Miguel, estamos casados, estamos teniendo una familia, compártelos conmigo, simplemente no me grites por no estar disponible durante media hora, daría mi vida por ti, pero necesito tener unos momentos para mí mismo.
—¡Por supuesto que sí! Fue sólo la mezcla de todo, y lo siento —parecía tan sincero que Miles tuvo que besarlo.
—Estás perdonado. Pero no se te ocurra hacerlo de nuevo.
—Nunca, lo prometo, y gracias —suspiró aliviado—. Maldita sea, Miles, te amo tanto, a ambos.
Besó a su esposo, pero la sonrisa de Miles lo detuvo.
—No puedes decir eso más.
Miguel le frunció el ceño lindamente.
—Sí… “ambos” no es una buena palabra, debes usar… a ustedes tres.
—No entiendo…
—Sólo dilo.
—¿Te amo? ¿A los tres?
Rodando los ojos, Miles resopló.
—Tienes que decirlo como si lo sintieras —agarró la mano de Miguel y la puso sobre el lado derecho de su vientre.
—Dilo.
Miguel no pudo contener la sonrisa que se formó en sus labios.
—Te amo, a los tres.
Un suave golpe pasó bajo su palma.
—Esta… —empezó, con voz temblorosa—. Esta es nuestra pequeña niña.
Miguel se quedó sin aliento, Miles no estaba burlando de él, estaba afirmando que su bebé era una niña.
—¿En serio? —susurró, incapaz de hablar correctamente y Miles asintió.
—Ella comenzó a patearme a lo loco cuando te fuiste, siempre hace estos pequeños movimientos felices cuando le dices lo mucho que nos amas o cuando eres dulce o simplemente cuando me abrazas.
Los dos ya estaban llorando en ese punto. Rubíes uniéndose con un mar de miel y Miles guió sus manos hacia el lado izquierdo de su barriga, mucho más atrás.
—Y este… —Miguel frunció el ceño de nuevo, mirando hacia abajo, a la protuberancia, en busca de algo que pudiera haber pasado por alto—. Este es nuestro pequeño niño.
Como si hubiera sido su señal, una fuerte patada pasó bajo sus dedos.
La boca de Miguel se abrió poco a poco ya que perdió sus palabras. Miles rio y asintió a su pregunta.
—Él es el que sigue practicando fútbol con mis órganos internos.
—¡¿Gemelos?! —Miguel sonaba tan perdido, pero tan enamorado, Miles sólo tuvo que robarle un beso y asentir de nuevo. Su esposo rió. Miguel besó a Miles, esperando que el beso le dijera lo feliz que estaba.
—Dios… te amo tanto.
—¿A todos nosotros?
—A todos ustedes.
Hicieron el amor más tarde esa noche; la espalda de Miguel contra la cabecera de la cama mientras Miles lo montaba, con la espalda contra el pecho de Miguel, sus manos agarrando las sábanas, las caderas frenéticamente balanceándose hacia adelante y hacia atrás.
No les tomó mucho venirse, la mezcla de amor y el deseo había sido demasiado fuerte esa noche, incluso para tratar de contenerse.
Después de limpiarlos, Miguel descansaba en el regazo de Miles, con la boca todavía saboreando la leche dulce que amaba mientras hablaba con sus bebés, con los ojos llenos de amor.