Le llaman el Conquistador.
Un señor de la guerra, despiadado, un hombre de treinta inviernos, un alfa verdaderamente digno de llamarse a sĂ mismo como tal. Uno que ya logrĂł volver la mayor parte de este maravilloso continente su propio imperio. Miles no se atreverĂa a menospreciar al Conquistador, ni siquiera desde el alto pedestal que es su sangre real.
Incluso como prĂncipe en la seguridad de su propio Reino, el omega se estremece cuando Miguel O’Hara se detiene frente el trono de su padre, Jefferson, el alfa de alguna manera luce aĂşn más imponente que el propio Rey. Él se mantiene erguido con su ayudante a su lado y Miles puede ver un ejĂ©rcito en el horizonte.
Su tierra natal es pequeña, su nĂşmero de soldados es reducido. No tendrĂan ninguna posibilidad en una guerra contra los hombres del Conquistador, los mejores alfas y betas que cualquiera de los Reinos podrĂan engendrar.
A la llegada de Miguel O’Hara, el Rey enviĂł a Miles a sus aposentos y le prohibiĂł estrictamente salir hasta que el siniestro alfa se hubiera ido nuevamente. Aunque el omega fuera protegido constantemente, su familia siempre habĂa tratado de mantener la oscuridad del mundo alejada de Ă©l, pero Miles no es estĂşpido. Cuando el Conquistador llega a tu puerta, te deja dos opciones: entrega tu corona y jura lealtad, o te será arrebatada a la fuerza, junto con tu cabeza.
Miles habĂa estado demasiado preocupado, por lo que se escondiĂł dentro de la sala del trono detrás de las cortinas más gruesas que pudo encontrar, esperando que enmascarara su figura.
Su padre está sentado erguido en su trono, con los hombros tensos y los dedos aferrados al apoyabrazos, pero su rostro no muestra los nervios que lo atormentan. Algunos tĂos de Miles están ahĂ con Ă©l, a cada lado, orgullosos alfas tambiĂ©n, los más fuertes que conoce el omega.
Y, sin embargo, tambiĂ©n tiemblan ante Miguel O’Hara.
—Su majestad, ya sabe para quĂ© estoy aquà —habla el Conquistador, enviando un escalofrĂo por el cuerpo de Miles. Aunque el tono de su voz es ligero, hay una emociĂłn que lo acompaña que asusta al omega. Habla de quĂ© clase de hombre es ese alfa mientras se expresa como si ya fuera dueño de esta tierra.
—Las noticias viajan rápido, Conquistador… EscuchĂ© de ti y de tus batallas, pero todas las historias no pudieron prepararme para tu interminable codicia —el Rey escupe y Miles se estremece detrás de la cortina, sus ojos se dirigen al alfa frente el trono—. Ya consideras tuyos cinco de los seis Reinos. ÂżPara quĂ© te servirĂa mi pequeña tierra?
Miguel O’Hara no saca inmediatamente la espada de su cadera, ni tampoco su ayudante. NingĂşn ejĂ©rcito atraviesa la puerta de la sala del trono, no sucede nada de lo que Miles esperaba. En cambio, el alfa se rĂe. Es una risa silenciosa, sin humor. El omega nota el olor de su padre en el aire ante la flagrante falta de respeto que se le muestra en su propia casa.
—No necesito darle explicaciones, majestad. Ya sabe muy bien lo que pasará si se niega. Puede que no me crea, pero deseo evitar el derramamiento de sangre siempre que sea posible —el Conquistador responde con calma.
—¡Tus amenazas no servirán de nada! ¡Ni mi trono, ni mi Reino, asà que, si quieres algo de esto, tendrás que matarme a mà y a mi ejército!
Miles jadea en voz alta cuando ve al ayudante del Conquistador sujetar el mango de su espada como si fuese a matar al Rey aquĂ mismo. Pero no hace nada más, ya que tal vez ese gesto sĂłlo pretendĂa demostrar que su señor habla en serio.
Por un momento, sintiĂ©ndose aliviado, el omega no se da cuenta inmediatamente de que la habitaciĂłn se habĂa quedado en silencio. Cuando vuelve a asomarse por las cortinas, casi deja escapar un grito ahogado: Miguel O’Hara lo estaba mirando directamente y Miles sabe que lo ha visto. Se esconde nuevamente, esperando que tal vez no lo haya hecho despuĂ©s de todo.
—¿QuiĂ©n podrĂa ser lo suficientemente valiente como para escuchar las conversaciones privadas del Rey? —escucha la voz del alfa—. Peter.
Miles no sabe quién es Peter, pero supone que es el ayudante del Conquistador; el omega no tiene tiempo para pensar en ello cuando la cortina de repente es cortada por la mitad por una espada y revelando a Miles. El omega ya no puede ahogar el pequeño grito de sorpresa que deja escapar cuando el ayudante lo toma de la muñeca y su familia lo mira con los ojos muy abiertos.
El Rey salta de su trono.
—¡QuĂtale las manos de encima o te las cortarĂ© yo mismo! —grita, y su voz resuena en las paredes. Peter, a punto de arrastrar al omega hacia Miguel O’Hara, mira al alfa. El otro asiente suavemente, por lo que Peter deja ir a Miles y regresa al lado de Miguel como si nada hubiera pasado.
Los ojos del omega caen sobre el Conquistador, pero no puede pensar en lo que podrĂa haberle hecho por mucho tiempo, pues uno de sus tĂos lo toma del brazo y lo arrastra consigo, de regreso a la seguridad al lado de su padre.
—¿Hijo tuyo? ÂżUn omega? —pregunta Miguel O’Hara, sus ojos escaneando la forma de Miles. El omega siente un hormigueo en su cuerpo con una mezcla de miedo y tentaciĂłn.
—Ni siquiera lo mires. Ahora vete, ya te di mi respuesta, no tienes por qué quedarte —el Rey le ordena al alfa, pero este nunca lo mira. Sus ojos rojos y penetrantes permanecen en Miles todo el tiempo, haciendo que sus rodillas se debiliten.
Finalmente, el señor de la guerra aparta los ojos de él y mira al Rey.
—Tienen tres dĂas —dice y sin decir una palabra más, se da vuelta y sale de la sala del trono, llevándose a Peter con Ă©l. Ni el Rey ni sus guardias lo detienen, y Miles siente que este hombre ha pisoteado su Reino. No son lo suficientemente poderosos como para detenerlo.
Sus tĂos se quejan, su padre lo regaña, pero la mente de Miles está en el alfa que acaba de irse. El miedo se instala en el corazĂłn del omega, repentinamente abrumado por la necesidad de rogarle a su padre que entregue su corona para salvar su vida.
Miles solo ha mirado a Miguel O’Hara a los ojos una vez, pero sabe que será mejor que no subestimen a este hombre.
Ansiosamente, Miles espera el tercer dĂa, ya que aĂşn no ha oĂdo hablar de ningĂşn plan para rendirse. El omega intenta calmarse realizando sus actividades favoritas: cuidar su amplia colecciĂłn de plantas.
Como el único omega de la familia real y el más joven, con tan solo quince inviernos, a Miles nunca le ha faltado nada. Ha vivido lo más lujosamente posible, y su padre ni siquiera se inmutó cuando Miles le pidió un lugar para poder guardar todas sus plantas y le obsequió su propia ciudadela.
Por lo general, regarlos y hablarles en voz baja hace maravillas para calmar su corazĂłn acelerado. Cada vez que surgĂan conversaciones sobre guerra y alianzas, Miles temĂa ser vendido en algĂşn momento. Ahora, mientras riega sus cactus favoritos, el omega piensa que preferirĂa un matrimonio arreglado con tal de evitar que Miguel O’Hara los mate a todos.
Ni siquiera los aromas de las flores y las plantas pueden ahogar el triste aroma de Miles. Pavitr merodea a su alrededor, preocupado, tal vez culpándose por el humor del prĂncipe; despuĂ©s de todo, como sirviente principal de Miles, Ă©l era responsable de mantenerlo dentro de su habitaciĂłn cuando el Rey lo ordenaba.
Su ropa oculta los moretones que ya debieron haberse asentado en su piel, de los cuales se negĂł a dejar que Miles se ocupara despuĂ©s de recibir su castigo. El prĂncipe se siente culpable al saber que su amigo omega sufriĂł por su culpa, pero Pavitr no escucha ninguna disculpa de su parte.
—¿Cómo es? —pregunta el sirviente ya que no parece saber qué más decir para iniciar una conversación, y Miles sabe que la curiosidad debe estar volviéndolo loco también—. Dicen que es horrible, que tiene la cara llena de cicatrices.
Miles se detiene. Era difĂcil respirar, piensa el omega, recordando esos ojos. Ojos rojos y penetrantes que no mostraban ningĂşn signo de debilidad. Realmente era un monstruo alfa, en el sentido de hacer que Miles temiera que fuera imparable si lo obligaban a tomar medidas.
—Sus ojos dan miedo… pero son hermosos. Es guapo. Pero aterrador —Miles exhala y se da vuelta para mirar a Pavitr.
Jadea, dejando caer la regadera cuando ve al mismo alfa del que acaban de conversar parado en la entrada de la ciudadela, justo detrás de Pavitr, quien no parece haberlo notado todavĂa. El sirviente se da vuelta cuando ve la expresiĂłn de Miles y palidece al ver a Miguel O’Hara.
Da un paso atrás rápidamente, agachando la cabeza hacia el invitado como debe hacer, pero Miles tiene la sensaciĂłn de que todos inclinarĂan la cabeza ante este alfa. Él mismo tambiĂ©n lo siente, como un instinto dentro de Ă©l que le ruega someterse al alfa. En cambio, Miles rápidamente levanta la regadera y se endereza, tragándose los nervios mientras se dirige al alfa.
—AĂşn no han transcurrido tres dĂas —dice el omega, mientras el alfa entra y mira a su alrededor.
—De hecho, no. El Rey me invitó para negociar.
Miles se anima. No pensĂł que su padre negociarĂa, pero debiĂł haberse dado cuenta de lo terrible de la situaciĂłn. No puede decir que estĂ© feliz por cĂłmo están las cosas, despuĂ©s de todo, el Rey no tenĂa muchas opciones, pero nuevamente se siente aliviado. EvitarĂa el derramamiento de sangre.
—¿Y supongo que el resultado fue de su agrado? —pregunta el prĂncipe, observando brevemente al alfa.
Tal como la primera vez que lo vio, su figura es imponente. Su ropa es oscura, al igual que su cabello. Lleva una armadura, una placa en el pecho que protege su corazón, pero el diseño en acero está detallado y hecho con cuidado. Sobre su hombro, cuelga un pelaje negro, tan grande que Miles se pregunta qué clase de monstruo debió haberlo portado antes.
Su olor, ahora Miles puede captarlo ya que está muy cerca. Rico y oscuro, madera de cedro: un bosque. El omega teme perderse en él.
—Tu padre estuvo de acuerdo con mis tĂ©rminos, asĂ que le dejĂ© conservar su trono. Seguirá gobernando esta tierra, pero al final quedará bajo mi mando —dice Miguel O’Hara, y Miles intenta no mostrar en su rostro cĂłmo esa noticia lo alivia.
—¿Qué le ofreció? —él pide.
—Tu mano —el alfa responde con una pequeña risa y Miles se congela—. Bueno, no la ofreciĂł exactamente. Le preguntĂ© por su hijo omega y le prometĂ que no habrĂa derramamiento de sangre a cambio. Supongo que estará bien conmigo, su alteza. Soy guapo despuĂ©s de todo…
Mira a Pavitr y el sirviente se congela de terror cuando el alfa le repite sus palabras.
—…Y no el horrible monstruo que esperabas.
Pavitr se estremece. Miles no está seguro de quĂ© deberĂa esperar de Miguel O’Hara, pero siendo un hombre con la reputaciĂłn que tiene, ÂżquiĂ©n puede culpar a Miles por esperar que le corte el cuello a su amigo?
Pero no lo hace y, en cambio, simplemente despide a Pavitr. El sirviente mira a Miles y él asiente. Luego, está a solas con el alfa que aparentemente se convertirá en su compañero.
—No me está mintiendo, ¿verdad, Conquistador? —pregunta Miles, retrocediendo cuando de repente el alfa da un paso adelante.
—¿Y por quĂ© deberĂa mentir? —él pregunta de nuevo. La espalda de Miles golpea una de las muchas mesas que sostienen sus plantas y se detiene, pero el alfa sigue acercándose a Ă©l.
—PodrĂa estar tratando de engañarme, tal vez… está mintiendo para llevarme a la cama con usted, pensando que mi padre lo ordenĂł. Y mañana serĂ© su pareja, usted será parte de esta familia real…
El alfa se detiene frente a Ă©l, dejando apenas espacio entre ellos. La respiraciĂłn de Miles se entrecorta ante la proximidad, el profundo aroma de Miguel O’Hara llena su nariz.
—Tiene una imaginaciĂłn vĂvida, su alteza. Pero no. Si se pueden evitar las mentiras y la guerra, lo prefiero. Tu padre aceptĂł mis tĂ©rminos y querĂa hablar contigo en persona. Eso es todo.
El omega traga pesadamente, sintiĂ©ndose atrapado, asustado y, sin embargo, extrañamente atraĂdo. TodavĂa no lo puede creer, tendrá que oĂrlo de boca de su padre. Sin embargo, viendo que el alfa está aquĂ en el palacio, sin guardias detrás de Ă©l, Miles casi sabe con certeza que es verdad.
Está emparejado con el señor de la guerra, el Conquistador de Reinos. El hermoso rostro del alfa no deberĂa distraer a Miles del hecho de que este hombre es mortal y peligroso, despiadado si alguien se interpone en su camino. DebiĂł haber visto otros omegas en su interminable viaje de guerra, prĂncipes y princesas, pero no tomĂł a ninguno de ellos como compañero.
Miles se estremece; haber llamado su atenciĂłn lo suficiente como para desearlo es aterrador.
—Si no fuera por tu olor, tus manos temblorosas te delatarĂan. ÂżTe asusto tanto? —Miguel O’Hara se rĂe pero una vez más, carece de humor. Una de sus manos enguantadas encuentra la barbilla de Miles. La levanta, haciendo que el omega lo mire. Su agarre no es duro, pero tampoco lo suficientemente suave como para alejarse fácilmente. Las manos del omega se aprietan alrededor de su regadera—. No te preocupes. Mientras tu padre cumpla su parte del trato, te tratarĂ© bien.
De alguna manera, eso parece ser una advertencia. El alfa no le ha hecho nada personalmente a Miles, pero está empezando a sentirse incĂłmodo. Señor de la guerra o no, lo más importante es que este alfa es un extraño. Y Miles no tiene motivos para confiar en Ă©l todavĂa. Se libera de su agarre y rápidamente escapa del alfa.
—Si es verdad, lo aceptaré. Siempre y cuando cumpla su parte del trato también.
El alfa sonrĂe, sus ojos peligrosos parecen casi suaves; Miles queda desconcertado por la expresiĂłn y descubre que su corazĂłn da un vuelco. Su omega responde bien a un alfa que considera atractivo.
Miguel O’Hara inclina la cabeza hacia Ă©l y Miles lo copia. Por alguna razĂłn, no le parece correcto no hacerlo. El alfa lo mira una vez más antes de abandonar su ciudadela, no sin antes decir—: Por favor, llámame por mi nombre de ahora en adelante.
Pasa el tercer dĂa y no llueve ninguna guerra sobre su tierra, por lo que Miles puede estar seguro de que Miguel le dijo la verdad. Ahora que la amenaza inicial ha sido atenuada, la mente del omega queda dominada por el matrimonio que tiene por delante.
El Rey aĂşn tenĂa que hablar con Ă©l. Quizás se avergĂĽenza de haberse rendido tan rápidamente a la voluntad del Conquistador y de haber cedido a su hijo. Miles no lo culpa por la decisiĂłn, a pesar de que se siente muy asustado.
Estas cosas pasan rápido: cada vez que se anunciaba un matrimonio real, ocurrĂa dos semanas despuĂ©s, pero su propio matrimonio aĂşn no habĂa sido anunciado, por lo que Miles se pregunta cuándo sucederĂa.
—Para alguien tan aterrador como Ă©l, está intentando con todas sus fuerzas ganarse tu corazĂłn, alteza —Pavitr le dice a Miles mientras lleva otro ramo de flores a su habitaciĂłn. Ya se habĂa llenado de flores y regalos de Miguel, y el omega se siente dĂ©bil, su corazĂłn se siente halagado por el cortejo.
No hay necesidad de regalarle nada, no importa si a Miles le gusta o no, su matrimonio está escrito en piedra ahora. Que todavĂa se estĂ© tomando el tiempo para agradarle a Miles sorprende mucho al omega.
—¿Qué piensas de él? —pregunta Miles, tomando las flores de Pavitr. Son rosas rojas esta vez. Miles respira profundamente.
—Se mueve como si fuera dueño del palacio… y supongo que ahora lo es. Es confiado, aterrador y, sin embargo… no lo he visto ser cruel con nadie. PensĂ© que serĂa más arrogante —responde el sirviente, recogiendo uno de los muchos jarrones de repuesto de Miles para poner las flores. Está a punto de darse la vuelta e ir a llenarlo con agua cuando la puerta de la habitaciĂłn de Miles se abre de golpe.
El Rey entra corriendo y tropieza con Pavitr, quien deja caer el jarrón en estado de shock. Se rompe con fuerza, haciendo que todos en la habitación se estremezcan. Rápidamente cierra la puerta, antes de cruzar la habitación a grandes zancadas y sujetar las manos de Miles. El omega mira al Rey confundido, sintiendo cómo empuja un pequeño frasco en su palma.
—EscĂşchame atentamente, Miles. Tienes que hacer exactamente lo que te digo, Âżentiendes? Hay un veneno no letal en su interior. Una vez que lo bebas, caerás en un sueño profundo y parecerás haber muerto. Esta noche lo beberás y por la mañana fingiremos que lo has hecho. Te harĂ© transportar fuera del palacio donde alguien te esperará con el antĂdoto. Tan pronto como-…
—¿Qué? —Miles interrumpe las divagaciones de pánico de su padre y lo mira confundido. El alfa se ve salvaje, su cara está roja como si hubiera corrido desde el otro extremo del palacio. Cuanto más habla, más jadea.
—¡El veneno, te lo beberás! —responde el Rey, sujetando a Miles por los brazos. Lo sacude como si el prĂncipe estuviera loco por no darse cuenta—. ¡Y tĂş! —se vuelve hacia Pavitr, haciendo que el sirviente se estremezca—. ¡Lo acompañarás, protegerás a mi hijo con tu vida si es necesario!
—Padre, Âżde quĂ© estás hablando? ÂżVeneno? ÂżSalir del palacio? PensĂ© que me casarĂa con Miguel O’Hara. Me dijo que aceptaste sus tĂ©rminos.
—Lo hice para disuadirlo, pero ÂżcĂłmo podrĂa entregarle mi precioso hijo a ese monstruo? Miles, Âżcrees que como su compañero no sufrirás? Todo esto… —el alfa señala los regalos que se acumulan dentro de la habitaciĂłn—. No dejes que esto te engañe. Su verdadera naturaleza se mostrará una vez que te tenga, y no me sentarĂ© a esperar a verlo destruirte. AsĂ que haz lo que te digo.
El Rey cierra los dedos de Miles alrededor del frasco, asegurándose de que lo conserve. El prĂncipe todavĂa se siente confundido y abrumado por las exigencias de su padre, pero no dice nada. Mira a Pavitr por el rabillo del ojo, pero el sirviente parece igual de indefenso.
—Prométemelo, Miles. ¡Prométeme que lo usarás! —exige el Rey. Miles mira el frasco en su mano una vez más, teniendo un mal presentimiento al hacerlo.
Pero nunca ha ido en contra de las Ăłrdenes de su padre y no sabe si podrá empezar a hacerlo ahora. Más importante aĂşn, el Rey puede tener razĂłn acerca de Miguel. Quizás el omega habĂa quedado cegado por el cortejo, pero no deberĂa olvidar quĂ© clase de hombre es el alfa despuĂ©s de todo. No deberĂa confiar tan fácilmente.
—Lo prometo, padre… —dice Miles suavemente, con las manos temblando mientras su padre le sonrĂe suavemente. Acaricia el cabello oscuro de Miles.
—No tengas miedo. Estarás a salvo y te encontraré cuando llegue el momento. Todo volverá a la normalidad —le dice el Rey. Todo lo que el omega puede hacer es asentir en silencio. Finalmente, se va y los dos omegas vuelven a estar solos. Pavitr finalmente sale de su estupor y recuerda los fragmentos del jarrón a sus pies.
—¿Realmente lo harás? —pregunta, con expresión asustada, buscando un pañuelo en su ropa para recoger los pedazos. Miles no responde de inmediato. No sabe qué decir. Su estómago se hunde con un mal presentimiento al pensar en ello.
—Supongo que deberĂa… ya que mi padre lo ordenĂł… —Miles responde en voz baja, mientras el frasco en su mano parece mirarlo con aprensiĂłn.
Es de noche cuando Miles se queda despierto y mira fijamente el frasco en su mano. Es como le dijo a Pavitr: el Rey le ordenó tomarlo, y más que una orden del Rey, fue la súplica de un padre desesperado por proteger a su hijo.
Pero está muy asustado. Cualquiera que sea esta pociĂłn, hacer que alguien parezca muerto asusta a Miles, ÂżcĂłmo sabrá que despertará de nuevo? No quiere dudar de su padre, pero pensamientos desagradables rápidamente invaden su mente. El omega sigue mirando la botella durante lo que parecen horas, el sueño continĂşa evadiĂ©ndolo. Sin embargo, despuĂ©s de un tiempo, sus oĂdos finalmente comienzan a registrar el sonido de conmociĂłn justo afuera de sus puertas.
Está a punto de llamar a Pavitr, quien siempre pasa la noche en el pasillo, cuando de repente la puerta se abre con tanta fuerza que teme que se salga volando de sus bisagras. No hay señales de Pavitr, pero en cambio, está el ayudante de Miguel, con la espada desenvainada en su mano. El omega salta asustado cuando la espada de repente le golpea el cuello, pero su ira ante el ataque del extraño aumenta tan rápido como cualquier miedo.
—¿Qué crees que estás haciendo? ¡Guarda tu espada ahora mismo! —le ordena a Peter y, para su sorpresa, el alfa lo hace. Envaina su espada con una expresión ilegible en su rostro. Como la primera vez que se conocieron, Peter lo levanta con un fuerte agarre en su brazo. Con su mano libre, abre la mano de Miles, revelando el pequeño frasco dentro de ella.
Asiente para sà mismo como si ya supiera lo que estaba buscando y luego arrastra a Miles hacia dos de los hombres con los que vino, de aspecto aterrador vestidos con pieles como su propio señor de la guerra. Toman al omega por los brazos, lo arrastran fuera de la seguridad de su habitación y lo sacan al aire libre, donde se siente demasiado desnudo solo con su camisón.
Si tan solo esa fuera la mayor preocupaciĂłn de Miles: algo debiĂł haber salido terriblemente mal para que Miguel enviara a sus hombres en medio de la noche. La claridad vuelve al ver los hombres de su padre y sus esposas alineados frente al trono vacante. El Rey luce dĂ©bil asĂ, de rodillas y con las manos atadas a la espalda.
El omega casi grita al ver su estado, su rostro magullado y ensangrentado. Esperando ante el trono está Miguel, con el rostro en blanco, lo que asusta a Miles cuando lo obligan a arrodillarse junto a su familia.
—¿Qué está pasando? —Miles se atreve a preguntar. Se estremece cuando Miguel lo mira, y de repente Miles se arrepiente de haber abierto la boca. El Conquistador avanza hacia él a paso lento, como un depredador que se acerca a su presa.
—¿Lo encontraste? —le pregunta a Peter pero mantiene sus ojos en Miles. Su ayudante se encuentra con el señor de la guerra y le entrega el frasco que el omega sostenĂa anteriormente.
—Fue tal como dijo. Estaba planeando beberlo —Peter responde.
Miguel se rĂe sin humor mientras hace girar el frasco entre sus dedos enguantados. Observa por un momento cĂłmo se mueve el fluido del interior, creando asĂ una tensiĂłn en la sala del trono que casi nadie parece ser capaz de soportar.
Luego, lo arroja al suelo con fuerza, rompiéndolo en el proceso y los fragmentos vuelan por todas partes. Miles jadea en shock mientras instintivamente cierra los ojos. No sabe si alguno de los fragmentos lo alcanza, ya que Miguel logra distraerlo nuevamente con una orden desgarradora a sus hombres.
—Mátalos.
El omega abre los ojos de golpe en estado de shock cuando el sonido del acero al liberarse de sus vainas se propaga por la habitaciĂłn previamente silenciosa. Miles escucha a los alfas gritar a los hombres del Conquistador que los perdonen.
No encuentra su voz hasta que la primera espada corta la cabeza de uno de los hombres, pero su grito es ahogado por los demás. El cuerpo cae sin fuerzas hacia adelante, derramando sangre sobre las hermosas alfombras de la habitación, y la cabeza gira para detenerse ante los pies de Miguel. Miles comienza a luchar bajo el control de estos hombres con lágrimas corriendo por su rostro.
—¡No, no! —Miles le grita a Miguel, mientras se acercan a la primera mujer omega—. Aceptamos tus condiciones, ¿por qué haces esto? ¡No!
Miguel tiene la cortesĂa al menos de reconocer a Miles con una mirada, pero no le da una respuesta y no detiene el derramamiento de sangre. La mujer omega muere al mismo tiempo que su pareja, luego otro de los hombres de su padre y su esposa cuando ella intenta huir mientras le perforan la espalda antes de que le corten el cuello. No tienen piedad de nadie, pero el omega no puede apartar la mirada esperando que todo sea un mal sueño.
Miles no puede respirar. Sus pulmones parecen obstruidos por la pena y el miedo terrible cuando estos hombres toman sus espadas ensangrentadas y regresan hacia su padre y hacia Ă©l. Va a morir, realmente va a morir. Ahora ya no le importa si la pociĂłn en el frasco lo hubiera matado. HabrĂa preferido esa muerte a esta.
Cuando Miles piensa que todo ha terminado, Miguel levanta su mano en una orden silenciosa y todo se detiene. El omega se derrumba sobre sà mismo, sin saber dónde mirar: la sangre y los cuerpos están por todas partes.
El alfa delante de él saca su propia espada mientras camina hacia el Rey.
—Has sido el Rey más tonto de todos. DejĂ© tu Reino en paz y perdonĂ© tu vida, pero has elegido traicionarme. Otros habrĂan matado por estar en tu posiciĂłn —le dice al Rey, levantando su barbilla con la espada.
Miles puede ver el rostro de su padre ahora. Rojo y mojado de lágrimas y sangre. No mira a Miles, incluso cuando el omega busca desesperadamente sus ojos. Y, con un movimiento de muñeca, le cortan la garganta al Rey. Se une al resto de su familia en el suelo frĂo, escupiendo sangre durante lo que parece una eternidad antes de que finalmente se quede quieto.
Mientras el silencio llena la habitaciĂłn, Miles siente que la bilis le sube a la garganta. Toda la habitaciĂłn huele tan fuerte que el hedor a hierro invade sus sentidos y ni siquiera puede taparse la nariz pues sus captores le sujetan las manos. Miguel vuelve a envainar su espada y, al principio, Miles piensa que el alfa dejarĂa que alguien más hiciera el trabajo sucio y matara a Miles.
Pero cuando nada de eso sucede, el omega se da cuenta de que no planea matarlo en absoluto.
El omega se muerde el labio para tragarse un sollozo cuando Miguel se acerca a él, pasando por encima de los cuerpos de su familia. Intenta no estremecerse, pero inconscientemente tira de sus brazos cuando el alfa se detiene frente a él, pero los hombres que lo sostienen lo sujetan con fuerza.
Los ojos rojos de Miguel lo perforan, por lo que Miles aparta la mirada aunque solo sea por un segundo: el alfa agarra su barbilla con fuerza y fuerza su rostro hacia arriba, comparable a la vez que hablaron en su ciudadela, pero ahora el Conquistador ni siquiera intenta ser gentil.
—Esto es lo que les pasa a los traidores. La próxima vez lo pensarás dos veces antes de intentar engañarme —Miguel gruñe. Suelta las mejillas de Miles.
—¿Por qué… por qué no me mataste a mà también? —pregunta, sin apenas atreverse a emitir ningún sonido, por lo que su voz sale como un manso susurro. El Conquistador lo escucha pero no se mueve ni un solo músculo de su rostro. Miles no puede leerlo en absoluto, ni siquiera su olor lo delata.
—Yo conquistĂ© este Reino y usted será mi botĂn, alteza. No hará mucha diferencia, estábamos destinados a casarnos de todos modos —Miguel habla, haciendo que Miles se quede boquiabierto.
No. Antes hubiera estado bien, sabĂa su deber y quĂ© hacer para proteger su Reino y su familia, pero ahora su familia está muerta. Muerta ante sus ojos, va a casarse y aparearse con su asesino.
—El prĂncipe debe estar cansado, despuĂ©s de todo es media noche. EscĂłltenlo de vuelta a sus aposentos —dice el alfa con desdĂ©n antes de volverse hacia Peter—. Trae a ese omega que te hablĂł de la pociĂłn.
Casi no escucha, no, su mente ya está en otra parte, ya en el hecho de que todavĂa puede ver el cadáver de su padre allĂ mismo, sangre por todas partes y el conocimiento de la boda inminente que Miguel acaba de informarle. Al omega no le importa quiĂ©n los traicionĂł, no importa ahora, hasta que ve a quiĂ©n guĂa Peter.
Pavitr pasa junto a Miles hacia el Conquistador, los ojos del omega están pegados al suelo mientras evita deliberadamente mirar a los ojos del prĂncipe.
—No, no —Miles grita, nuevas lágrimas salen de sus ojos—. ¡No fuiste tú! ¡Pavitr, dime que no fuiste tú!
Pavitr no lo mira y los hombres que sostienen a Miles lo arrastran fuera de la sala. Se siente como si lo estuvieran llevando demasiado rápido y, al mismo tiempo, cada segundo que mira a Pavitr se siente increĂblemente lento. Pavitr no, no pudo haber sido Ă©l, ha sido el asistente de Miles desde que eran niños, es leal.
Miles ni siquiera se da cuenta de que está gritando a todo pulmón, mientras ve al omega detenerse ante Miguel, girándose para mirar a Miles por un momento antes de que las puertas de la sala del trono se cierren.
No hay nada en el rostro de Pavitr, ninguna emociĂłn que indique que lo han acusado falsamente, pero peor aĂşn, ni una pizca de arrepentimiento.
Las habitaciones de Miles se convierten en su celda de prisiĂłn y siente que se está consumiendo dentro de ellas. Solo allĂ, tiene todo el tiempo del mundo para revivir la muerte de su padre en su cabeza, y por la noche, cuando finalmente se queda dormido, lo atormentan pesadillas de manos ensangrentadas escondidas bajo guantes negros.
Es Pavitr quien viene a hacer su trabajo como siempre lo hace. Le lleva el desayuno y la cena a Miles, y durante los primeros dĂas, el prĂncipe no se resiste cuando su sirviente lo ayuda a cambiarse y ponerse ropa nueva o a cepillarse el cabello.
El omega pierde la cuenta de cuántos dĂas han pasado, pero cuando un dĂa escucha a esos sucios alfas que custodian su puerta reĂrse de Ă©l, explota cuando Pavitr entra a la habitaciĂłn. Le tira los platos que trae, le arroja libros, y todo lo que puede alcanzar. El sirviente omega huyó rápidamente al darse cuenta de que el prĂncipe lo matarĂa incluso con algo tan simple como un libro si no se iba.
La prĂłxima vez que viene es en compañĂa del Conquistador.
Miles no reacciona cuando se abre la puerta, sentado en el alféizar de su ventana para vigilar su Reino, que supone ya no es suyo; los ve, soldados que se parecen a Miguel en todas partes, vestidos de negro, montando caballos negros, izando pancartas que no tienen escudo sino que son simplemente negras. Negro, negro, negro.
—Su alteza, el Conquistador está aquĂ para verlo —Pavitr habla, tĂmido en presencia de Miguel, pero Miles no puede sentirse mal por el traidor.
Miles no responde, con la mirada pegada a la ventana. El omega sabe que es mejor que cuide sus palabras con Miguel. Provocar al alfa puede no ser inteligente, especialmente despuĂ©s de lo que presenciĂł, pero Miles descubre que su tristeza lo habĂa vuelto imprudente.
—Su Alteza-…
—_¡Vete! —_Miles le grita a Pavitr, girándose para mirar al otro omega que salta sorprendido. Se mueve hacia la puerta vacilante, pero sĂłlo lo hace cuando Miguel le asiente, dejando la caja que sostenĂa en sus brazos (sea lo que sea) sobre una mesa.
La puerta se cierra detrás de él y Miles mira al señor de la guerra con un desdén mal disimulado.
—DeberĂas tratar de entenderlo. Hizo lo que tenĂa que hacer para salvarse —dice Miguel, tomando la caja en sus propias manos enguantadas; no tiene armadura ni pieles pesadas, solo está vestido con un conjunto de cueros oscuros. Miles odia lo cĂłmodo que parece estar aquĂ.
—¿Amenazaste con asesinarlo tambiĂ©n si no lo decĂa? —sisea Miles.
El alfa se rĂe y coloca la caja sobre la cama de Miles.
—¿CĂłmo podrĂa amenazarlo, si ni siquiera estaba consciente de que algo estaba pasando? No, Pavitr vino a verme Ă©l mismo porque estaba harto de ser un esclavo.
—Él no es un esclavo. La corona les paga a sus sirvientes. Es libre de recorrer todo el palacio, salir y caminar por la ciudad. Aparearse, casarse y dejar su servicio una vez que llegue el momento.
—¿Y eso es lo que te dices a ti mismo para dormir mejor por la noche? ÂżO realmente no lo sabe, alteza? —Miguel tararea—. Si se hubiera ido, los hombres de tu padre lo habrĂan perseguido. DespuĂ©s de todo, no podĂan permitir que su juguete favorito se fuera.
—¡¿QuĂ©?! —Miles jadea, deslizándose desde el alfĂ©izar de la ventana—. No te atrevas a calumniar a mi padre. Él nunca…
El omega cierra la boca cuando se encuentra con los ojos de Miguel. Parece que ya no está interesado en burlarse de él, habla en serio, y Miles traga, mientras el temor comienza a llenarlo. El alfa da un peligroso paso hacia adelante y Miles se hace hacia atrás, con la ventana en su espalda.
—DifĂcil de aceptar, Âżno? Que el padre y Rey que tanto debiste admirar no era más que un tirano. Descubrirás que la mayorĂa de las personas en el poder son asà —Miguel dice peligrosamente bajo, sigue caminando hacia adelante hasta que está a sĂłlo un brazo de distancia de Miles.
Antes de que pueda reaccionar, el alfa lo sujeta. Toma su muñeca con fuerza y luego gira su brazo sobre su espalda, empujándolo lejos de la ventana y hacia adelante, hacia la cama. La respiración de Miles se entrecorta y su corazón comienza a latir rápido cuando el Conquistador lo presiona contra las sábanas.
—No —presiona, pateando sus piernas en un débil intento por escapar—. No, por favor no…
—Debe ser incĂłmodo ser tan impotente, Âżno es asĂ, alteza? —Miguel respira contra su cuello, haciendo que las lágrimas broten de los ojos de Miles. Él no quiere esto, no asĂ, nunca—. Será mejor que te acostumbres. Tu sangre real no te llevará a ninguna parte ahora.
Luego, el peso desaparece de la espalda de Miles y Miguel camina alrededor de la cama, abriendo la caja. El omega respira profundamente, tratando de calmarse y no volver a llorar frente al alfa, pero es difĂcil no hacerlo cuando su corazĂłn late tan increĂblemente rápido y un miedo terrible corre por sus venas.
Se sienta y rápidamente se limpia los ojos con la manga antes de mirar a Miguel. El señor de la guerra saca una tĂşnica roja de la caja hecha de la seda más fina, pero Miles nunca la habĂa visto aquĂ antes, asĂ que o la trajo desde fuera del palacio o estaba reciĂ©n hecha.
—Te verás bien en rojo —dice Miguel—. Dentro de tres dĂas habrá luna llena, entonces tendremos la ceremonia. Intenta no matar a tu asistente, necesitarás que te ayude a probarte esto.
Miles no dice nada, todavĂa demasiado congelado por el miedo que lo vuelve pesado como una piedra. Con todo el tiempo que pasĂł aquĂ, encerrado solo y de luto, casi se olvidĂł de eso. Ahora que ve lo que supuestamente es su vestido de boda, sĂłlo puede tragar saliva y desear que los dioses de este mundo se lo lleven mientras duerme.
—Es originario del norte, el Conquistador —dice Pavitr mientras acomoda el cabello negro de Miles, el prĂncipe tiene que obligarse a quedarse quieto y no arremeter contra Ă©l.
Ya sea que lo que Miguel le dijo fuera cierto o no, Miles aĂşn no puede deshacerse de la ira. Esa noche no sĂłlo muriĂł su padre, sino gente inocente que no habĂa hecho nada malo. Los guardias que Miguel enviĂł para acompañar a Pavitr son extranjeros y tambiĂ©n lo son los otros dos omegas que trabajan en prepararlo para este dĂa tan temido.
—Hace un frĂo helado allĂ durante el invierno… en realidad la mayor parte del año. Dicen que empezĂł a cabalgar hacia el sur porque su gente seguĂa muriendo congelada mientras su Rey organizaba banquetes y fiestas en su castillo.
—No quiero oĂr hablar de Ă©l —Miles dice frĂamente.
—¡CrĂ©ame, alteza, una vez que usted y el Señor se conozcan mejor, le agradará! —dice uno de los omegas, una chica de quizás apenas dieciocho años—. Parece aterrador pero su corazĂłn es grande. Un grupo de soldados que cabalgaban bajo su estandarte nos salvĂł a mĂ y a una docena de omegas más de ser vendidos a un burdel. Decapitaron a los hombres malvados que nos robaron de nuestros hogares y…
—¡Dije que no quiero saber nada de él! —Miles espeta, pero un poco de arrepentimiento lo llena inmediatamente cuando ve sus ojos asustados, por lo que respira profundamente y se queda en silencio.
ÂżQuĂ© esperan de Ă©l? ÂżQuĂ© salte felizmente a los brazos de Miguel? Lo vio ordenar a sus hombres que mataran a su padre, a sus hombres y a sus compañeros. Está casándose con Ă©l para humillarlo, tomándolo como botĂn de guerra de otro Reino conquistado, y luego de ese encuentro desagradable, el omega no espera que el señor de la guerra acepte un no por respuesta esta noche.
A Miles no le importa si salvó a cien o a mil pobres omegas de alfas malvados o si alimenta a miles de sus seguidores y los mantiene calientes. Para él es un verdugo. Su torturador.
Miles intenta evitar el espejo, pero como está justo delante de Ă©l, no tiene mucho Ă©xito. Su ropa de boda es roja, no blanca como suelen ser en sus ceremonias. Sus ojos delineados, sus labios pintados. Rojo. Las chicas omegas le están limando las uñas, y Pavitr todavĂa le peina, pero ya se ve bonito, y Miles odia tener que admitirlo ante sĂ mismo.
No quiere verse bonito para Miguel. Si tuviera más coraje, se estrellarĂa la cara contra el espejo y esperarĂa que le dejara una cicatriz irreparable. Tal vez eso habrĂa hecho que el alfa lo enviarĂa con su familia. Pero Miles tiene miedo del dolor y el sufrimiento, por lo que tiembla como una hoja cuando los sirvientes terminan con Ă©l.
Los dos extraños omegas se van primero, dejando solo a Pavitr y los guardias.
—Su alteza… —el otro omega lo llama suavemente, pero Miles sigue mirando fijamente a los ojos de su reflejo—. Al principio no será amable contigo. Pero si te quedas callado y obediente, Ă©l no te hará daño. Él…
—Hasta hace unas semanas ni siquiera lo conocĂas y ahora hablas como si hubieras sido su devoto seguidor durante años. Si lo que dijo sobre ti es cierto, Âżentonces quĂ©? No has visto nada que demuestre su supuesto gran corazĂłn. Puede matar a personas inocentes nada más que por ira, entonces, ÂżquĂ© te hace pensar que me tratará bien si actĂşo? —Miles interrumpe a Pavitr con una burla—. Ahora llĂ©vame allĂ, me gustarĂa que esto terminara de una vez.
El omega se muerde el labio y se queda callado. Asintiendo, le tiende el brazo a Miles, que el prĂncipe toma y los guardias los dejan pasar para caminar por los pasillos.
Miles habĂa asistido a algunas bodas en su vida. Muchos se casaron en estos salones, hombres y mujeres nobles, primos o tĂas y tĂos de diferentes ramas de la familia. Cuando Miles era un cachorro, observaba las ceremonias de boda con ojos emocionados desde un costado y se preguntaba cĂłmo serĂa la suya, quĂ© vestirĂa y, lo más importante, con quĂ© poderoso alfa se casarĂa.
Ahora, mientras Pavitr lo lleva al salĂłn donde se llevarĂa a cabo la ceremonia y le abren las puertas, sabe que nada es como se habĂa imaginado. Su familia no está allĂ con Ă©l, no puede decidir sobre su propia vestimenta y los invitados no son realmente invitados, sino soldados que vinieron con el Conquistador.
Silban y gritan cuando él aparece como un grupo de perros rabiosos y Miguel, que lo está esperando en el otro extremo de la habitación, no hace nada para detenerlos.
La humillación hace que Miles arda de vergüenza, la tristeza hace que le ardan los ojos y desea poder regresar y esconderse dentro de su habitación, pero también sabe que los guardias lo arrastraran y lo obligaran a estar junto a su señor de la guerra.
Lo menos que Miles puede hacer ahora es mantener su dignidad, por lo que mantiene la cabeza en alto e ignora los sonidos sucios a su alrededor lo mejor que puede, mientras camina hacia Miguel.
Miles se desconecta de la ceremonia y no sabe mucho más que ahora está casado, que se sienta junto a Miguel en el trono y observa a sus hombres acercarse para felicitar a su lĂder por el Ăşltimo Reino conquistado y el trofeo que adquiriĂł en la ceremonia a su lado.
Los sirvientes son una mezcla de los que Miles habĂa conocido toda su vida y extranjeros, probablemente traĂdos por el sĂ©quito del alfa. Por mucho que el prĂncipe no quiera ver a Pavitr en este momento, se alegra de tener una cara familiar a su alrededor siviĂ©ndole comida y bebidas.
Miles aĂşn no habĂa tocado nada de la deliciosa comida, aunque parece estar burlándose de Ă©l con su apariencia y olor. Es mejor mirar esa comida en su plato que todos esos alfas que sabe que se rĂen de Ă©l. Su estĂłmago se retuerce de hambre: habĂa estado descuidando las comidas desde el dĂa en que vio morir a su padre, ya que simplemente no podĂa retener nada o incluso encontrar apetito en primer lugar.
Ahora es más o menos lo mismo, pero por una razĂłn diferente. Miles tiene hambre, pero protestará por esta boda tanto como pueda. Si se muriera de hambre, Âżno serĂa gracioso? Le encantarĂa ver la expresiĂłn del señor de la guerra si Miles muriera ante sus ojos.
Es sombrĂo, su olor es amargo y probablemente todos ya habrán notado el mal humor del prĂncipe, pero Âża quiĂ©n tiene que engañar? Todos aquĂ saben que Ă©l no estuvo de acuerdo con esto.
Miguel tambiĂ©n lo nota, por supuesto, ya que está sentado a su lado. El omega no lo habĂa mirado mucho, pero se casĂł con Ă©l en el mismo estado de vestimenta en el que llegĂł aquĂ, cuero y pieles de color negro, lo que tiene que admitir que hace atractivo al alfa, dándole una apariencia que no encontrarĂa en ningĂşn otro miembro de la realeza.
—¿No estás feliz? Les pedà que prepararan tu comida favorita. Patatas al horno y carne de res en rodajas —dice el alfa, empujando el plato hacia Miles—. ¿A menos que tu asistente me mintiera?
Lo dice amenazadoramente bajo, haciendo que Pavitr se estremezca mientras está de pie detrás de la silla de Miles. Sin estar seguro de quĂ© esperar de Miguel, el prĂncipe rápidamente toma su cuchara.
—Son mis favoritos —dice suavemente, con los ojos pegados a su plato ya que no se atreve a mirar a Miguel—. Gracias.
—Me alegro. Come y no luzcas tan triste. Tal vez sea hora de entretenerse…
Miles no responde a eso, no está interesado en cualquier entretenimiento que Miguel haya preparado para esta broma de boda. Corta la papa con su cuchara y su estómago le agradece cuando finalmente vuelve a comer una comida adecuada. El omega tiene que admitir que esto está delicioso, por lo que rápidamente termina la mitad de su plato a pesar de su plan inicial de protestar, antes de que se abran las puertas del salón y entre el ayudante de Miguel seguido de guardias y gente encadenada.
Miles deja caer la cuchara cuando reconoce vagamente sus caras. Dos de sus tĂos, sus primos, sus asistentes y ayudantes. Todos los alfas que Miles no habĂa visto en mucho tiempo, personas demasiado ocupadas gobernando sus propias tierras dentro del Reino, pero reconocen a Miles y Miles los reconoce.
Miguel se levanta.
—Como todos probablemente saben, mi omega ha estado un poco triste esta noche debido a la ausencia de su familia en este dĂa tan importante, por eso invitĂ© a todos los miembros de su familia que pude encontrar a unirse a nosotros en este dĂa feliz —dice en voz alta, para que todos en la multitud lo escuchen—. Me siento particularmente culpable por su mal humor; esta boda repentina seguramente no podrĂa satisfacerlo, ya que el sueño de todo omega es ser cortejado adecuadamente, Âżno es asĂ? —Miguel se rĂe y sus hombres rĂen con Ă©l, aplaudiendo las palabras de su señor de la guerra—. Por eso decidĂ darle un gran regalo de bodas.
Como si esa fuera la señal, Peter levanta la mano y dos hombres armados llevan a uno de los tĂos encadenados de Miles ante el trono, obligándolo a arrodillarse mientras el ayudante del señor de la guerra saca la espada de su cadera.
Al darse cuenta de lo que están haciendo, Miles se acerca a Miguel sin pensar y se aferra a la capa de piel en sus manos. Tira de ella, mirando al alfa con desesperación mientras sacude frenéticamente la cabeza.
—Por favor, no, no han hecho nada malo, no estuvieron involucrados en lo que pasĂł aquà —Miles susurra con voz de pánico, sin atreverse a levantarla para que nadie más la escuche. Miguel sonrĂe, pero eso perturba al omega, porque no hay calidez en sus ojos, solo un frĂo y terrible odio. El alfa toma su mano y para todos los que no miraron lo suficientemente cerca, puede parecer un apretĂłn suave.
En realidad, es un agarre mortalmente fuerte que se forma alrededor de su muñeca cuando las manos enguantadas de Miguel la alcanzan. Da un paso alrededor de Miles, su otra mano acaricia su mejilla antes de alcanzar la barbilla de Miles y obligarlo a mirar directamente.
—Les ofrecĂ la opciĂłn de jurarme lealtad, pero no aceptaron —Miguel murmura al oĂdo de Miles.
Con eso, las manos desaparecen y Miguel se endereza nuevamente, asintiendo hacia Peter. El pecho de Miles se agita de terror, pero se traga el grito que surge cuando le cortan la cabeza a su tĂo.
Uno tras otro, los hombres de Miguel aplauden mientras cantan que muera la escoria real. El charco de sangre ante el trono crece con cada muerte, pero Miles no se atreve a apartar la mirada. Tiene demasiado miedo de lo que Miguel harĂa si lo hiciera, está seguro de que Ă©l conoce mil buenos mĂ©todos para hacer que la muerte de alguien sea lo más dolorosa y larga posible.
Esto es misericordia. Para su familia, pero no para él.
Para cuando el último de sus primos cae muerto ante el trono, el rostro de Miles está surcado de lágrimas. Una vez terminado el espectáculo, la sala mantiene conversaciones como si todo fuera normal, pero Miles siente que está a punto de desmayarse. Le tiemblan las manos cuando Pavitr pone un vaso de agua en sus manos y le hace beberlo.
—No luches, alteza —le susurra, quitándole la taza una vez que termina, pero ni siquiera ese poco de agua puede salvar a Miles de la sensación de mareo. Ni siquiera registra adecuadamente lo que dijo Pavitr hasta que Miguel lo levanta de su silla.
—Por eso elegà el rojo —él dice—. Se adapta a ti y es práctico. No se ve la sangre en absoluto.
Luego, se vuelve hacia la multitud para hacerles saber que Ă©l y Miles se retirarán por la noche, lo que resulta en abucheos juguetones y demandas para que Miguel lo haga aquĂ, pero al menos el alfa parece insistir en mantener la poca dignidad que le queda a Miles, por lo que levanta al omega y lo lleva fuera del salĂłn hacia la cámara donde consumarĂan este matrimonio y se aparearĂan.
Es espacioso allĂ, probablemente la habitaciĂłn de invitados más lujosa que el palacio tiene para ofrecer, y Miles agradece a los dioses que Miguel no haya decidido humillarlo más profanándolo en la cama de su padre.
Las velas que iluminan la habitación ya han sido encendidas previamente y ahora todo lo que queda es que Miles aguante lo que está por venir.
Observa a Miguel quitarse lentamente la piel y su pesada armadura de cuero. Miles simplemente se queda de pie al borde de la cama, mirando al suelo, esperando, esperando que eso no suceda.
Está muy asustado.
—QuĂtate la ropa y date la vuelta —Miguel le ordena, pero Miles permanece congelado en su lugar. Lo escuchĂł claramente, pero sus extremidades no parecen moverse, no le obedecen.
El alfa lo observa parado allĂ por unos momentos mientras no pasa nada y luego camina hacia Ă©l. Toma las telas del vestido de Miles en sus manos todavĂa enguantadas y tira con fuerza, provocando que se rasgue. El omega se sobresalta, sus manos vuelan hacia arriba para evitar que la prenda destruida se deslice por su cuerpo y lo revele, y Miguel se rĂe sin humor.
—¿Ahora puedes moverte? —pregunta, claramente sin esperar una respuesta mientras le quita el resto de la túnica, revelando el omega entero. Ni siquiera lo mira por mucho tiempo, pero en el momento en que lo hace, el rostro de Miles arde de vergüenza.
Luego gira a Miles y lo arroja hacia la cama. El prĂncipe cae sobre las sábanas sobre su estĂłmago con un grito ahogado y Miguel lo congela en su lugar cuando le ordena que no se mueva. El omega no lo hace, incluso si se siente humillado, se inclina como una puta, presentándole a Miguel. No es asĂ como se imaginĂł su primera vez, siempre pensĂł que estarĂa en los brazos de su alfa y que podrĂa mirarlo.
Escucha a Miguel desvestirse, luego pasos que se acercan hacia él, por lo que Miles echa un vistazo. Ve un cuerpo tonificado cuando lo hace, músculos pero también cicatrices por todas partes. No tiene tiempo para estudiarlo más porque el alfa empuja su cabeza entre las sábanas.
—Esto no tiene por qué doler. Compórtate —gruñe haciendo que nuevas lágrimas broten de los ojos de Miles.
—Por favor… Por favor, no… tengo miedo —Miles solloza, sus piernas temblando como hojas en el viento ante la presencia del alfa sobre Ă©l. Puede oler su aroma tan cerca, no del todo teñido de excitaciĂłn, pero la forma en que flota sobre Ă©l parece ser suficiente para que el cuerpo de Miles decida prepararlo.
Está mojándose rápidamente, aunque sea un poco, y el omega no sabe si deberĂa estar avergonzado por la reacciĂłn o agradecido. AĂşn asĂ, eso no cambia el hecho de que esta aterrado.
Ni siquiera ha visto a Miguel por completo, no sabe cómo prepararse: Miguel pasa una mano por su espalda de repente, haciendo que a Miles se le erice la piel. Los guantes ya no están, es solo piel con piel. No sabe si se supone que el toque es reconfortante, pero Miles se dice a sà mismo que sà lo es mientras se alinea con el agujero de Miles.
Las manos del omega aprietan las sábanas incluso antes de que Miguel haga algo, pero cuando empuja su polla dentro de Ă©l, provoca un grito de dolor del prĂncipe. El alfa se lo toma con calma, y Miles está agradecido por eso, pero Ă©l tambiĂ©n es virgen.
Una vez que el Conquistador está completamente enfundado dentro de Ă©l, Miles se siente aĂşn más hĂşmedo para acoplarse al deslizamiento que está a punto de ocurrir, pero, aun asĂ, siente como si estuviera siendo dividido en dos en un objeto demasiado grande dentro de Ă©l. No siente ningĂşn placer, todo lo que siente es miedo ante la perspectiva de que Miguel se mueva pronto.
Ya está jadeando, las manos andrajosas del alfa recorren sus costados hasta finalmente posarse en sus caderas. Lo agarran con fuerza, y luego Miguel retrocede, arrastrando lentamente su polla a lo largo de las paredes de Miles antes de mover sus caderas hacia adelante nuevamente, empujando hacia adentro.
Tal vez sea lento, pero Miles no puede saberlo; si es cuidadoso o gentil, no hace ninguna diferencia porque el omega está sufriendo. Está tenso debido a toda la situación, esencialmente apretando la polla en su agujero y haciendo asà que cada embestida sea aún más dolorosa.
Si no lucha, todo terminará antes, se dice a sĂ mismo, decidido a aguantar en silencio hasta que un empujĂłn particularmente fuerte le envĂa una sensaciĂłn dolorosa por toda la espalda. Miles grita, lanzando su mano hacia atrás en un intento de detener al alfa.
—¡Detente! —llama, tratando de alejarse de Miguel, para sacar su maldita polla de su agujero—. ¡Detente, duele!
—Deja de moverte —Miguel gruñe detrás de Ă©l, empujando a Miles hacia su polla, atrapando sus piernas contra la cama. Agarra los brazos agitados del omega y los mantiene unidos por sus muñecas detrás de Ă©l con una sola mano. Incluso inmovilizado hasta este punto, Miles no se rinde todavĂa. Se sacude y se rebela, intentando alejarse.
—Por favor, puedo hacer cualquier otra cosa. ¡Haré otra cosa! —Miles suplica cuando su pelea no lleva a ninguna parte. Ahora ni siquiera puede agarrar las sábanas con el puño cuando Miguel comienza a empujar nuevamente y, en cambio, sus dedos se mueven inútilmente a sus espaldas.
—Ni siquiera sabrĂas lo que significa “otra cosa”, omega —gruñe Miguel, haciendo que Miles se estremezca—. Llora y suplica un poco más.
Y con eso, Miguel deja de contenerse y Miles ahora sabe con certeza que lo habĂa estado haciendo anteriormente. Utiliza el agarre de los brazos de Miles como palanca mientras prácticamente perfora su polla en el pobre agujero del omega, haciendo los ruidos más obscenos.
TodavĂa duele, no, ahora duele más. Miles desearĂa no haber dicho nada en absoluto. Ahora lo Ăşnico que puede hacer es llorar entre las sábanas mientras lo montan como una puta comĂşn y corriente.
DespuĂ©s de un tiempo, Miles renuncia a su destino, el cuerpo del omega le facilita la entrada con la cantidad de lubricaciĂłn que está produciendo, pero cuando comienza a sentir algo en el borde, vuelve a entrar en pánico. Miguel acelera el ritmo mientras se acerca constantemente a su clĂmax, y Miles niega con la cabeza, nuevas lágrimas corren por sus mejillas.
—Por favor —Miles se encuentra rogando nuevamente—. Por favor, no el n-nudo, me vas a destrozar, por favor no el… Miguel, por favor.
Las caderas del alfa tartamudean, seguidas por una fracciĂłn de segundo de vacilaciĂłn, pero luego el alfa empuja hacia adentro, arrancando otro grito de los labios de Miles. Al mismo tiempo que entierra su nudo dentro del calor del omega, clava sus dientes en su glándula odorĂfera, profundamente para asegurarse de que deje una marca.
La repentina avalancha de sentimientos es demasiado. Miguel golpea su polla dentro de Ă©l, derramándose caliente y pesado en su agujero, y eso, combinado con el mordisco de apareamiento recibido en ese mismo momento, envĂa a Miles a un borde al que ni siquiera sabĂa que se estaba acercando. Una mezcla de sollozo y grito de placer sale de su boca, mientras ensucia las sábanas debajo de Ă©l.
Miguel libera la carne de Miles de su boca, lamiendo la mordida fresca para evitar que la sangre se derrame por todas partes y, finalmente, libera los brazos de Miles. Pero lo Ăşnico que el prĂncipe puede hacer es dejarlos caer inĂştilmente a un lado, sintiĂ©ndose agotado, sobre todo emocionalmente. Siente que podrĂa desmayarse en cualquier momento.
Miguel lo coloca sobre la cama y se recuesta a su lado. Cuando su nudo tira dolorosamente del borde de Miles ante el movimiento, todo lo que puede hacer es exhalar pesadamente, demasiado agotado como para siquiera llorar.
—Duerme. Y si despiertas, no te des la vuelta. Si veo que intentas mirarme otra vez, dejarĂ© que mis hombres tengan una ronda contigo —Miguel habla peligrosamente bajo en su oĂdo—. Todos ellos.
Miles traga, exhalando un pequeño “sĂ”, asustado de que Miguel se enojara si no decĂa nada. DespuĂ©s de eso, el silencio llena la habitaciĂłn y, finalmente, todo el cansancio del dĂa lo alcanza y el omega se queda dormido.
Miguel no le da tiempo a Miles para recuperar el aliento las noches siguientes.
El omega no pelea con Ă©l cuando viene y lo monta todas las noches, follándolo hasta que los brazos de Miles ceden y se acuesta en la cama para que el Conquistador lo use. Lo anuda todas las noches y duerme detrás de Ă©l. Aunque la curiosidad exige que Miles gire la cabeza y vea a su alfa, no lo hace; no tiene dudas de que Miguel cumplirĂa con su amenaza. Por las mañanas, cuando Miles se despierta, Miguel ya se ha ido. Al omega no le importa. Se siente más seguro cuando el señor de la guerra no está cerca de Ă©l.
Sale de su habitación por primera vez en dos semanas cuando Pavitr viene a avisarle que están haciendo las maletas.
—¿Eh? —Miles ya no tiene fuerzas para seguir enojado con Pavitr, pero mantiene sus conversaciones breves. El asistente viene a sus aposentos todos los dĂas como de costumbre, lo alimenta y le da agua cuando el prĂncipe no puede levantarse de la cama y el dolor en su espalda baja lo paraliza. Viene a vestirlo cuando Miles puede levantarse, aunque el omega casi quiere decirle que no lo haga. Para cuando Miguel llegara por la noche, ese serĂa solo otro vestido hecho jirones.
—El Conquistador se está preparando para regresar al norte para darles un descanso a sus hombres. Dejará aquà una cuarta parte de sus soldados para asegurar el Reino y un grupo de asesores de confianza para gobernar mientras él no esté —Pavitr explica. Está sosteniendo un paquete de ropa. Miles traga con dificultad.
—¿Me llevará con él? —Miles exhala.
Dejar su casa deberĂa ser la menor de sus preocupaciones; en realidad, despuĂ©s de ver tantas muertes en tan poco tiempo y ser asaltado todas las noches desde esa miserable boda, ir al norte con Miguel no deberĂa ser nada en comparaciĂłn.
—No. No quiero irme. Si me voy, ÂżquĂ© quedará de mi familia aquĂ? —exclama, mientras comienza a caminar nerviosamente de un lado a otro dentro de la habitaciĂłn. La ropa que Pavitr le sostiene se está burlando de Ă©l. Negro como la noche, el color de Miguel, como si la marca en su cuello no fuera prueba suficiente de su propiedad sobre Miles todavĂa. Siente que comienza a entrar en pánico.
—Su Alteza —dice Pavitr, colocando la ropa a un lado para tomar las manos de Miles—. SĂ© que esto es difĂcil, pero no puedes luchar contra Ă©l. Ya se apareĂł contigo, estarás unido a Ă©l de por vida
El omega suplica y Miles se estremece porque aĂşn no habĂa pensado tanto en el futuro. Su hoy ya es bastante horrible, ÂżcĂłmo aguantará toda una vida asĂ? Humillado todos los dĂas hasta su Ăşltimo aliento, utilizado como un muñeco de trapo todas las noches por su esposo.
El omega retira su mano del agarre de Pavitr.
—¿Y de quiĂ©n es la culpa? —le sisea al otro, quien visiblemente se desinfla al escuchar eso. Sus manos caen con tristeza y Miles siente una punzada de culpa. No deberĂa, no. Si Pavitr no los hubiera traicionado, Miles no estarĂa aquĂ ahora.
—SĂ© que me odia por lo que hice, alteza, y no me creerá, pero lo Ăşnico que quiero es protegerlo —Pavitr le suplica. Vuelve a coger la ropa y se la tiende al prĂncipe—. Por favor, no luche contra esto. EstarĂ© con usted hasta el dĂa de mi muerte, lo prometo.
Miles no sabe quĂ© decir ante eso. Pavitr parece serio, sus palabras suenan ciertas… y recuerda lo que Miguel le dijo. TodavĂa se pregunta si es verdad, pero no se atreve, demasiado asustado de que posiblemente sea verdad. Si es verdad, entonces Miles no puede evitar admirar su dedicaciĂłn al hijo de su torturador.
Pavitr parece desesperado y Miles suspira.
—VĂsteme. Luego busca ayuda para empacar mis cosas —Miles suspira y el rostro de Pavitr se ilumina visiblemente. Rápidamente ayuda al prĂncipe a quitarse el camisĂłn y está a punto de ayudarlo a ponerse la capa inferior cuando Miles tiene una idea—. No, en realidad, no empaques nada de aquĂ. De todos modos, no creo que mi alfa me permita usar nada de lo que tengo. SĂłlo asegĂşrate de llevarte mis plantas… o lo que queda de ellas.
Lamentablemente, piensa que probablemente no sea mucho. No sabe cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que estuvo allà para cuidarlas. Deben haberse marchitado todas. Pavitr ve su expresión triste, mientras lo ayuda a ponerse la ropa interior, que es tan negra como cualquiera de las capas exteriores.
—No se preocupe, alteza. Yo me ocupĂ© de ellas —él sonrĂe.
Al escuchar eso, Miles se ilumina. Eso es sólo una pequeña cosa, pero dado que es todo lo que le queda al omega ahora, hace mucho para consolarlo.
Bueno, si Miguel le permitiera conservarlas.
Están en medio de preparar las queridas plantas de Miles para viajar cuando un grupo de alfas con armadura entra en la habitación, sacando al omega de su tarea de indicar a los sirvientes qué hacer con cada una de ellas.
Son un grupo de hombres aterradores, mucho más altos que cualquiera de los omegas en la habitaciĂłn y las espadas que llevan en sus caderas hacen que Miles casi sienta como si hubieran venido a masacrarlos a todos. Cuando se detienen ante Miles, todos dejan lo que estaban haciendo, con curiosidad por ver quĂ© pasarĂa.
—El Conquistador me enviĂł a buscarte, pero no estabas en tus aposentos. ÂżQuiĂ©n te permitiĂł irte? —el alfa al frente le sonrĂe a Miles, y el omega no pasa desapercibido con quĂ© naturalidad se dirige a Ă©l. Pavitr deja la olla que estaba a punto de transferir a otro lugar cuando escucha eso y rápidamente se dirige al lado de Miles; sin embargo, el prĂncipe levanta una mano, ordenándole a Pavitr que guarde silencio.
—No era consciente de que estaba prisionero. Si no se me permitĂa salir de mi habitaciĂłn, Âżpor quĂ© ninguno de tus guardias que patrullaban los pasillos me detuvo cuando lleguĂ© aquĂ? —Miles le pregunta al hombre antes de tomarse un momento para mirarlo. Hay una mirada brutal en Ă©l, un poco como Miguel pero menos… refinada. Por mucho que Miles tome a Miguel como un monstruo, detrás de sus ojos se encuentra un cerebro táctico.
Este tipo parece como si simplemente estuviera siguiendo su instinto. Su cabello es largo, pero está sujeto con un lazo detrás de la cabeza. Hay la sombra de una barba que amenaza con aparecer, y no huele nada más que a almizcle de alfa, como si se enorgulleciera de no lavarse nunca. Dado que es uno de los soldados a los que se les permite entrar al palacio, debe tener el privilegio de un baño.
—No te pases de listo conmigo, omega. Ahora saca tu trasero del palacio —le ordena a Miles, justo cuando Pavitr se mueve hacia el frente.
—Te dirigirás a su alteza con respeto. Él es el prĂncipe de esta tierra y el compañero de tu Señor…
El alfa interrumpe a Pavitr con un golpe de su mano blindada que envĂa al omega a volar. Hace que un grito ahogado recorra a todos los sirvientes, y Miles deja escapar un grito de sorpresa de su nombre mientras cae de rodillas para ayudar a su asistente a levantarse.
Lo toma por el hombro y desliza una mano suave alrededor de su rostro para levantarlo y poder evaluar el daño. La mejilla de Pavitr es de color rojo brillante y ni siquiera se ve la huella de una mano, ya que parecĂa que la mano del alfa era tan grande como el rostro del omega. En cambio, hay un corte dejado por la armadura que comienza a chorrear sangre.
Dentro de Miles, se siente como si una pequeña llama de ira cobrara vida. Casi olvida cómo se siente la ira, ya que no ha sentido mucho más que tristeza y dolor estas últimas semanas, pero ahora que ve a una persona herida a quien, a pesar de todo, aprecia, siente una incómoda opresión en el pecho que le hace desear arremeter.
—No tenĂas ningĂşn derecho a hacer eso —Miles gruñe—. ¡Incluso si ya no soy un prĂncipe, soy el compañero de tu señor y por eso incluso el estatus de mi asistente es mucho más alto que el de un soldado de infanterĂa como tĂş!
Ayuda a Pavitr a ponerse de pie, entregándolo a los brazos de uno de los otros sirvientes, quien rápidamente limpia la sangre de su mejilla. Miles también se levanta, y aunque es más pequeño que el alfa que tiene delante, intenta lucir lo más intimidante posible.
—Ahora dime tu nombre para que pueda decirle a mi esposo quién me detuvo y se atrevió a golpear a mi asistente en la cara.
A esto le sigue un breve momento de silencio antes de que el alfa se rĂa a carcajadas y con Ă©l todos los demás hombres que trajo. La vergĂĽenza inunda a Miles cuando se rĂen descaradamente en su cara, pero tambiĂ©n la rabia.
—Es Jonathan. Recuerda eso, quiero oĂrte gritar cuando tu esposo me deje follarte como recompensa por ponerte en tu lugar —rĂe y luego agarra a Miles por su brazo.
Arrastra a Miles con ese doloroso agarre en su brazo y los hombres que trajo bloquean la vista del omega cuando intenta mirar hacia sus plantas. Todo lo que ve es a Pavitr, quien rápidamente los sigue, a pesar de la súplica de los otros omegas de que les permitan cuidar su herida primero.
Miles es arrastrado por Jonathan por todo el palacio, vigilado por guardias y sirvientes que el prĂncipe conocĂa de toda su vida, y gente nueva, como el propio alfa. Finalmente, lo lleva afuera, donde Miles se encuentra con caballos ensillados y carruajes llenos de mercancĂas.
Jonathan ve a Miguel antes que Miles, hablando con Peter y algunos otros presumiblemente sobre el viaje, como si a Miles realmente le importara. Su mente está ocupada por el doloroso agarre de su brazo por parte de un alfa descaradamente irrespetuoso.
—¡Mi señor! —llama a Miguel con una sonrisa en su rostro, arrastrando a Miles como un muñeco de trapo. El Conquistador mira en su dirección cuando escucha eso y frunce el ceño confundido.
Una vez llegan, Miles piensa que Jonathan lo soltará ahora, pero no lo hace.
—¿No puede caminar solo? —Miguel pregunta con frialdad y la ira y la confianza previas de Miles rápidamente disminuyen. Tal vez en ese momento, olvidĂł quiĂ©n es Miguel. Él es quizás quien más se alegra del sufrimiento de Miles. Él no lo ayudarĂa.
—Uno pensarĂa que sĂ. Tiene dos piernas sanas. Pero cuando vinimos a traerlo aquĂ, se negĂł a venir con nosotros, por eso tuvimos que usar la fuerza —Jonathan se rĂe, mirando a Miles desde un lado como si estuviera tratando de decir ahora te entregará a mĂ.
—¡Eso no es cierto! —Pavitr interrumpe, empujando a los alfas blindados a un lado para llegar al frente. Los ojos de Miles se abren y rápidamente sacude la cabeza hacia el omega, exigiéndole que regrese. Pero Pavitr no escucha y en lugar de eso cae de rodillas ante Miguel, con la cabeza gacha.
—Vino a nosotros cuando estábamos empacando las cosas del prĂncipe. No rechazĂł tu orden de partir hacia el norte ni una sola vez desde que le dije —mentira, piensa Miles, un poco dolido—. Nos ordenĂł que preparáramos sus plantas para viajar y Ă©l estaba supervisando todo cuando esto —Pavitr le da a Jonathan una mirada asesina—. EntrĂł y comenzĂł a hablar mal de su alteza.
—¿Hablar mal? —pregunta Miguel, sus ojos vagan hacia Miles, y el prĂncipe no puede evitar encogerse bajo su mirada.
—Dijo que le dejarĂas… pasar la noche con su compañero como recompensa por ponerlo en su lugar —Pavitr murmura—. Lo dijo menos amablemente.
—Ya veo… —Miguel tararea y eso inquieta a Miles. No puede decir en absoluto qué siente el alfa o qué hará a continuación—. ¿Es verdad lo que dice? —le pregunta a Miles. Jonathan resopla.
—Están diciendo mentiras porque su compañero está enojado porque lo trajimos aquÅ
Miguel levanta una mano enguantada, silenciando a Jonathan. Mira a Miles con tanta intensidad que el omega se estremece.
—¿Es verdad? —pregunta de nuevo, poniendo al mundo a su alrededor en un tenso silencio mientras todos esperan que él hable. Pero Miles tiene miedo. No sabe qué hará Miguel.
Sus peores fantasĂas vuelven a cobrar vida en su mente. Ya amenazĂł con dejar que sus hombres lo tuvieran, Âżpor quĂ© no se lo entregarĂa a Jonathan? Miles permanece en silencio y temblando bajo los ojos rojos de Miguel hasta que el alfa saca su espada.
—Si no puedes confirmarlo, tendré que asumir que este omega está tratando de difamar a mis hombres. No me gustan los mentirosos.
Gira su cuerpo hacia Pavitr y apunta su espada para poder cortar la cabeza del sirviente de sus hombros con un rápido corte, y Miles estalla. Se libera de la mano de Jonathan y prácticamente salta sobre Miguel, envolviendo sus brazos alrededor del brazo sujetando su espada.
—¡No! ¡Es cierto! —jadea—. Lo que dijo Pavitr es cierto, cuando intentĂł defenderme, Jonathan lo golpeĂł. MĂrale la cara, está sangrando.
Miles siente su corazĂłn latiendo salvajemente en su pecho mientras Miguel lo mira, y la cercanĂa lo asusta, pero tiene aĂşn más miedo de soltarlo.
—MĂrame, omega —llama a Pavitr despuĂ©s de un tenso silencio, a lo que el sirviente levanta la cabeza. Revela el corte en su mejilla, sangre y la fuerte hinchazĂłn que es de esperar despuĂ©s de recibir un golpe asĂ.
Miles escucha a Miguel chasquear la lengua, aprieta la mandĂbula y ahora parece enojado. El omega jadea cuando ve a Miguel preparar su espada, pensando que de todos modos matarĂa a Pavitr. Pero en cambio, se vuelve hacia Jonathan y con un movimiento rápido corta la mano con la que estaba sosteniendo a Miles.
La sonrisa sucia de Jonathan se convierte en una mueca cuando de repente grita, su mano sana vuela hacia su brazo donde ahora solo queda un muñón, y su mano cae al suelo con un sonido fuerte. Miles palidece al ver eso, sintiendo la bilis subir a su garganta mientras el brazo de Jonathan chorrea sangre de la herida abierta.
—Que esto sea una advertencia para todos ustedes —Miguel llama en voz alta desde el otro lado del patio, pero todos ya lo habĂan estado mirando de todos modos—. Este omega es mi compañero —el prĂłximo que lo toque perderá más que una mano.
El alfa limpia la sangre de su espada usando la ropa de Jonathan antes de volver a envainarla.
—Trata esa herida —le ordena a otro alfa y luego agarra a Pavitr por el brazo, levantándolo del suelo—. Viajarás con él.
Luego es el turno de Miles cuando Miguel lo agarra por la cintura y lo levanta como si nada. Lo sienta encima de un caballo negro que habĂa estado esperando a Miguel todo este tiempo. El omega deja escapar un pequeño chillido avergonzado mientras sus dedos rápidamente se curvan en la melena del caballo. En un movimiento igual de rápido, Miguel se balancea sobre el caballo, atrapando a Miles dentro de sus brazos mientras toma las riendas.
—¿Qué? ¿Nunca has montado a caballo? —Pregunta Miguel, y Miles se estremece al sentir el estruendo de la voz del alfa donde su espalda toca el pecho de Miguel.
—No hace unos años —responde el omega tĂmidamente. Mirando hacia el patio del palacio, este sĂ©quito es increĂblemente gigante. Miles nunca habĂa visto tantos caballos en un solo lugar, ni tanta gente. Sabiendo que esos son sĂłlo una fracciĂłn de todo el ejĂ©rcito de Miguel, se estremece.
—¡Nos vamos! —Miguel llama a través de la multitud—. ¡Acamparemos a medianoche!
Los hombres responden con gritos como confirmaciĂłn de haber escuchado a su lĂder, y Miguel asiente con la cabeza a Peter, quien comienza a reunirlos en formaciĂłn mientras el propio Miguel insta a su caballo a moverse. Es sĂłlo entonces que Miles recuerda lo que estaba haciendo antes de ser arrastrado aquĂ.
—Mis plantas —jadea, girándose para mirar detrás de él el lugar que están dejando atrás—. No empaqué nada más, por favor déjame llevar mis plantas.
—Serán entregadas al palacio del norte. Ahora mira hacia adelante y mantén la espalda recta o te sentirás incómodo —Miguel le ordena, y Miles lo hace, tragándose cualquier otra cosa que pudiera haber dicho.