
(…)
El bosque estaba sorprendentemente tranquilo.
Miles recordó que algunas noches se podían escuchar sonidos aterradores provenientes del bosque, pero aquí, en medio de él, todo estaba en silencio. Excepto su propia mente, que lo mantenía inquieto y sin poder dormir. A diferencia de Miguel, que roncaba debajo suyo. Miles miró hacia arriba, recostado sobre el pecho de Miguel y sonrió al mirar a su compañero.
Miles estaba celoso de lo tranquilo que estaba Miguel, apenas unos días después de que sus vidas cambiaran para siempre. Ya que no estaba solo. Finalmente encontró a un alfa que lo acompañaría y estaría a su lado. Y aunque estaba muy feliz, Miles también estaba muerto de miedo. Pensó en ello todo el día y noche, sin poder dormir.
Suspirando, Miles volvió a mirar el cielo estrellado sobre sus cuerpos. Pero poco después escuchó un gruñido proveniente de Miguel.
—¿Estás bien? —se quejó el demonio adormilado.
—No puedo dormir —respondió Miles.
—Mhm. ¿Por qué? —preguntó de nuevo.
Miles se encogió de hombros. De repente, Miles se encontró siendo rodeado por los fuertes brazos de su alfa. Suspirando angustiado, dejó que Miguel lo abrazara amorosamente.
—¿Qué está pasando, cariño? —preguntó Miguel, uniendo sus labios a la frente de Miles en un gesto de ternura—. ¿Por qué no puedes dormir?
Miles se mordió el labio inferior y desvió la mirada. No estaba seguro si debía compartir sus preocupaciones con el poderoso demonio. Pero al mismo tiempo, estaba cansado de guardárselo todo para sí mismo y quería que Miguel lo consolara solo un poco.
—Sólo estoy preocupado por todo este asunto de la guerra en tu mundo —reveló—. No me malinterpretes, sé que eres fuerte pero, ¿y pasa algo que esté fuera de tu control? Quisiera ser capaz de protegerte.
Miguel lo miró con simpatía.
—Soy el demonio más poderoso de mi mundo, no tienes de qué preocuparte, cariño —señaló con una sonrisa—. No hay nada en todo el universo que pueda hacerme daño. En cualquier caso, si algo te pasara yo seré quien vaya a protegerte.
—¿Pero y si algo intenta separarnos? —preguntó Miles, presa del pánico—. ¿Qué pasará si uno de nosotros muere?
—Te estás adelantando demasiado, cálmate, Miles —lo instó Miguel, sujetándolo suavemente por los hombros—. Ni siquiera ha pasado nada aún, no te estreses por cosas que aún no han sucedido.
—Pero…
—Recuerda quién soy —los ojos de Miguel brillaron con el poder que había dentro de él—. No dejaré que nada ni nadie intente separarnos —prometió, dejando un suave beso en la frente de Miles.
Miles no protestó cuando Miguel lo atrajo de nuevo hacia sus brazos y decidió devolverle el abrazo con gusto a su compañero, inhalando el aroma de Miguel.
—Estaremos bien —le aseguró Miguel, dejando un beso sobre sus labios.
Miles va camino a casa, apenas llegando a tiempo para ocuparse de su celo, cuando siente unos ojos fijos sobre él, observando todos y cada uno de sus movimientos. Casi maldice su suerte, cuando unos dedos largos y delgados se hunden en su cabello y tiran de él.
—Miren qué tenemos aquí. ¿Qué hace una cosa tan bonita vagando sola sin su amo?
Un demonio que no conoce se apoya casualmente contra un árbol, manteniendo inmóvil a Miles, quien trata de alejarse. Sin embargo, ese misterioso demonio no lo deja ir, mueve a Miles para presionarlo ahora contra el árbol y sostenerlo firmemente con una mano en su garganta, mirándolo lascivamente.
—Al ser la puta del Rey debiste imaginar que tarde o temprano vendríamos por ti —sonríe el demonio en la cara de Miles, mientras una lengua pegajosa recorre su mandíbula.
—Q-Quítame tus manos de encima o haré que tu Rey te las corte —gruñe Miles, apenas siendo capaz de mantener el control.
—Vaya omega más curioso. Me sorprende que el Rey no le haya puesto una correa, aún —el demonio aprieta su mandíbula y Miles se petrifica al sentir su entrada mojarse. Su celo está a punto de comenzar.
—Mi alfa no puede controlarme —responde Miles, retorciéndose en el agarre del otro para tratar de escaparse, pero el demonio lo inmoviliza sosteniendo su cintura.
—Entonces tengo suerte —sonríe el demonio, con los labios recorriendo el costado del rostro de Miles—. Tan solitario, sin un alfa que se encargue, y aún así, tan ansioso por mí polla —los dedos del contrario se aprietan sobre su piel caliente.
Sus delgadas manos finalmente alcanzan las ropas del omega. Antes de que Miles logre actuar, el demonio logra arrancar sus prendas superiores. Miles grita. Usando su agarre sobre el cabello de Miles, el demonio golpea su cabeza contra el árbol.
Miles no tiene la oportunidad de hacer nada más antes de que todo se vuelva negro.
Hace miles de años, todas las especies de demonios conocidas vivían bajo un solo gobernante. Hasta que el Rey Baal murió, confiando a sus dos descendientes, Maerg y Rahab, para que gobernaran juntos.
No pasó mucho tiempo cuando finalmente estalló una discusión entre ambos, provocando una guerra civil. Luego de una dura derrota, Rahab decidió alejarse, ya que los combates causaron mucho daño a su pueblo y eran considerados parias. Naturalmente, sus seguidores no se quedaron atrás, le siguieron hasta las montañas más lejanas y se establecieron allí, mientras el resto de demonios permaneció en el bosque.
Años después, finalmente ambos bandos recibieron el nombre de sus respectivos gobernantes. Rahab: el gobernante que se trasladó a habitar las montañas, y Maerg: el gobernante que permaneció.
Con el paso de los siglos ambos grupos tenían muy pocas cosas en común, pero después de siglos de interacción limitada, dos gobernantes pudieron conjurar un tratado comercial. Los Maerg proporcionaban alimentos que sólo podían crecer en las tierras fértiles del bosque, mientras que los Rahab traían acero, carbón y otros metales que se encontraban en el interior de las montañas.
Pero esta paz duró unas cinco décadas, antes de que todo volviera a convertirse en cenizas. Y es que debido al exitoso acuerdo comercial, Volac, el nuevo Rey de las montañas, reclamó al actual Rey del bosque una parte de su tierra para albergar a su pueblo, obteniendo una respuesta negativa. Al negarse, Volac decidió que no era suficiente y otra guerra estalló.
Para desgracia de los Rahab, el pueblo del Rey Demonio: Miguel de Maerg, era demasiado poderoso y comenzó a tomar tierra de las montañas por la fuerza, invadiendo el otro reino, poniendo fin a la paz y comenzando la guerra que actualmente aún continúa, con cientos de cuerpos cubriendo las calles, dejando la tierra inundada de carmesí.
La sangre corre pegajosa y caliente por el rostro de Miguel, perdiéndose en el cuello de su armadura, como pintura de guerra roja cubriendo sus mejillas, no sabe si la sangre le pertenece o es ajena.
Miguel puede sentir el sabor cobrizo en su boca, deslizándose sobre su lengua. En circunstancias distintas, le encanta sentirla; la oleada de poder que obtiene cada vez que está en el frente de batalla. Pero ahora, Miguel se siente dolorido e inquieto por la incertidumbre.
Miguel gruñe, sus ojos brillan con un rojo intenso mientras arranca la mandíbula de la cara de otro demonio. Ruge, un estruendo ensordecedor sacude el suelo y ahoga los gritos de los demonios que tiene delante. Se han retirado un poco, pero resisten y son extremadamente difíciles de matar. Algunos logran esquivar sus garras para hundir sus propios colmillos en su piel.
Una sinfonía de gritos y alaridos proviene del ejército, los demonios continúan avanzando para hacer retroceder a Miguel, pero no lo logran. Dejando un rastro de sangre y extremidades a su paso, Miguel arranca la cabeza y lanza el cuerpo del demonio corpulento que tenía en sus manos por sobre su hombro.
El suelo está mojado por la lluvia y sangre, por lo que se siente resbalar en el barro, finalmente decide trepar al costado de una de las bestias de carga que pasa a su lado, con la intención de alejarse del campo de batalla, necesita llegar al castillo cuanto antes. Miguel usa sus garras para aferrarse e impulsarse hacia arriba sobre la criatura. No es fácil, pero en el momento en que llega a la cima, destroza al demonio que monta la bestia e insta a la enorme criatura a moverse.
Se le advirtió que se mantuviera alejado del humano a toda costa. No escucho, pero los Siniestros deberían haber sabido que no se debe tocar nada que pertenezca a Miguel, a menos que se quiera provocar su ira.
El resto del ejército y su pueblo está en silencio, pues han perecido mientras el Rey Demonio avanza, mientras se dirige hacia el centro de la ciudad, hacia el castillo principal. Con la mente entumecida, Miguel continúa hacia adelante, una sensación pesada se apodera de él, caliente y ácida en su estómago. Rezumando preocupación.
Pasa por encima de un demonio tumbado de costado, sus grandes ojos oscuros lo observan sin vida mientras su boca permanece congelada para siempre en un grito. Miguel no se inmuta al mirar los restos de la ciudad, evitando como le es posible la carnicería.
Han pasado unas pocas horas que parecen días, Miguel se está desesperando y no puede hacer nada para arreglar lo que causó. Miguel puede sentir la ira fluir en sus venas. De repente, nada importa. Nada en esta maldita tierra muerta.
Necesita a su omega, necesita sentir la suave presión del cuerpo de Miles entre sus brazos, sentir su respiración, tomar su mano y escuchar los latidos de su corazón.
Los colmillos de Miguel han comenzado a crecer y sus ojos brillan con una luz antinatural. Lo reconoce en sí mismo, el hecho de que está a pocos pasos de entrar en su estado demoníaco más primitivo. Ya no puede controlar los muros que creó para ocultarse detrás de un rostro de piedra. No cuando se trata de Miles. Quiere estar allí, degollar a los Siniestros, presentar su cabeza en bandeja para Miles.
—¡Detente! —se escucha un grito en medio del silencio ahora sepulcral del campo de batalla. Miguel lo reconoce al instante, un grito de auxilio, el grito de un omega en celo.
Miles .
Ve rojo antes de que la oscuridad finalmente lo envuelva por completo.
Miles lo tenía abrazado como si fuera un enorme oso de peluche, el joven omega tenía los ojos completamente cerrados, roncando y babeando mientras dormía.
Por lo general, Miguel simplemente hacía rodar a Miles sobre su costado y se colocaba detrás de él para recuperar el contacto con la piel a la que ya era adicto. Pero ahora mismo estaba mirando el rostro dormido de Miles y aguantando la respiración.
Miles dormía a su lado mientras la mayor parte de ese tiempo, Miguel solo se recostaba junto a él con los ojos entreabiertos. Miguel le había dicho al omega que era para vigilarlo y así poder actuar si se encontraba en peligro, y Miles había investigado un poco más para demostrar que esa teoría era correcta.
Los demonios sólo se permitían descansar completamente cuando sabían que estaban a salvo y no había muchos lugares donde se sintieran así. Miguel nunca antes lo había hecho. Después de unos meses de colarse en la habitación de Miles y pasar tanto tiempo juntos, Miguel finalmente podía darse el lujo de cerrar los ojos mientras sentía al joven humano a su lado, roncando y abrazándolo. Miguel se sentía seguro.
Enganchó su pierna sobre la de Miles y acercó a su compañero un poco más, presionando un beso en su hombro desnudo y colocando su brazo sobre su pecho, abrazándolo. Se quedó dormido mirando los ojos cerrados de Miles, imaginando a un cachorro de demonio siendo acunado de forma segura en los brazos del omega.
No había pasado más de una hora cuando Miguel se despertó con un gruñido.
Estaba boca abajo, con su brazo derecho sobre la cintura de Miles mientras acariciaba la cálida piel del cuello de su omega con los labios. Su olor terroso había inundado completamente el aire. Más . Algo susurró. Un mantra de compañerocompañerocompañero , inundó su mente de forma repentina, haciendo que un gruñido de satisfacción retumbara en su pecho.
Le palpitaban las encías y tenía calor. Demasiado calor. Su mente era una maraña de pensamientos, deseos y gruñidos que no tenían sentido. Su piel se sentía arder, sus caderas se movieron contra las sábanas y el cuerpo de Miles. Estaba duro y parecía que lo había estado por un tiempo. Necesitaba alivio.
Miles.
Miguel sintió el calor recorrer todo su cuerpo, junto con una extraña inquietud que lo había estado atormentando hace semanas. Necesitaba salir de aquí, ahora.
Aquella atracción profunda e irresistible hacia Miles se había intensificado mil veces más, tanto que apenas podía respirar. Mientras Miguel se movía sobre el cuerpo del omega, resistió la tentación de morder, marcar. Sus colmillos eran más grandes que antes, y justo cuando estaba por salir de la cama, la mano de Miles se aferró a su brazo bruscamente.
—¿Miguel? ¿Qué está pasando? —rápidamente Miles se levantó, presionando su pecho contra el alfa, arrastrando sus pezones ahora endurecidos a lo largo del pecho de Miguel—. Hueles bien.
Miles se frotó las piernas, retorciéndose sobre las sábanas de una manera demasiado familiar. ¿Miles estaba a punto de entrar en celo? No, era demasiado pronto. Lentamente, Miles deslizó su mano entre las piernas de Miguel y descubrió que el alfa estaba duro. Preseminal había empezado a gotear a través de su ropa.
—¿Miguel? —Miles volvió a preguntar—. ¿Estás en celo?
Aún con los sentidos mayormente nublados, había algo en estar tan cerca de Miles que comenzó a calmar los violentos pensamientos en la cabeza de Miguel. Lo estaba enfocando, dándole algo en qué concentrarse.
Apenas vio a Miguel asentir, Miles entró en acción, tomó su propia ropa de pijama y se la quitó. Miguel levantó las manos para detenerlo, solo para encontrarse en shock mientras observaba sus garras. Los ojos de Miguel pasaron de ellas a Miles, quien también las estaba mirando con los ojos muy abiertos.
—Miles, no tenemos que hacer esto-… —pero no pudo terminar la frase antes de que Miles saltara sobre él, empujando a Miguel contra el desorden de mantas, ropa y almohadas que era su nido.
—No te tengo miedo, solo me sorprendió.
Miguel iba a decir algo más antes de dejar escapar un gruñido de placer cuando los dientes de Miles se hundieron en su hombro y se sentó a horcajadas sobre él, frotando su polla más pequeña contra la de Miguel, haciendo que sus ojos se pusieran en blanco y sus caderas se sacudieran con fuerza.
—Está bien, es mi deber como omega ayudarte —jadeó Miles.
Miguel no recibía órdenes. Se sentía como si cada parte de él doliera por aparearse con el omega, pero…
—Así que dame tu nudo, alfa.
Miguel tragó saliva, finalmente moviéndose sobre el cuerpo de Miles. Ya le había hablado al omega sobre los impulsos de su lado más primitivo y lo peligroso que podía ser ese lado demoníaco, pero igual que antes, Miguel no dejaba de sentir una calma inexplicable cuando estaba con Miles.
Para recordarle sus advertencias previas, Miguel presionó sus colmillos al costado del cuello de Miles, pero lejos de ello, ese toque le hizo arquearse mientras una especie de placer agudo lo atravesaba, tan cegador e intenso como chispas eléctricas recorriendo su columna.
Miguel jadeó, saboreando la sangre de sus malditos colmillos que habían cortado su propio labio inferior, la mano de Miguel se deslizó por el pecho de Miles y siguió bajando hasta que llegó a su abdomen, Miles sintió las afiladas garras de Miguel arrastrándose sobre su piel pero sin llegar a hacerle daño.
Finalmente, Miguel rodeó su erección con su mano, teniendo especial cuidado con sus garras, presionando y bombeando unas cuantas veces, haciendo que Miles gritara y arquera la espalda hermosamente en el nido que compartían.
Miles se lanza hacia adelante al escuchar el gruñido que soltó Miguel al verlo, uniendo sus labios en un beso desesperado.
Es un rugido lo que lo detiene todo. Sacude los árboles, el suelo, el mismo aire. La puerta del castillo se rompe bajo sus garras, Miguel está cubierto de sangre, pintado de carmesí por la batalla.
Miguel es más alto que el resto de los demonios, pero verlo en su forma más primitiva, con el pecho agitado bajo las gruesas limitaciones de su armadura y la boca abierta alrededor de colmillos largos y afilados, goteando saliva mientras ruge de nuevo, es algo sin duda aterrador.
Uno de los Siniestros se levanta de su silla tallada en oro puro, aplaudiendo con deleite.
—Mi Rey —otro miembro de los Siniestros le sonríe lentamente, ocultando bien su sorpresa—. Llega justo a tiempo.
—¿Dónde está? —las palabras de Miguel suenan laboriosas, gruñendo cada vocal.
—Pasa, discutamos sobre nuestros términos —dice un Siniestro más con facilidad—. Disfrutemos del poder creciente de la luna.
—¿Dónde está mi omega? —Miguel parece volverse incluso más grande. Escaso pelaje brota a lo largo de la parte posterior de su cuello, bajando por su columna.
—Mi Rey-… —uno de los Siniestros intenta aligerar el ambiente, como si esto fuera un juego, pero no termina su frase cuando Miguel deja escapar un gruñido furioso. Nadie en la sala se mueve, nadie piensa en respirar.
—¡¿Dónde está?!
Uno de los Siniestros y el único en actuar, se levanta lentamente de su asiento, caminando lento y deliberado, con las manos levantadas en señal de sumisión. Se mueve con cautela, sin dejar de mirar a Miguel mientras se mueve alrededor de la mesa para pasar hacia una habitación al costado de la sala central.
La puerta está bien cerrada con gruesos pestillos y candados, pero el Siniestro las deshace rápidamente, abriéndola de par en par.
El dulce olor lo golpea primero, después la visión. Miles está en la cama, maquillado hermosamente, con remolinos de brillantina y pintura plateada adornándolo, con lenceria de color blanco y plata. El omega levanta la cabeza lentamente, y sus ojos se abren cuando observa a su compañero al otro lado de la puerta.
Miguel ignora la pintura corporal, ignora lo hermoso que luce Miles. En cambio, se fija en los moretones en sus clavículas, las sombras oscuras bajo sus ojos y la repulsiva vista de un harén de demonios tocando el cuerpo de Miles. Todo se desvanece en oscuridad al notar la gruesa cadena de metal alrededor del cuello de Miles, que es sostenida por uno de los guardias.
—Mira —el Siniestro se ríe levemente, acercándose para caminar hacia el Rey—. Todo está bien. Te vimos avanzar hacia la ciudad y debo admitir que-…
Sin poder contener más su ira, Miguel finalmente se lanza a la garganta de uno de los Siniestros, rasgando la carne con sus colmillos y dejándolo desangrarse. Otro de ellos hace un gesto y el guardia asiente, sacando su espada y moviéndose hacia Miles.
Bastaron segundos para que Miguel se viera cegado por el odio, dejando finalmente a su lado más primitivo hacerse cargo de la situación. No les da tiempo a los Siniestros, o al guardia, o al harén de demonios a hacer nada más, Miguel avanza, destruyendo todo a su paso.
La gruesa cadena alrededor del cuello de Miles es gruesa y está soldada, pero Miguel la rodea con una mano y tira de ella, partiéndola fácilmente por la mitad luego de tal masacre. El grillete cae al suelo, con un golpe seco y metálico, pero a ninguno de los dos le importa.
Miles luce aterrorizado, asombrado, necesitado. Enamorado. Con manos temblorosas, Miles presiona la palma de su mano contra la mandíbula de Miguel y acaricia su rostro como si estuviese hecho de vidrio. La sensación de esta piel, esos ojos mirándolo, han pasado horas y Miles apenas puede creer que su alfa esté aquí. Presente y tangible.
—Parece que mis ojos me traicionan pero mis manos no pueden —susurra Miles, con el labio inferior temblando mientras continúa acariciando el rostro de Miguel—. Y no te tengo miedo.
—Estoy aquí, mi amor —responde Miguel, con voz ronca, áspera y profunda, seguida de un gruñido desde el fondo de su pecho.
Miguel presiona su mejilla contra la de Miles, frotando su aroma contra la piel caliente de su compañero. El mundo casi parece detenerse y la respiración de Miles se entrecorta mientras mira hacia el techo, con la mente nublada por las feromonas.
El estómago de Miles se siente apretado y cálido. Puede sentir el goteo involuntario de su auto lubricación extendiéndose sobre la ropa de cama debajo suyo. El omega se mueve para sujetar los brazos de Miguel, sin tratar de alejarlo, mientras la realidad se impone en frente suyo.
—Omega —Miguel frota aún más su rostro contra la mejilla y el cabello de Miles, su voz áspera y baja contra su oído—. Mío.
La excitación se acumula aún más en sus entrañas ante el olor y la proximidad del alfa impulsado por el instinto. Una mano callosa tira apresuradamente de su ropa interior y el corsé que rodea su pecho, rasgándolo en el proceso. La mano de Miguel lo toca, acariciando sus pezones turgentes.
Miguel se fuerza entre las piernas de Miles, obligándolas a abrirse para que pueda presionar su cuerpo completamente sobre el del omega. El alfa se mueve hasta que el trasero de Miles se presiona directamente contra su entrepierna. Sus cuerpos arden de lujuria, la gran polla de Miguel es presionada contra su entrada húmeda.
Miles no puede evitar retorcerse, con los dedos apretando la armadura de Miguel mientras el demonio gruñe profundamente desde su pecho. Ya no frota su aroma contra Miles, sino que migra su boca hacia el sitio de unión expuesto en su garganta. Miles puede sentir a Miguel acariciarlo con su nariz, el alfa apenas lo roza con los bordes afilados de sus colmillos.
Miles se da cuenta de que el alfa está tratando de calmarlo. Los alfas y omegas emparejados a menudo estimulaban el sitio del vínculo para fomentar un sentimiento de confianza y deseo mutuos. Una suave calidez florece en el pecho de Miles y su cabeza se siente más ligera. Miguel muerde y empuja el sitio de unión con labios sorprendentemente suaves, chupando la piel en su boca mientras Miles se agita y tiembla debajo de él.
La insistencia del alfa funciona lo suficientemente bien como para que los músculos tensos de Miles comiencen a relajarse, una liberación repentina de endorfinas inunda su cuerpo. Miles deja escapar un gemido entrecortado mientras otro chorro de líquido humedece la cama.
Miguel se mueve más fuerte contra él, frotando su pelvis contra el punto cada vez más húmedo de Miles provocando una cantidad casi abrumadora de fricción sobre su pequeña polla. Miguel aparta su boca del punto ahora rojo que se está formando en el cuello del omega y en su lugar se inclina hacia atrás para mirar a Miles.
Desde aquí, Miles puede ver una vez más el rostro de Miguel. Su piel morena sonrojada, sus ojos rojo sangre parecen casi completamente negros ahora. El olor de Miguel arde a su alrededor con agresión; una advertencia para cualquiera que pudiera estar cerca. Su almizcle es tan fuerte que Miles se siente casi paralizado mientras observa al alfa destrozar su propia armadura y sacar su gran polla.
Una extraña mezcla de miedo y lujuria recorre el cuerpo del omega al verlo, no es la primera vez que lo hace, pero si la primera estando bajo los efectos de su celo. Miles no puede evitar el escalofrío que recorre su espalda y el ligero temblor de sus labios. Sus instintos y su mente le gritan cosas diferentes, huir del peligro o someterse a los deseos de su alfa.
Miguel gruñe de nuevo, envolviendo su mano alrededor de la garganta de Miles para mostrar dominio. El alfa frota su polla contra la humedad del agujero de Miles, quien se queja de nuevo, lamentándose por la sensación de placer creciendo en sus entrañas. Miguel acaricia el rostro de Miles antes de lamer las lágrimas que caen por sus mejillas para calmarlo.
A pesar de su miedo y reservas, el amor que sentía por el demonio alfa era mucho más fuerte, Miles podía hacer esto. Miguel nunca le haría daño. A medida que la sensación de Miguel balanceándose contra él crece en placer y su cuerpo se relaja con una avalancha de feromonas, Miles se permite disfrutar de la sensación y el sonido húmedo de la gruesa polla frotando alrededor de su entrada.
Miguel agarra a Miles como si fuera a desaparecer, su aliento es pesado y caliente contra la garganta del omega mientras baja sus caderas hasta que la cabeza de su enorme polla roza su agujero. Miles se estremece ante la intrusión, apenas acostumbrado a que la circunferencia extienda sus apretadas paredes. Ni siquiera está completamente adentro y Miles se siente muy lleno.
Sin más dilación, el alfa fuerza su polla profundamente de una sola estocada, levantando a Miles por las caderas hasta que están completamente unidos, y Miguel comienza a embestir bestialmente dentro de él.
—¡Alfa, por favor! —Miles no está muy seguro de lo que está pidiendo.
Miguel solo se aferra a sus caderas con más fuerza, sus garras dejan líneas rojizas sobre los muslos del omega. Miles puede sentir su cálida humedad goteando desde su entrada; puede escuchar el choque de sus pieles mojadas por el sudor y otros fluidos mientras Miguel lo lleva más cerca del clímax con cada movimiento de sus caderas.
Miles puede oler su propio aroma, ardiendo, entrelazándose con el de Miguel con cada paso de la polla dentro de él. Miles engancha sus piernas alrededor de la cintura del alfa. La parte interna de sus muslos arde y puede sentir su culo contraerse de dolor y tensión, intentando acostumbrarse a la nueva sensación.
Manos firmes le ayudan a extender más sus piernas. Miles hunde sus uñas y dedos en la espalda de Miguel mientras es empujado y presionado contra la cama que no deja de crujir bajo sus cuerpos, hace la cabeza hacia atrás mientras grita y la dura polla en sus entrañas alcanza algo dentro de él que hace que su cuerpo se sienta como si estuviera en llamas.
Más lágrimas corren por el rostro de Miles, causadas por el placer abrumador que esparce calidez a través de él mientras el alfa lo folla sin contenerse.
Miles mira a Miguel con ojos color miel llenos de lágrimas, jadeando y sintiendo como si estuviera a punto de desmoronarse. Los ojos de Miguel están abiertos, mirando al omega con una intensidad que le recuerda a Miles la primera vez que se conocieron.
Miguel continúa follando su cuerpo cada vez más flexible, acercando al omega a su cuerpo mientras el placer se vuelve casi insoportable. La bofetada de sus pieles y los gruñidos de Miguel llenan el aire a su alrededor, seguramente alejando a cualquier posible espectador. Miles siente como si no pudiera respirar, las embestidas se vuelven más profundas, más duras, encontrándose con el chico con tanta fuerza que todo lo que este podía hacer era echar la cabeza hacia atrás y gritar.
La fricción del abdomen de Miguel contra la erección de Miles finalmente pareció hacerlo llegar al límite, hasta que el chico no pudo hacer nada más que apretarse alrededor de la polla del alfa y correrse con fuerza. Todo su cuerpo tembló con las secuelas del placer, pero Miguel parecía no prestar atención a sus gemidos casi de dolor por la sobreestimulación.
Miles se sintió más húmedo que antes, y para su asombro, Miguel pareció casi ronronear de satisfacción al sentir su semen gotear entre sus cuerpos. Miles puede oler el cálido y especiado aroma de orgullo en el aire.
Miguel continúa follando a Miles, su ritmo ahora es descuidado y casi doloroso. La mano de Miles encuentra su camino hacia el rostro del alfa, ahuecando la cálida mejilla en su palma en un intento de conectarse a sí mismo a través de la bruma del placer.
El aroma de Miguel parece florecer de nuevo, volviéndose más pesado que antes. Y es cuando Miles siente el bulto de un nudo creciente hinchándose dentro de él.
Con una última y profunda embestida, el nudo se expande en su interior, uniéndolos mientras gruesos chorros de semen llenan su útero. Miles gime ante la extraña calidez y los pequeños movimientos de las caderas de Miguel.
Miles finalmente se sintió satisfecho.
Poco a poco, Miles puede sentir que el aire se vuelve menos espeso con el olor a lujuria y feromonas. Miguel se había desplomado casi completamente encima de él, protegiéndolo lo mejor que pudo del aire frío debido al sudor de sus cuerpos. Sin pensar, y tal vez por mera costumbre, Miles pasa sus dedos por el cabello del alfa mientras sus labios muerden y besan el sitio de su vínculo previo. Con cada tierno roce de la boca del alfa, el agujero estirado de Miles se contrae alrededor de su nudo.
Miguel instintivamente intenta calmarlo una vez más. Miles se siente cálido y feliz. El omega huele la realización en el aroma de Miguel mientras los cuidados de su alfa se detienen abruptamente. El espeso y ardiente aroma de la vergüenza y la comprensión ahoga la nube de almizcle. Miguel se aleja de Miles, sus manos se hunden en la cama destrozada junto a la cabeza del omega mientras lo mira.
Miles levanta la mano para agarrar el rostro de Miguel. Puede oler las emociones turbulentas que invaden a su alfa, el miedo, la punzada de arrepentimiento y vergüenza, y el amor. Los ojos casi negros de Miguel están nuevamente llenos de emoción. Miguel se inclina lentamente, apoyando su frente contra la de Miles.
—Lo siento, mi amor… no pude protegerte.
Lágrimas calientes inundan los ojos de Miguel y todo rastro de rabia se desvanece de su cuerpo mientras rodea a su omega con sus brazos. Miguel esconde su rostro en la garganta de Miles mientras el chico frota su espalda y su cabeza suavemente.
—Te amo, mi alfa.
Por ahora, la tranquilidad y seguridad de su dulce omega, y sentir sus latidos contra su piel es suficiente.
Una nube de humo se eleva hacia el cielo nocturno, cortando la hermosa vista de las estrellas y el tenue resplandor de la luna sobre lo que solía ser el pueblo de Maerg, ahora extendiéndose en un profundo mar de color carmesí, desolado.
Miguel ha escogido a Miles por encima de su reino, y con su omega envuelto en una sábana de seda en sus brazos. No queda nadie que sea testigo de cómo se pone una capucha para ocultar su rostro y desaparecer en medio de la noche.