Miguel mira su reloj y lanza un ligero suspiro, tamborileando con los dedos sobre la mesa y mirando a su alrededor en la cafeterĂa. Es temprano, lo sabe, llegĂł con diez minutos de anticipaciĂłn antes de que se suponga deba encontrarse con su nuevo cliente, pero ha estado un poco nervioso todo el dĂa, despuĂ©s de pasar la mañana sufriendo durante una sesiĂłn con un aspirante a modelo que se habĂa quejado de literalmente todo.
Solo quiere irse a casa y relajarse, pero Peter habĂa organizado esta reuniĂłn para Ă©l con la promesa de un trabajo fácil y buen dinero, por lo que se queda y hace todo lo posible por ignorar el leve dolor en la parte posterior de su cabeza.
Mira su reloj nuevamente y decide pasar el tiempo en redes sociales para distraerse. Desbloquea su telĂ©fono y se desplaza esperando encontrar algo interesante, y cuando sale con las manos vacĂas, mira discretamente alrededor de su mesa antes de abrir Instagram.
A sus treinta y dos años, cualquiera que haya conocido a Miguel O’Hara, o incluso haya oĂdo hablar de Ă©l, probablemente nunca adivinará cuál es su cuenta de Instagram favorita. Su propia estĂ©tica es estrictamente en blanco y negro y tonos sepia; el tema de su marca de fotografĂa independiente consiste principalmente en colores apagados o ningĂşn color, generalmente conceptos simplistas, serios u oscuros.
No culparĂa a nadie por suponer que su cuenta favorita sea de un concepto similar. Demonios, incluso el propio Miguel se sorprendiĂł cuando se dio cuenta de que le gustaba una cuenta erĂłtica con temática tierna en lugar de los temas habituales a los que se dedican los bloggers o modelos erĂłticos. Las imágenes siempre están en una gama variada de colores pastel y motivos bonitos, en lugar de, bueno, el otro tipo de cosas que puedes encontrar en Internet.
Mimi, como es el apodo del modelo erĂłtico, no es solo un hĂbrido de gato, sino tambiĂ©n un omega. Por lo tanto, no se sorprendiĂł al ver que el modelo tenĂa casi dos millones de seguidores y muchos patrocinios de compañĂas de lencerĂa y juguetes sexuales, todo lo cual mostrĂł en su Instagram. Los productos siempre se alineaban con su estĂ©tica, hasta los plugs anales; el Ăşltimo habĂa sido rosado con un pequeño corazĂłn brillante al final.
El pensamiento hace que Miguel se retuerza un poco donde está sentado y rápidamente ahuyenta esos pensamientos.
Realmente no puede decir quĂ© fue lo que logrĂł engancharlo al contenido de Mimi. Como alfa, Miguel nunca habĂa estado interesado en modelos omega, de los cuales hay muchos, y hay otras cuentas erĂłticas con imágenes mucho más explĂcitas.
Han pasado dos meses desde que presionĂł el botĂłn de seguir, y Miguel todavĂa no lo sabe. Tal vez tenga algo que ver con el hecho de que la temática de Mimi emite una especie de inocencia, a pesar de que el contenido real de su cuenta está tan lejos de ser inocente como puedan imaginar. O tal vez es el factor de que es increĂblemente bonito. No es que Miguel realmente lo supiera, ya que lo más que ha visto de la cara de Mimi son sus labios, pues Ă©ste se encarga de recortar sus imágenes para que nadie pueda reconocerlo, pero aun asĂ…
Como para demostrar su propio punto, abre la sesiĂłn de lencerĂa más reciente de Mimi, en la que lleva un par de shorts color rosa pastel, cĂłmodos y de aspecto suave, con las palabras “Little Kitty” escritas en la parte posterior. No lleva nada más, arrodillado sobre lo que probablemente sea su cama con la espalda hacia la cámara y arqueándose un poco. Su cola, negra y esponjosa, descansa sobre su pierna, con la base justo por encima de la cintura de su ropa interior.
La imagen es una de las más suaves, si no cuenta la forma en que el hĂbrido está sujetando su propio trasero para extenderlo lo más que puede dentro de los confines de los apretados shorts, y-…
—¿Miguel O’Hara?
Miguel casi deja caer su teléfono a toda prisa por cerrar la pantalla y ocultarla, rezando a Dios que nadie lo haya visto revisar una cuenta erótica en público.
—SĂ, soy yo —dice y se levanta para saludar a quiĂ©n tiene que ser su cliente.
—Mi nombre es Gwen Stacy —la beta le ofrece una mano y toma asiento frente a Miguel, colocando una taza de café helado en la mesa—. Pero puedes llamarme Gwen. Soy amiga de Peter —Miguel asiente, y la beta saca rápidamente una carpeta de su bolso—. Trabajo como representante de Miles Morales, un modelo omega de ropa de Instagram. Tenemos programada una sesión mañana, pero nuestro fotógrafo habitual tuvo que cancelar debido a una emergencia familiar.
—Peter mencionó que era de último minuto —dice Miguel y alcanza la carpeta—. De lo contrario, probablemente hubieran elegido un fotógrafo con un estilo más apropiado.
—Sà —dice Gwen sin pausa, aunque sonrĂe ante el intento de broma de Miguel—. No creo que tengamos un gran problema. Puede que sea un poco más colorido de lo que estás acostumbrado, pero estoy seguro de que puedes hacerlo —toma un sorbo de su café—. Además, Miles dijo que te querĂa a ti despuĂ©s de revisar tu perfil en lĂnea.
Miguel tararea, hojeando las fotos. Parece bastante sencillo, nada demasiado extravagante; las fotos son más suaves y bonitas que de alta costura. Tiene la vaga sensación de haber visto antes al modelo: es muy lindo, con labios gruesos, piel oscura, y unas bonitas orejas de gato negras; pero, si tiene su propio representante, probablemente sea muy popular.
—¿DĂłnde serĂa la sesiĂłn? —él pregunta, notando que las fotos en la carpeta están tomadas en una variedad de ubicaciones, desde salas de estar hasta cafeterĂas, tejados y calles.
—Oh, en el apartamento de Miles —dice Gwen—. Tiene algunos atuendos que quiere lucir en un ambiente más cómodo, por lo que toda la sesión tendrá lugar en su apartamento.
Miguel asiente, aunque con cierta aprensiĂłn.
—¿Estará bien conmigo en su casa? —pregunta, mirando la fotografĂa de identificaciĂłn del modelo en la carpeta. Es evidentemente años más joven que Ă©l y muy bonito—. SĂ© que algunos omegas pueden sentirse incĂłmodos con los alfas no apareados, asĂ que…
Deja la frase sin terminar, pero Gwen solo sonrĂe y sacude una mano despreocupadamente.
—No tienes que preocuparte por eso —dice—. A Miles no le importan ese tipo de cosas. Y como ya dije, él mismo te pidió, asà que no se sorprenderá cuando llegues.
—Está bien —dice Miguel, aliviado. Ha sucedido varias veces, los clientes omega suponen que está emparejado y luego se vuelven locos cuando llega el momento de la sesiĂłn, por lo que se ha acostumbrado a asegurarse de que tanto Ă©l como sus clientes estĂ©n en la misma página—. Bien, entonces no creo que haya ningĂşn problema. ÂżQuieren que lleve algĂşn equipo en especĂfico?
Gwen se toma un momento para pensar, tarareando por lo bajo.
—No, yo dirĂa que estamos bien —dice—. Miles prefiere la luz natural, y su apartamento tiene ventanas realmente grandes, asĂ que dudo que necesitemos algo.
—Toma mi tarjeta por si acaso —Miguel le entrega a la beta su tarjeta de presentaciĂłn con su nĂşmero—. Si llueve, envĂame un mensaje y traerĂ© cosas para la iluminaciĂłn.
—Perfecto —Gwen parece muy satisfecha, y Miguel siente que toda esta reunión ha sido una especie de prueba—. Dejaré la carpeta contigo —dice y se pone de pie—. Tienes toda la información sobre la sesión, la hora y el lugar, asà como las direcciones de las cuentas de redes sociales de Miles. Puedes revisarlas y tener una idea del tipo de fotos que suele tomar para que mañana sea más fácil para los dos.
—Haré eso —dice Miguel levantándose de su asiento—. Espero con interés trabajar con ustedes.
Gwen sonrĂe.
—Nosotros tambiĂ©n —dice suavemente y toma su café—. Que tengas un buen dĂa.
Examina nuevamente la carpeta de camino a casa. Miles Morales definitivamente es lindo, piensa de nuevo mientras mira las fotos. Realmente es más colorido que con lo que Miguel está acostumbrado a trabajar, pero no deberĂa ser más difĂcil que desactivar el filtro blanco y negro de su cámara.
Lanza el portafolio sobre su mesa de cafĂ© cuando llega a casa y se desploma en su sofá, suspirando, ya que finalmente puede relajarse. Sin embargo, no funciona muy bien, pues el dolor de cabeza que habĂa sentido antes estaba regresando lentamente.
No está seguro de por quĂ© está tan ansioso hoy, realmente espera no estar a punto de entrar en celo. Teniendo en cuenta el trabajo que tiene mañana, eso serĂa desastroso, por no mencionar extremadamente poco profesional. Intenta contar las semanas desde su Ăşltimo celo en la cabeza, pero solo termina frustrado.
—Es demasiado pronto —decide y atribuye su frustración al estrés y la falta de alivio adecuado. Con eso en mente, se levanta del sofá y se dirige a su habitación, donde se sienta en el escritorio y abre su computadora portátil, buscando una solución rápida para deshacerse de su frustración.
Verán, podrĂa haber otra razĂłn por la que está tan apegado a la cuenta erĂłtica de Mimi, y es el hecho de que el hĂbrido trabaja tambiĂ©n como camboy.
Hace una transmisiĂłn en vivo todos los miĂ©rcoles y domingos, y aunque no está en lĂnea en este momento, sus transmisiones antiguas están disponibles para aquellos que pagan una tarifa mensual para suscribirse a su canal. Lo que hace Miguel. Obviamente.
Se habĂa perdido la transmisiĂłn del domingo pasado, asĂ que esa es la que Miguel abre, poniĂ©ndose cĂłmodo en su asiento mientras carga el video. Tan pronto como comienza, inmediatamente se siente más a gusto; Mimi lleva una máscara a medio rostro, por lo que no puede verlo, pero la sonrisa en sus labios es brillante y bonita.
—Hola, muchachos —comienza y se aleja de la cámara, sentándose cómodamente de rodillas en la cama. No lleva nada más que un par de bragas blancas de encaje y una liga a juego alrededor de su muslo izquierdo—. Voy a esperar un poco para que todos lleguen antes de comenzar. Pueden hablarme de su fin de semana mientras esperamos, si quieren.
Miguel mira el chat y ve nuevos mensajes aparecer a la velocidad de la luz, resoplando. Se pregunta cĂłmo diablos Mimi podrĂa realmente encontrarles sentido con lo rápido que van, pero escoge dos o tres y los lee en voz alta con facilidad, riĂ©ndose del más sucio. Su cola da un respingo, enroscándose contra su cintura.
Una vez que considera que su audiencia es lo suficientemente grande, se estira y toma un consolador morado, uno lleno de pequeños bultos a lo largo de sus costados.
—Si siguen mi Instagram, probablemente reconozcan este —dice y golpea la punta juguetonamente contra su labio inferior. La primera oleada de calor se extiende hasta la boca del estĂłmago de Miguel—. Fue un regalo. PensĂ© que estarĂa bien usarlo hoy.
Mientras el chat expresa su emoción, Miguel lo hace en silencio, aun manteniendo las manos sobre los reposabrazos. No quiere terminar demasiado rápido.
—Es realmente grande, Âżno? —Mimi tararea, con su voz un poco más alta—. No es tan largo, pero es grueso —le da a la punta un pequeño beso y sonrĂe, amplio e inocente—. Voy a tener que estirarme mucho para esto. ÂżQuieren verme hacerlo?
Miguel ahoga un gemido, y la suave risa de Mimi ante el aumento de mensajes en el chat, suena casi como si se estuviera riendo de Miguel. El hĂbrido se da vuelta en la cama para que su espalda mire a la cámara, burlándose del borde de sus bragas, acariciando y presionando la piel de sus caderas por un momento antes de deslizar sus pulgares debajo del dobladillo y empujarlas hacia abajo.
—Mierda —murmura Miguel, calor comienza a hervir bajo su piel. Siempre lo golpea como un puñetazo el ver la piel suave alrededor de su entrada, el borde brillante con lubricante natural. Su cola se mueve deliberadamente de un lado a otro, bloqueándole la vista antes de enroscarse alrededor de su muslo.
—Ya estoy mojado —dice y arquea aĂşn más la espalda, presentándose—. Solo pensar en tener esto dentro de mĂ me emociona —sonrĂe dulcemente a la cámara y se estira detrás de sĂ mismo, separando las mejillas de su trasero con sus manos antes de rodear con un dedo su entrada, presionando ligeramente contra ella para humedecer su dedo—. Ojalá tuviera un alfa aquĂ para ayudarme. Apuesto a que sus dedos se sentirĂan mucho mejor que los mĂos.
Miguel desabrocha sus pantalones al mismo tiempo que el hĂbrido empuja el primer dedo dentro de sĂ mismo, palmeando su polla medio duro a travĂ©s de sus bĂłxer.
—Joder —gime, calor pulsa entre sus piernas, pesado y fuerte.
—Mnh, no es suficiente —Mimi murmura y agrega otro dedo, enderezándose con su mano libre contra el colchĂłn mientras empuja más profundamente—. No puedo… ah… no puedo alcanzar-…
—No tengo que alcanzarlo —dice Miguel con voz ronca mientras se acaricia, como si el hĂbrido pudiera escucharlo—. Solo tengo que abrirte lo suficiente.
Sin embargo, Mimi parece compartir sus pensamientos, separa sus dedos dentro de sà mismo ahogando un gemido, y agrega un tercero, mordiéndose el labio inferior para reprimir los sonidos mientras gira su mano y acelera el paso.
—SĂ© que no deberĂa apresurarme —dice—. Pero estoy tan impaciente. Solo… mnh… quiero el consolador dentro de mĂ, quiero que… ah… me llene.
—Joder —susurra Miguel nuevamente, metiendo la mano en sus bĂłxer para envolver su mano alrededor de su polla, completamente duro y tenso. Es casi vergonzoso lo rápido que el hĂbrido lo excita, pero no puede encontrar que le importe, no cuando se ve y suena tan malditamente hermoso, rogando que lo follen. El calor recorre ahora a Miguel en pulsos, más intenso en sus entrañas.
El hĂbrido se considera preparado unos minutos más tarde, sacando sus dedos y alcanzando el consolador. Hay una mancha hĂşmeda en sus sábanas justo debajo de su trasero, gotas de lubricante que gotea de sus dedos.
—Me va a estirar tanto —dice, como si fuera la mejor cosa del mundo. En lugar de agarrar la botella de lubricante que se encuentra en la cabecera de su cama, presiona el juguete entre sus mejillas y lo frota sobre su piel empapada para que quede hĂşmedo—. Apuesto a que se sentirá increĂble dentro de mĂ.
Miguel cierra los ojos y deja de acariciarse, obligándose a calmarse, a no dejar que el calor enturbie sus sentidos demasiado rápido. Respira hondo y levanta la vista nuevamente, justo a tiempo para ver a Mimi colocar la cabeza del consolador contra su agujero. El hĂbrido envĂa otra sonrisa a la cámara por encima de su hombro, y luego empuja el juguete dentro de Ă©l.
El sonido agudo que emite atraviesa a Miguel como una oleada de electricidad, extrayendo un gruñido más allá de su garganta.
—Mierda —sisea y aprieta la base de su polla, evitando la mayor parte de su excitaciĂłn como puede mientras observa al hĂbrido tomar más y más del consolador.
—O-oh, Dios —Mimi gime, alto y conteniendo la respiraciĂłn—. Oh, Dios, me está llenando tan bien, yo… —su voz se queda sin aliento, su cola da una brusca sacudida antes de enroscarse alrededor de su muñeca—. Es tan grande —gime, su brazo tiembla mientras mueve el consolador cada vez más profundo—. Es demasiado grande, no puedo, yo… ¡ah!
—Puedes —gruñe Miguel, acariciándose lentamente mientras su mano libre se aferra con fuerza al reposabrazos. Incluso ahora, el hĂbrido se ve tan inocente, puro en lugar de obsceno, y Miguel puede sentir el alfa en Ă©l gritando por ayudar al hĂbrido, presionarlo contra la cama y hacer que tome el consolador centĂmetro a centĂmetro, para ayudarlo a llegar justo donde Ă©l lo quiere—. Joder, claro que puedes.
Mimi saca el consolador un poco antes de volver a meterlo, sus labios se abren en un gemido silencioso, introduciendo el juguete más profundamente con empujes suaves.
—Se siente tan bien —suspira, meciendo las caderas contra Ă©l—. Es tan bueno, a-alfa, estoy… mnh… me va a hacer venir.
—Sà —gruñe Miguel, aumentando su ritmo. Presiona su pulgar contra la cabeza de su polla y extiende el preseminal en la punta, la sensaciĂłn del nudo comienza a generarle un dolor casi insoportable—. Hazlo, ven, cĂłrrete por tu alfa, joder…
El hĂbrido tiembla, el juguete probablemente roza su prĂłstata. Y deja caer su cabeza, jadeando, haciendo que la máscara se deslice al puente de su nariz.
El estado de nublada excitaciĂłn de Miguel se detiene.
El hĂbrido arregla la máscara lo suficientemente rápido y continĂşa trabajando con el consolador, pero Miguel siente que acaba de ser golpeado por un tren de carga.
Ha visto ese rostro antes, está seguro que sĂ. Miguel cierra su computadora portátil y se pone de pie de un salto, subiĂ©ndose torpemente los pantalones sobre su polla aun dura, maldiciendo por lo bajo mientras se apresura a su sala de estar, donde toma la carpeta que le habĂa traĂdo Stacy, saca la foto del modelo de Instagram, y…
Los mismos labios, los mismos ojos, el mismo cabello y las mismas orejas negras puntiagudas.
Mierda.
Miguel tiene una sesión de fotos con Mimi programada mañana.
Cuando Miguel sale de su apartamento al dĂa siguiente para dirigirse a su sesiĂłn, está a punto de lanzarse de cara al centro de la calle con la esperanza de morir atropellado.
DespuĂ©s de una ducha helada para calmarse, se habĂa pasado varias horas preguntándose quĂ© demonios deberĂa hacer. Su primer instinto habĂa sido cancelar toda la sesiĂłn, porque ÂżcĂłmo se suponĂa que actuara indiferente y tomara fotografĂas de Mimi, Miles Morales, dentro de la misma casa donde filmĂł probablemente cada uno de sus videos y todo lo que Miguel ha visto ya?
HabĂa estado a punto de llamar a Peter cinco veces y pedirle que cancelara, pero finalmente, decidiĂł que serĂa increĂblemente poco profesional hacerlo. No es que vaya a pasar nada solo porque Ă©l lo sabe. Mientras pueda evitar ser, bueno, un alfa idiota al respecto, todo estará bien.
Totalmente bien.
Ahora, cuando llega al estacionamiento afuera del complejo de apartamentos de Miles, se pregunta si deberĂa decirle al hĂbrido que conoce su cuenta erĂłtica, para que estĂ©n en la misma página antes de comenzar la sesiĂłn. Por otra parte, existe la posibilidad de que lo moleste profundamente, y Miguel no quiere incomodarlo o causar problemas. Permanece sentado en su automĂłvil por un momento, dándose ánimos. Asiente para sĂ mismo, y con eso, toma su mochila con el equipo y sale. Toca el timbre de la puerta y entra sin problema.
—UndĂ©cimo piso, apartamento 1610 —una voz dice a travĂ©s del receptor. Ya en el ascensor, se toma un momento entre su creciente nerviosismo para preguntarse cuánto dinero realmente proviene del modelaje en Instagram, pero corta esos pensamientos cuando se desvĂan a probablemente mucho, si tiene una cuenta como camboy.
Mete la mano en su bolso y se bebe de un trago la botella de agua helada que habĂa traĂdo con Ă©l, murmurando “está bien” en voz baja antes de salir del ascensor y aguanta la respiraciĂłn mientras toca el timbre. Se escuchan voces amortiguadas desde el interior del apartamento y se prepara para lo peor, listo para poner todo su esfuerzo en asegurarse de no hacer algo vergonzoso, como emitir feromonas o algo igualmente estĂşpido.
Sin embargo, Miles no es el que abre la puerta. En cambio, Miguel se encuentra cara a cara con una Gwen muy sonriente.
—Justo a tiempo, Miguel —dice y abre la puerta—. Estamos a punto de comenzar.
—Perfecto —dice Miguel con una voz demasiado rĂgida incluso para sus propios oĂdos. Esto es justo lo que necesita; que la beta frente a Ă©l se dĂ© cuenta del desastre que es Miguel actualmente.
Fantástico.
—Miles está terminando de arreglarse —dice Gwen—. Puedes darme tu chaqueta. La colgaré.
Miguel hace lo que se le dice y es conducido dentro del apartamento, el cual, como sospechaba, es bastante grande. Es moderno, con limpios pisos de madera y paredes blancas, y parece tener al menos tres habitaciones más un armario enorme en el pasillo.
—¿Quieres algo de beber? —Gwen pregunta y lo lleva a la cocina—. ¿Café, té?
—Simplemente agua está bien, gracias —dice Miguel. Gwen abre el refrigerador y le sirve un vaso antes de encender la cafetera. Ansioso por evitar un silencio incómodo y que su tensión se vuelva más evidente de lo que ya es, Miguel se aclara la garganta y mira a su alrededor—. No bromeabas acerca de la iluminación natural —dice finalmente, mirando las ventanas del piso al techo que ocupan la pared occidental de la cocina—. ¿Está abierto en todas las habitaciones?
—Sà —dice Gwen—. Miles consiguió este apartamento relativamente barato por eso, ya que no muchos están ansiosos por comprar o alquilar lugares con tanta exposición. Este lugar es como un horno en verano y un refrigerador en invierno, por lo que las facturas de gas realmente aumentan.
Miguel resopla.
—Puedo imaginarlo-…
—Gwen, ¿llegó el Sr. O’Hara?
Miguel se estremece ante la voz y casi deja caer su vaso de agua, olvidando lo que habĂa estado a punto de decir. La ha escuchado tantas veces antes, pero no es lo mismo en absoluto; es mucho más clara, más dulce.
—Lo hizo —Gwen responde, luciendo demasiado divertida para el gusto de Miguel—. Estamos en la cocina.
Hay un par de pasos y Miguel se gira hacia la puerta, listo para mantener una cara seria y fingir que no se está arrancando el cabello internamente, y rápidamente pierde todo el aire en sus pulmones.
Dios, es aún más bonito en persona.
Es como si cada aspecto del hĂbrido se multiplicara por diez. Su cabello es más esponjoso, sus ojos más brillantes (prácticamente brillan de emociĂłn cuando se centran en Miguel) y podrĂa ser solo producto del maquillaje, pero su piel parece brillar. Es más bajo que Miguel. Lleva un suĂ©ter azul de gran tamaño, shorts de mezclilla, y por decir shorts, significan shorts muy cortos, y calcetas hasta la rodilla color crema. Su esponjosa cola se mueve de un lado a otro varias veces antes de enroscarse alrededor de su muslo.
—Hola —dice Miles y sonrĂe educadamente—. Mi nombre es Miles Morales. Gracias por aceptar hacer esta sesiĂłn en tan poco tiempo.
—Oh, no, es… —Miguel hace una pausa y se aclara la garganta, maldiciĂ©ndose por lo baja que sale su voz—. No hay problema. Espero poder hacer un buen trabajo.
Miles solo lo mira por un momento, sonriendo ligeramente, antes de sacudir la cabeza para rechazar la aprensión de Miguel o sus palabras humildes, sus orejas dando un pequeño respingo.
—Estoy seguro de que lo harás —dice y camina hacia la mesa—. RevisĂ© tu Instagram despuĂ©s de que Peter lo sugiriĂł, y eres realmente bueno. Tus fotos son increĂbles.
Miguel tiene que ignorar la forma en que su lado alfa levanta la cabeza con orgullo, satisfecho de haber impresionado al hĂbrido.
—Gracias —dice y deja que sus hombros se desplomen un poco de alivio por haberlo hecho bien. Por supuesto, justo cuando hace eso, su filtro de cerebro a boca se apaga por un segundo y dice—: Probablemente no va a ser difĂcil trabajar con alguien tan bonito, asĂ que…
Los ojos de Miles se ensanchan y vagamente puede escuchar a Gwen resoplar detrás de su taza de café, y Dios, quiere golpearse la cabeza contra la mesa de mármol de la cocina.
—L-Lo siento, eso no fue profesional, no deberĂa haber dicho eso.
En lugar de mostrarse descontento, como Miguel hubiera pensado que estarĂa Miles al escuchar un cumplido tan descarado de un extraño alfa en su casa, un suave rubor inunda sus mejillas y su sonrisa se vuelve dulce.
—Está bien —dice suavemente—. Gracias.
Miguel inconscientemente se lame los labios y lo observa un poco más.
—Sà —se las arregla, y ahà está de nuevo, ese timbre bajo en su voz.
Mierda.
Necesita salir de cualquier hechizo en el que se encuentre, pero antes de que pueda comenzar a apartar la mirada de Miles, Gwen lo interrumpe.
—No es que esto no sea muy entretenido —dice—. Pero creo que tenemos algo de trabajo que hacer.
Tanto Miles como Miguel apartan la mirada uno del otro, Miguel rápidamente se mueve para alcanzar el bolso con su cámara mientras Miles lo mira sin dejar de sonreĂr.
—Sà —dice Miguel de nuevo, agarrando el bolso con mucha más fuerza de la necesaria—. ¿Dónde, eh, por dónde empezamos?
—La sala de estar —dice Miles. Su cola da un pequeño respingo en la direcciĂłn indicada, que es un gesto mucho más lindo de lo que tiene derecho a ser—. Estaba pensando en algunas tomas junto a las ventanas o junto a la estanterĂa para obtener más… sensaciĂłn hogareña.
Miguel asiente mecánicamente y lo sigue a la sala contigua. No es muy grande, pero está muy bien amueblado con sillones cĂłmodos y un sofá lo suficientemente grande como para que puedan sentarse tres personas. Hay almohadas y mantas por todas partes, y Miguel cree que al hĂbrido le gusta acurrucarse aquĂ y relajarse.
Mientras Miles se acerca a la estanterĂa, Gwen le da a Miguel una sonrisa alentadora y hace un gesto hacia la sala abierta como para decir acĂ©rcate. Asintiendo, saca su cámara de su bolso y camina por la habitaciĂłn durante unos minutos, tomando algunas fotos aquĂ y allá para probar la iluminaciĂłn en varios lugares.
—¿Qué piensas?
Miguel da un ligero sobresalto, al no haber escuchado acercarse al hĂbrido. Se da vuelta para mirarlo e inmediatamente lo lamenta, encuentra a Miles de pie lo suficientemente cerca de Ă©l como para que su olor golpee a Miguel sin preparaciĂłn justo en la cara. Huele a vainilla, miel y cafĂ©, y joder, provoca que saliva brote bajo la lengua de Miguel.
—Está bien —dice y trata de alejarse despreocupadamente de Miles—. La iluminaciĂłn, quiero decir, es buena. Básicamente, podrĂamos tomar las fotos en cualquier lugar, asĂ que depende de ti cĂłmo quieras hacerlo —si Miles nota su incomodidad, no dice nada. Solo sonrĂe y mira a su alrededor, examinando crĂticamente su sala de estar en busca de un buen lugar.
—Probemos la ventana primero —dice y camina hacia el lugar deseado, avanzando ágilmente—. Creo que la luz solar directa podrĂa crear un ambiente agradable.
Se instala en el rincĂłn de la habitaciĂłn donde se unen la ventana y la pared, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y la cola enroscada alrededor de su muslo. Cruza las manos sobre su regazo y luego mira a Miguel con gran expectaciĂłn, como si estuviera ansioso por verlo trabajar.
Para evitar que el sol brille demasiado, Miguel se arrodilla directamente frente a Ă©l, presionando un hombro contra la ventana. Con un movimiento de cabeza del hĂbrido para mostrar que está listo, levanta la cámara y comienza a capturar.
Desde la primera imagen, Miguel puede decir que Miles se siente extremadamente cómodo frente a una cámara. Se mueve sin demora, inclinando su rostro de un lado a otro, girando su cuerpo sin interrumpir el flujo de Miguel. Su expresión cambia de relajada a alegre a francamente linda, y sus orejas retratan cada emoción que se cruza en su rostro, moviéndose cuando es conveniente.
Hay un momento en el que apoya la cabeza contra la ventana y suspira suavemente ante el frĂo toque de vidrio contra su piel, y el agarre de Miguel sobre la cámara se tensa considerablemente. Miles mira directamente a la lente en ese momento, con los ojos entrecerrados y su sonrisa con una fracciĂłn de suficiencia, como si supiera exactamente lo que está pasando por la cabeza de Miguel.
Esa mirada desaparece al segundo siguiente, y su sonrisa natural regresa cuando se da vuelta para acariciar su hombro contra el cristal.
QuĂ© mierda, piensa Miguel mientras vuelve a tomar fotos, empujando la leve emociĂłn provocada por la mirada del hĂbrido hasta el fondo de su mente.
DespuĂ©s de algunas tomas más, Miles se mueve para sentarse frente a su estanterĂa. La madera casi blanca contrasta muy bien con su piel, y Miguel tiene más libertad con los ángulos aquĂ. El hĂbrido usa un libro como accesorio, pretendiendo leer al principio y luego mirando al lente, como si la cámara hubiera interrumpido su pequeño momento de paz y tranquilidad.
En un momento, le saca la lengua a Miguel en lo que probablemente se supone que es una manera lĂşdica, pero mierda, pone a prueba su autocontrol como si no hubiera mañana. No logra captar el momento en la cámara, ya que está demasiado ocupado luchando por mantener su control sobre el dispositivo, pero su vacilaciĂłn hace que Miles se rĂa, lo que no puede evitar contar como una victoria.
Después de que terminan en la sala de estar, Miles quiere tomar algunas fotos en la cocina, planeando usar un vaso como accesorio. Sin embargo, se disculpa y dice que va a cambiarse de ropa para este, y se va con rapidez a lo que probablemente sea su habitación mientras Miguel y Gwen regresan a la cocina.
—¿Quieres otro vaso de agua? —Gwen pregunta, y a Miguel realmente no le gusta lo presumida que suena, como si supiera cuán desafiante habĂa sido la sesiĂłn hasta ahora.
—SĂ, por favor —dice y baja la cámara para pasar una mano por su cabello. La beta se rĂe mientras rellena el vaso de Miguel—. ÂżQuĂ© es tan gracioso?
—No, lo siento, solo —sonrĂe, y sĂ, definitivamente hay presunciĂłn ahora—. Parece que estás a punto de implosionar por lo mucho que estás tratando de no verte afectado por Miles —Miguel prácticamente puede sentirse palidecer, pero Gwen agita su mano para aliviar su tensiĂłn—. No parezcas tan alarmado, no te estoy juzgando ni nada.
Miguel toma el vaso de agua, aunque vacilante.
—¿No lo estás? —él pregunta.
—No —la sonrisa de Gwen se vuelve tranquilizadora—. Estaba un poco preocupada al principio, ya que, como dijiste, eres un alfa no emparejado —dice—. Pero al verte esforzarte tanto por ser profesional, bueno… —agrega con burla—. No puedo decir que Miles se estĂ© preocupando por asegurarse de que seas profesional —agrega—. En general, todos somos adultos aquà —dice Gwen y se encoge de hombros, volviĂ©ndose para guardar su taza de cafĂ© vacĂa—. No es mi derecho juzgar a nadie, incluso si quisiera.
El lado alfa del cerebro de Miguel cree que suena como una especie de bendiciĂłn, una reflexiĂłn que se apresura a ignorar lo mejor que puede antes de que Miles vuelva a entrar en la habitaciĂłn.
Esta vez está usando pantalones deportivos, y la reflexiĂłn previa de Miguel acerca de golpearse la cabeza contra la mesa regresa de nuevo. El hĂbrido obviamente está buscando una apariencia cĂłmoda pero atlĂ©tica, junto con la sudadera con capucha que se ha puesto sobre la cabeza, pero los pantalones se ven realmente pecaminosos, ajustados cĂłmodamente alrededor de su trasero y muslos.
—Gwen, ¿puedes sacar la malteada del refrigerador? —pregunta, y sin previo aviso, se sube a la mesa de la cocina.
Miguel casi se ahoga con su agua.
Rápidamente se da vuelta y hace una escena como si verificara la configuraciĂłn de su cámara, cantando internamente una cadena de mierda, mierda, mierda, mierda. La batalla por sus instintos se está volviendo mucho más difĂcil ahora, especialmente con la imagen de Miles arrodillado sobre el mármol liso y reflectante de la misma manera que lo hizo en el video, momentos antes de meterse un consolador por el culo.
Hay lástima en la sonrisa de Gwen cuando toma el vaso de Miguel para limpiar la mesa de la cocina para que Miles se mueva.
—Tengo la costumbre de descansar en lugares extraños —el hĂbrido le dice a Miguel a modo de explicaciĂłn—. Por lo que se ha convertido en algo estĂ©tico para mis seguidores, verme más… como harĂa un animal salvaje, supongo.
Miguel asiente, todavĂa no del todo preparado para mirar a Miles. Prolonga la preparaciĂłn de su cámara todo el tiempo que puede, y cuando tiene que hacerlo, respira hondo y mira hacia arriba.
Mierda.
Miles está recostado boca abajo sobre el mármol liso, con la espalda curvada para apoyarse sobre los codos y la barbilla apoyada en sus manos mientras sus bonita cola se agita detrás de él. Hay un vaso frente a él y una pajita entre sus labios, que se enroscan en una sonrisa mientras espera a que Miguel salga de su aturdimiento.
Cuando Miguel no lo hace de inmediato, el hĂbrido libera la pajita de sus labios para preguntar—: ÂżEstá bien, Sr. O’Hara? —y Miguel jura, jura que la voz de Miles es más baja que antes.
—Sà —dice, con la garganta seca—. SĂ, estoy bien —toma su cámara y mira a Gwen, solo para notar que la beta ha salido de la habitaciĂłn. Su voz fluye a travĂ©s de la puerta abierta, probablemente estĂ© hablando por telĂ©fono, y el hecho de que solo estĂ©n Miguel y Miles en la habitaciĂłn en ese momento, bueno…
—Cuando estés listo —dice Miles, como si él fuera el que tomara las fotos. Su voz es dulce como la miel, como su aroma, que está atrapado en la nariz de Miguel nublando sus pensamientos.
Enfócate, se dice con severidad y levanta su cámara. Enfócate joder, Miguel O’Hara.
Es más fácil decirlo que hacerlo, gracias al hĂbrido. La sesiĂłn comienza lo suficientemente inocente, pero rápidamente se desvĂa hacia territorio peligroso. Miles frunce los labios alrededor de la pajita y succiona, su garganta se mueve con cada sorbo que toma. Él tararea ante el sabor, un sonido que está demasiado cerca de un gemido para ser inocente.
Cuando va a cambiar de posiciĂłn y suelta la pajita, una gota del lĂquido cae sobre sus labios y deliberadamente arrastra su lengua sobre Ă©l, emitiendo un sonido de satisfacciĂłn antes de cambiar su postura. Miguel está agarrando la cámara con tanta fuerza que está sorprendido de que aĂşn no se haya roto.
No está muy seguro de cómo se las arregla para sobrevivir a través del siguiente conjunto de fotos, ni está muy seguro de cómo sucede exactamente, pero de repente, Miles está sentado al borde de la mesa de la cocina con Miguel de pie justo frente a él, con menos de un metro de espacio entre ellos.
El hĂbrido se inclina un poco hacia adelante, su cabeza hacia un lado como si estuviera tratando de ver mejor el rostro de Miguel detrás de la cámara, y Miguel, bueno, Miguel ha dejado de tomar fotos, porque Miles es un modelo de ropa, pero lo Ăşnico visible a travĂ©s de su lente es el rostro y el cuello del hĂbrido.
Su cuello. Impecable, sin marcas, tan bonito.
—Miguel —dice Miles en voz baja, inclinándose aĂşn más cerca. Su aroma es tan delicioso de cerca que hace que Miguel quiera probarlo, joder, arrastrar la lengua por la extensiĂłn de su cuello, hasta su glándula odorĂfera, donde hundirĂa sus dientes y-…
—¿Quieren algo de comer?
Miguel retrocede al mismo tiempo que Gwen entra de nuevo en la habitaciĂłn, a mitad de proceso de ponerse un abrigo.
—¿Qué? —pregunta, completamente sin aliento por lo que sea que haya pasado.
—PreguntĂ© si querĂan algo de comer —dice Gwen, deteniendo su movimiento por un segundo antes de rodar los ojos—. Tengo hambre, y como Miles no tiene nada más que basura en su refrigerador.
—¡Hey!
—Voy a comprar comida —finaliza la beta sin prestar atenciĂłn al gemido de Miles, un gemido que llena a Miguel con una vergonzosa urgencia de querer calmarlo—. TodavĂa les queda una oportunidad, pensĂ© que podrĂa traerles algo a ustedes dos. Si quieres quedarte a cenar, por supuesto, Miguel.
Al cerebro de Miguel le toma un momento darse cuenta de lo que esto realmente significa.
—¿Te vas? —pregunta con voz ronca, con los ojos parpadeando entre Gwen y Miles de una manera que probablemente transmite la pregunta subyacente si “nos estás dejando solos a los dos” demasiado obvio.
—Sà —dice Gwen, arqueando una ceja, divertida—. PodrĂa pedir comida, pero quiero tomar un poco de aire fresco, asĂ que…
Y esa es una declaraciĂłn de lo mal que Miguel ha fallado en mantener sus feromonas bajo control. Por otra parte, a juzgar por la larga mirada que Gwen le envĂa a Miles, no es el Ăşnico culpable.
—La comida suena genial —dice el hĂbrido y se desliza hacia abajo desde la mesa—. ÂżPuedes comprar empanadas?
—Seguro. ¿Te parece bien, Miguel?
Miguel mira a Miles, que ahora está muy cerca de él, a Gwen, y le toma un momento a su cuerpo escuchar el comando de su cerebro y asentir.
—Sà —dice—. SĂ, eso suena… bien.
Gwen asiente, todavĂa luciendo terriblemente divertida, y con eso, se despide.
Miguel mira el marco vacĂo hasta que escucha el clic de la puerta principal cerrarse detrás de la beta, resistiendo el impulso de inquietarse en el silencio que queda detrás de Ă©l. Miles no se mueve, aparentemente contento de estar de pie tan cerca suyo, donde ola tras ola de su aroma llega a Miguel sin restricciones y lo llena de ganas de presionar el hĂbrido contra la mesa de la cocina y… y hacer algo.
Finalmente, después de lo que fácilmente pudo haber sido una eternidad, Miles da un paso atrás, sonriendo mientras mueve la cola en dirección a su dormitorio.
—Voy a cambiarme para la última sesión —dice inocentemente, como si fuera completamente ajeno a la tensión en la habitación—. Dame un par de minutos, ¿de acuerdo?
Miguel asiente, apenas confiando en sĂ mismo para hablar en ese momento. Sus manos están apretadas alrededor de la cámara, y hasta que Miles sale de la habitaciĂłn no se atreve a soltarla. Temblando, la coloca sobre el mostrador y respira hondo, pasándose las manos por el cabello bruscamente. Mierda, el aroma de Miles le está haciendo cosas que realmente no deberĂa, tratándolo como un maldito juguete. Y su voz, Miguel no puede dejar de vincular su voz a los videos donde la ha escuchado antes, todos en los que el hĂbrido ha gemido y rogado por un alfa que-…
—Joder —sisea y mira a su alrededor. ¿Dónde diablos está su vaso de agua? Tiene la intención de verterlo sobre su cabeza en este momento.
Cuando han pasado varios minutos, toma su cámara y lentamente se dirige a la habitación de Miles, arrastrando los pies para prolongar su inevitable sufrimiento tanto como pueda. Encuentra la puerta cerrada y levanta una mano para tocar, dudando por unos segundos antes de golpear suavemente la puerta.
Ante la silenciosa respuesta del hĂbrido de “entra”, empuja la puerta y, como habĂa esperado, se detiene para atravesar la ola de feromonas que lo inunda. Es mucho más potente aquĂ que en cualquier otro lugar del apartamento, lo cual tiene sentido, porque esta es la habitaciĂłn de Miles, aquĂ es donde duerme y pasa la mayor parte de su tiempo.
También es donde graba sus videos de camboy. Miguel reconoce la cama con facilidad.
Maldita-…
—Saldré en un segundo —llama la voz de Miles desde el baño contiguo.
—Está bien —dice Miguel, todavĂa de pie en la puerta y preguntándose cĂłmo demonios va a sobrevivir a la siguiente sesiĂłn. Quizás pueda… dejar de respirar por quince minutos. Eso deberĂa funcionar, Âżverdad?
A mitad de su autoflagelación, Miles sale del baño y hace que todos los esfuerzos de Miguel sean completamente inútiles.
El suéter esponjoso que lleva puesto es del mismo tono que sus ojos, y hay una gargantilla alrededor de su cuello con un pequeño cascabel colgando de su centro. Está usando de nuevo sus shorts de mezclilla, pero esta vez, con medias de red debajo, de colores pálidos con un pequeño rastro de flores que recubren sus costados. Sus mejillas se ven tan suaves y brillantes, y Miguel no puede decir si es producto de su maquillaje o algo completamente diferente.
—¿Listo? —el hĂbrido pregunta y se mueve hacia su cama, y ÂżquĂ© otra opciĂłn tiene Miguel que seguirlo?
Él aguanta la respiración todo el camino hasta que está de pie a los pies de la cama. Miles no se da cuenta de su tensión o no le importa; tararea contento ante la suavidad de su manta y se pone cómodo, sentándose con las rodillas hacia el pecho y los dedos jugando con los hilos de sus medias.
El hĂbrido no dice nada más, solo mira a Miguel a travĂ©s de sus pestañas, esperando.
¿El qué? Miguel no está seguro.
Aleja los pensamientos de cuán pequeño y flexible se ve Miles en este momento y en su lugar, levanta su cámara, luchando por evitar que tiemble. Él toma una foto y luego otra, luchando contra el impulso de emitir un gruñido bajo cuando el hĂbrido rompe el contacto y aparta la vista de Ă©l, cambiando ligeramente su postura.
Realmente está perdiendo la cabeza.
Es una tortura ver a Miles moverse en la cama, algunas de sus poses son una versiĂłn inocente de las que Miguel ha visto en su cuenta erĂłtica o durante sus transmisiones. La parte animal de Ă©l está prácticamente aullando, instándolo a olvidar la cámara y extender la mano y tocar, y está apretando los dientes con tanta fuerza que le duele la mandĂbula por el esfuerzo de mantenerse a raya. TodavĂa tiene suficiente integridad profesional para no hacer algo estĂşpido sin aviso.
Sin embargo, Miguel no cree que Miles sea ajeno a lo que está haciendo. A veces, su sonrisa se convierte en algo más sensual. Arquea la espalda y se estira un poco más de lo necesario, hace el cuello hacia atrás y suspira, y luego vuelve a su postura inocente, sonriendo como si no acabara de darle un golpe a las entrañas de Miguel.
Es como si estuviera jugando con él.
Finalmente, llega al punto en que no puede evitar verse afectado o pretender que no sabe lo que está sucediendo. Y Miles parece compartir su sentimiento; se acerca un poco más al borde de la cama, sonrojado y el labio inferior entre los dientes cuando extiende la mano y la coloca sobre la cámara en las manos de Miguel, empujándola cuidadosamente hacia abajo para poder mirarlo directamente a los ojos.
—Miguel —murmura, y joder, Miguel puede oler su excitación.
Antes de que las feromonas del hĂbrido lo hagan explotar por completo, Miguel da un paso atrás y exclama—: SĂ© quiĂ©n eres.
Miles parpadea hacia él, la confusión se extiende sobre sus rasgos.
—¿Sabes quién soy? —él repite e inclina su cabeza de una manera demasiado entrañable.
—Sà —dice Miguel, tratando de ignorar la forma en que el hĂbrido se acerca un poco más para poder mantener su mano en la cámara—. Quiero decir… —cierra los ojos e intenta ordenar sus pensamientos—. Sigo tu otra cuenta de Instagram. Mimi.
Los ojos de Miles se agrandan ante eso, sus labios se abren para dar voz a un pequeño “oh”. No dice nada más por un momento, solo mira a Miguel, como si estuviera tratando de leer sus pensamientos en su rostro. Cuando finalmente habla, es para preguntar—: ÂżEs eso un problema para ti?
—Yo… ÂżquĂ©? —Miguel pronuncia, no habiendo esperado eso de todo lo que el hĂbrido podrĂa haberle preguntado. La cola de Miles da un respingo.
—Has visto mis videos —dice, declara en lugar de una preguntar—. ¿Es eso un problema para ti? ¿Yo haciéndolos?
Miguel sufre un caso severo de embolia cerebral, sin tener idea de a quĂ© se refiere el hĂbrido.
—Yo, eh… Âżno? —dice con cuidado—. Quiero decir, no dirĂa que alguna vez hayan sido un problema para mĂ.
—Oh, apuesto que no —dice Miles y se rĂe, sonriendo mientras empuja un poco más intensamente la cámara—. Pero lo que pregunto es si va a ser un problema si te pido que me folles…
Jesucristo.
—Y luego me lleves a cenar.
La mente de Miguel está tambaleándose, insegura de determinar si la situaciĂłn es puramente real y no un producto de su imaginaciĂłn o algo igualmente ridĂculo. Cierra los ojos e intenta calmarse, lo cual es muy difĂcil de hacer, ya que ni siquiera puede respirar sin sentirse abrumado por el dulce aroma del hĂbrido. Es un profesional, no puede simplemente saltar sobre su cliente, porque…
Trata de conjurar una razĂłn adecuada de por quĂ© esta es una idea terrible, pero su mente nublada se las arregla para proporcionarle las primeras palabras de Gwen sobre cĂłmo ambos son adultos, capaces de tomar sus propias decisiones. Miguel quiere esto, Dios, lo desea, y Miles, bueno, Miles simplemente dejĂł muy en claro lo que quiere, asĂ que…
—Miguel —dice el hĂbrido, entrecortado, gimiendo, y Miguel arroja toda precauciĂłn al viento.
—¿QuiĂ©n dijo que podrĂas dirigirte a mĂ tan casualmente, gatito? —pregunta, el calor arde debajo de su piel cuando Miles cierra los ojos y suelta una exhalaciĂłn temblorosa.
El hĂbrido se muerde el labio, estremeciĂ©ndose.
—Lo siento —dice dulcemente—. Alfa.
Mierda.
Miguel pone su cámara sobre la cĂłmoda y se detiene al lado de la cama, con Miles todavĂa arrodillado frente a Ă©l sobre el edredĂłn esponjoso. Realmente puede sentirlo ahora, su sangre rugiendo en sus venas, y el hĂbrido se ve tan contento, como si esto fuera justo lo que querĂa. Llena a Miguel con la urgencia de borrar la presunciĂłn de su rostro, pero rechaza esos pensamientos.
—Muy bien, entonces —dice y observa cĂłmo las orejas de Miles se animan, un estruendo de emociĂłn recorre el cuerpo del hĂbrido—. Dime, gatito, quĂ© es exactamente lo que has imaginado que sucederá aquĂ.
Parece que Miles no quiere nada más que reducir la distancia entre ellos, pero se queda quieto, como si no quisiera hacer un movimiento equivocado. Como si quisiera ser bueno.
—ImaginĂ© que me empujarĂas a la cama —dice, apenas un indicio de timidez en su voz—. Y te colocarĂas sobre mĂ, encerrándome con tu cuerpo. Me besarĂas sin detenerte, y me tocarĂas en todas partes, me presionarĂas contra el colchĂłn.
Hay un pequeño hilo en su voz, y a Miguel está a punto de estallarle una vena cuando Miles comienza a frotar sutilmente sus caderas contra el colchón. Los movimientos son casi imperceptibles, pero deben dar la cantidad justa de fricción, ya que tiembla ligeramente y muerde su labio inferior entre sus dientes, todo mientras sostiene la mirada de Miguel sin vacilar.
MaldiciĂłn.
—¿Y entonces? —pregunta roncamente y extiende la mano para colocarla en la uniĂłn del cuello del hĂbrido, arrastrando su pulgar sobre su clavĂcula antes de hacer lo que se le dijo, empujándolo contra el colchĂłn. Miles emite un pequeño chillido cuando cae, pero sus ojos son prácticamente brillantes cuando Miguel lo sigue para inclinarse sobre Ă©l—. Entonces, ÂżquĂ© harĂa, Miles?
—Me desnudarĂas —su cola rozando el muslo de Miguel—. Y jugarĂas con mis pezones.
Mierda.
—PondrĂas tu boca sobre ellos.
—Joder —sisea Miguel y se lanza hacia adelante para capturar los labios del hĂbrido, lamiĂ©ndolos en su boca. No hay delicadeza, ni burlas, solo hambre, primaria y consciente. El alfa en Miguel está gruñendo, no quiere nada más que saciar al hĂbrido omega en sus brazos, y está más que dispuesto a dejar que lo haga.
Miles se arrastra contra su pecho, presionando sus manos en la parte delantera de su camisa, pero Miguel lo sostiene por las muñecas y las empuja hacia abajo junto a su cabeza. El hĂbrido inmediatamente se vuelve flexible, gimiendo contra la boca de Miguel cuando mordisquea el labio inferior de Miles antes de besarlo nuevamente. Las caderas de Miles tiemblan, buscando fricciĂłn contra el muslo de Miguel, y el aroma de su excitaciĂłn golpea a Miguel como un camiĂłn lleno de ladrillos.
—Márcame —exige el hĂbrido cuando se separan para tomar aire, inclinando la cabeza y presentando su cuello, suave y bonito. EnvĂa una oleada de fuego lĂquido tanto al cerebro de Miguel como a su polla; nunca en sus meses de ver los programas de Miles ha tenido una sola mancha en su cuello, nunca un moretĂłn, nunca una marca—. Por favor, por favor, quiero sentirlo, quiero tener tus marcas, alfa.
—Joder, gatito —gruñe Miguel contra su mandĂbula y presiona su muslo contra la erecciĂłn de Miles al mismo tiempo que cierra los labios alrededor de un lugar al lado de la manzana de Adán del hĂbrido, justo por encima de la lĂnea de su gargantilla, aplanando su lengua contra ella y succionando, fuerte.
La espalda de Miles se arquea y ahoga un grito, retorciĂ©ndose debajo de Miguel. Sus feromonas estallan y Miguel siente que está ebrio con ellas, anhelando más. Libera una de las manos de Miles para deslizar la suya debajo de su suĂ©ter y hundir su pulgar en la piel de su cadera, el dĂgito atrapa el borde de las medias de red. La idea de abrirlas empuja un gruñido en su garganta, pero el hĂbrido lo distrae enterrando una mano en su cabello y empujándolo más firmemente contra su cuello.
—Miguel —dice cuando Miguel se mueve para succionar una marca en otra parte de su cuello, la primera ya está floreciendo de un bonito color pĂşrpura, dándole una palmada al trasero del hĂbrido.
La respiración de Miles se contrae y se retuerce debajo suyo, luchando por presionarse lo más firmemente que puede contra el muslo de Miguel, buscando desesperadamente fricción contra su polla a través de sus pequeños shorts. Está tan mojado, tiene que estarlo para que el aroma de su excitación sea tan potente, y joder, Miguel se pregunta si su sabor será tan adictivo como su aroma.
Con poca delicadeza, Miguel suelta la otra mano de Miles para levantar el dobladillo de su suĂ©ter, inclinándose hacia atrás para mirar mientras expone centĂmetro tras centĂmetro del estĂłmago y el pecho del hĂbrido. DespuĂ©s de que Miguel sube la tela hasta sus clavĂculas, lo primero que hace es agarrarlo por la cintura, un sonido retumbante se eleva desde la parte posterior de su garganta al ver cuán grandes se ven sus manos contra el cuerpo del hibrido.
—Miguel —se queja Miles, alcanzándolo con sus manos—. Miguel, alfa, por favor.
—Lo sĂ©, Miles, lo sĂ© —Miguel lo calma suavemente, inclinándose para besar la parte superior de su abdomen, los mĂşsculos del hĂbrido tensándose y relajándose debajo de sus labios—. ÂżQuĂ© viene despuĂ©s? Dime quĂ© quieres despuĂ©s de que juegue con tus pezones.
—Yo-yo quiero-… ¡ah! — Miguel suspira contra su piel, interrumpiĂ©ndolo deliberadamente presionando su lengua contra el pezĂłn derecho de Miles—. Miguel —el hĂbrido gime, hay un puchero en su tono mientras intenta tirar de Ă©l con más fuerza contra su pecho—. Por favor, te lo dirĂ©, solo-…
Se arquea contra Miguel cuando se apiada de Ă©l y cierra los labios alrededor de la pequeña protuberancia, pasando los dientes por encima antes de chupar, haciĂ©ndolo endurecer. Es hĂşmedo y desordenado, pero a Miles no parece importarle en lo más mĂnimo si los pequeños sonidos que sigue haciendo son una indicaciĂłn.
—TĂłcame, Miguel —suplica, frotándose contra su muslo lo mejor que puede, inmovilizado debajo del peso de Miguel—. Por favor, por favor, estoy tan… mhn, estoy tan cerca, solo… quiero venir.
Sin prestar atenciĂłn a sus quejas, Miguel se aleja y admira su trabajo. El pezĂłn del hĂbrido está hinchado y hĂşmedo y, oh, muy bonito, una ola de orgullo se eleva al pecho de Miguel.
—Que lindo gatito —gruñe y pellizca la protuberancia entre sus dedos, saboreando la forma en que Miles se retuerce y gime—. ¿Dónde quieres que te toque?
En lugar de responder, Miles agarra su muñeca y empuja su mano hacia abajo hasta que puede presionarla contra su polla aun cubierta por la tela, gimoteando mientras se apoya contra la palma de la mano de Miguel.
—Por favor, alfa —gime, y joder, ÂżcĂłmo podrĂa Miguel negarse? Se presiona contra el contorno de la longitud del hĂbrido, deleitándose con la forma en que se retuerce y jadea.
—MĂrate —dice, su otra mano corre a lo largo de la extensiĂłn del pecho de Miles—. ÂżEstás tan ansioso por sentirte lleno? ÂżEstás ansioso por un nudo, ni siquiera tus juguetes son suficiente?
Un escalofrĂo de cuerpo completo golpea el cuerpo del hĂbrido y Ă©l asiente, sus muslos tiemblan alrededor de Miguel.
—Sà —él solloza, los movimientos de sus caderas tartamudean cuando Miguel acaricia con su pulgar a lo largo del contorno de su polla—. SĂ, sĂ, alfa, por favor, yo… ah… voy a…
Con un gruñido, Miguel se inclina hacia adelante y muerde su hombro al mismo tiempo que el cuerpo de Miles se apodera de su orgasmo, su columna vertebral se arquea con la fuerza del mismo. Un gemido fuerte y exhausto se derrama de sus labios, el sonido se rompe en un jadeo sin aliento cuando Miguel lo sigue acariciando a través de sus shorts, la tela ya húmeda se empapa aún más.
—Buen gatito, eres tan bonito para mà —Miguel gruñe cuando se endereza. El hĂbrido lo mira con los ojos entrecerrados, pasando deliberadamente la lengua por su labio inferior antes de adoptar una sonrisa. Levanta una mano hacia su hombro para presionar alrededor de donde Miguel lo mordiĂł, una tenue lĂnea de hendiduras en su piel, y suspira contento.
—Espero que aĂşn no hayas terminado —dice, arrastrando sus palabras un poco ante las rĂ©plicas de su orgasmo—. TodavĂa te deseo, Miguel.
—No te preocupes por eso —gruñe Miguel y ayuda al hĂbrido a quitarse el suĂ©ter antes de bajar las manos para colocarlas en la cintura de sus shorts—. Me encargarĂ© de ti, te harĂ© sentir muy, muy bien.
Miles ronronea, su cola presionando más firmemente contra el muslo de Miguel. Con las piernas inestables, se apoya para que Miguel pueda deslizar sus shorts por sus caderas, con cuidado de no presionar la cremallera contra su polla ahora suave. Tan pronto como Miguel los quita, se congela, porque joder, Miles no lleva ropa interior. Solo están las medias presionando ligeramente contra su flagrante erección, goteando y pegándose a su piel. La parte posterior de sus muslos brillan con lubricación, y su agujero sigue apretando y aflojándose, rogando que se llene.
—Eres tan sucio —gruñe y tira de sus shorts, arrojándolos al suelo antes de palmear sus muslos, deslizando sus dedos debajo de los hilos de las medias—. Un gatito tan sucio, solo mĂrate —tira de las medias y deja que se choquen contra los muslos del hĂbrido, deleitándose con el temblor que lo atraviesa—. ÂżDejarás que tu alfa te pruebe? O… —se agacha y presiona ligeramente su dedo contra el agujero de Miles, no lo suficiente como para deslizarse dentro—. ÂżQuieres mis dedos dentro de ti?
—T-Tus dedos —el hĂbrido se queja e intenta empujarse hacia abajo contra el dedo de Miguel, como si no pudiera soportar no tenerlo dentro—. Por favor, estaba mirando tus fotos en tu Instagram y-y no podĂa dejar de pensar en tus manos y tus dedos, lo bien que se sentirĂan.
Sus palabras derrumban la moderaciĂłn de Miguel, quien no pierde más tiempo para finalmente empujar un dedo adentro, su otra mano sujeta a Miles por la cadera. El hĂbrido jadea y lanza su cabeza hacia atrás contra el colchĂłn, gimiendo una letanĂa de por favor, por favor, por favor, para que se mueva más rápido.
No es que a Miguel le quede paciencia para burlarse. La urgencia de Miles solo sirve para animarlo, junto con lo húmedo y cálido que es, sus paredes internas se aprietan alrededor del dedo de Miguel, estremeciéndose con sensibilidad por cada empuje.
—Sà —jadea cuando Miguel roza su prĂłstata, presionando en cĂrculos contra ella para que el hĂbrido se retuerza debajo de Ă©l.
Para cuando Miguel tiene tres dedos adentro, el aroma de la excitaciĂłn del hĂbrido se ha vuelto tan potente que la mente de Miguel se ha convertido en una neblina opaca, un desastre de deseo, necesidad y lujuria. A Miles no le está yendo mejor, retorciĂ©ndose para follarse contra los dedos que lo abren. Está duro nuevamente, el preseminal se agrega al desorden ya extendido entre sus piernas, y el lubricante haciendo un ruido hĂşmedo cada vez que Miguel saca y empuja sus dedos es suficiente como para volverlo loco.
—Joder —cuando se vuelve demasiado difĂcil de soportar, Miguel saca sus dedos y se mueve para agarrar a Miles por las caderas, apenas hay suavidad en su toque cuando gira el hĂbrido, que gime cuando es colocado sobre su estĂłmago—. De rodillas, gatito —gruñe contra su columna vertebral, con las manos amasando la carne de su trasero, separando las mejillas para revelar su entrada apretada—. SĂ© bueno para mĂ, omega, y te darĂ© lo que quieres.
Miles obedece lo más rápido que puede, torpemente apoyando las rodillas contra el colchĂłn para levantarse. No lo hace del todo, levantándose solo sobre sus codos en su estado de excitaciĂłn, pero es suficiente para Miguel. Con un sonido retumbante que se agita profundamente en su pecho, enreda sus dedos en los hilos de las medias de red y las rompe, apenas notando el estremecimiento que atraviesa el cuerpo del hĂbrido antes de bajar la cabeza y presionar su lengua contra su agujero.
—¡Miguel! —Miles grita, sus piernas tienen un espasmo en estado de shock por la oleada de placer—. Miguel, alfa, no puedo… —su cuerpo entero tiembla, pero Miguel lo sostiene por la cadera, sin ceder en su agarre mientras empuja su lengua hacia adentro para probar el sabor adictivo del hĂbrido.
El lubricante natural de Miles es dulce, tan embriagador que acumula saliva en la boca de Miguel. Nunca ha probado algo asĂ, y quiere más, empujando profundamente su lengua en la calidez del hĂbrido tanto como puede. Miles se aferra con fuerza las sábanas y tira, necesitando algo para apoyarse en medio de las constantes olas de placer.
—Alfa, por favor —el hĂbrido se queja despuĂ©s quien sabe cuánto tiempo, sus brazos tiemblan tanto que tiene que descansar su rostro contra la manta, debilitado por los movimientos de Miguel.
Sin aliento, Miguel se sienta, su barbilla brilla con la humedad de Miles, y solo ver al hĂbrido es como un puñetazo en el estĂłmago. Su sonrojo, sus ojos entrecerrados y vidriosos mientras lo mira de reojo, hay saliva empapando las sábanas al lado de su boca. Es como si suplicara ser reclamado, y Miguel no podrĂa resistir el impulso primario de hacerlo, incluso si hubiera querido.
Empuja hacia abajo sus pantalones y bĂłxer de una vez y trepa sobre Miles, su cuerpo más amplio encierra el hĂbrido debajo de Ă©l. Es casi irreflexivo, la forma en que ajusta su polla dura entre los glĂşteos del trasero de Miles y la desliza sobre su entrada.
—Te ves tan hermoso, gatito —gruñe, apoyando una mano al lado de la cara del hĂbrido mientras la otra acaricia la piel de su cuello—. ÂżQuieres mi nudo? ÂżVas a dejar que te llene?
—Mmh, por favor —Miles suplica y se mueve lo suficiente como para presionar sus labios contra la mano de Miguel sobre las sábanas frente a su cara, hĂşmeda y desordenadamente mientras roza la piel de su muñeca—. Quiero tu nudo, alfa, quiero que vengas dentro de mĂ, quiero que… mh… me llenes.
Miguel realmente no deberĂa verse tan afectado por las palabras del hĂbrido, teniendo en cuenta que las ha escuchado muchas veces antes en sus videos de Internet. Pero es diferente escucharlas en persona, escucharlo rogar por su nudo cuando está en su poder dárselo, en lugar de cuando se está follando con un consolador frente a una cámara.
Tira del alfa en Miguel como si estuviera tratando de arrancarlo de su pecho, y continĂşa deslizándose sin pensar entre el culo del hĂbrido hasta que la cabeza de su miembro roza el borde de su agujero y se desliza dentro.
El aliento de Miles se entrecorta y todo su cuerpo se tensa, su espalda arqueándose maravillosamente bajo el peso de Miguel sobre Ă©l. Gruñendo ante el calor apretado que rodea su polla, Miguel mueve una mano hacia su cadera para mantenerlo quieto mientras empuja más profundo, respirando con fuerza contra el hombro del hĂbrido ante la pura intensidad de estar dentro de Ă©l.
—Joder, Miles, te sientes increĂble —gruñe contra la piel de Miles una vez que se ha acomodado, totalmente incapaz de pensar, y mucho menos moverse, hasta que el hĂbrido emite un pequeño sonido roto, aferrándose a las sábanas en desesperaciĂłn por algo. Sin embargo, el control de Miguel sobre Ă©l es firme, y lo hace gemir de frustraciĂłn—. Tranquilo —gruñe contra la oreja de Miles, presionando su lengua contra el lĂłbulo y deleitándose con el estremecimiento que atraviesa el cuerpo del hĂbrido—. Me ocuparĂ© de ti, confĂa en que tu alfa te hará sentir bien.
—Mig-… mmh… —Miles entierra el rostro en las sábanas para amortiguar sus gemidos cuando Miguel se levanta, el movimiento hace que se hunda aĂşn más. Con una mano todavĂa en la cadera del hĂbrido, Miguel se agacha y presiona su pulgar contra la piel sensible del borde de Miles, justo por encima de donde se estira tanto alrededor del polla de Miguel—. No puedo, M-Miguel, por favor —el hĂbrido gimotea, su voz suena apagada contra la manta—. Es demasiado, por favor, voy a-…
Miguel puede sentirlo retorcerse alrededor de su polla, su cuerpo se contrae con la sensación de él masajeando su entrada.
—Tienes que relajarte, Miles —gruñe, mirando hacia abajo, donde el agujero de Miles se aprieta alrededor de su longitud. Joder, probablemente podrĂa deslizar su pulgar justo al lado de su polla, estirar al hĂbrido aĂşn más—. Tengo que asegurarme de que puedas tomar mi nudo, amorcito, que estĂ©s abierto para mĂ.
La cola de Miles se enrosca alrededor de su muñeca mientras su cuerpo se estremece, retorciĂ©ndose y arañando las sábanas. No hay coherencia en los sonidos que hace, las palabras son arrastradas junto con sus gritos de placer, y cuando Miguel empuja su pulgar ligeramente más allá del borde, el cuerpo del hĂbrido se tensa y se remueve con fuerza contra las sábanas.
—Joder —Miguel sisea y aleja su mano, agarrando la cintura de Miles para apoyarse mientras sus paredes se aprietan alrededor de su polla, hĂşmedas y febrilmente cálidas. Los temblores atraviesan el hĂbrido durante varios segundos, sus gimoteos son amortiguados contra las sábanas, y cuando finalmente se queda quieto, parece casi deshecho, como si el agarre de Miguel fuera lo Ăşnico que lo mantuviera erguido.
Reprimiendo la abrumadora necesidad de reclamarlo, Miguel se inclina hacia adelante, moviendo una mano hacia la cabeza de Miles para convencerlo de que gire su rostro para que pueda respirar correctamente.
—Miles —dice con voz ronca, luchando contra sus instintos a favor de asegurarse de que el hĂbrido no se haya desmayado—. ÂżTodavĂa estás conmigo?
—Mmh —es la mejor respuesta que obtiene al principio, los ojos de Miles son pesados mientras se acaricia contra el toque de Miguel—. SĂ, estoy bien —intenta moverse, solo para jadear y arquear la espalda ante la sensaciĂłn de que Miguel todavĂa está enterrado en lo más profundo dentro de Ă©l—. A-Alfa —gime, apretando dĂ©bilmente las sábanas—. Quiero sentirte, por favor…
—No te preocupes —Miguel murmura y besa su mandĂbula, luego su cuello, rozando sus dientes sobre su glándula odorĂfera antes de sentarse en su lugar—. Te voy a follar ahora, te darĂ© mi nudo. ÂżEs eso lo que quieres?
Miles asiente, recostándose contra la manta, desgarrando el autocontrol de Miguel. Se retira lentamente, deleitándose con la forma en que el cuerpo del hĂbrido tiembla, apretando fuertemente su polla como si no quisiera dejarlo ir.
—Buen gatito —dice. Retoma su control sobre las caderas de Miles, y empuja de nuevo dentro de él.
El hĂbrido grita, el sonido se rompe con lo ronca que es su voz ahora. Tira de las sábanas hasta que están a un momento de rasgarse, una interminable cadena de gemidos se derrama de sus labios mientras Miguel marca un ritmo brutal, golpeando con fuerza sus caderas contra el trasero de Miles, moviĂ©ndose hacia arriba para golpear ese dulce e hipersensible punto de nervios dentro Ă©l con cada empuje.
—Te sientes tan bien a mi alrededor, gatito —gruñe, con la cabeza echada hacia atrás en Ă©xtasis. Tira del hĂbrido hacia atrás para cumplir con cada dura embestida, queriendo enterrarse lo más profundo que pueda en su calor, alimentándose de los gritos de placer que emite—. Tomas mi polla tan bien, joder.
Cuando vuelve a mirar a Miles, el hĂbrido está mordiendo las sábanas para mantener sus ruidos a raya, con los ojos cerrados mientras se retuerce, el cuerpo atormentado por los temblores. La vista tiene a Miguel gruñendo, queriendo escuchar cada sonido que pueda sacar de Ă©l, asĂ que quita una mano de la cintura de Miles y la enrosca alrededor de la base de su cola para darle un ligero tirĂłn de reprimenda. El hĂbrido jadea y se ahoga en un gemido, su cuerpo sigue el tirĂłn en su columna.
—M-Miguel —llora, con lágrimas cayendo de sus ojos, y estirándose detrás de sĂ mismo, temblando mientras agarra la muñeca de Miguel—. De nuevo, a-alfa… otra vez.
—¿Te gusta eso? —Miguel jadea y acaricia el apĂ©ndice, sin cesar nunca los movimientos de sus caderas. El hĂbrido asiente lo mejor que puede contra las sábanas, su mano cae inĂştilmente cuando Miguel aprieta su agarre en su cola y tira. Las paredes internas de Miles se aprietan fuertemente a su alrededor y sisea una maldiciĂłn, cronometrando su prĂłximo empuje con otro tirĂłn—. Dios, joder, Miles.
A pesar de su estado arruinado, los labios del hĂbrido se curvan en una sonrisa y, joder, el tonto orgullo alfa de Miguel se ofende por no haber puesto el omega en su lugar aĂşn. Gruñendo, separa las piernas de Miles aĂşn más y embiste profundamente, se inclina sobre Ă©l, trazando cĂrculos con sus caderas contra su agujero y tarareando contento ante el jadeo sin aliento que emite el hĂbrido.
—Te voy a anudar pronto, gatito —gruñe contra la oreja de Miles, apenas tirando hacia atrás antes de empujar nuevamente, pequeños movimientos que lo impulsan contra la prĂłstata del hĂbrido una y otra vez.
Miles no responde, su cuerpo se contrae cada vez que la polla de Miguel lo golpea en su punto más sensible. Contento, Miguel baja la cabeza y succiona otra marca oscura en el costado del cuello del hĂbrido antes de sentarse nuevamente para reanudar sus movimientos bruscos de antes.
Para cuando la sensaciĂłn de excitaciĂłn en la boca de su estĂłmago comienza a deshacerse, Miguel se sorprende sinceramente de que Miles aĂşn estĂ© consciente. No puede asegurarlo, pero sospecha que el hĂbrido podrĂa haber venido por tercera vez cuando tirĂł de su cola, y ahora, su polla está dura entre sus piernas nuevamente, una gruesa capa de lĂquido lechoso emana de la punta cuando Miguel se inclina para acariciarlo.
—Una vez más, gatito —lo insta, su propia excitación se intensifica por la forma en que Miles se queja y asiente, con lágrimas en los ojos mientras lucha por hacer lo que se le dijo, incluso si está tan sobreestimulado que tiene que doler en este momento—. Buen chico, muéstrale a tu alfa lo bien que te sientes, luego te daré mi nudo.
El sonido que Miles emite cuando llega es patĂ©tico, un gemido agrietado que se derrama entre dientes apretados mientras se tensa, apenas queda fluido en Ă©l que casi se corre en seco. Sus paredes palpitan alrededor de la longitud de Miguel, apretándose, soltándose y apretándose de nuevo, y Miguel lo folla a travĂ©s de su orgasmo, necesitando solo unos pocos empujones más hasta que llega a su propio clĂmax.
Los mĂşsculos de su abdomen se tensan insoportablemente, el resto de Ă©l tiembla con la fuerza de su orgasmo. Siente que su nudo se expande y sostiene a Miles en su lugar contra Ă©l, el hĂbrido jadea y se aleja instintivamente ante sensaciĂłn de ser estirado a su alrededor.
—O-oh Di-… Miguel, ¡ah! —sus palabras son un desastre incoherente y se desploma contra el colchón, temblando.
Cada bomba de su semilla en el cuerpo del hĂbrido provoca otra oleada de placer, que extrae un gemido de las profundidades del pecho de Miguel. Joder, puede sentirlo hasta los dientes, el placer palpita en todo su cuerpo cuando llega, llenando a Miles con tanto semen que puede sentirlo gotear alrededor de su polla, atrapado por su nudo.
—Mierda —gruñe cuando finalmente se detiene, el Ăşltimo pulso lo deja agotado y jadeante. Nunca antes habĂa tenido un orgasmo tan intenso, dejándolo sin aliento y mareado en su esfuerzo por recuperar algo de compostura—. Miles —sus movimientos son torpes cuando se agacha para acariciar la mejilla del hĂbrido—. Miles, Miles, Âżestás bien?
No hay respuesta, y una vez que Miguel tiene suficiente claridad mental, se da cuenta de que Miles está dormido. O desmayado, lo más probable, considerando la tensión por la que acaba de pasar su cuerpo.
Miguel suspira y trata de no dejar que ese mismo tonto orgullo alfa se vuelva demasiado fuerte al ver la expresiĂłn saciada del hĂbrido, sereno en su sueño incluso con el nudo de Miguel todavĂa dentro de Ă©l.
Tan cuidadosamente como puede, Miguel maniobra a Miles para que se recueste de costado y pueda colocarse detrás de Ă©l, con cuidado de no presionar su agujero y despertarlo. Pasarán otros quince minutos hasta que el nudo de Miguel caiga y no tiene idea de si el hĂbrido quiere que se quede despuĂ©s de eso. HabĂa mencionado algo sobre una cita, pero podrĂa haber sido una cosa del momento, por eso Miguel no se permite dormir, sino que simplemente acuna a Miles contra su pecho y escucha su respiraciĂłn.
Cuando su nudo cae, está sorprendentemente tranquilo, aunque no tiene idea de si el hĂbrido querrĂa que se quedara. Con todo el cuidado que puede, se aleja de Ă©l y suspira cuando Miles emite un pequeño gemido mientras duerme. Con las piernas algo inestables, Miguel toma sus bĂłxer y se dirige al baño y se limpia antes de agarrar una de las toallas que cuelgan al lado del lavabo y sumergirla en agua tibia.
Con cuidado de no despertar al hĂbrido, le quita las medias y lo limpia, retirando suavemente la sequedad sobre su estĂłmago y en su entrepierna. Es una lucha interna querer mantener la calma cuando limpia entre las piernas de Miles, la vista de su propio semen goteando de su agujero hinchado le hace cosas que definitivamente no deberĂa.
Una vez que termina, se pone el resto de su ropa y sale de la habitación, haciendo todo lo posible por ignorar el hecho de que todo el departamento huele a sexo. Entra a la cocina, donde encuentra el bolso de su cámara, y por un momento, considera dejar su número y una nota para Miles y volver a casa.
Sin embargo, se apresura a descartar ese pensamiento. Ya sea que el hĂbrido quiera o no esa cita para cenar con Ă©l, no se irá antes de que despierte. Conoce lo suficiente sobre omegas como para saber que Miles probablemente se sentirĂa mal si se despertara en una casa vacĂa despuĂ©s de tener relaciones y desmayarse, por lo que Miguel suelta un suspiro y agarra su telĂ©fono, dirigiendo sus pasos hacia la sala de estar.
Se sienta en el sofá e inmediatamente siente ganas de quedarse dormido, su cuerpo carece de energĂa en absoluto despuĂ©s de Miles. Para combatir su somnolencia, Miguel abre su telĂ©fono y solo mira la pantalla por un momento antes de apagarlo de nuevo, sin saber quĂ© deberĂa hacer para pasar el tiempo.
FĂłllame y luego llĂ©vame a cenar, habĂa dicho Miles, pero incluso si lo hubiera querido, Miguel tiene la sensaciĂłn de que el hĂbrido no podrá caminar bien cuando se despierte, o al menos no moverse sin molestias. Frunciendo los labios en sus pensamientos, considera pedir algo de comida, para que Miles tenga algo de comer cuando se despierte.
Espera, hablando de comida-…
—¿Miguel?
Miguel se sobresalta, casi deja caer su teléfono ante la pequeña voz en la puerta. Se da vuelta donde está sentado y su corazón salta a su garganta al ver a Miles, envuelto en lo que parece una manta similar a las que decoran el sofá. Está suelto sobre sus hombros y muestra cada moretón que Miguel besó en su piel, y se ve adorablemente somnoliento, con los labios fruncidos y los ojos entrecerrados.
—Hey —dice Miguel, inseguro de quĂ© hacer o decir—. ÂżCĂłmo… cĂłmo te sientes?
—Cansado —el hĂbrido se queja y se acerca al sofá, definitivamente cojeando al caminar—. QuerĂa dormir, pero te fuiste —se sienta al lado de Miguel, haciendo una mueca mientras toma asiento, y se da vuelta para presionarse contra el pecho de Miguel, casi acostado sobre Ă©l—. Duerme conmigo.
—Oh —Miguel dice tontamente y solo mira a Miles por un momento antes de obedecer, moviĂ©ndolos cuidadosamente a una posiciĂłn más cĂłmoda en el sofá—. Lo siento, no estaba seguro de si me querĂas allĂ.
—Claro que sà —murmura Miles sin abrir los ojos, acariciando el cuello de Miguel y tarareando contento. Es tan lindo, piensa Miguel, acercándose, buscando contacto—. Dije que querĂa que me llevarás a una cita, Âżno?
Miguel no puede evitar sonreĂr ante eso, avergonzado por atreverse a dudar.
—Lo hiciste —dice y estira la mano para frotar la base de una de las orejas del hĂbrido, su corazĂłn se dispara cuando Miles emite un ronroneo—. ÂżQuieres que te traiga un poco de agua? ÂżAlgo para comer?
—No —dice el hĂbrido a travĂ©s del suave retumbar en su pecho—. No quiero que te levantes. Además, Gwen traerá comida en unos veinte minutos.
Oh.
Cierto.
Stacy habĂa ido a buscar comida justo antes de que Miguel y Miles hubieran…
—Espera, Âżcuánto tiempo ha estado fuera? —Miguel pregunta y alcanza su telĂ©fono para verificar la hora. No puede decirlo con certeza, pero está bastante seguro de que ha pasado más de una hora desde que la beta se fue. Dios, y Miguel simplemente se habĂa abalanzado sobre Miles sin considerar el hecho de que Gwen podrĂa haber regresado literalmente en cualquier momento.
—Puedo oĂrte enloqueciendo, Miguel —dice el hĂbrido, riendo contra su pecho. Lo mira con una bonita sonrisa, y Miguel está bastante seguro de que Miles puede sentir la forma en que su corazĂłn da un salto mortal en su pecho—. No te preocupes, le enviĂ© un mensaje cuando estaba en el baño antes de la sesiĂłn. Le dije que podĂa tomarse su tiempo para regresar.
Eso casi no es un consuelo, ya que significa que la beta sabe exactamente lo que los dos han estado haciendo en su ausencia.
—¿Eso significa que tenĂas la intenciĂłn de seducirme desde antes de la Ăşltima sesiĂłn? —pregunta con fingida ofensa, sonriendo ligeramente cuando el hĂbrido emite otra risita.
—Sà —Miles admite fácilmente—. Te dije que he estado revisando tu Instagram. Tus fotos son increĂbles, y luego actuaste realmente respetuoso cuando llegaste aquĂ. Era difĂcil no seducirte.
Sus palabras hacen que Miguel resople, y se instalan en un breve silencio antes de que el hĂbrido comience a dibujar pequeños cĂrculos en su pecho a travĂ©s de su camisa.
—¿Lo decĂas en serio? —Miles pregunta en voz baja—. ÂżCuándo dijiste que no tienes problemas con… que haga lo que hago? ÂżIncluso si me llevaras a cenar?
Sorprendido por la repentina incertidumbre en la voz del hĂbrido, Miguel se endereza para mirar a Miles correctamente. El hĂbrido se encuentra con sus ojos, pero ahora hay un poco de tensiĂłn en su postura, esperando escuchar su respuesta. Con cuidado, Miguel coloca una mano contra su mejilla y acaricia su sien.
—Lo dije en serio, sà —dice—. Si hacer shows en Internet es algo que quieres hacer, entonces no tengo ningĂşn problema con eso —agrega, resoplando—. Probablemente no estarĂa de acuerdo si alguien más te tocara, pero nunca lo has hecho hasta ahora, asĂ que…
Deja el resto sin hablar, pero Miles parece entender lo suficientemente bien, una sonrisa cegadora y brillante adorna sus labios.
—Está bien —dice, y suena tan feliz que el pecho de Miguel hace otro de esos saltos mortales. Se acurruca contra el pecho de Miguel y suspira contento, pero antes de que pueda quedarse dormido, levanta la vista nuevamente—. Espera, ¿cómo sabes que nunca lo he hecho hasta ahora? —pregunta con un toque no tan sutil de presunción en su voz—. ¿Has mirado todos mis videos, Miguel O’Hara?
Miguel bufa, el calor se precipita hacia sus mejillas, y Miles desciende en un ataque de preciosas risas, arrastrándose hasta que está casi acurrucado encima de él.
—Eres lindo —decide, sonriendo cuando Miguel se burla.
—Eres el lindo —dice Miguel y envuelve sus brazos alrededor del hĂbrido—. El gatito más lindo.
—Y eres tan suave —reflexiona Miles—. Aunque eso podrĂa ser solo una fachada. Seguro que antes no fuiste muy suave. Tirando de mi cola, diciĂ©ndome que sea bueno.
—Por favor, detente.
Se quedan dormidos asĂ, amontonados sobre el cĂłmodo sofá de Miles, con el sol lentamente comenzando a ocultarse afuera de los ventanales mientras Miguel escucha el sonido de su risa.